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lunes, 21 de diciembre de 2009

¿Series-cubata o series-chupito?

O para entendernos: ¿temporadas largas o cortas? Con la Navidad a pleno rendimiento, hemos llegado a la segunda gran época de maratones seriéfilos del año tras el verano. Motivo de celebración que nos lleva hasta la barra a pedir unas rondas de series-cubata o series-chupito con las que calentar las tardes de frío siberiano y horas muertas.

Serán cosas de hacerse vieja o de perder paciencia, que antes era más tolerante con las series-cubata que tan bien se les da preparar a la 'networks' estadounidenses. Eso, o que últimamente algunos bares están echando mucho garrafón a la mezcla (FlashForward, The Vampire Diaries), o que la temperatura de la bebida está tan caliente que el hielo se disuelve en nada, y luego no hay quien se beba aquello de la pereza (mi odisea con Lost). Cada vez es más difícil beber a un ritmo mantenido ciertas cantidades de una serie sin que en algún momento dejes la copa a la mitad (Smallville, Heroes, Mujeres Desesperadas; a punto de dejarlo con House hace un par de años) por pura repetición, aburrimiento o idas de olla en la historia, sobre todo, cuando llevas encima más de una temporada. Me han dicho que esto se cura con una terapia de siete rondas con The West Wing, que Aaron Sorkin es un gran barman.

A medio camino entre el exceso y la escasez de capítulos, se encuentran las grandes reservas de champán, vino o whiskey, casi siempre en poder de las cadenas de cable. Pero darle a palo seco sin descanso a Los Soprano o Six Feet Under te puede dejar indispuesta para las demás series que tienes que ver o, te entra el pedo tonto, y no quieres beber otra cosa, como me pasó con Battlestar Galactica, otra que a la que si le quitas algunos capítulos, no pasa nada. Así que me aplico el cuento por si acaso para cuando me ponga The Wire y The Shield el año que viene.

Otra posibilidad está en probar los series-chupitos inglesas (y miniseries, en general) si lo que queremos es avanzar en las tramas y evitar resacas, a la vez que alternamos con otras historias. Ahora mismo estoy pasando por esta fase. Muy pocos capítulos, todo concentrado, de una vez. Como se suele decir: van al lío. Funcionan como una novela corta, y son geniales si lo que tienes es poco tiempo (o tu Navidad se vuelve imposible), pero aún así quieres saber en qué acaba el asunto. Había visto algo de Extras, pero empecé realmente con Skins. Después, he seguido con Being Human, y ahora estoy con The IT Crowd. No me llamaba mucho pero le daré un sorbo a Misfits ahora que ya ha terminado temporada. Y si te gustan los clásicos literarios, siempre puedes tirar de las adaptaciones de la BBC. Me inicié con Jane Eyre, pero yo lo que quiero es ver si puedo conseguir una exaltación de la amistad con Mr. Darcy de Orgullo y Prejuicio.

¿Con qué os viene mejor brindar en estas fechas?

martes, 15 de diciembre de 2009

Los Soprano 2, cómplices de Tony

"Tengo el mundo cogido por las putas pelotas y no dejo de sentirme como un pringado". Pese a haber salido triunfante de muchos de los peligros que le acechaban en la primera temporada, Tony Soprano sigue teniendo, ahora más que nunca, una bonita automática apuntando a su nuca. La misma que soporta la bomba nuclear de su cabeza, lo que verdaderamente amenaza con convertirle en un lustroso cadáver, y al tiempo, transforma al espectador en alcahueta de todas sus fechorías.

Desde su recién estrenada posición de Don de la familia DiMeo, Tony se da el lujo de prescindir (a modo de pataleta, eso sí) de la terapia de la doctora Melfi, enviándola al psiquiatra a ella también porque se ha descubierto fascinada por la personalidad del mafioso, aunque la médica lo disfrace de deber moral hacia un paciente. La excusa más políticamente correcta, porque Melfi encarna en la pantalla el placer culpable del propio espectador, que no puede evitar sentirse involucrado con la inesperada vulnerabilidad de Soprano. A medida que esta circunstancia va a más a lo largo de los episodios, la trama se acelera, de forma que se multiplican los clímax dramáticos tras un inicio un tanto adormecido.

La segunda temporada, lejos de ofrecer salidas a los problemas de Tony, ahonda más en las causas de todos sus dramas e, incluso, crea unos nuevos. La "puta Bette Davis" como él mismo define a su propia madre, Livia, concede protagonismo a otra mujer que se acaba revelando como una futura 'mamma' en potencia: su hermana Janice (Aida Turturro), ex hippie reciclada en vividora, capaz de intrigar contra su propia sangre con tal de tener una escalera de mármol y piscina en el jardín. Poco parecía que iba a aportar este personaje al principio, pero cuán equivocada estaba yo.

No ocurría igual con otra de las incorporaciones al reparto, el infame Richie Aprile (David Proval), hermano del fallecido jefe de los DiMeo, Jackie. Nada más verlo recién salido de cárcel con aires de grandeza y resquemor por la posición perdida en la familia, sabía que su presencia no iba a ser nada cómoda para el núcleo duro de Tony. Personaje odioso desde el minuto uno, Aprile se debate entre la lealtad a las costumbres dentro del clan y sus ansias de subir escalafones a costa de lo que sea, pero tratándose de Los Soprano, al final, pueden que sean otras las circunstancias que acaben por escribir el destino de un personaje.

Al mismo tiempo que asistimos a la progresiva secundarización de Livia, el otro principal instigador de conjuras en la pasada temporada, tío Junior, se nos presenta ahora como un audaz encantador de serpientes, que acepta en apariencia el liderazgo de su sobrino y hasta le ofrece su ayuda en un momento dado. Lo cual no termina por quitarle ese aura de sospecha y traición que le acompaña. Además, continúa posicionándose a favor de la matriarca, que, a pesar de la pérdida de minutos, sigue conservando intactas sus artes de manipulación.

Y hablando de artes, las que despliega Carmela para conseguir una carta de recomendación para Meadow en la Universidad de Georgetown. Al fin y al cabo, es la mujer del jefe, pero ahora se hacen más visibles esas sombras que el personaje guarda en el vestidor de su cuarto, y que la animan, por un lado, a exigirle más resperto a su marido, y por otro, a escapar de esa especie de jaula de oro a la que cada vez más se parece su vida de perfecta ama de casa y fan de Andrea Bocelli (¡hasta tres veces se escucha 'Con te partirò'!). Sin duda, el personaje aún tiene mucho que dar de sí, y confío en que las siguientes temporadas no defrauden en este aspecto.

Los hijos de Tony, si bien no tienen todavía una posición relevante en la trama, contribuyen a subrayar ese lado suave del mafioso. Para nada desentona que acabe con el negocio de un amigo de la infancia, y en el intermedio se preocupe porque no pasa el tiempo suficiente con Anthony Jr., o, cosa a tiros a un colaborador para después ir a la graduación de su hija tan campante.

En Soprano, la alternancia de actitudes extremas con otras propias de 'buena persona', en una especie de esquizofrenia moral, resulta de lo más creíble, aunque la auténtica maestría de los guiones de David Chase reside en la capacidad de inducir a compadecer y, en última instancia, a simpatizar con el personaje, al que lleva hasta el delirio psicológico. En este sentido, destaca el uso de visiones oníricas, que reflejan con nitidez los deseos y temores ocultos de Tony (la acertadísima metáfora del pescado que se vende, sin ir más lejos).

SPOILER ALERT: No recomiendo ver el vídeo a menos que hayas visto la temporada



A un nivel mucho menos profundo, también es posible congeniar con alguno de los capos de la banda, como Paulie, cuya admiración exagerada por Italia en el capítulo en el que van a hacer negocios a la península resulta ciertamente divertida, y viene a recalcar el sentido autoparódico que lo italiano adquiere en el universo de la serie. Imposible no mencionar aquí el cameo de Chase y la importación de un nuevo personaje, Furio (Federico Castelluccio), que por ahora se ha limitado a ser el bulldog ejecutor de la familia.

Por su parte, Moltisanti no ceja en su viejo sueño de convertirse en guionista de cine, aunque su naturaleza impaciente sea el principal enemigo de sus aspiraciones, y la siempre comprensiva Adriana La Cerva (Drea de Matteo) acabe recogiendo los platos rotos de sus arrebatos. Big Pussy parece reordenar las prioridades en su vida, mientras que Dante ha pasado un poco más desapercibido esta temporada.

"Somos soldados en guerra", dice Tony a Melfi. Y nosotros que nos alistamos, Don.

domingo, 7 de junio de 2009

Los Soprano, una mafia en el diván

Cuando los miembros de una institución llevan viviendo más de un siglo en las cloacas de la sociedad, llega un momento en el que afloran la decadencia y las crisis nerviosas producidas por el contacto directo con el hedor que dejan los actos criminales. "Soy un Rey Midas, pero al revés: todo lo que toco lo convierto en mierda", reconoce Tony Soprano, un capo de la mafia del norte de Nueva Jersey, a una atenta doctora Melfi, sentada en la butaca de su consulta psiquiátrica, durante la primera season finale de Los Soprano (HBO, 1999-2007).

Sería impensable poner estas palabras en boca de Vito Corleone, pero en Tony, no. La cosa nostra que nos presenta el relato perpetrado por David Chase carece de todo ese aire de tragedia griega, de solemnidad y de orgullo que sí alberga la retratada en la trilogía de Francis Ford Coppola. Soy consciente de que es un lugar común poner en balanza ambas historias, pero la comparación ayuda a desmontar el tópico de una mafia con trajes de raya diplomática incapaz de cuestionarse sus propios códigos. Nada del glamour de los grandes banquetes, y sí mucho chándal, cadenas de oro, y uñas postizas de cinco metros de longitud. Choni, de andar por casa, vulgar, pero al tiempo real, y por tanto, débil. Porque en Los Soprano se nos muestra la miseria personal de un grupo de hombres que sufre a escondidas las consecuencias de sus propias adicciones, miedos, o de una infancia carente del cariño materno, como en el caso de nuestro inmenso protagonista, Tony.

James Gandolfini da una clase magistral de interpretación con un personaje deliciosamente dual, que desea que la familia formada por él y Carmela sea feliz, pero que, al mismo tiempo, es incapaz de renunciar a su juramento y posición de privilegio dentro del crimen organizado, porque realmente disfruta de la compañía de su otra famiglia. Dice que es un asco como padre y marido pero tampoco hace nada para arreglarlo y se deja querer por su amante rusa o por cualquiera de las chicas que bailan en su 'Bada Bing!'.

Leyendo hasta aquí, estaríamos ante un cabrón que no merece compasión ninguna por parte del espectador, pero Chase se ha guardado un sorprendente as en la manga. ¿Qué pasaría si el antagonista a la figura de Tony fuera una familia mafiosa rival? Seguramente, desearíamos que lo cosiesen a tiros. Pero, ¿qué pasa si la oposición viene dada por dos venerables personas que compartan su propia sangre? Livia (Nancy Marchand) y tío Junior (Dominic Chianese) se configuran como un instrumento que logra acercar a Tony al espectador y, sobre todo, como la prueba viviente del mensaje que arroja la serie en esta temporada de presentación: el verdadero peligro está en los que consideras tus series queridos.

El desdén de una madre egoísta que no agradece las atenciones de su hijo, y de un tío que ve amenazado su trono de jefe están detrás de esos ataques de ansiedad de Tony, que acude a la consulta de la doctora Jennifer Melfi (Lorraine Bracco) en busca de respuestas y alivio a sus fantasmas. Estas sesiones terapéuticas nos han brindado grandes momentos de tensión dramática en esta primera temporada, gran parte, gracias a ese extraña conexión platónica que se establece entre médico y paciente.

Frente a una mujer que vive mirando para otro lado cuando tiene que enfrentarse al origen de las perlas que luce, Melfi se erige en guardiana de los secretos de la mente de Tony. Aún así, la ama de casa insatisfecha construída por una memorable Edie Falco vuelve a la realidad cuando se la necesita y si tiene que ayudar a esconder unos fajos de billetes, lo hace. Y aunque Soprano pretenda que sus hijos, Meadow (Jamie-Lynn Sigler) y Anthony Jr. (Robert Iler), vivan ajenos a lo que se cuece en casa y crean que trabaja en el tratamiento de desechos, finalmente claudica en sus intentos, si bien no soporta que hagan alguna referencia a su verdadero trabajo.

Durante este primer acto, los jóvenes Soprano tienen una incidencia pequeña en la trama si la comparamos con el resto de los secundarios de la serie que, como los principales, están llenos de grises. Desde el padre Phil (Paul Schulze), con el que Carmela mantiene su particular tensión sexual no resuelta (se podría interpretar como la respuesta al dúo Melfi-Tony) hasta el núcleo de colaboradores de Tony: en todos ellos está definida una motivación.

Dentro del círculo de confianza no podemos obviar el protagonismo del sobrino cabraloca de Soprano, Moltisanti (Michael Imperioli), catalizador de mucho de los conflictos en los capítulos que abren la serie; Dante (Steve Van Zandt), Paulie (Tony Sirico) y Big Pussy (Vincent Pastore), fieles a su jefe hasta las últimas consecuencias; y al cocinero Artie, que vive en constante tensión por mantener su amistad con Tony sin verse implicado en los sucios negocios de éste último.

Una de las cosas que más llama la atención de esta ficción inspirada por las complicadas relaciones entre Chase (en realidad, DeCesare) y su madre, tiene que ver con el concepto de lo italiano que se describe en ella. Las frecuentes referencias a la mítica historia de los Corleone, y esa lucha por mantener las raíces, pero quedándose en la mera superficialidad, contribuye a reforzar ese sensación de que todo es una farsa en el mundo en el que se desarrolla la historia, origen de los personajes incluido. Critican a los asimilados por la cultura estadounidense (por ejemplo, el doctor Cusamano), pero al final ellos mismos acaban haciendo barbacoas en sus jardines.


Yo sí que desperté tras ver y escuchar este opening...

En contraste con los últimos productos del canal de cable, Los Soprano fue uno de los puntales que, en el cambio de siglo, ayudaron a pegar la etiqueta de alta televisión a la HBO. En poco más de cincuenta minutos, cada capítulo logra engarzar un guión excepcional con una cámara y diseño de producción enamorados de la variedad de exteriores, como, por ejemplo, los oscuros antros donde Tony cierra negocios, la zona industrial de Nueva Jersey y la urbanización tipo 'La Moraleja' donde vive el capo.

Todo parece perfectamente cohesionado, y la trama avanza lenta, sin grandes alardes, por lo que obliga al espectador a no menospreciar nada de lo que ocurre en pantalla. Ni siquiera secuencias que podrían tacharse de mero ejercicio lírico, como la mostrada en el piloto, en la que Tony se queda hipnotizado con unos patos que allanan su piscina; o escenas de transición, como la de Soprano esperando en el pasillo de una universidad en el quinto episodio.

Allí, el mafioso se encuentra casualmente con su verdad escrita en una placa: "Ningún hombre puede llevar una cara para sí y otra para la multitud, sin quedar al final perplejo por cuál de las dos es la verdadera" (Nathaniel Hawthorne).