Seguramente os habéis encontrado en una situación en la que abrís la
nevera y veís que hay varios productos (casi siempre, fruta y verdura)
que se están pasando de fecha, porque no os ha dado la gana de
cocinarlos, pero que todavía son rescatables. Pues bien, he estado
repasando mi lista de blogueos pendientes de la pasada temporada y se me
ha ocurrido hacer un mejunje parecido a las frittatas
que hago de vez en cuando, antes de empiece a olvidarme de sus
argumentos, personajes y estrellas invitadas (Ok, no, puede que no
llegue a tanto...). ¿Los ingredientes? Todo lo que he podido pillar de
la segunda entrega de The Borgias, la tercera de Modern Family, la segunda de Boardwalk Empire, la segunda de Lip Service y de los volúmenes únicos de Hit & Miss y True Love. Ya es mezcla, ya.
The Borgias (S2, Showtime)
Esta serie es, desde hace más de un año, la responsable de que las
primaveras sean más calientes y alborotadas que de costumbre. Si a la
primera temporada le costó un poco ajustar el tono, la segunda ha sido,
de principio a fin, un torbellino de traiciones, excesos, peinados
estrafalarios e intentos de asesinato de lo más culebronesco. Con una
Lucrezia simplemente espectacular como centro del protagonismo y
aprendiendo a pasos agigantados de su madre, Vanozza, la producción de
Neil Jordan ha puesto en jaque los chanchullos del Papa Alejandro VI a
la vez que ha ahondado en las complejas relaciones de sus hijos varones.
Cesare ha demostrado ser el verdadero perro guardián de la familia,
mientras que Juan ha caído en desgracia, aunque dando más risa que pena.
¿Y qué hay Micheletto? El fiel servidor de Cesare nos ha dejado los
ojos como platos este año. El próximo abril, más.
Modern Family (S3, ABC)
Los 20 minutillos que dura cada episodio de Modern Family
continúan siendo una de las apuestas seguras de la semana televisiva.
Steven Levitan y Christopher Lloyd se han decidido a explotar al máximo
el potencial de los Dunphy más allá de Phil y lo han extendido también a
Claire y Hayley. Los ataques neuróticos de la primera y la limitación
de coco de la segunda siempre apuntaron maneras, pero si lo combinamos
con un poco de campaña electoral y la búsqueda de una universidad que
esté dispuesta a recibirte, las risas están más que servidas. Cameron y
Mitchell han tenido un papel no tan destacado si bien la nueva Lily
interpretada por una niña un poco más crecida, ha dado episodios tan
divertidos como el del 'fuck', y su trama en general han tomado un tono
un poco agridulce (dentro de lo que permite la serie, claro) que
contrasta con el sorpresón de Gloria.
Hit & Miss (Temporada única, Sky Atlantic)
La primera serie original producida por el canal 'premium' británico Sky Atlantic llegaba con un argumento 'terremoto': Mia,
una transexual metida a asesina en serie para pagarse la operación de
cambio de sexo se encuentra con que tiene un hijo del que debe hacerse
cargo junto con el resto de la prole que dejó su ex novia. ¿La actriz
elegida para ponerse una protésis y dar vida a esta bomba de relojería?
Quién sino Chloe Sevigny, una de las mujeres del mormón de Big Love y, sobre todo icono de estilo y actriz curtidísima en retos de lo más variados (¿hablamos de la felación real a Vincent Gallo en Brown Bunny, de Boys Don't Cry o de Kids?). ¿El responsable? Paul Abbott, otro especialista pero en mostrar familias de lo más disfuncional (Shameless) o en crear thriller políticos de renombre (State of Play).
A pesar de que su final está muy lejos de saber a final, y que la
noticia de su no renovación cogió con el pie cambiado a muchos, Hit & Miss
es una de las ficciones imprescindibles del año: capaz de encapsular en
seis capítulos un argumento fresco, momentos de auténtica crudeza
visual y emocional y, como ya viene siendo habitual en las islas, una
exhibición de actores infantiles fuera de lo común. Jorden Bennie, el
pequeño que interpreta a Ryan, el hijo biológico de Mia, clava todas y
cada una de sus escenas.
Boardwalk Empire (S2, HBO)
Nucky
Thompson y compañía dejaron de titubear en su segunda temporada, donde
se resuelve sin contemplaciones uno de los grandes dilemas del
protagonista: ser o no ser un gángster completo. Si la primera entrega
ya anunciaba que el advenedizo Jimmy Darmody le podía dar más de un
quebradero de cabeza a su mentor, Nucky, la historia ahora no pierde
tiempo en situar al espectador y se abandona a su propio ritmo, dejando
claro qué es lo más importante antes de dar un giro copernicano que muy
pocas series se pueden permiten y, menos, cuando no llevan tantos años
en parrilla. Con todo, la obra de Terrence Winter continua padeciendo de
un excesivo afán de abarcarlo todo, produciendo personajes de cuota
como esporas, y creando menos calor que el iceberg del Titanic. Más o
menos, lo mismo que comenté el pasado agosto en el podcast de Yo disparé a JR.
Lip Service (S2, BBC3)
Lo
que podría haber sido un buen ejemplo de ficción a la que perder la
mitad de los protagonistas y sustituirlos por otros le sienta de maravilla
acabó peor que todos sus aciertos juntos. Ciertamente hay pocos
creadores capaces de ser tan bipolares en tan sólo seis capítulos, pero
es lo que ha conseguido Harriet Braun en su drama lésbico ambientado en
Glasgow (Escocia). Lástima que los ratings irrosorios fueran comparsa de
la tragedia forzada y de las pérdidas de tiempo monumentales, y hayan
condenado a personajes tan interesantes como Lexy, Tess y Sadie. Este
grupo dejó claro que el tono de la serie funcionaba mucho mejor cuando se
inclinaba más hacia la dramedia ligera del típico piso compartido que a
historias con acosadores y triángulos amorosos metidos con calzador
para darle cancha a personajes que ya no tenian nada que hacer en la
serie (no todos los showrunners son tan eficientes en este sentido como
Shonda Rhimes). Cancelada, y con razón, a pesar de quedarse con uno de los
finales más cabritos que he visto últimamente.
True Love (Temporada única, BBC)
Es raro que yo hable mal de la Beeb en un mismo post, pero cuando toca, toca. Un concepto que llamaba la atención, el de una serie basada en la improvisación de sus actores, y un reparto encabezado por David Tennant y su 'companion' Billie Piper tenía que ser catado sí o sí.
Aunque sea por ver el reencuentro whoviano, que al final no fue tal por
que ambos participaban en historias distintas dentro de las cinco
independientes, una por episodio, que formaban la serie. Pero tras haber
asistido a la disección del amor que presenta en la costera población
inglesa de Margate, la nostalgia no es factor suficiente para
recomendarla. La historias son un dechado de lugares comunes y se acaban
antes de empezar a mostrar el conflicto que acarrean las acciones de
sus personajes, quizás lastradas por una media hora de duración que se
queda corta para recoger temas complejos y. menos, si gran parte del metraje se rellena con canciones. Así improvisa cualquiera.
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lunes, 8 de octubre de 2012
lunes, 23 de julio de 2012
Once Upon a Time... el libro se abre
Si lees esta entrada sin haber visto la season finale de Once Upon a Time no habrá final feliz para nadie.
Sigo sacando lustre a mis impresiones acerca de algunas de las ficciones que se han ido de vacaciones estivales. Ya avisé en el último post que a Once Upon a Time no iba a confinarla a unos cuantos párrafos de tapadillo. La serie de Kitsis y Horowitz ya demostró en sus primeros compases que era especial, y así nos lo han ido demostrando a lo largo de una temporada de debut en la ABC que ha acabado como acaban los cuentos... O casi. No hay que olvidarse que la serie ha sido renovada para una segunda entrega y hay que dejar cabos sueltos de una forma u otra.
Emma ha dado el beso de la vida a su hijo, Henry, y con ello ha despertado a todo el pueblo de la amnesia al que la había confinado Regina La Reina Malvada. Costó 22 capítulos llegar a ese momento, y que el personaje creyera en las historietas de su solitario hijo, pero, como en todo viaje del héroe, éste tiene que tener un punto de inflexión, y parece que Emma está ya ahí. La maldición está rota; la magia y el paso del tiempo ha vuelto a los hogares de los habitantes de Storybrooke, pero sólo ha sido eso. No se ha producido esa vuelta a la dimensión fantástica que Henry esperaba, así que los personajes siguen atrapados como el Sombrerero Loco en el País de las Maravillas que retrata la serie... Con sus recuerdos intactos en un lugar que le es familiar, pero que todavía no termina de ser el suyo.
La season finale sugiere que los efectos secundarios del humo morado, es decir, de la magia que invade el pueblo, ocuparán gran parte del arco argumental de la próxima temporada. Cómo se readaptan sus habitantes y, sobre todo, qué deciden hacer ciertos personajes con la memoria y poderes recién recuperados. En este sentido, el último capítulo también ha terminado de perfilar a Rumpelstilskin/Mr. Gold como la gran amenaza a batir, por encima de una Regina que durante toda la temporada se ha ido acomodando como la 'villana señuelo', un personaje cuya maldad resultaba más forzada (o forzosa) que real. Si bien tanto ella como Gold tienen motivos de peso para actuar de la manera que todos sabemos, al final es el duende quién está consumido por el ansia de poder, mientras que La Reina Malvada concentra todo su odio en todo lo que tenga que ver con Blancanieves/Mary Margaret y su estirpe.
Uno de los grandes aciertos de la serie es la capacidad con la que el equipo de guionistas (entre las que se encuentra una ex 'galáctica' como Jane Espenson) toma los mitos y los renueva sin terminar de perder el contacto con el canon con el que han pasado a formar parte del imaginario colectivo. En Once Upon a Time, cada episodio trata de contar el 'quién soy' y 'de dónde vengo' de varios personajes, indagando en sus pasados, lo que ha dado un margen suficiente para presentar propuestas distintas que enganchen al espectador más cínico. Algunas veces, como en el caso de Regina, el resultado da más risa que otra cosa: ver a una mujer echando bilis por la boca contra una niña de ¿ocho años? es poco verosímil hasta para una ficción de estos estándares (y más cuando la actriz infantil parece un clon terrorífico de Ginnifer Goodwin). Pero ejemplos como la historia del propio Rumpelstilskin, con ecos de La Bella y la Bestia; el porqué de la capa roja de Caperucita y la mala leche del enano Gruñón; o la vida de Pinocho dan una idea del encanto de la serie como producto para todos los públicos.
Quizá Once Upon a Time ha pecado de repetitiva en muchos de los conflictos que ha planteado. Esas riñas entre Regina y Emma en cada esquina del pueblo parecían escritas con papel cebolla, y toda la subtrama de adulterio de Encantador/David y Mary Margaret en Storybrooke era de lo más anodino, sobre todo, comparado con lo interesante de su dinámica en el mundo de fantasía, donde sí, los personajes viven en una burbuja de ingenuidad a los ojos modernos, pero muestran un poco más de sangre en las venas y personifican muy bien el carácter optimista y esperanzador de la serie.
Volviendo a Emma, quedará por ver cómo se va desarrollando la relación con sus padres biológicos, si sigue sin asumir ese aspecto ahora que todas las cartas están sobre la mesa; y ver cómo reaccionan Encantador y Blancanieves, por su parte. Durante la temporada se ha ido fomentando esa conexión madre e hija entre Emma y Blancanieves, sin que sean conscientes de ello, por lo que va a ser cuánto menos divertido asistir a la reunión familiar... Sobre todo, ahora que se habla de la aparición de cierto miembro, entre otras jugosas incorporaciones y adelantos.
El humo morado ha abierto un nuevo cuento que leer en Storybrooke...
Sigo sacando lustre a mis impresiones acerca de algunas de las ficciones que se han ido de vacaciones estivales. Ya avisé en el último post que a Once Upon a Time no iba a confinarla a unos cuantos párrafos de tapadillo. La serie de Kitsis y Horowitz ya demostró en sus primeros compases que era especial, y así nos lo han ido demostrando a lo largo de una temporada de debut en la ABC que ha acabado como acaban los cuentos... O casi. No hay que olvidarse que la serie ha sido renovada para una segunda entrega y hay que dejar cabos sueltos de una forma u otra.
Emma ha dado el beso de la vida a su hijo, Henry, y con ello ha despertado a todo el pueblo de la amnesia al que la había confinado Regina La Reina Malvada. Costó 22 capítulos llegar a ese momento, y que el personaje creyera en las historietas de su solitario hijo, pero, como en todo viaje del héroe, éste tiene que tener un punto de inflexión, y parece que Emma está ya ahí. La maldición está rota; la magia y el paso del tiempo ha vuelto a los hogares de los habitantes de Storybrooke, pero sólo ha sido eso. No se ha producido esa vuelta a la dimensión fantástica que Henry esperaba, así que los personajes siguen atrapados como el Sombrerero Loco en el País de las Maravillas que retrata la serie... Con sus recuerdos intactos en un lugar que le es familiar, pero que todavía no termina de ser el suyo.
La season finale sugiere que los efectos secundarios del humo morado, es decir, de la magia que invade el pueblo, ocuparán gran parte del arco argumental de la próxima temporada. Cómo se readaptan sus habitantes y, sobre todo, qué deciden hacer ciertos personajes con la memoria y poderes recién recuperados. En este sentido, el último capítulo también ha terminado de perfilar a Rumpelstilskin/Mr. Gold como la gran amenaza a batir, por encima de una Regina que durante toda la temporada se ha ido acomodando como la 'villana señuelo', un personaje cuya maldad resultaba más forzada (o forzosa) que real. Si bien tanto ella como Gold tienen motivos de peso para actuar de la manera que todos sabemos, al final es el duende quién está consumido por el ansia de poder, mientras que La Reina Malvada concentra todo su odio en todo lo que tenga que ver con Blancanieves/Mary Margaret y su estirpe.
Uno de los grandes aciertos de la serie es la capacidad con la que el equipo de guionistas (entre las que se encuentra una ex 'galáctica' como Jane Espenson) toma los mitos y los renueva sin terminar de perder el contacto con el canon con el que han pasado a formar parte del imaginario colectivo. En Once Upon a Time, cada episodio trata de contar el 'quién soy' y 'de dónde vengo' de varios personajes, indagando en sus pasados, lo que ha dado un margen suficiente para presentar propuestas distintas que enganchen al espectador más cínico. Algunas veces, como en el caso de Regina, el resultado da más risa que otra cosa: ver a una mujer echando bilis por la boca contra una niña de ¿ocho años? es poco verosímil hasta para una ficción de estos estándares (y más cuando la actriz infantil parece un clon terrorífico de Ginnifer Goodwin). Pero ejemplos como la historia del propio Rumpelstilskin, con ecos de La Bella y la Bestia; el porqué de la capa roja de Caperucita y la mala leche del enano Gruñón; o la vida de Pinocho dan una idea del encanto de la serie como producto para todos los públicos.
Quizá Once Upon a Time ha pecado de repetitiva en muchos de los conflictos que ha planteado. Esas riñas entre Regina y Emma en cada esquina del pueblo parecían escritas con papel cebolla, y toda la subtrama de adulterio de Encantador/David y Mary Margaret en Storybrooke era de lo más anodino, sobre todo, comparado con lo interesante de su dinámica en el mundo de fantasía, donde sí, los personajes viven en una burbuja de ingenuidad a los ojos modernos, pero muestran un poco más de sangre en las venas y personifican muy bien el carácter optimista y esperanzador de la serie.
Volviendo a Emma, quedará por ver cómo se va desarrollando la relación con sus padres biológicos, si sigue sin asumir ese aspecto ahora que todas las cartas están sobre la mesa; y ver cómo reaccionan Encantador y Blancanieves, por su parte. Durante la temporada se ha ido fomentando esa conexión madre e hija entre Emma y Blancanieves, sin que sean conscientes de ello, por lo que va a ser cuánto menos divertido asistir a la reunión familiar... Sobre todo, ahora que se habla de la aparición de cierto miembro, entre otras jugosas incorporaciones y adelantos.
El humo morado ha abierto un nuevo cuento que leer en Storybrooke...
sábado, 14 de julio de 2012
Aprovechando el pan duro...
¿De verdad os da cosa leer spoilers sobre Grey's Anatomy y The Secret Circle? Vamos a aplicar nuestra política de recortes y eficiencia particular haciendo un 2x1 con la entrada de hoy. Pero, tranquilos, que no pretendo obligar a series como Fringe o a Once Upon a Time a compartir espacio (espero pronto dedicarle sendos posts decentes a ambas), sino que aprovecho para juntar las migajas de la octava temporada de Grey's Anatomy con las de la cancelada The Secret Circle. Como véis, hay que sacarle partido a las sobras del año televisivo.
En otros tiempos (es decir, el año pasado), habría dedicado bastantes líneas a desmenuzar las andanzas de los médicos del Seattle Grace-Mercy West Hospital, pero esta vez Shonda Rhimes apenas me ha dado razones para ello. Unos de mis trucos cuando me toca escribir sobre Grey's Anatomy consiste en conservar la series finale de la temporada anterior, más que nada por el riesgo a olvidarme de en qué estado empiezan los personajes la nueva temporada. Claro está, esto no ocurre cuando la Rhimes se marca una finale efectista tipo tiroteo, pero el de la séptima fue tan tibio que tuve que recurrir a mis archivos. Bueno, tibio para quien no considere escandaloso que Meredith se haya escapado llevándose la bebé Zola, después de que Derek descubriera el chanchullo que su mujer post-it le hizo a la esposa del Chief para que entrara en el ensayo clínico contra el Alzheimer. Lo que parecía que iba a dar bastante juego en la octava entrega, se resuelve de forma un tanto rápida, con Derek perdonando a Meredith, y los servicios sociales aceptando a la súperpareja como padres adoptivos de Zola. Ahí muere el drama de los personajes de Ellen Pompeo y Patrick Dempsey, que poco han tenido que hacer en los 22 episodios. No sé si hubiera aguantado otros conflicto duradero entre Mer y Der tras años de tiras y aflojas; funcionan mucho mejor cuando están tranquilos, pero da la sensación de que se podría haber hecho algo más.
De todas formas, en Shondaland siempre debe haber alguien que pringue, y ahí está Christina para fichar. Su problemas matrimoniales con Owen son una apendicitis seriéfila que lleva dando la vara desde la temporada anterior, así que no sorprende que el asunto haya derivado en una peritonitis que casi me quita las ganas de seguir con la serie. Owen es un personaje que hay que digerir en pocas dosis y Yang parece una sombra de lo que fue. Los guionistas les han dado demasiado tute teniendo en cuenta que otros personajes, como Lexie, habían adquirido un aspecto fantasmagórico sin motivo alguno (aunque en la finale ya completa la transición a espíritu). No llegan a los extremos de ninguneo de la pequeña Grey pero Avery, April, Alex Arizona (cuanto nombre con 'A'), Callie, Bailey, el Chief y Teddy (otra la de las bajas de la serie) se han movido con bastante carta blanca.
En general, todo se podría resumir en 'no pasa nada' y un episodio 'What If' de relleno hasta llegar a los últimos cuatro capítulos donde Shonda y sus secuaces deciden apresurarse hacer todo lo que no hicieron en los episodios anteriores. En primer lugar, está la comedia con el tema de los exámenes para conseguir la residencia definitiva y, en segundo, y buscando superar todas las expectativas, se encuentra el accidente de avión en medio del bosque. Un pseudohomenaje patillero a Lost, que demerece los grandes finales de Grey's. Quitando lo anticlimática que resulta la muerte de Lexie, sólo sirve para poner en suspenso el futuro de Arizona y Mark, ya que Jessica Capshaw y Eric Dane están negociando contrato, si bien noticias recientes podrían sugerir que están más fuera que dentro.
Pese a todo, voy a seguir con la serie (muchos años, son muchos años), cosa que no haría con The Secret Circle ni aunque estuviera renovada. Los adolescentes brujos de Chance Harbor no terminaron de desplegar toda la mala leche que se les pedía, y los responsables de la serie tampoco exprimieron más al personaje más indicado para meter cizaña: Faye. La ficción insistía en tomarse demasiado en serio el romance entre el Señor de las Cejas aka Adam y Cassie, la protagonista, descuidando otros miembros del círculo con más potencial como Diana o Melissa.
La muerte de Nick puso en escena a su hermano, Jake (Chris Zylka, The Amazing Spider-man), pero la nueva incorporación también cayó en papel mojado para ser arrastrada a un insulso amago de cuadrángulo con la pareja soporífera y Faye. Y eso que el personaje tenía su miga porque era un brujo con un problema de autoodio bastante importante que le había llevado a trabajar para los mismos cazadores que mataron a sus padres... En realidad, el universo de la serie y sus personajes daban para mucho más dentro de los estándares de The CW, que suelen ser bastante laxos, de ahí el fiasco del conjunto. Al mismo tiempo y, aunque en el original literario sea así, el hecho de que la magia sólo surgiera cuando estaban los seis en amor y compañía le restaba espectacularidad a la serie. Un producto de género debe hacer justicia a su apellido.
Aquí también los guionistas se pusieron las pilas demasiado tarde, y presentaron al maligno padre de Cassie, John Blackwell (interpretado por un resucitado Joe Lando, el Sully de La Doctora Quinn), que básicamente fue el inseminador de todos los círculos el pueblo y de más allá. Con el barco ya hundido tuvieron la desfachatez de cerrar el volumen con un 'cliffhanger' de libro que prometía al menos una segunda temporada más entretenida para aquellos que sí estaban dispuestos a continuar con la serie.
sábado, 2 de junio de 2012
"Let it play"
No sigas leyendo si no quieres llevarte una patada spoilerosa de Emanda por no haber visto la season finale de Revenge.
Este mayo ha sido un mes malísimo para este blog. Con la avalancha de season finales, sólo pude compartir bien mis impresiones sobre The Good Wife, y la gente que me sigue en Twitter sabe bien que he estado spameando el timeline con opiniones sobre los últimos episodios de gran parte de las series que sigo. Ha habido lugar para emociones de lo más variopintas: indiferencia, indignación, rabia, enternecimiento y euforia. Hoy me voy a dedicar a recrearme en ésta última... y en Revenge. La serie debutante de la ABC se ha llevado gran parte de los tweets histéricos, puñetazos al cojín y 'madre mía, madre mía' con el capítulo que cierra una primera temporada que, si estuviéramos en una discoteca, sería el equivalente a pasarse muchas de esas 22 noches sobre la tarima dándolo todo. Era de justicia que la serie de Mike Kelley se saltara la lista de espera de entradas. Eso, o me arriesgaba a sufrir los juegos mentales de su Emanda que, en estos momentos, está más metida en el juego que nunca. Ella suelta "Let it play" donde The Beatles decían "Let it be".
Después del clímax alcanzado en 'Chaos' (1x15), punto de inflexión de esta entrega en el que se descubrió la identidad del asesinado en la playa durante la fiesta de compromiso, tocaba ver las consecuencias de tan trágico acontecimiento. Ya se veía que el peso del drama se iba a trasladar de Emily/Amanda/Emanda a Victoria, un movimiento muy lógico, teniendo en cuenta que la Reina de los Hamptons es una institución clave en la narrativa de la serie, y que Madeleine Stowe había demostrado que es posible sacarle partido al bótox para ofrecer una actuación que todo el mundo adore. Victoria Grayson se ha erigido, por tanto, en la figura central de las últimas semanas.
Hemos visto cómo Victoria volvía a sus raíces de los bajos fondos como la arribista Victoria Harper, regalándonos unas escenas de lo más gratuitas con ese antiguo amor interpretado por James Purefoy; cómo contrataba a matones para que le hagan la vida imposible a su hijo entre rejas con tal de sacarlo de la cárcel; cómo iba tejiendo con todas sus fuerzas su propia venganza para entregar a su inmimente ex marido, Conrad, a la justicia, primero por el atentado del avión, y segundo y más importante, por ordenar el asesinato de su amado David Clarke. La Grayson, sin duda, fue lo mejor de unos episodios de 'relleno' en los que confirmamos que su alma no estaba muy lejos de la de Emanda, que para ella sus hijos son motivo suficiente para que el fin justifique los medios y que le mueve una necesidad imperiosa por redimirse de sus errores del pasado, los mismos que la ponen en el centro del odio de la hija de David.
Revenge bajó la velocidad de su locomotora, bastante influenciada por una urgencia de reorganizar las tramas con vistas a crear, por un lado, un desafío mucho mayor y de largo recorrido para Emanda (es decir, para la serie) y, por otro, ir añadiendo capas a ciertos personajes que, hasta ahora, no habían tenido mucho empaque. Esto es lo que pasa, por poner un ejemplo claro, con Daniel, el prometido-pegote de Emily, que no es consciente del hecho de que acabar sucumbiendo al cáncer del apellido Grayson, y que ocultar la verdad son motivos de tachadura directa con rotulador rojo. La decepción de Emanda desemboca en la ruptura del compromiso en la season finale y en el olvido de cualquier compasión por parte de la rubia que, como se ve en 'Legacy' (1x20, capítulo que tiene el mérito de alternar dos flashbaks personales de forma magistral y de servir de catálogo de pelucas de medio pelo), ha vivido su propio Batman Begins desde esa actitud de niñata nueva rica y perdida a lo Lindsay Lohan, víctima de la negación de su pasado, hasta convertirse en el soldado que todos conocemos.
El personaje de Emily VanCamp, como el propio espectador en esos capítulos de transición, ha tenido dudas acerca de su cometido, pero sólo hacía falta que se le apretasen un poco más las tuercas. La revelación de que su padre no había muerto en la cárcel sino que había sido asesinado por un hombre de pelo blanco enviado por Conrad renueva la ira de la protagonista y nos introduce en algo muy oscuro que va má allá de las inmediaciones de la mansión Grayson y la cabeza de turco de David Clarke. Algo que no había calculado Emanda en su plan maestro y que se resume en una organización terrorista de cuyas ramificaciones, me temo, no sabemos ni la décima parte todavía.
Una finale explosiva...
La figura del albino ha venido a echar mucha más salsa de la esperada, porque no sólo se cargó a Clarke, sino que también se las ingenia para secuestrar a Nolan por haber fisgado en su casa, encontrándose con una sorpresa que ni el mismo se esperaba: que la mismísima Amanda Clarke lo iba a buscar al infierno para matarlo. Así se abría esa oda al culebrón llamada 'Reckoning' (1x22), broche perfecto a una temporada trepidante, y en el que se encapsulan todos los elementos obligatorios de un género que, gracias al doble infinito de Emanda ha vuelto a la gloria del 'prime time'.
El capítulo enciende mecha desde el minuto uno, con una Emanda desplegando todas las artes aprendidas de su sensei para salvar a Nolan, pero incapaz, como bien remarca Bvalvarez en su recap, de rematar la faena con el albino. La memoria de su padre es lo que convierte a Emanda en un ángel de la venganza pero, al mismo tiempo, es lo que evita que se convierta en una máquina. Ni el amor por el pánfilo de Jack (al que consoló por la muerte del perro Sammy), ni Nolan: es su padre la que la mantiene en tierra. El relato, a partir de entonces decide jugar con Emanda, dándole una idea de que el fin de su tarea está cerca, mientras que al espectador no deja de darle pistas de que nanay de la china. Lo mejor es que la cadena de desgracias va in crescendo.
Primero, por ese inesperado e hilarante giro de los acontecimientos, con el regreso de FakeAmanda embarazada de Jack justo cuando Emanda le iba a confesar todo, sus sentimientos y su doble vida, al tabernero. Una no deja de pensar que por nada del mundo ese nonato fue concebido por Jack, sino que podría responder a una estrategema de Takeda (que se había llevado a FakeAmanda lejos el día del asesinato) para alejar a su pupila de distracciones mundanas que tengan que ver con pringados de la vida. El japonés tiene que volver tarde o temprano.
En segundo lugar, una acción tiene sus consecuencias, y la misericordia de Emanda con el albino se paga cara y de qué forma. El personaje parece tener su agenda oculta con los Grayson porque no le desvela a Conrad que su ex futura nuera es la hija de Clarke, pero colabora con éste para sabotear el avión en el que se embarca una Victoria exultante dispuesta a testificar contra su marido, pruebas en mano, y muy satisfecha de sí misma tras enseñar a su ex nuera la valía de un regalo vacío. El Seven Devils de Florence and The Machine le sientan como un guante a una secuencia en la que vemos cómo la Reina se acerca a la escalerilla del avión y el resultado fatal que se produce, quizá no para ella, porque es impensable que se deshagan de uno de los personajes revelación de esta temporada, sino para su hija Charlotte, que decide darle un último meneo a las pastillas tras creer que su madre ha muerto calcinada.
La canción también destaca el brote de esas semillas de oscuridad que se venían sembrando en algunos personajes desde el regreso de la serie después de su hiato primaveral. Sabíamos que Ahsley era una trepa, pero ahora parece que no va a dejar de perder la oportunidad de darle alegría a un Daniel rabioso, y Declan es probable que se sienta culpable por haber dado esquinazo a la joven de los Grayson, que antes de la ingesta de pastillas, había demostrado que era digna hija del perrerío de su madre. La sombra de la culpa puede que tampoco abandone a Conrad, puesto puede haber perdido lo único que le hacia feliz en esa casa a cambio de haberse librado de la justicia. O eso es lo que él cree.
... ¿y la sombra de Alias?
Cuando el guión no da tregua no la da. Nolan, en su papel de escudero de Emanda, siempre está ahí para limpiar desastre y darle un momento de respiro cuando le empiezan a pesar diez de dura preparación para nada. El rubio de pasarela ha hecho copias de las pruebas, nuestra protagonista ve un poco la luz y, aquí viene el tercer golpe emocional para Amanda Clarke, el que pone la puntilla a la temporada. Dado que el silencio y la ausencia a veces dicen más de un personaje que lo contrario, como en Rebeca, la revelación de que la madre de que su madre está viva no cogió demasiado por sorpresa. A lo largo de la finale se nos habían dado pistas con flashbacks de la pequeña Amanda haciendo preguntas incómodas a su padre. Pero, ¿quién es ésta mujer? ¿Es buena? Por la reacción de David, parece que no lo es tanto... Sin ánimo, de arruinar la serie, es imposible no pensar en Alias y en sus diatribas entre el Bien y el Mal dentro de la propia familia, lo que unido al universo de puñaladas traperas de Revenge puede derivar en una central nuclear apunto de hacer 'boom'. Quién sabe, a lo mejor Sydney Bristow y Amanda Clarke comparten más que un gusto por las pelucas y las artes marciales.
En cualquier caso, el hecho de que Kelley esté buscando a una actriz de renombre para hacerle compañía a Stowe indica que la señora Clarke no va a ser una hermanita de la caridad. Por el bien del culebrón no puede serlo. Ya sea una megalómana o una desquiciada internada en un centro, un género tan infernal como ése debe seguir ardiendo ahora que ha encontrado la llama perfecta.
Este mayo ha sido un mes malísimo para este blog. Con la avalancha de season finales, sólo pude compartir bien mis impresiones sobre The Good Wife, y la gente que me sigue en Twitter sabe bien que he estado spameando el timeline con opiniones sobre los últimos episodios de gran parte de las series que sigo. Ha habido lugar para emociones de lo más variopintas: indiferencia, indignación, rabia, enternecimiento y euforia. Hoy me voy a dedicar a recrearme en ésta última... y en Revenge. La serie debutante de la ABC se ha llevado gran parte de los tweets histéricos, puñetazos al cojín y 'madre mía, madre mía' con el capítulo que cierra una primera temporada que, si estuviéramos en una discoteca, sería el equivalente a pasarse muchas de esas 22 noches sobre la tarima dándolo todo. Era de justicia que la serie de Mike Kelley se saltara la lista de espera de entradas. Eso, o me arriesgaba a sufrir los juegos mentales de su Emanda que, en estos momentos, está más metida en el juego que nunca. Ella suelta "Let it play" donde The Beatles decían "Let it be".
Después del clímax alcanzado en 'Chaos' (1x15), punto de inflexión de esta entrega en el que se descubrió la identidad del asesinado en la playa durante la fiesta de compromiso, tocaba ver las consecuencias de tan trágico acontecimiento. Ya se veía que el peso del drama se iba a trasladar de Emily/Amanda/Emanda a Victoria, un movimiento muy lógico, teniendo en cuenta que la Reina de los Hamptons es una institución clave en la narrativa de la serie, y que Madeleine Stowe había demostrado que es posible sacarle partido al bótox para ofrecer una actuación que todo el mundo adore. Victoria Grayson se ha erigido, por tanto, en la figura central de las últimas semanas.
Hemos visto cómo Victoria volvía a sus raíces de los bajos fondos como la arribista Victoria Harper, regalándonos unas escenas de lo más gratuitas con ese antiguo amor interpretado por James Purefoy; cómo contrataba a matones para que le hagan la vida imposible a su hijo entre rejas con tal de sacarlo de la cárcel; cómo iba tejiendo con todas sus fuerzas su propia venganza para entregar a su inmimente ex marido, Conrad, a la justicia, primero por el atentado del avión, y segundo y más importante, por ordenar el asesinato de su amado David Clarke. La Grayson, sin duda, fue lo mejor de unos episodios de 'relleno' en los que confirmamos que su alma no estaba muy lejos de la de Emanda, que para ella sus hijos son motivo suficiente para que el fin justifique los medios y que le mueve una necesidad imperiosa por redimirse de sus errores del pasado, los mismos que la ponen en el centro del odio de la hija de David.
Revenge bajó la velocidad de su locomotora, bastante influenciada por una urgencia de reorganizar las tramas con vistas a crear, por un lado, un desafío mucho mayor y de largo recorrido para Emanda (es decir, para la serie) y, por otro, ir añadiendo capas a ciertos personajes que, hasta ahora, no habían tenido mucho empaque. Esto es lo que pasa, por poner un ejemplo claro, con Daniel, el prometido-pegote de Emily, que no es consciente del hecho de que acabar sucumbiendo al cáncer del apellido Grayson, y que ocultar la verdad son motivos de tachadura directa con rotulador rojo. La decepción de Emanda desemboca en la ruptura del compromiso en la season finale y en el olvido de cualquier compasión por parte de la rubia que, como se ve en 'Legacy' (1x20, capítulo que tiene el mérito de alternar dos flashbaks personales de forma magistral y de servir de catálogo de pelucas de medio pelo), ha vivido su propio Batman Begins desde esa actitud de niñata nueva rica y perdida a lo Lindsay Lohan, víctima de la negación de su pasado, hasta convertirse en el soldado que todos conocemos.
Me tenían que haber cogido a mí para hacer de Conan el Bárbaro.
El personaje de Emily VanCamp, como el propio espectador en esos capítulos de transición, ha tenido dudas acerca de su cometido, pero sólo hacía falta que se le apretasen un poco más las tuercas. La revelación de que su padre no había muerto en la cárcel sino que había sido asesinado por un hombre de pelo blanco enviado por Conrad renueva la ira de la protagonista y nos introduce en algo muy oscuro que va má allá de las inmediaciones de la mansión Grayson y la cabeza de turco de David Clarke. Algo que no había calculado Emanda en su plan maestro y que se resume en una organización terrorista de cuyas ramificaciones, me temo, no sabemos ni la décima parte todavía.
Una finale explosiva...
La figura del albino ha venido a echar mucha más salsa de la esperada, porque no sólo se cargó a Clarke, sino que también se las ingenia para secuestrar a Nolan por haber fisgado en su casa, encontrándose con una sorpresa que ni el mismo se esperaba: que la mismísima Amanda Clarke lo iba a buscar al infierno para matarlo. Así se abría esa oda al culebrón llamada 'Reckoning' (1x22), broche perfecto a una temporada trepidante, y en el que se encapsulan todos los elementos obligatorios de un género que, gracias al doble infinito de Emanda ha vuelto a la gloria del 'prime time'.
El capítulo enciende mecha desde el minuto uno, con una Emanda desplegando todas las artes aprendidas de su sensei para salvar a Nolan, pero incapaz, como bien remarca Bvalvarez en su recap, de rematar la faena con el albino. La memoria de su padre es lo que convierte a Emanda en un ángel de la venganza pero, al mismo tiempo, es lo que evita que se convierta en una máquina. Ni el amor por el pánfilo de Jack (al que consoló por la muerte del perro Sammy), ni Nolan: es su padre la que la mantiene en tierra. El relato, a partir de entonces decide jugar con Emanda, dándole una idea de que el fin de su tarea está cerca, mientras que al espectador no deja de darle pistas de que nanay de la china. Lo mejor es que la cadena de desgracias va in crescendo.
Primero, por ese inesperado e hilarante giro de los acontecimientos, con el regreso de FakeAmanda embarazada de Jack justo cuando Emanda le iba a confesar todo, sus sentimientos y su doble vida, al tabernero. Una no deja de pensar que por nada del mundo ese nonato fue concebido por Jack, sino que podría responder a una estrategema de Takeda (que se había llevado a FakeAmanda lejos el día del asesinato) para alejar a su pupila de distracciones mundanas que tengan que ver con pringados de la vida. El japonés tiene que volver tarde o temprano.
En segundo lugar, una acción tiene sus consecuencias, y la misericordia de Emanda con el albino se paga cara y de qué forma. El personaje parece tener su agenda oculta con los Grayson porque no le desvela a Conrad que su ex futura nuera es la hija de Clarke, pero colabora con éste para sabotear el avión en el que se embarca una Victoria exultante dispuesta a testificar contra su marido, pruebas en mano, y muy satisfecha de sí misma tras enseñar a su ex nuera la valía de un regalo vacío. El Seven Devils de Florence and The Machine le sientan como un guante a una secuencia en la que vemos cómo la Reina se acerca a la escalerilla del avión y el resultado fatal que se produce, quizá no para ella, porque es impensable que se deshagan de uno de los personajes revelación de esta temporada, sino para su hija Charlotte, que decide darle un último meneo a las pastillas tras creer que su madre ha muerto calcinada.
La canción también destaca el brote de esas semillas de oscuridad que se venían sembrando en algunos personajes desde el regreso de la serie después de su hiato primaveral. Sabíamos que Ahsley era una trepa, pero ahora parece que no va a dejar de perder la oportunidad de darle alegría a un Daniel rabioso, y Declan es probable que se sienta culpable por haber dado esquinazo a la joven de los Grayson, que antes de la ingesta de pastillas, había demostrado que era digna hija del perrerío de su madre. La sombra de la culpa puede que tampoco abandone a Conrad, puesto puede haber perdido lo único que le hacia feliz en esa casa a cambio de haberse librado de la justicia. O eso es lo que él cree.
... ¿y la sombra de Alias?
Cuando el guión no da tregua no la da. Nolan, en su papel de escudero de Emanda, siempre está ahí para limpiar desastre y darle un momento de respiro cuando le empiezan a pesar diez de dura preparación para nada. El rubio de pasarela ha hecho copias de las pruebas, nuestra protagonista ve un poco la luz y, aquí viene el tercer golpe emocional para Amanda Clarke, el que pone la puntilla a la temporada. Dado que el silencio y la ausencia a veces dicen más de un personaje que lo contrario, como en Rebeca, la revelación de que la madre de que su madre está viva no cogió demasiado por sorpresa. A lo largo de la finale se nos habían dado pistas con flashbacks de la pequeña Amanda haciendo preguntas incómodas a su padre. Pero, ¿quién es ésta mujer? ¿Es buena? Por la reacción de David, parece que no lo es tanto... Sin ánimo, de arruinar la serie, es imposible no pensar en Alias y en sus diatribas entre el Bien y el Mal dentro de la propia familia, lo que unido al universo de puñaladas traperas de Revenge puede derivar en una central nuclear apunto de hacer 'boom'. Quién sabe, a lo mejor Sydney Bristow y Amanda Clarke comparten más que un gusto por las pelucas y las artes marciales.
En cualquier caso, el hecho de que Kelley esté buscando a una actriz de renombre para hacerle compañía a Stowe indica que la señora Clarke no va a ser una hermanita de la caridad. Por el bien del culebrón no puede serlo. Ya sea una megalómana o una desquiciada internada en un centro, un género tan infernal como ése debe seguir ardiendo ahora que ha encontrado la llama perfecta.
jueves, 8 de marzo de 2012
El plan de Emanda
ATENCIÓN: Spoilers de lo que llevamos de temporada debut de 'Revenge'.
Los parones que hacen las series estadounidenses para conseguir cuadrar sus episodios en unas maratonianas temporadas de nueve meses pueden resultar tan pensadas para 'joder' como cualquiera de las maquinaciones de Amanda Clarke. Hasta el 18 de abril no volveremos a tener capítulo de ese monumento a la venganza y sus perras llamado Revenge, y la tortura no hace más que ir en aumento. Porque justo cuando todavía estábamos saboreando la resolución del asesinato en la playa visto en el episodio piloto, la ABC, disfrazada de su propio personaje revelación, nos asesta una puñalada por la espalda y lo peor es que se las ingenia para dejarnos con la miel en los labios. Puro masoquismo.
La serie de Mike Kelley, toda una roca en la noche de los miércoles, ha demostrado que puede convertir hasta al espectador más sibarita en un esclavo de los métodos culebroneros de Emily/Amanda, o, como la bautizó el fandom en un alarde de concisión, Emanda. Llevamos dieciséis capítulos emitidos y, hasta el momento, el trazado de la producción parece salido de la misma caja infinita de Emanda. Con esa táctica de darle al personal lo que quiere en las primeras entregas, haciendo una exhibición de cómo arruinarle la vida a una persona en 40 minutos, Revenge no sólo enganchó a la audiencia sino que la preparaba para conocer hasta qué punto estaba dispuesta a llegar Emanda para cumplir su cometido sin romperse por dentro, y hasta qué punto incomodaba su presencia a la familia de la todopoderosa Victoria Grayson, otro grandísimo personaje que no ha dejado de expandirse, en parte, gracias a unos giros argumentales de aúpa muy propios del género y, en parte, gracias a la actuación de una Madeleine Stowe volcada en cada sonrisa y batimiento de pestañas falsos (y que nada menos le valió una nominación al Globo de Oro).
No sólo se nos confirmó que el azar es capaz de ganarle la partida a la joven empresaria interpretada por una inquietante Emily VanCamp, haciéndole ver que era tan humana como cualquiera, pero, a la vez, también nos quedó claro que estamos ante un personaje por el que el mismo Mossad pagaría una fortuna. Tan pronto como creíamos que se le derrumbaban los planes, presa de sus sentimientos divididos hacia Jack Porter (Nick Weschler) y Daniel Grayson (Joshua Bowman ) en ese trío infernal de capítulos compuesto por 'Perception', 'Chaos' y 'Scandal' (1x14-15-16), el guión enseguida se encargaba de desmentirlo, recordando que Emanda cuenta con tres dones hiperdesarrollados a diferencia de todos los mortales: la astucia, la previsión y la sangre fría.
'Chaos' fue previsible, sí (sería un suicidio de márketing y un 'epic fail' que la serie prescindiera de los encantos de alguien como Joshua Bowman), pero pese a ello este flashback XL que hemos visto es una montaña rusa por la que personalmente estaría dispuesta a pagar las veces que fuera. Hay muy pocos reproches que hacerle a esta etapa de la serie, al acabado se le ven las costuras en bastantes ocasiones y no sabemos qué más puede hacer el dios Nolan (Gabriel Mann) montado en su ballenita Shamu para llevar al límite las técnicas de espionaje y extorsión más rocambolescas, y cuánto falta para que los responsables de la serie manden a los hermanos Porter al contenedor de los residuos que no se pueden reciclar. Con todo, la cadencia con la que Revenge va entonando su melodía nos hipnotiza y nos convierte en unas ratillas de Hamelín dispuestas a seguir a Emanda a donde sea.
Pero, al contrario que su protagonista, este drama no engaña a nadie. Sus tramas y personajes se gustan sabedores de que beben de la tradición del género los culebrones, y son consecuentes con ello. Puede que Tyler (Ashton Holmes) fuera demasiado psycho de manual, pupilo de la escuela de Kimberly de Melrose Place; o que la intensidad de Amanda/Emily (Amily, para los amigos) hacia su antigua compañera del 'juvie', Emanda, apelara al morbo lésbico-carcelario más evidente (esa TSNR no era nomal en sus escenas, ahí hubo tomate fijo); o que se le ven demasiado las intenciones trepas a Ashley (Ashley Madekwe); o que canta mucho la manida trama de las drogas por parte de Charlotte (Christa B. Allen), pero son parte de la salsa de una serie como Revenge y, reconozcámoslo, echaríamos de menos estos elementos si no estuvieran.
Quitando a los mencionados Jack y Declan (Connor Paolo), representantes de la plebe, el resto de habitantes de los Hamptoms están revelando su agenda secreta de forma progresiva y ganando en interés. Si Queen Victoria, al principio, parecía una sólo antagonista con la capacidad de encandilar, la propia serie se ha encargado de remarcar con acciones y líneas de diálogo que es la némesis perfecta de Emily, alguien que fue ella antes que ella. Hace cuatro meses, decía que era la lucha de un Terminator despiadado y zen contra un Hulk cargado de emociones, o un 'ice' contra 'fire', y lo sigue siendo, pero la ambición de ambas las iguala y Victoria también podría jugar las mismas cartas que Emily. Y ya si añadimos los duelos de miradas de VanCamp y Stowe, sube el pan.
Con todo el enjuiciamiento de Daniel ha llegado la hora de ver el juego de Victoria y cómo se las arregla para ayudar a su hijo a salir airoso de la acusación por el asesinato de Tyler, desplegando todas sus artimañas en un momento en el que Emanda no está en una posición de poder tan cómoda como al inicio de la serie, tal y como le insiste su sensei, otro personaje que seguro tiene mucho que decir (a Revenge no le falta de nada). Lo que parecía un desvío de la trama principal puede que acabe ofreciendo más caras de la Grayson y, en concreto, ayude a profundizar más en su campaña contra su ¿futura? nuera.
Y, mientras tanto, Emanda irá añadiendo fases a su plan maestro. Es lo que le toca.
Los parones que hacen las series estadounidenses para conseguir cuadrar sus episodios en unas maratonianas temporadas de nueve meses pueden resultar tan pensadas para 'joder' como cualquiera de las maquinaciones de Amanda Clarke. Hasta el 18 de abril no volveremos a tener capítulo de ese monumento a la venganza y sus perras llamado Revenge, y la tortura no hace más que ir en aumento. Porque justo cuando todavía estábamos saboreando la resolución del asesinato en la playa visto en el episodio piloto, la ABC, disfrazada de su propio personaje revelación, nos asesta una puñalada por la espalda y lo peor es que se las ingenia para dejarnos con la miel en los labios. Puro masoquismo.
La serie de Mike Kelley, toda una roca en la noche de los miércoles, ha demostrado que puede convertir hasta al espectador más sibarita en un esclavo de los métodos culebroneros de Emily/Amanda, o, como la bautizó el fandom en un alarde de concisión, Emanda. Llevamos dieciséis capítulos emitidos y, hasta el momento, el trazado de la producción parece salido de la misma caja infinita de Emanda. Con esa táctica de darle al personal lo que quiere en las primeras entregas, haciendo una exhibición de cómo arruinarle la vida a una persona en 40 minutos, Revenge no sólo enganchó a la audiencia sino que la preparaba para conocer hasta qué punto estaba dispuesta a llegar Emanda para cumplir su cometido sin romperse por dentro, y hasta qué punto incomodaba su presencia a la familia de la todopoderosa Victoria Grayson, otro grandísimo personaje que no ha dejado de expandirse, en parte, gracias a unos giros argumentales de aúpa muy propios del género y, en parte, gracias a la actuación de una Madeleine Stowe volcada en cada sonrisa y batimiento de pestañas falsos (y que nada menos le valió una nominación al Globo de Oro).
No sólo se nos confirmó que el azar es capaz de ganarle la partida a la joven empresaria interpretada por una inquietante Emily VanCamp, haciéndole ver que era tan humana como cualquiera, pero, a la vez, también nos quedó claro que estamos ante un personaje por el que el mismo Mossad pagaría una fortuna. Tan pronto como creíamos que se le derrumbaban los planes, presa de sus sentimientos divididos hacia Jack Porter (Nick Weschler) y Daniel Grayson (Joshua Bowman ) en ese trío infernal de capítulos compuesto por 'Perception', 'Chaos' y 'Scandal' (1x14-15-16), el guión enseguida se encargaba de desmentirlo, recordando que Emanda cuenta con tres dones hiperdesarrollados a diferencia de todos los mortales: la astucia, la previsión y la sangre fría.
'Chaos' fue previsible, sí (sería un suicidio de márketing y un 'epic fail' que la serie prescindiera de los encantos de alguien como Joshua Bowman), pero pese a ello este flashback XL que hemos visto es una montaña rusa por la que personalmente estaría dispuesta a pagar las veces que fuera. Hay muy pocos reproches que hacerle a esta etapa de la serie, al acabado se le ven las costuras en bastantes ocasiones y no sabemos qué más puede hacer el dios Nolan (Gabriel Mann) montado en su ballenita Shamu para llevar al límite las técnicas de espionaje y extorsión más rocambolescas, y cuánto falta para que los responsables de la serie manden a los hermanos Porter al contenedor de los residuos que no se pueden reciclar. Con todo, la cadencia con la que Revenge va entonando su melodía nos hipnotiza y nos convierte en unas ratillas de Hamelín dispuestas a seguir a Emanda a donde sea.
Pero, al contrario que su protagonista, este drama no engaña a nadie. Sus tramas y personajes se gustan sabedores de que beben de la tradición del género los culebrones, y son consecuentes con ello. Puede que Tyler (Ashton Holmes) fuera demasiado psycho de manual, pupilo de la escuela de Kimberly de Melrose Place; o que la intensidad de Amanda/Emily (Amily, para los amigos) hacia su antigua compañera del 'juvie', Emanda, apelara al morbo lésbico-carcelario más evidente (esa TSNR no era nomal en sus escenas, ahí hubo tomate fijo); o que se le ven demasiado las intenciones trepas a Ashley (Ashley Madekwe); o que canta mucho la manida trama de las drogas por parte de Charlotte (Christa B. Allen), pero son parte de la salsa de una serie como Revenge y, reconozcámoslo, echaríamos de menos estos elementos si no estuvieran.Quitando a los mencionados Jack y Declan (Connor Paolo), representantes de la plebe, el resto de habitantes de los Hamptoms están revelando su agenda secreta de forma progresiva y ganando en interés. Si Queen Victoria, al principio, parecía una sólo antagonista con la capacidad de encandilar, la propia serie se ha encargado de remarcar con acciones y líneas de diálogo que es la némesis perfecta de Emily, alguien que fue ella antes que ella. Hace cuatro meses, decía que era la lucha de un Terminator despiadado y zen contra un Hulk cargado de emociones, o un 'ice' contra 'fire', y lo sigue siendo, pero la ambición de ambas las iguala y Victoria también podría jugar las mismas cartas que Emily. Y ya si añadimos los duelos de miradas de VanCamp y Stowe, sube el pan.
Con todo el enjuiciamiento de Daniel ha llegado la hora de ver el juego de Victoria y cómo se las arregla para ayudar a su hijo a salir airoso de la acusación por el asesinato de Tyler, desplegando todas sus artimañas en un momento en el que Emanda no está en una posición de poder tan cómoda como al inicio de la serie, tal y como le insiste su sensei, otro personaje que seguro tiene mucho que decir (a Revenge no le falta de nada). Lo que parecía un desvío de la trama principal puede que acabe ofreciendo más caras de la Grayson y, en concreto, ayude a profundizar más en su campaña contra su ¿futura? nuera.
Y, mientras tanto, Emanda irá añadiendo fases a su plan maestro. Es lo que le toca.
martes, 6 de marzo de 2012
Pan Am... Mayday, mayday, mayday!
Finalmente el vuelo se ha estrellado. La audiencias no han tenido piedad con la tripulación de Pan Am que, después de un arranque más que prometedor, veía como perdía combustible a chorros semana tras semana hasta que ha acabado en el hangar de las series canceladas de la ABC (después de haber dicho adiós con unos raquíticos 3,7 millones y 1.2 en la demo). Lo más triste del asunto es que no hace falta mirar cajas negras ni preguntar al responsable del último remache de esta ficción basada en la edad de oro de la aviación para darse cuenta de lo que estaba fallando.
Pan Am enamoraba por los ojos, eso es incontestable. Toda su cuidada estética sesentera ayudaba sumergir al espectador contemporáneo en el espíritu y propaganda de una época, la de la New Frontier kennedyana, donde reinaba un optimismo tal que empequeñecia cualquier desafío por inabarcable que fuera (buena prueba de ello es el capítulo del aterrizaje de emegencia en Haití, 'bigger than life' en estado puro, por encima de precisiones históricas). Una serie retro en pretensiones y ambientación al servicio de las necesidades del habitante del sofá de hoy que lo último que desea es que le recuerden aquellos problemas de los que quiere escapar cuanto antes. Pero, una vez dentro del Clipper, hacía falta más que un cátering de lujo y azafatas y pilotos de revista para hacerte comprar otro billete... hasta solicitar la tarjeta de millas.
El fuselaje debía haberse compuesto de unas planchas en forma de historias más pesadas que equilibraran la tendencia hacia lo ultraligero de las tramas, por no hablar de establecer unas rutas más atractivas que incluyeran más escalas en las que bajar a la terminal y profundizar más en los personajes, ese grupo de hombres y mujeres adalides de la modernidad, encabezados por una Colette (Karine Vanasse) tan encantadora que hacía soportable episodios terribles, colocados en el lugar que no les corresponde por obra y gracia de la estrategia absurda de una 'network' que, ratings mediante, había perdido la confianza en su producto.
La azafata francesa, con su pasado de ocupación nazi, protagonizó algunos de los momentos más dramáticos de la serie y, junto con el capitán Dean (Mike Vogel aka "El rubio bien hecho"), llenó de sobra la cuota romántica. Por su parte, Kate, la azafata espía encarnada por Kelli Garner (el otro gran descubrimiento de la serie, tal y como destaca Crítico en Serie), empezó siendo el personaje con la trama más clara y viable a largo plazo, pero ésta sólo empezó a tomar verdadero cuerpo y seriedad hacia el final... cuando ya era demasiado tarde para remontar el vuelo, tal y como les ocurrió al resto: Maggie, Laura y Ted.
Quizá conscientes de que a la serie le quedaban como mucho dos aeropuertos que visitar, los guionistas se apresuraron en darle más quehacer a estos tres personajes, aunque más bien el piloto automático parecía estar detrás de todas las maniobras. No hay otra explicación posible a ese frenesí de abrir y cerrar conflictos a velocidades de vértigo, y a esa ausencia de explicaciones al pasajero acerca de por qué ciertos personajes se quedaron en tierra y nunca más volvieron a embarcar. Porque, ¿qué fue de Bridget?, ¿se la tragó un vórtex del espacio tiempo?
Con todo, en esta locura de quemar fuel como si no hubiera mañana, los responsables de Pan Am se las ingeniaron para inmolarse con honores cual kamikazes, convirtiendo el episodio extra que les había regalado la ABC en una season finale irrespetuosa con el minúsculo grupo de seguidores fieles a la serie que la disfrutaron sin exigirle más de lo que estaba dando. En lugar de clausurar la serie de una forma honesta y orgánica con lo que había ofrecido a lo largo de sus catorce episodios, y si bien el resultado general sonaba a despedida en todos los motores, los guionistas se encargaron de dejar cabos sueltos importantes que justo prometían algo que no iba a ser factible de ninguna manera: una segunda temporada.
Pan Am enamoraba por los ojos, eso es incontestable. Toda su cuidada estética sesentera ayudaba sumergir al espectador contemporáneo en el espíritu y propaganda de una época, la de la New Frontier kennedyana, donde reinaba un optimismo tal que empequeñecia cualquier desafío por inabarcable que fuera (buena prueba de ello es el capítulo del aterrizaje de emegencia en Haití, 'bigger than life' en estado puro, por encima de precisiones históricas). Una serie retro en pretensiones y ambientación al servicio de las necesidades del habitante del sofá de hoy que lo último que desea es que le recuerden aquellos problemas de los que quiere escapar cuanto antes. Pero, una vez dentro del Clipper, hacía falta más que un cátering de lujo y azafatas y pilotos de revista para hacerte comprar otro billete... hasta solicitar la tarjeta de millas.
El fuselaje debía haberse compuesto de unas planchas en forma de historias más pesadas que equilibraran la tendencia hacia lo ultraligero de las tramas, por no hablar de establecer unas rutas más atractivas que incluyeran más escalas en las que bajar a la terminal y profundizar más en los personajes, ese grupo de hombres y mujeres adalides de la modernidad, encabezados por una Colette (Karine Vanasse) tan encantadora que hacía soportable episodios terribles, colocados en el lugar que no les corresponde por obra y gracia de la estrategia absurda de una 'network' que, ratings mediante, había perdido la confianza en su producto.
La azafata francesa, con su pasado de ocupación nazi, protagonizó algunos de los momentos más dramáticos de la serie y, junto con el capitán Dean (Mike Vogel aka "El rubio bien hecho"), llenó de sobra la cuota romántica. Por su parte, Kate, la azafata espía encarnada por Kelli Garner (el otro gran descubrimiento de la serie, tal y como destaca Crítico en Serie), empezó siendo el personaje con la trama más clara y viable a largo plazo, pero ésta sólo empezó a tomar verdadero cuerpo y seriedad hacia el final... cuando ya era demasiado tarde para remontar el vuelo, tal y como les ocurrió al resto: Maggie, Laura y Ted.
Quizá conscientes de que a la serie le quedaban como mucho dos aeropuertos que visitar, los guionistas se apresuraron en darle más quehacer a estos tres personajes, aunque más bien el piloto automático parecía estar detrás de todas las maniobras. No hay otra explicación posible a ese frenesí de abrir y cerrar conflictos a velocidades de vértigo, y a esa ausencia de explicaciones al pasajero acerca de por qué ciertos personajes se quedaron en tierra y nunca más volvieron a embarcar. Porque, ¿qué fue de Bridget?, ¿se la tragó un vórtex del espacio tiempo?
Con todo, en esta locura de quemar fuel como si no hubiera mañana, los responsables de Pan Am se las ingeniaron para inmolarse con honores cual kamikazes, convirtiendo el episodio extra que les había regalado la ABC en una season finale irrespetuosa con el minúsculo grupo de seguidores fieles a la serie que la disfrutaron sin exigirle más de lo que estaba dando. En lugar de clausurar la serie de una forma honesta y orgánica con lo que había ofrecido a lo largo de sus catorce episodios, y si bien el resultado general sonaba a despedida en todos los motores, los guionistas se encargaron de dejar cabos sueltos importantes que justo prometían algo que no iba a ser factible de ninguna manera: una segunda temporada.
miércoles, 9 de noviembre de 2011
Recordar los cuentos
La ABC acaba de dar la campanada en la liga de las 'networks' con el producto más inesperado, después de un par de años intentando encontrar una nueva Lost con la que arrastrar audiencias fieles. Los responsables de Once Upon a Time, Edward Kitsis y Adam Horowitz, vienen de la cantera de guionistas de la isla, pero su apuesta se aleja bastante de cualquier intento de fenómeno mediático y narrativo para regresar a las bases mismas del arte de contar historias: los cuentos o fábulas de hadas, enterrados hoy en día bajo capas y capas de lecturas y remixes posmodernos, o eclipsados por otras narraciones a priori más adultas y complejas en sus planteamientos morales. No se trata, pues, de un género que esté muy de moda en una audiencia supuestamente de vuelta de todo, y más tratándose de una serie en imagen real y no animada donde el riesgo de caer en la cursilería y la ridiculez estética es demasiado alto. Con este cuadro, las estacas estaban preparadas desde el momento en que se anuncio el proyecto pero, viendo los resultados, se han tenido que guardar. Aunque cabe preguntarse, ¿por qué tanta alergia y prejuicio inicial?
Lo cierto es que a los cuentos no le sentó demasiado bien su traslado a los medios de masas de la mano de Disney. Lo que se ganó en difusión de estos mitos se perdió en complejidad al eliminarse una figura tan importante como la del narrador físico. Los cuentos provienen de la tradición oral y, aunque autores como los hermanos Grimm o Perrault compilasen en tomos las versiones más populares, siempre mantuvieron ese halo de oralidad que los hacía perfectos para ser leídos en voz alta ante una pequeña audiencia activa frente a la hoguera o en la cama. En esa lectura en voz alta se producía un diálogo en que el narrador, normalmente adulto, explicaba los porqués, completando el sentido didáctico del cuento. Siempre hacían falta al menos dos personas, el lector y el oyente, para contarlo. Al pasar al cine, esa interpretación del narrador adulto se esfumó, no había diálogo, de modo que todo el peso intepretativo recaía en el niño, que podía ver la película en solitario, así que necesariamente para que la moraleja quedara lo más clara posible, la historia y personajes se tenían que hacer más sencillos en su fondo. Los adultos fueron perdiendo responsabilidad en la transmisión de estos cuentos, de ahí que el género pasó a considerarse erróneamente "de niños" en otra simplificación de lo que, en realidad, son historias para todos los públicos.
Teniendo en cuenta este contexto, resulta curiosa la pobre consideración que tienen las historias para todos los públicos, como si esto fuera un síntoma de poca profundidad narrativa. Quizá sean éstos los productos más difíciles de crear por esa aspiración universal que tienen y que implica la construcción de una 'ficción multicapa'. No basta como en Terra Nova (una ficción familiar fallida en este sentido) con que cada personaje apunte a un target específico de la audiencia, sino que la trama debe tener distintos niveles de profundidad que conecten con un amplio espectro de público, desde los más pequeños de la casa hasta sus padres. Y esto, precisamente, es lo que consigue Once Upon a Time, además de resucitar para el medio audiovisual los cuentos de hadas sin traicionar su espíritu original de narración familiar o grupal, olvidándose de cualquier revisión radical de los mitos o de remezclas exhaustivas de la cultura de masas a lo Shreck.
De acuerdo con sus creadores en una entrevista con la crítica Mo Ryan, Once Upon a Time no pretende revisar nada sino intentar conocer aquello que no sabíamos de las fábulas clásicas: "Me gustaría saber por qué la Reina odia tanto a Blancanieves, por qué es mala, por qué Gruñón es gruñón, por qué Gepetto es tan solitario que tiene que construir un niño de madera. No estamos interesados en recontar los cuentos de hadas. Estamos interesados en las partes que tienen agujeros que necesitan ser rellenados, o en cosas acerca de las que quizás nunca se había pensado", subraya Kitsis. Sólo hace falta ver el capítulo dos o tres de la serie para caer en la cuenta de que por aquí van los tiros, pero no sólo eso, sino que a la vez todo esta conjurado en una estructura tan serializada que todavía hace más sorprendente que la ficción esté dando alegrías a los audímetros de los domingos en Estados Unidos (medía de 11,5 millones de espectadores y por encima de 3 en la demo comercial).
La historia de Once Upon a Time comienza cuando Henry (Jared Gilmore), un niño solitario y 'normal' que que, por fin, actúa de acuerdo a su edad sin resultar un adulto en miniatura o un niño pesado, se propone devolver la memoria a unos personajes de cuento anmésicos y atrapados en el ficticio pueblo de Storybrooke (Maine) por obra y gracia de la Reina Malvada (Lana Parrilla, Swingtown), que prefirió condenarse a ella misma y a todos antes de que Blancanieves (Ginnifer Goodwin, Big Love) fuera feliz completamente con el Príncipe Encantador (Josh Dallas). Sin embargo, para poder conseguirlo Henry debe convencer a su recién encontrada madre biológica, Emma Swan (Jennifer Morrison, House), una dura fiadora judicial, de que ella es la hija de Blancanieves y Encantador y, por tanto, la solución del problema. Todo ello, a menos que el rico señor Gold (Robert Carlysle), alter ego del siniestro Rumpelstilstskin, sepa más de lo que aparenta.
Con esta premisa de una realidad donde nadie recuerda quién es, Kitsis y Horowitz logran revitalizar el género, en lo que se convierte en una auténtica búsqueda de los orígenes que es literal en el caso de Henry y Emma, ambos niños que no crecieron con sus padres biológicos, y también metafórica, con todos esos personajes de cuento que viven inconscientemente siendo sombras de lo que fueron en la realidad de fantasía a la que pertenecen (Mary Margaret Blanchard es mucho más apocada que cuando era la intrépida y no tan santa fugitiva Blancanives). Éste es el drama en el que se ven inmersos los personajes y que conforma la capa adulta y no tan amable de la serie, que se hace presente desde los primeros segundos del capítulo piloto. Vivir en esta realidad, parecido a lo que ocurre en la teoría platónica de la reminiscencia, es el castigo, y la única manera de volver al mundo de las ideas, al que de verdad se pertenece, es ir recordando lo que una vez se fue a partir de las pistas que encontramos aquí abajo, en el mundo sensible. Y en el mundo de Once Upon a Time, esas pistas están en los cuentos de hadas, de los que sólo Henry es capaz de captar su significado oculto por su condición de niño, en consonancia con el loco de las tragedias griegas al que nadie hace caso. He tenido algunas conversaciones por Twitter estos días sobre el tema, y con Crítico en Serie llegué a la conclusión de que no importa demasiado el final feliz total tanto como que los personajes tengan pequeños triunfos que les den esperanza y optimismo de que las cosas irán a mejor, que al final del día es lo que mueve incluso al mundo en el que vivimos nosotros.
Once Upon a Time, a pesar de sus efectos especiales un tanto 'cromáticos', es un producto de los tiempos actuales, como prueban sus elecciones estéticas (por ejemplo, los guiños intertextuales a Lost y a todo el mundo de Disney, que para algo la ABC es parte del conglomerado del tito Walt), pero también lo es en cuanto a sus características narrativas (la ya citada realidad sin memoria) y el mensaje de fondo que a través de ellas pretende transmitir en una sociedad que atraviesa una crisis económica escalante, y que conecta con la función original que tienen todas las narraciones en su conjunto. En el episodio piloto, Kitsis y Horowitz se encargan de hacerla patente en boca de la propia Mary Margaret/Blancanieves en una autorreferencia meta para nada disimulada: "¿Para qué crees que son las historias? Estas historias, clásicos, hay una razón para que todos las conozcamos. Son una forma de lidiar con nuestro mundo, un mundo que no siempe tiene sentido".
Lo cierto es que a los cuentos no le sentó demasiado bien su traslado a los medios de masas de la mano de Disney. Lo que se ganó en difusión de estos mitos se perdió en complejidad al eliminarse una figura tan importante como la del narrador físico. Los cuentos provienen de la tradición oral y, aunque autores como los hermanos Grimm o Perrault compilasen en tomos las versiones más populares, siempre mantuvieron ese halo de oralidad que los hacía perfectos para ser leídos en voz alta ante una pequeña audiencia activa frente a la hoguera o en la cama. En esa lectura en voz alta se producía un diálogo en que el narrador, normalmente adulto, explicaba los porqués, completando el sentido didáctico del cuento. Siempre hacían falta al menos dos personas, el lector y el oyente, para contarlo. Al pasar al cine, esa interpretación del narrador adulto se esfumó, no había diálogo, de modo que todo el peso intepretativo recaía en el niño, que podía ver la película en solitario, así que necesariamente para que la moraleja quedara lo más clara posible, la historia y personajes se tenían que hacer más sencillos en su fondo. Los adultos fueron perdiendo responsabilidad en la transmisión de estos cuentos, de ahí que el género pasó a considerarse erróneamente "de niños" en otra simplificación de lo que, en realidad, son historias para todos los públicos.
Teniendo en cuenta este contexto, resulta curiosa la pobre consideración que tienen las historias para todos los públicos, como si esto fuera un síntoma de poca profundidad narrativa. Quizá sean éstos los productos más difíciles de crear por esa aspiración universal que tienen y que implica la construcción de una 'ficción multicapa'. No basta como en Terra Nova (una ficción familiar fallida en este sentido) con que cada personaje apunte a un target específico de la audiencia, sino que la trama debe tener distintos niveles de profundidad que conecten con un amplio espectro de público, desde los más pequeños de la casa hasta sus padres. Y esto, precisamente, es lo que consigue Once Upon a Time, además de resucitar para el medio audiovisual los cuentos de hadas sin traicionar su espíritu original de narración familiar o grupal, olvidándose de cualquier revisión radical de los mitos o de remezclas exhaustivas de la cultura de masas a lo Shreck.
De acuerdo con sus creadores en una entrevista con la crítica Mo Ryan, Once Upon a Time no pretende revisar nada sino intentar conocer aquello que no sabíamos de las fábulas clásicas: "Me gustaría saber por qué la Reina odia tanto a Blancanieves, por qué es mala, por qué Gruñón es gruñón, por qué Gepetto es tan solitario que tiene que construir un niño de madera. No estamos interesados en recontar los cuentos de hadas. Estamos interesados en las partes que tienen agujeros que necesitan ser rellenados, o en cosas acerca de las que quizás nunca se había pensado", subraya Kitsis. Sólo hace falta ver el capítulo dos o tres de la serie para caer en la cuenta de que por aquí van los tiros, pero no sólo eso, sino que a la vez todo esta conjurado en una estructura tan serializada que todavía hace más sorprendente que la ficción esté dando alegrías a los audímetros de los domingos en Estados Unidos (medía de 11,5 millones de espectadores y por encima de 3 en la demo comercial).La historia de Once Upon a Time comienza cuando Henry (Jared Gilmore), un niño solitario y 'normal' que que, por fin, actúa de acuerdo a su edad sin resultar un adulto en miniatura o un niño pesado, se propone devolver la memoria a unos personajes de cuento anmésicos y atrapados en el ficticio pueblo de Storybrooke (Maine) por obra y gracia de la Reina Malvada (Lana Parrilla, Swingtown), que prefirió condenarse a ella misma y a todos antes de que Blancanieves (Ginnifer Goodwin, Big Love) fuera feliz completamente con el Príncipe Encantador (Josh Dallas). Sin embargo, para poder conseguirlo Henry debe convencer a su recién encontrada madre biológica, Emma Swan (Jennifer Morrison, House), una dura fiadora judicial, de que ella es la hija de Blancanieves y Encantador y, por tanto, la solución del problema. Todo ello, a menos que el rico señor Gold (Robert Carlysle), alter ego del siniestro Rumpelstilstskin, sepa más de lo que aparenta.
Con esta premisa de una realidad donde nadie recuerda quién es, Kitsis y Horowitz logran revitalizar el género, en lo que se convierte en una auténtica búsqueda de los orígenes que es literal en el caso de Henry y Emma, ambos niños que no crecieron con sus padres biológicos, y también metafórica, con todos esos personajes de cuento que viven inconscientemente siendo sombras de lo que fueron en la realidad de fantasía a la que pertenecen (Mary Margaret Blanchard es mucho más apocada que cuando era la intrépida y no tan santa fugitiva Blancanives). Éste es el drama en el que se ven inmersos los personajes y que conforma la capa adulta y no tan amable de la serie, que se hace presente desde los primeros segundos del capítulo piloto. Vivir en esta realidad, parecido a lo que ocurre en la teoría platónica de la reminiscencia, es el castigo, y la única manera de volver al mundo de las ideas, al que de verdad se pertenece, es ir recordando lo que una vez se fue a partir de las pistas que encontramos aquí abajo, en el mundo sensible. Y en el mundo de Once Upon a Time, esas pistas están en los cuentos de hadas, de los que sólo Henry es capaz de captar su significado oculto por su condición de niño, en consonancia con el loco de las tragedias griegas al que nadie hace caso. He tenido algunas conversaciones por Twitter estos días sobre el tema, y con Crítico en Serie llegué a la conclusión de que no importa demasiado el final feliz total tanto como que los personajes tengan pequeños triunfos que les den esperanza y optimismo de que las cosas irán a mejor, que al final del día es lo que mueve incluso al mundo en el que vivimos nosotros.
Once Upon a Time, a pesar de sus efectos especiales un tanto 'cromáticos', es un producto de los tiempos actuales, como prueban sus elecciones estéticas (por ejemplo, los guiños intertextuales a Lost y a todo el mundo de Disney, que para algo la ABC es parte del conglomerado del tito Walt), pero también lo es en cuanto a sus características narrativas (la ya citada realidad sin memoria) y el mensaje de fondo que a través de ellas pretende transmitir en una sociedad que atraviesa una crisis económica escalante, y que conecta con la función original que tienen todas las narraciones en su conjunto. En el episodio piloto, Kitsis y Horowitz se encargan de hacerla patente en boca de la propia Mary Margaret/Blancanieves en una autorreferencia meta para nada disimulada: "¿Para qué crees que son las historias? Estas historias, clásicos, hay una razón para que todos las conozcamos. Son una forma de lidiar con nuestro mundo, un mundo que no siempe tiene sentido".
martes, 18 de octubre de 2011
Amanda se llamaba la bicha
La venganza no entraba en mis planes para esta temporada. Con la cantidad ingente de nuevos títulos que ver, había que hacer criba a discreción y, entre las que se fueron al hoyo de forma prematura estaba Revenge (ABC). Sin embargo, los buenos comentarios y el entusiasmo con el que la recibieron algunos, me hicieron repensármelo y darle una oportunidad a esta historia de ricachos situada en la no menos rica zona de los Hamptons en la coste este de Estados Unidos. Y menos mal que no dejé que pasaran demasiados capítulos para empezar a verla porque, de lo contrario, estoy segura de que la serie se hubiera cobrado una 'vendetta' mucho peor conmigo enganchándome hasta límites insospechados y arruinándome el orden de episodios de otras ficciones que llevo en estos momentos.
Oh sí, porque Revenge, como todo buen culebrón, es una droga dura para quien lo prueba. Ya no digo si una tiene inclinación por este tipo de relatos enrevesados donde se pone a prueba el límite de las emociones y se espera cual águila el siguiente giro rocambolesco de la trama. El drama revelación de la noche de los miércoles bebe directamente del agua sucia de las mejores sagas familiares y sus personajes repletos de motivos oscuros que llenaron de entretenimiento horas y horas de televisión hace 30 años. TNT resucitará Dallas el próximo verano, pero Revenge aspira en serio a ocupar el trono de culebrón en el prime time del nuevo milenio. Este año también pulula Ringer en esta lucha de perras, pero la caniche de The CW ha entendido que es mejor dedicarse a la comedia, en lugar de codearse con rottweilers mordedoras. Y no lo hace mal en su nuevo cometido.
Hay mucha mala baba en Revenge, pero se las ingenia para presentárnosla con estilo y escondiendo en la medida de lo posible esa tendencia a la inverosimilitud de los culebrones. Ya que se trata de hablar de venganza, Mike Kelley (creador de Swingtown) aprende del Conde de Montecristo de Dumas y nos trae una historia de hundimientos de reputación, cárcel, regresos amargos, y mucho dinero en el bolsillo que gastar para devolvérsela bien a los que te la jugaron en el pasado. En corto, al padre de Amanda Clarke (Emily Van Camp, Everwood, Brothers and Sisters), David, le traicionaron unas cuantas personas en las que se encontraba su amante, nada menos que la Reina Victoria Grayson de los Hamptons (Madeleine Stowe, El último mohicano). Aparentemete inocente, a David lo enviaron entrerrejas y, usando contactos, lo separaron para siempre de su hija, que fue a parar a los servicios sociales y luego al reformatorio. Más o menos como el conde, Amanda sale de chirona con las manos llenas, en este caso, gracias a un antiguo protegido de su padre, un empresario llamado Nolan (Gabriel Mann) que le regala el 50% de su imperio tecnológico y un memorando de parte de su padre recientemente fallecido en donde le explica la verdad. Llamándose Amanda y siendo rubia, ¿pensaba el pobre hombre que su hija iba a perdonar?
Años de convivir con lo peorcito de cada casa han dotado a Amanda para convertirse en un auténtica máquina de la venganza. Calculadora y helada, se crea una identidad mucho más amable y le pone un nombre adecuado: Emily Thorne, la chica perfecta, estudiada en los mejores centros, joven empresaria de éxito. Durante la serie es una delicia maligna ver cómo la mujer lo tiene todo controlado hasta el mínimo detalle y, aquí otro de los puntos fuertes de la serie, abusa de la tecnología para hacer caer a los enemigos de su padre. No sabemos cuántas horas ha pasado craneando el plan, ni cuántos rotuladores gasta al día tachando cabezas, pero el 'uno por uno' se ejecuta a golpe de clic.
En este sentido, la serie lleva en los cuatros capítulos emitidos hasta la fecha una estructura que combina el serial con el procedimental al centrarse, por un lado, en las relaciones de Emily con los Grayson, y por otro, en el desgraciado al que le tocará sufrir cada semana la ira de Emily ayudada por su fiel Nolan, un personaje del que todavía no quedan claras sus intenciones bajo ese aura de salvador de los oprimidos y humillados. Tampoco sabemos en qué instante a Emily se le irá de las manos la situación, aunque desde el mismo piloto se nos indica que algo se sale de las previsiones de la joven, al abrirse la historia con el asesinato de nada menos, el hijo de Victoria, Daniel, en la misma fiesta de su compromiso con Emily, quien se había encargado de camelárselo, por supuesto. El relato a partir de ese punto viaja varios meses en el pasado para situarnos en la intriga que llevó a esos hechos, con lo que combinado con un ritmo infernal y unas interpretaciones en su punto justo, dan lugar a una serie que ya se ha ganado la temporada completa.
La inexpresividad de Van Camp le va que ni pintada al personaje de Emily, que, si no ha quedado claro con todo lo que hace, es un personaje bastante perturbado. Vive por y para su misión, así que cualquier gesto forzado que pueda aportarle la actriz, como una sonrisa, queda tan falso y espeluznante como las propias emociones del personaje. Nunca me ha gustado hablar de empatías, pero aquí nos encontramos sobre arenas movedizas. Aunque una se lo pasa en grande viendo como el plan de Emily funciona como un suizo, también es posible que la ambigüedad moral del personaje no le garantice un apoyo total. Es decir, ¿ella es la buena de la historia y Victoria la zorra que se merece toda la destrucción? Stowe, que se ha pasado todos estos años sin trabajar en la consulta del mejor cirujano, contribuye con toda su afectación habitual a que se dude de ella en el buen sentido. Al fin y al cabo, el guión deja claro que se trata de un duelo entre una bestia sin escúpulos consagrada contra una novata con tanta hambre que en su deshumanización puede superar a su mentora. El T-1000 contra Hulk: Emily parece un robot vacía por dentro, mientras que Victoria anda desbordada, aunque no precisamente de bondad.
Este intercambio de las emociones que van asociadas a la protagonista y antogonista de todo culebrón, es uno de los aciertos de Revenge, y lo que suaviza cualquier peligro de maniqueísmo en algunas acciones. Sabemos que Victoria es mala persona, pero ¿tan mala persona como para no desear que se haga con la cabellera de Emily si es necesario? Los guionistas se encargan muy pronto de pintarle algo de gris a la malvada, ofreciendo una aventura pérfida y entretenida que le hace un lifting a uno de los grandes géneros de ficción televisiva.
Oh sí, porque Revenge, como todo buen culebrón, es una droga dura para quien lo prueba. Ya no digo si una tiene inclinación por este tipo de relatos enrevesados donde se pone a prueba el límite de las emociones y se espera cual águila el siguiente giro rocambolesco de la trama. El drama revelación de la noche de los miércoles bebe directamente del agua sucia de las mejores sagas familiares y sus personajes repletos de motivos oscuros que llenaron de entretenimiento horas y horas de televisión hace 30 años. TNT resucitará Dallas el próximo verano, pero Revenge aspira en serio a ocupar el trono de culebrón en el prime time del nuevo milenio. Este año también pulula Ringer en esta lucha de perras, pero la caniche de The CW ha entendido que es mejor dedicarse a la comedia, en lugar de codearse con rottweilers mordedoras. Y no lo hace mal en su nuevo cometido.
Hay mucha mala baba en Revenge, pero se las ingenia para presentárnosla con estilo y escondiendo en la medida de lo posible esa tendencia a la inverosimilitud de los culebrones. Ya que se trata de hablar de venganza, Mike Kelley (creador de Swingtown) aprende del Conde de Montecristo de Dumas y nos trae una historia de hundimientos de reputación, cárcel, regresos amargos, y mucho dinero en el bolsillo que gastar para devolvérsela bien a los que te la jugaron en el pasado. En corto, al padre de Amanda Clarke (Emily Van Camp, Everwood, Brothers and Sisters), David, le traicionaron unas cuantas personas en las que se encontraba su amante, nada menos que la Reina Victoria Grayson de los Hamptons (Madeleine Stowe, El último mohicano). Aparentemete inocente, a David lo enviaron entrerrejas y, usando contactos, lo separaron para siempre de su hija, que fue a parar a los servicios sociales y luego al reformatorio. Más o menos como el conde, Amanda sale de chirona con las manos llenas, en este caso, gracias a un antiguo protegido de su padre, un empresario llamado Nolan (Gabriel Mann) que le regala el 50% de su imperio tecnológico y un memorando de parte de su padre recientemente fallecido en donde le explica la verdad. Llamándose Amanda y siendo rubia, ¿pensaba el pobre hombre que su hija iba a perdonar?
Años de convivir con lo peorcito de cada casa han dotado a Amanda para convertirse en un auténtica máquina de la venganza. Calculadora y helada, se crea una identidad mucho más amable y le pone un nombre adecuado: Emily Thorne, la chica perfecta, estudiada en los mejores centros, joven empresaria de éxito. Durante la serie es una delicia maligna ver cómo la mujer lo tiene todo controlado hasta el mínimo detalle y, aquí otro de los puntos fuertes de la serie, abusa de la tecnología para hacer caer a los enemigos de su padre. No sabemos cuántas horas ha pasado craneando el plan, ni cuántos rotuladores gasta al día tachando cabezas, pero el 'uno por uno' se ejecuta a golpe de clic.
En este sentido, la serie lleva en los cuatros capítulos emitidos hasta la fecha una estructura que combina el serial con el procedimental al centrarse, por un lado, en las relaciones de Emily con los Grayson, y por otro, en el desgraciado al que le tocará sufrir cada semana la ira de Emily ayudada por su fiel Nolan, un personaje del que todavía no quedan claras sus intenciones bajo ese aura de salvador de los oprimidos y humillados. Tampoco sabemos en qué instante a Emily se le irá de las manos la situación, aunque desde el mismo piloto se nos indica que algo se sale de las previsiones de la joven, al abrirse la historia con el asesinato de nada menos, el hijo de Victoria, Daniel, en la misma fiesta de su compromiso con Emily, quien se había encargado de camelárselo, por supuesto. El relato a partir de ese punto viaja varios meses en el pasado para situarnos en la intriga que llevó a esos hechos, con lo que combinado con un ritmo infernal y unas interpretaciones en su punto justo, dan lugar a una serie que ya se ha ganado la temporada completa.
La inexpresividad de Van Camp le va que ni pintada al personaje de Emily, que, si no ha quedado claro con todo lo que hace, es un personaje bastante perturbado. Vive por y para su misión, así que cualquier gesto forzado que pueda aportarle la actriz, como una sonrisa, queda tan falso y espeluznante como las propias emociones del personaje. Nunca me ha gustado hablar de empatías, pero aquí nos encontramos sobre arenas movedizas. Aunque una se lo pasa en grande viendo como el plan de Emily funciona como un suizo, también es posible que la ambigüedad moral del personaje no le garantice un apoyo total. Es decir, ¿ella es la buena de la historia y Victoria la zorra que se merece toda la destrucción? Stowe, que se ha pasado todos estos años sin trabajar en la consulta del mejor cirujano, contribuye con toda su afectación habitual a que se dude de ella en el buen sentido. Al fin y al cabo, el guión deja claro que se trata de un duelo entre una bestia sin escúpulos consagrada contra una novata con tanta hambre que en su deshumanización puede superar a su mentora. El T-1000 contra Hulk: Emily parece un robot vacía por dentro, mientras que Victoria anda desbordada, aunque no precisamente de bondad.
Este intercambio de las emociones que van asociadas a la protagonista y antogonista de todo culebrón, es uno de los aciertos de Revenge, y lo que suaviza cualquier peligro de maniqueísmo en algunas acciones. Sabemos que Victoria es mala persona, pero ¿tan mala persona como para no desear que se haga con la cabellera de Emily si es necesario? Los guionistas se encargan muy pronto de pintarle algo de gris a la malvada, ofreciendo una aventura pérfida y entretenida que le hace un lifting a uno de los grandes géneros de ficción televisiva.
martes, 27 de septiembre de 2011
Pan Am, un piloto que sí va por las nubes
Después del fiasco que supuso la apuesta sesentera de la NBC con las conejitas, había que subirse en el jet de la ABC, que también echa mano de los iconos de la época y saca del baúl los uniformes de las azafatas de una de las aerolíneas más famosas del mundo: la Pan American World Airways, la Pan Am, que hace exactamente 20 años fletó su último avión víctima de los números rojos. La compañía vivió después un par de intentos de vuelta, pero Pan Am se centra claramente se centra en su etapa de esplendor, de cuando era la referencia en tecnología aeronáutica y otros competidores, como la TWA del mismísimo Howard Hughes (el de la peli de Scorsese y DiCaprio), se esforzaban en hacer un poco de sombra al monopolio que ostentaba en el espacio aéreo transatlántico.Pero la serie no pretende convertirse en un retrato fiel de los intríngulis comerciales de la Pan Am, sino evocar a la nostalgia de unos años, los sesenta, en los que reinaba el optimismo gracias a la buena marcha de una economía por fin recuperada de sus achaques tras el fin de la II Guerra Mundial y con unos Estados Unidos que confirmaban su posición de súperpotencia en Occidente. Ese buen ambiente era el caldo de cultivo ideal para la venta de ilusiones y, por entonces, no había mayor ilusión que la de montarse en un avión y ver el mundo. Volar se convertia en un ritual místico y excitante que unos pocos se podían permitir, en el que pilotos y azafatas eran testigos privilegiados y envidiados por los que se quedaban en tierra. Ambas profesiones, además, traían consigo una imagen de progreso, libertad y riqueza atractiva para niños y, sobre todo, niñas (esa imagen de la pequeña frente al puente de embarque). La promesa del glamouroso "hoy me acuesto en Nueva York y mañana me levanto en Tokio" ofrecía una oportunidad de evadirse de la rutina de madre y esposa a la que se veían abocadas las mayoría de las jóvenes con posibles de la época y suponía una buena fuente de ingresos para las más modestas. Convertirse en azafata (y más de la Pan Am) era, en definitiva, el trabajo soñado en la Gran Manzana de 1963, año y lugar de arranque de la serie.
El piloto de Pan Am cumple a la perfección a la hora de presentar este panorama de escapismo y a sus protagonistas, unas azafatas que son reflejo de muchos de los cambios sociales y fantasías de las mujeres de entonces. Por un lado, se encuentran las dos hermanas Laura y Kate (Margot Robbie y Kelli Garner), la primera, una chica dócil recién salida de su burbuja de futura ama de casa de suburbio, animada por la segunda, claramente la oveja negra de la familia por vestir el uniforme azul de la Pan Am y que encima es reclutada por la CIA para actuar como mensajera en plena Guerra Fría. Por otro lado, está la pizpireta Maggie, interpretada por un Christina Ricci recuperada para la televisión tras Ally McBeal, de la que en este primer capítulo se dan pocos datos, pero que aparenta la típica universitaria neoyorquina con inquietudes políticas. Y en último lugar, está el personaje de Colette (Karine Vanasse), una francesa que encarna el viejo mito de la azafata con relaciones sentimentales difíciles.
Usando flashbacks de una forma muy orgánica se nos van presentando estampas del pasado de todas las chicas que ayudan a situarlas en el momento presente a la vez que ayudan a aumentar su interés como personajes. Pero la mirada no sólo se dirige a las reinas de la cabina de pasajeros, sino que también se centra en los mandos del avión. El piloto Dean (Mike Vogel), al igual que Kate, apunta a que llevará el peso de la trama de misterio y espionaje de la serie, que de momento se ve eclipsada por un increíble despliegue técnico destinado mostrar el ritmo de vida de las azafatas y el lujo de los recién estrenados Jet Clippers de la aereolínea. El diseño de producción se eleva a niveles insultantes y se ve animado por una estupenda selección musical plagada de clásicos, con Sinatra a la cabeza, que se funde con el tono alegre de la serie. Sin duda, estamos ante una serie cara (se comenta que el piloto costó 10 millones de dólares), pero que los buenos ratings de su estreno en la ahora infernal noche de los domingos pueden hacer que se mantenga en parrilla. Hacen falta series como ésta en una 'network' y ahora que la cadena del abecedario dirá adiós a Desperate Housewives esta temporada puede aliviar el frente de los costes que le acarrea esta apuesta.
Por ahora, todo resulta muy de color de rosa en Pan Am, pero tampoco se han dejado de lado referencias a la cara menos amable ¿y real? de la situación que se nos presenta en pantalla (esas fajas obligatorias, la renuncia forzosa al puesto de trabajo una vez casadas...). La serie tiene todos los ingredientes de una producción entretenida y ligera, pero cuenta con unos personajes con capacidad para equilibrar la balanza de excesos de la 'beautiful life' en próximos episodios. Pero en un mundo donde las propias aerolíneas se esmeran en recordarnos las miserias de volar, nunca está de más una historia que nos recuerda un tiempo en el que ocurría lo contrario.
sábado, 23 de julio de 2011
Una comedia y la nada
Estas semanas he estado ausente por visitas familiares, maratones veraniegos, e interrupciones siempre inoportunas así que, a lo tonto, se me han ido acumulando series de las que tenía que haber hablando hace tiempo. El dos por uno que hago hoy, sin embargo, no viene motivado por una lógica de rebajas, de quitarme stock de encima, sino porque una de las producciones de las que voy a hablar no merece una entrada para ella sola. ¿Por qué? A eso vamos ahora mismo.Me pregunto de cuánto dinero para producción de ficción disponen en Showtime para permitirse derroches tales como el de la tercera temporada de Nurse Jackie. Supongo que debe ser bastante, porque dedicar semejante esfuerzo para contar nada, no pasaría desapercibido en otros lugares. De un total de doce capítulos, sobran once, y no es que la finale haya tampoc ha sido un dechado de virtudes. La segunda etapa nos había dejado con una promesa de que podría haber una interesante evolución en el personaje en los nuevos episodios. Mentira todo. La enfermera seguía en sus trece, incluso al borde de poner su trabajo en verdadero peligro, y aunque no era lo que nadie esperaba, quedaban todavía los personajes secundarios. Crac. Otro chasco.
Las gracias de las entrañable Zooey y Akilitus llegaban a destiempo al igual que los dramas de ese niño grande que es Coop. O'Hara, por su parte, estuvo ausente durante todo el volumen, compartiendo escenas con Jackie carente de toda finalidad dramática. Lo mismo se puede decir de los otros dos vértices del triángulo del mal, Eddie y Kevin. Lástima que lo único destacable de este año, esa arista que Brixius y Wallem se ha atrevido a sacarle al marido, quede tapado por el último paso de gigante hacia atrás de la señora Peyton. Aún así, la serie ha sido renovada inmerecidamente para una cuarta entrega (gracias a las rentas y privilegios de ser chica Showtime, seguro), pero ya digo que aquí no vuelvo hasta que haya evidentes y contrastados signos de mejora.
Síntomas de bienesta
r los ha demostrado Modern Family. Ésta sí tiene plaza fija para el curso que viene. En esta segunda temporada han dado protagonismo a otros miembros del clan Pritchet-Dunphy potenciando la vena cómica de Claire, una 'control freak' de las que meten miedo, o de su hija Hailey, que ha intentando engañar a sus padres con que se ha reformado y que realmente tiene un CI más alto del que parecía. Luke también han formado una dupla letal juntando la falta su falta de hervores junto a la de su padre Phil, al que he llegado a tolerar más que en el primer volumen, sobre todo, gracias a sus escenas con Jay. Alex, sin embargo, sigue pasando de refilón por los capítulos.Cameron y Mitchell han visto las situaciones más desde la barrera, al igual que Gloria, Jay y Manny, aunque los momentos que se reservan siguen siendo los más alucinados e hilarantes de toda la serie. Ya sea por escapar de tu trabajo por la ventana o por disparar balines a un bote hinchable en medio en medio de la piscina, esta parte de la familia acumula los caracteres más fuertes, por lo que es normal que las estampas más chocantes salgan de aquí. Se podría decir que los Dunphy van hacia un humor con premisas más blancas y familiares, mientras que los núcleos de Pritchett resultan un pelín más destroyer y menos políticamente correctos.
En este sentido, también se ha notado un cambio en los finales de episodios, que ya no tiran tanto de la voz en off para recalcar la moraleja de lo que se nos pretende contar en cada uno de ellos. Modern Family es una fábula sobre la familia en clave de comedia por sí sola como para que se la corone con más accesorios. Han sabido corregir esos errores y evitar ese vuelo de Ícaro que se presagiaba en la segunda mitad de su temporada de debut y, si bien tanta nominación a los Emmys de comedia parecen un poco escándalo por avallasamiento (las listas a estos premios son siempre un escándalo bastante predecible todos los veranos), esta vez 'maloserá' que no caiga más de uno o, peor, que se vuelva a dar un 'gleekazo' que deje al resto de aspirantes patidifusos.
domingo, 29 de mayo de 2011
Las consecuencias del 'game changer'
Si lees esta entrada plagada de spoilers de la séptima temporada de Grey's Anatomy, creéme que tampoco sufrirás infartos. Podrás vivir perfectamente.Después de la que montó el año pasado, poco se le podía exigir a Shonda Rhimes más que mantuviera a Grey's Anatomy en la espiral de excesos y drama loco en la que había instalado a su serie. Esta séptima temporada ha ofrecido algo de eso, pero en general le ha faltado 'punch', con episodios (salvo excepciones) nada estimulantes y, lo que es más grave, con una sala de descanso con menos tránsito que un páramo fantasma. Y esto es una situación grave dentro de las paredes del Seattle Grace-Mercy West Hospital.
El espectador habitual de Grey's se había acostumbrado a añadir líneas a su propio cuadro de relaciones año tras año, pero es que ni en ese frente la serie ha dado de sí. ¿El 'game changer' significaba un descenso de la actividad extramédica del lugar? Porque para que Sloan se mantenga cuasi célibe, es la única opción posible. Los 22 episodios que componen esta entrega se abrieron curando las heridas de la sangrienta season finale anterior, presentando unos personajes que pedían a gritos unos antidepresivos.
Y he aquí el primero de los cambios porque, si en un mundo normal, sería Meredith quien pidiera pastillas, el sambenito le cayó a Yang y Avery. Una con miedo a operar, y accediendo a casarse con Owen y el otro con la confianza por los suelos también. Meredith se dedicaba a intentar quedarse embarazada de Derek y a trabajar en un ensayo sobre el Alzheimer, mientras que su hermana, Lexie, parecía que se había pasado con el café (o con otras sustancias, a saber) de tan acelerada que iba, más de lo normal. April seguía siendo April acercándose a Bizcochito... digo el doctor pediatra Stark, mientras que Alex curaba sus heridas de guerra y concentrándose en salvar a niños y Bailey se daba una alegría al cuerpo con el enfermero. ¿Alguien se acuerda de Teddy y el Chief?
Todo el mundo sabe que la felicidad en Shondaland dura menos que lo que le dura una serie a Christopher Gorham en antena, así que a pesar de que Callie y Arizona se las prometían muy contentas... Nanay de la china. Es más, fueron objeto central de todas las tramas habidas y por haber en una misma temporada. Que levante la mano a quien le haya pasado más cosas a estas dos en este tiempo: Arizona se fue a África, entremedias Callie se acostó con Sloan para consolarse mutuamente por sus fracasos, por supuesto no puedes acostarte con nadie sin que haya regalo, Arizona vuelve rogando a Callie, que le da el regalo de bienvenida, y se reconcilian. Pero, claro, como el equipo de Mama Rhimes tiene que demostrar que a progre no le gana nadie, y dado que a Sloan había que darle algo que hacer porque Lexie pasaba de él con razón lo plantan de padre presente de la criatura, con un instinto paternal desatado después de que él mismo dejara ir a su propia hija y a su nieto.
Sloan solía ser unos de mis personaje favoritos de la serie, pero se lo han ido cargando a base de bien al involucrarlo tanto en tramas ajenas y convirtiéndolo en un llorón caprichoso. En vez de reconstruir su relación con Lexie, que me gustaba al principio (nunca tanto como Lexie con Alex he de decir), han ido arrastr
ando el tema hasta llegar a los niveles de hartazgo del MerDer de los primeros tiempos, mientras que estos últimos han destacado por su comportamiento digerible al pasar a un segundo plano. Parece que caer bien y adquirir protagonismo no es compatible en esta serie.Pero mirad lo que han dado de sí Arizona y Callie que hasta han tenido experiencias cercanas a la muerte. El espíritu del 'game changer' también se ha extendido al diseño de los guiones con experimentos como ese episodio rodado en 'tiempo real' a lo 24 relatando una hora en el servicio de urgencias y, por supuesto, al musical hecho con hits de la serie. Han tenido siete años para innovar y lo hacen todo de golpe. El musical paranormal, en el que Sara Ramírez (como no podría ser de otra forma) brilló con su voz, tuvo sus momentos de vergüenza ajena como ese momento coche en las nubes muy Harry Potter y de canciones metidas con calzador, como esa 'Chasing Cars' mientras se opera (WTF!), en las que extrañamente Kevin McKidd adquiría protagonismo a la mínima oportunidad.
Cuando digo que esta temporada ha sido como un gran limbo en el que apenas ha pasado nada hasta los últimos cinco episodios es porque no me sobran las razones. Para terminar con el maratón hemos asistido a la megaboda de Callie y Arizona (ni queriendo se pueden hacer tantas cosas en un año, en serio), a la boda exprés civil de Meredith y Derek previa a la adopción de una niña africana, al embarazo no deseado de Christina y al despido de Grey del hospital tras hacer una pequeña trampa con los pacientes del ensayo médico.
Ya que Grey ha estado muy poco activa en el terreno sentimental, le tocó llevar el peso de una de las dos grandes tramas médicas de este año junto con la carrera por convertirse en jefe de residentes: la del ensayo para encontrar una cura al Alzheimer, enfermedad que parece perseguirla a ella y a Chief, porque en un alarde de originalidad le han pasado el mismo mal a Adele, mujer del Chief, que a Ellis, la difunta madre de Meredith y antigua amante del Chief. El chanchullo de Grey para darle la oportunidad a Adele de entrar en el ensayo ha se
rvido para poner otra vez a Meredith en el camino de las actitudes borderline que tanto la caracterizan y, por qué no, para recordar que se parece a su madre más de lo que ella cree. La serie puede volver a sus fueros originales con este giro argumental.El pobre Alex sigue siendo blanco del maltrato de los guionistas que se empeñan en presentarnos a un tipo odiable y presa de sus arrebatos, para después intentar arreglarlo con acciones muy dignos del propio Alex. Traicionado por su medio novia, Lucy (a la actriz la veremos en el remake de Los ángeles de Charlie que estrenará la ABC), detestado por sus compañeros y con las opciones de ser jefe de residentes por los suelos, es el personaje que ha acabado en el peor lugar de todos. En comparación, al menos Christina siempre puede acudir a casa de Grey, April es la nueva jefa, Jackson tiene a Lexie después de que el cansino de Sloan en un movimiento perdonavidas se la entregara oficialmente (?), Bailey va en serio con su enfermero, y Teddy por fin ha acabado con el amago de Denny Duquette 2.0. que es Henry, un insportable dramas de la vida interpretado por un necesitado (quiero pensar que ésta es la razón apra aceptar semejante papel) Scott Foley (Noel en Felicity)
Con este panorama más le vale a Derek acabar su casa en medio del monte, un asunto que siempre me viene a la cabeza porque, ¿este hombre no gana lo suficiente como para tener nada más que cuatro postes mal levantados?
Si es cierto que la octava temporada puede ser la última, ya va siendo hora. Eso, o que Shonda siga con pretensiones de superarse.
miércoles, 1 de septiembre de 2010
Bluf-forward
PELIGRO DE DESMAYO: Tampoco te pierdes nada por leer unos cuantos spoilers de Flashforward, pero luego no digas que no te avisé.Tuve una visión en la me timaban al final de una serie. ¿O es que el último episodio de FlashForward fue escrito un primero de abril? Curioso que el capítulo se titule 'Future Shock', por hay que ver que impactar, impacta pero no lo hace en el extremo más noble de la línea sino en el más barato. Es más, el cierre de las aventuras de Mark Benford y los otros ha conseguido lo que ninguna otra ficción en mucho tiempo cuando la pantalla se funde a negro: que piense en lo que los caballos dejan al terminar el desfile.
No hay palabras para describir la season finale de la serie que no sea sinónimo de chapuza o de vagancia. Como cuando teníamos una eternidad para entregar un trabajo en el colegio y acabábamos la noche anterior copiando de El Rincón del Vago (ahora la Wikipedia domina ese mercado). Porque parece que el hiato de tres meses que la serie se tomó en el capítulo diez fue utilizado más bien para irse de vacaciones a Hawaii, inspirándose un poco en el destino de Demitri, el oriental con nombre de ruso, que no acaba en el otro barrio como todo indicaba al principio. Y total, para qué, si nunca sabremos si sale vivo junto con Simon de la explosión de ese sucedáneo del Gran Colisionador de Hadrones (HLC) que aparece en la serie.
La sensación de pérdida de tiempo o de viaje a ninguna parte que se tiene en retrospectiva está más que justificada, sobre todo, desde la vuelta del parón. De ahí en adelante la idea de Goyer (que se bajó del barco en mitad de la tormenta, no me extraña) y Braga empezaba a hacer honor a su título y avanzaba apuntando a cuestiones lo suficientemente interesantes para olvidarse de la idiotez supina del personaje interpretado por el pétreo Joseph Fiennes, o el triángulo insulso de Benford, su mujer y Lloyd Simcoe. En este sentido, colocar el peso de la acción sobre Simon y Janis fue todo un acierto ya que se aprovechó la relativa poca información que se había ofrecidia acerca de ellos en los capítulos anteriores para convertirlos en dramáticos huevos Kinder con sorpresa dentro sin que nos horrorice el regalo.
Entre los dos giros me quedo con el de Simon, ya que en conjunto es el más orgánico con la trama general de la producción en contraste con el del topo Janis, mucho más forzado y casi sacado de la manga. Mención espe
cial merece la aparición estelar del gran James 'Baltar' Callis en uno de esos papeles de desequilibrado que le sientan como un guanteCualquier atisbo de mejora hay que verlo en el contexto de una inmimente cancelación, responsable de la tomadura de pelo del capítulo final. Todavía me pregunto en qué estaban pensando los guionistas en ese momento o qué entienden por cierre del negocio. La decisión de provocar el segundo desmayo global el 29 de abril, justo el día en que el se cumplen las visiones del 6 de octubre, responde claramente a la falta de tiempo que supone tener la cabeza bajo la guillotina de los ejecutivos. Hasta ahí nada que objetar, pero, en serio, ¿de qué van todo lo demás? Janis siendo sacada del hospital en silla de ruedas por Leta que lucía el anillo mágico que impide que el portador se desvanezca, los otros dos en el HLC y, lo más fuerte, Mark Benford saltando al vacío sin que se sepa si está muerto hasta que en el flashforward de su hija, Charlie, vemos que le comunican, pasados unos años, a su versión adulta (la nueva reina del lloro en True Blood) que su padre está vivo. Eso, después de montaje musical de visiones en plan fanvid de YouTube. Increíble
Debe ser que promediar menos de cinco millones de espectadores y unos ratings raquíticos de apenas un punto en los últimos capítulos no sirvió de suficiente amenaza, o bien los responsables de la serie aún tenían algo de esperanzas, o jugaron la carta de la 'lynchada', esto es, dejar un final abierto como el de Twin Peaks pero, en este caso, dejando para la posteridad un mal ejemplo de uso de esta estrategia.
Mal destino para una serie que prometía mucho con su piloto, pretensiones de suceder a Lost aparte, y que me temo que nadie echará de menos en sus discos duros.
martes, 10 de agosto de 2010
Bipolares
¿Recordáis aquella frase tan sabia de "Las segundas partes nunca fueron buenas salvo las de Padrino y Star Wars"? En el mundo de las series suele ocurrir que las segundas temporadas mejoran la novedad que supone la primera (ahí están algunas de las joyas HBO y Showtime, mis adoradas Alias y BsG, How I met your mother antes de la caída... hasta, ejem, Grey's antes del consumo de sustancias) salvo ejemplos tan sonados en series de culto recientes como Lost y Heroes (sí, de culto a nuestro pesar), o Mujeres Desesperadas o True Blood en cuyos capítulos del segundo volumen se pasó de mostrar la típica reacción a qué rápido pasa el tiempo cuando se está entretenido a "¡¿Sólo llevo un cuarto de hora?!". Toda ficción en televisión, en mayor o menor grado, tiene su temporada más débil, y dentro de lo malo, si tiene que pasar, que pase al principio.Pero he aquí, que últimamente ya ni hay que esperar al segundo año para que la comida empiece a repetir. Si una serie debuta con éxito inimaginado y copa las nominaciones de premios sin nisiquiera haber llegado a su season finale, el hiato largo en su programación regular es el reto a batir. Después del parón, una de dos: 1) todo sigue igual o mejor, o 2) se pierde la magia. Si es este último caso, se trata del síndrome de la segunda mitad de la primera temporada, que obliga a cuestionar cualquier entusiasmo o excitación inicial con una serie, con riesgo de parecer bipolares ante aquellos conocidos a los que estuvimos machacando con las bonanzas de tal estreno y, que, pasados unos meses, soportan nuestras críticas y bostezos al respecto. Este año ha pasado con Glee y Modern Family.
Las chicas de ByTheWay recopilan en este completo post los movimientos mediáticos que se han organizado alrededor de la serie de Ryan Murphy, que no son pocos, y hacen un poco de autocrítica acerca del fenómeno que se ha montado alrededor. Está claro que la culpa es de nostros, la audiencia, por alimentar al monstruo de las galletas, y se entiende, porque se trata de un producto con un potencial enorme para ello. Pero ciñéndose a lo que vemos en pantalla, la serie ha sido un tanto ingrata y no ha sabido devolver el 'hype' que se le dio durante esos meses de parón. La segunda parte de la temporada ha sido de altibajos con capítulos ideales para aquellas noches de insomnio, sobre todo los protagonizados por Kurt y la momia de Finn, y algún que otro que de tan moralizante destruye la mala leche y tontería que deberían primar en los guiones.
Sin embargo, los episodios dedicados a Madonna y Lady Gaga correspondieron con creces a la anticipación que se creó en torno a ellos y la season finale tiene sus momentos brillantes gracias a la siempre desaprovechada Quinn Fabray y la siempre genial Sue Sylvester. A estas alturas, sigo pensando que se dejaron la piel en el capítulo 13 'Sectionals', una pseudo finale en el fondo, creyendo que de allí no pasaba la broma, y se quedaron sin gas para sostener lo que se les vino encima después. Ahora que han tenido tiempo para digerir la marabunta y saben que tienen asugurados de entrada 22 episodios para desarrollar tramas, sólo queda esperar si el equipo de Murphy remonta e
l vuelo y corrija errores (hacer más inteligente a Finn no sirve, quitarlo de en medio, sí). Una vez que se estrenen los nuevos capítulos se podrá valorar bien si hacia falta o no una tercera temporada. Por lo pronto, con el regusto de lo ya visto, la decisión se pasa de prematura, pero quién sabe.Echando la vista atrás, Modern Family partía con el título de mejor estreno junto con The Good Wife, que ahora se queda sola en ese podio. Y la culpa no la tiene sólo el Applegate que nos vendió el iPad como ningún dependiente por más que lo intentara, sino demasiado entusiasmo. Después del hiato, los episodios dejan de sorprender y su estructura se somete a un bucle de repetición, en el que la moraleja del final resulta demasiado evidente, los chistes del medio dejan de hacer gracia y pasa lo peor que le puede ocurrir a un episodio cómico: que se haga eterna
En general, personajes como Alex pasan muy de puntillas, mientras que el resto de esa parte de la familia, on mención especial a la madre, Claire, se vuelve cansina conforme pasan los capítulos. Los cameos de Edward Norton y Benjamin Bratt son puntos exóticos que ayudan a maquillar un poco el conjunto pero no bastan para olvidarse de las irregularidades de la segunda mitad de la temporada. Tampoco la season finale, que se quedó un tanto descafeinada después de un doble capítulo con viaje a Hawaii incluido que sí tuvo ese aroma a cierre en lugar del ambiente más convencional del verdadero último episodio.
Lo dicho. Las nominaciones y reconocimientos están ahí, pero esto es a veces como ver un partido del genial Roger Federer. Realiza una lección de tenis en los primeros compases del partido y luego se echa a dormir para frustración de sus fans que, al final, siempre recuerdan la mejor parte del lance. O sea, el principio.
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