Si lees esta entrada sin haber terminado la segunda temporada de Game of Thrones, puede que vayas directo al patíbulo de Ser Ilyn.
Con su segunda entrega recién terminada, Game of Thrones ha venido a confirmar que su empresa en el panorama catódico es equiparable a la de la Khaleesi en los Siete Reinos. Un tarea a contracorriente con lo que se estila estos días en la pequeña pantalla, que no había vuelto a ver tal despliegue de personajes juntos en una misma historia desde el final de Lost (exceptuando fracasos como Flashforward o The Event) y tampoco había presentado tal ambición formal por hacer funcionar un relato literario de origen que, a primera vista, era veneno puro para el formato televisivo.
Nahum comenta que el principal problema de la adaptación de la gigantesca obra de G.R.R. Martin reside en los propios libros, con su complejo esqueleto de tramas paralelas y esa amplia gama de personajes compartiendo niveles similares de protagonismo (la gracia de los capítulos con diferente punto de vista), pero no así el mismo lugar. Y aquí está el gran escollo al que hace frente la serie. La ficción en televisión es un arte que, parcialmente, todavía se rige por las tres unidades dramáticas destacadas por Aristóteles: tiempo, acción y lugar. Y si bien la postura del filósofo griego es un tanto relajada con la última unidad, parece que en televisión es el anclaje que justifica cualquier experimento con las otras dos y lo que garantiza que el espectador conquiste un conocimiento básico de lo que está ocurriendo en la historia. Así, por mantener el ejemplo, el equipo de Lindelof y Cuse ya podían escribir cuantos flashbacks o flashforwards quisieran, o hacer aparecer cuarenta Otros más de debajo de las rocas, o esconder todas las pistas del mundo que, al final, casi todo quisqui seguía bien pegado a la Isla.
La unidad de lugar, y el resto, saltan en mil pedazos en la saga Canción de Hielo y Fuego, y eso es algo contra lo que poco pueden hacer D.B. Benioff y David Weiss a riesgo de reescribir por completo el universo creado por Martin. Así que creo que es legítimo preguntarse hasta qué punto la fidelidad a las novelas es forzada, y no una decisión asumida por los guionistas (entre los que se encuentra el propio G.R.R.) con tal de no provocar la ira de los fans entregados de los libros, el núcleo duro de los espectadores de la serie. Pero, al mismo tiempo Game of Thrones, está obligada a luchar constantemente contra su naturaleza antitelevisiva, para llegar a ese otro sector de la audiencia, el de los no lectores.
Durante la primera temporada, se notaba ese esfuerzo por ir poniendo piedras en el camino para no confundir a la platea, pero en esta segunda el rtimo ha sido vertiginoso desde el primer capítulo con un Tyrion Lannister eregido en Mano del Rey Joffrey Baratheon, encantando serpientes (aka su hermana Cersei) y preparando Desembarco del Rey para el ataque del resentido "rey" Stannis Baratheon, mientras el "Rey en el Norte", Robb Stark, se enfrentaba, por un lado, a las tropas de Lord Tywin Lannister (y capturaba a Jamie de paso), y por otro, al pobre desgraciado de Renly Baratheon. Y todo esto mientras Daenerys Targaryen vagaba por Qarht, Jon Nieve era capturado por los salvajes más allá del Muro; Arya y Gendry caían en manos de los hombres de Tywin; y Catelyn se dedicaba a hacer de diplomática. A esta dispersión hay que sumarle la introducción de se iban introduciendo personajes nuevos como el citado Stannis y su mano derecha, Davos el Caballero de la Cebolla; la sacerdotisa Melissandre; Brienne de Tarth; Margaery Tyrell; la salvaje Ygritte...
Aunque el episodio de la batalla de Aguasnegras ('Blackwater', 2x09) funcionara como un reloj en comparación con el resto de episodios trufados de escenas efímeras aquí y allá, también es cierto que ya no hay una necesidad imperiosa de explicarlo todo. Por ello, en esta segunda temporada, esas escenas se han exprimido al máximo para profundizar en unos personajes cuya fortaleza es suficiente para compensar esos problemas de ritmo y fluidez en el relato. Aunque, claro está, el tratamiento no ha sido igual para todos.
Todas las críticas están de acuerdo en que no hubo nada de chicha en las peripecias de Jon Nieve más allá del Muro pese a que se potenciaron sus intercambios con Ygritte con respecto a Choque de Reyes, pero tampoco es que haya aportado gran cosa. Algo parecido ocurre con la Khaleesi en Qarth, a la que despojaron de un momento clave en la Casa de los Eternos que, espero, recuperen más adelante (me refiero al contenido de una de las visiones que no sale en la serie). Ambos personajes dan demasiadas vueltas sobre sí mismos, incluso en la propia novela, y sin embargo, resulta curioso como las subtramas delos dos acabaron extendiendo la alfombra con vistas a la tercera temporada. No me voy a extender demasiado con los Lannister de Desembarco del Rey. Allí brillaron con luz propia un Tyrion, una Cersei, y un Joffrey extáticos gracias a las interpretaciones que les imprimieron, respectivamente, Dinklage, Headey y el joven Gleeson.
De los personajes nuevos quizá la troupe de Stannis sea la más damnificada, especialmente Davos, que ha sufrido unos lógicos recortes al tratarse del personaje con los capítulos con menos acción de todo el segundo tomo. No ha sido ése el caso de Margaery Tyrell, para la que se crearon unas escenas 'ad hoc', que han enriquecido al carácter y lo presentan como una pieza a tener en cuenta (Natalie Dormer nos calló un poco la boca a todos interpretando, otra vez, a una de esas trepas suyas).
Puede que Game of Thrones padezca de unos problemas crónicos, que, en ocasiones, le impidan alimentar a sus públicos por igual, pero se las arregla para dar unos mínimos agarrándose a las pasiones de unos personajes fascinantes, que, gracias a la televisión, siguen más vivos que nunca.
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martes, 12 de junio de 2012
martes, 5 de julio de 2011
La hora de la khaleesi
Poco voy a añadir acerca de lo disfrutable que es la primera temporada de Game of Thrones que no haya dicho ya la blogosfera seriéfila entera. El experimento de combinar novela homónima con serie cual carrera de San Fermín, siempre alerta para que no me pille el toro de las imágenes semana a semana, resultó mucho más agradecido de lo que esperaba. No voy a intentar convencer a nadie de los pros de esta estrategia, pero dejas la tarea de saber quién es quién para las páginas del libro, y te ahorras preguntas incómodas mientras ves la serie. Digamos que tienes más margen y libertad para fijarte en aquellas novedades que aporta la adaptación como producto diferenciado. Los primeros episodios de la superproducción de la HBO, con tanto personaje e historia de fondo, parecían arrojar al espectador neófito a una tierra de nadie como la que se encuentra al otro lado del Muro y dejarlo allí a sus expensas. Ésa era la percepción, que David Benioff y D.B. Weiss había creado una serie dirigida a los entusiastas de A Song of Ice and Fire, la monumental saga de fantasía épica del no menos monumental (por orondo) G.R.R. Martin.Sin embargo, la cadena se esforzó en proveer información contextual en el sitio oficial y, en realidad, cualquier posible estado de desorientación sólo se extiende a los primeros compases de la temporada, que se corresponden con una buena porción de la novela. Game of Thrones es una obra a la que le cuesta arrancar por su carácter introductorio de algo mucho más grande (hablamos sólo del primer tomo de siete en total) y que, por su estructura multipersonaje y multipunto de vista, hacía muy difícil adaptar tanta disparidad de miradas sin el riesgo de que quedara como una colección de escenas montadas una detrás de otra. Prueba superada en este apartado. También estaba el reto de hacerle justicia a algunos personajes cuyo carisma supone uno de los mayores atractivos del libro. Con el 95% del reparto luciendo el oficio de la escuela británica (la épica siempre queda mejor con acento de las islas) se pasó el examen con nota, y en algunos casos acallando críticas tempraneras y excediendo las expectativas, sobre todo, en el caso de los personajes femeninos, con más protagonismo del que se piensa.
"I am Daenerys Stormborn, of House Targaryen, of the blood of Old Valyria. I am the Dragon's daughter. And I swear to you that those who would harm you will die screaming".
La casi principiante Emilia Clarke con su sensible retrato de una grande como es Daenerys 'Dany' Targaryen es el ejemplo más claro. El viaje de niña obligada a casarse con un tipo de aspecto imponente como Khal Drogo (Jason Momoa despertando instintos y dando mierdo a partes iguales) a khaleesi, a señora de la guerra por derecho propio, es de largo la historia que más me interesó del libro, a pesar de que este arco argumental está claramente desligado de las intrigas palaciegas de Desembarco del Rey y las caras de circunstancia de Eddard Stark (Sean Bean) y familia. Confieso que mis simpatías tiran más hacia los destronados, sanguinarios y ahora escasos dragones Targaryen que a los mojigatos lobos Stark o a los epicúreos ciervos Baratheon, pero no debería sorprender el estupendo trabajo de Clarke que con sus ojos y, quitando pelucas rubia platino que no conjuntan con cejas a lo Madonna, hace brillante en carne y hueso a un personaje que también es brillante en el papel.
La jovencísima Maisie Williams, en cambio, engrandeció a un personaje, Arya Stark, que en el libro no me atrapó tanto, pero que gracias a su interpretación ahora veo con otros ojos. Curioso que a Martin se le acuse de misógino cuando regala a un contenedor de tenacidad como es Arya y a una monarca en potencia como es Dany. Lo mismo ocurre con la pérfida y sedienta de poder la reina Cersei Lannister, a la que Lena Headey ayuda a humanizar, presentándola como un ser atormentado, entre la compasión, la fidelidad a su sangre y la realización de sus planes. Tampoco nos podemos olvidar de Catelyn Stark, la matriarca del clan, que exhibe el pragmatismo y mano izquierda que tanto hace falta en su familia. Hubiera sido interesante ver a Jennifer Ehle (Lizzy en Orgullo y Prejuicio), la primera opción para el papel, dando vida a Cat, aunque ya me he acostumbrado a Michelle Fairley.
Pero no sólo se trata de mostrar la cara más progresista de las mujeres, sino que Sophie Turner se encarga de mantener muy presente la tontería escalante de Sansa Stark, que vive en la inopía y se acerca al arquetipo de princesa medieval lista para que la rescate su príncipe. En las antípodas de su hermana Arya, vamos. Pero, a pesar de la manía que se le coge al personaje, su presencia es necesaria por el bien de la variedad y por qué no, porque Sansa encierra algo de verdad acerca del proceso de maduración de muchas mujeres. Sí, la tontería existe.
Como Battlestar Galáctica en su día, tenemos delante una serie donde donde no hay personajes femeninos que están de paso, bidimensionales o gratuitos. Por cada tres prostitutas cortesía de la HBO en una escena hay una khaleesi que las eclipsa. Todo ello, en un género tan 'de chicos' como es la fantasía épica al igual que ocurre con la ciencia-ficción. Para que luego hablen de estereotipos.
jueves, 15 de abril de 2010
Colisión de best-sellers
Confieso que últimamente leo poco fuera de ensayos académicos y que, desde mi fallida experiencia hace unos años con El señor de los Anillos (del que mejor no digo la página en donde lo dejé), los libros gruesos no me atraen. Es por esta razón tan argumentada por la que ni me he acercado siquiera a Los pilares de la Tierra, de Ken Follet y la saga de Canción de Hielo y Fuego, de G.R.R. Martin. Sé que me gustarían si me pusiese a leerlos, porque en el fondo son mi tipo, pero en este caso no puedo evitar que salga a relucir ese ser interno tan primitivo: si el libro no me entra por los ojos, no hay nada que hacer. Así que, en estas circunstancias, han llegado Starz y HBO al rescate para consentirme con sendas adaptaciones de las dos obras. Y yo que me conformaba con una novela gráfica o algo más modesto... No hacía falta que las convirtieran en serie, de verdad. Vil mentira.Puede pasar de todo. Puede que a última hora me enganche a los libros, como me pasó tras ver la primera peli de Harry Potter, y luego me duela la cabeza cada vez que vea algo fuera del canon de la obra escrita, sensación que, por cierto, va a más según van avanzando con las películas. Con Los pilares y Juego de Tronos voy a optar por dejar que las percepciones de neófita hablen al menos durante las temporadas de estreno, aunque por comentarios de un amigo enganchado al mundo de Martin, sé que voy a necesitar de lápiz y papel para hacer un croquis de las relaciones de personajes, sus títulos, etc. ¿Será la HBO fiel hasta en los apéndices informativos que incluyen los libros?
Teniendo en cuenta los calendarios tan extensos con los que está trabajando el equipo de producción, no se puede esperar otra cosa que exhaustividad, y, por la única foto que ha salido a la luz, el acabado visual responde a lo que la cadena de cable nos tiene acostumbrados. El reparto tampoco se queda atrás y allí estará, entre otros, Sean Bean, que hará doblete de macrosagas (fue Boromir en ESDLA), la madre de John Connor, Lena Headey, Iaian Glen (visto en 'cosas' como The Last Legion) y Peter Dinklage, de la peli Station Agent. Mucho misterio rodea todavía al rodaje que empezará el próximo mes de junio después de que los directivos hayan dado luz verde al piloto que se grabó el pasado mes de noviembre. Con todo, todavía es pronto para ir saciando apetitos ya que el estreno de los diez episodios centrados en la primera novela (una temporada por libro hasta llegar a siete, eso si el escritor se da vida en acabar su creación) está previsto para la primavera del año que viene.
Con Los pilares de la Tierra no hay tiempo para la imaginación puesto que ya se lanzó el trailer en el que se adelanta una pequeña parte de lo que se podrá ver en pantalla a partir del próximo 23 de julio en Starz, representante de la nueva ola del cable. A pesar de contar con la presencia de gigantes como Ian MacShane (Deadwood, Kings) y Donald Sutherland y de rostros más o menos conocidos como Matthew MacFayden (Darcy en la reciente Orgullo y Prejuicio y el Sheriff de Nottingham en el Robin Hood de Ridley Scott), la factura de esta miniserie de ocho capítulos me recuerda a esos Grandes Relatos producidos por el canal Hallmark, que emitió Telecinco a principios de la pasada década. Es decir, una imagen tipo Merlín o Juana de Arco en la que, sin llegar a ser de bajo presupuesto, aún se puede acariciar un entrañable cartón piedra que, ojo, no me impidió disfrutar de esas miniseries. Pero a estas alturas de 2010 esperaba algo más eleborado después de todo el 'buzz' que se le dio al proyecto.
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