Te vas a encontrar unas cuantas balas de spoilers de la tercera temporada de Homeland. La casa no se hace responsable si no has completado el entrenamiento para esta misión.
No quería hablar de la tercera temporada de Homeland hasta que amanaira un poco la ciclogénesis de críticas explosivas que le cayó a la producción de Alex Gansa desde prácticamente el primer episodio de la nueva tanda. Y voy a ser clara: en ese juego siempre estuve más cerca del anticiclón que de la borrasca.
No se abre el cielo cuando digo que la serie nunca se caracterizó por la contención. Sus tramas han sido una mecha endiablada desde el momento en que un preso bagdadí le chiva a la agente de la CIA Carrie Mathison que ese marine recién liberado después de ocho años de cautiverio del que todos hablan es, en realidad, un infiltrado de Al Qaeda. También hay que tener en cuenta que la historia de la pitón y la rata que protagonizaban Carrie y el sargento Nicholas Brody estaba tan condenada a un final inminente como lo estaba el periplo del personaje interpretado por Damian Lewis. Nada podía acabar bien para Brody; se mirara por donde se mirara lo suyo era una tragedia y, así, el (anti) héroe tenía encontrar una salida mortal a su sufrimiento. Solo que Showtime es una especie de Sófocles que, además del arte, también mira a la cartera. Por eso mismo se encargaron los ejecutivos del canal de que la agonía del pelirrojo se extendiese unos cuantos capítulos más y, en lugar de facilitar que Brody y compañía salieran volando por los aires después de activar un chaleco-bomba, acabaron poniendo una grúa para que el mártir fuera elevado ante la muchedumbre en una plaza de Teherán.
Pero eso tampoco es un fenómeno nuevo viniendo de Showtime, acostumbrada a aplicar las lógicas más tacañas de las 'networks' al cable. Ya se ha visto con Dexter y con Weeds, series a las que les retrasó en demasía la fecha de caducidad, acumulando temporadas que podrían servir perfectamente para compostaje. Es normal que las cadenas se aferren a sus bastiones para sostener el negocio, pero la cadena que ahora dirige David Nevins hace tiempo que no es un minifundio con poca oferta en comparación a la HBO y, por supuesto, ya no lo era cuando estrenó Homeland. Para arriesgar poco tenemos a The CW, que dijo adiós a Smallville cuando ésta ya era una zombie de sí misma en la décima temporada. Sin embargo, parece que dentro de las filiales de la CBS se contagian los vicios las unas a las otras...
Con semejantes antecedentes, no quedaba más que confiar en que ya que íbamos a probar chicle, que al menos los guionistas hicieran lo posible para que el sabor durara. Y dentro de esa fórmula magistral nunca estuvo Brody, probablemente uno de los 'plot devices' mejor construidos de la televisión reciente, tan bien elaborado que nos hizo creer que era un personaje protagonista autosuficiente, del que se derivaban subtramas familiares con hijas adolescentes pesadas y todo. Al final, fue una herramienta para los de la CIA, para los iraníes, y también para el equipo de Gansa hasta que el cacharro no dio más de sí. En este sentido (y a riesgo de sonar ventajista), siempre tuve claro que de los dos cabezas de serie, el personaje de Claire Danes poseía mucho más potencial narrativo para serguir adelante. El arco de Carrie no dependía tanto del de Brody como al revés, y eso se ha notado durante gran parte de la temporada donde, bajo mi punto de vista, la presencia de Lewis no afectaba especialmente a la calidad de los capítulos. De hecho, ha llegado a resultar una rémora como se vio en el episodios de Caracas, dedicado completamente a él.
Sin estar a la altura de las dos primeras temporadas (la segunda no me parece tan tóxica como se la suele pintar), esta entrega cierra el arco de Brody con solvencia y prepara la transición hacia la próxima entrega que significará una renovación total de las bases. Es cierto que por el camino quedaron algunas decisiones creativas de lo más pobres (¿qué necesidad había de poner a Brody en Venezuela?; la poca cancha que se le dio a su mujer, Jessica; Carrie preñada, ¿hola?), pero lo que se ha visto aquí está lejos de ser una catástrofe teniendo en cuenta que la temporada empieza aún con el polvo del atentado en Langley flotando en el ambiente, y con Brody a la fuga. Homeland ya había dinamitado sus propios pilares por entonces, pero todavía le quedaban personajes.
Una de los puntos fuertes de este año ha sido ver a Saul (Mandy 'Iñigo Montoya' Patinkin) desplegando su verdadera cara de Maquiavielo en la sombra contra un burócrata como el senador Lockhart (Tracy Letts), y de profundizar en la relación mentor-alumna entre él y Carrie. Un vínculo que me ha llamado la atención desde el principio por esa fina línea que transcurre entre la confianza plena y el abuso de ese hecho para lograr el objetivo, sobre todo, teniendo en cuenta la bipolaridad de Carrie. Toda la charada del reingreso de Carrie en el psiquiátrico es buen ejemplo de ello, además de servir para renovar el catálogo de muecas de Danes, que, quizá vaya a estar algo más controlada ahora que el personaje ha perdido al detonante de muchos de esos ataques. Presiento que la asociación profesional con Quinn (Rupert Friend), ese tipo de lealtades y principios singulares, puede dar todavía momentos de buen drama de espías.
Ignorada en las nominaciones de los Globos de Oro después de haber arrasado el año pasado, puede que Homeland estuviera destinada a ser una estrella fugaz de esas que no se olvidan en vez de acabar siendo otra de tantas que se mantiene viva con más o menos luz. Pero, como aficionada, creo que es pronto para ignorar que sigue estando allí arriba.
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martes, 11 de febrero de 2014
miércoles, 28 de diciembre de 2011
Homeland, el enemigo es doméstico
En este informe no hay censura, así que te vas a encontrar unos cuantos spoilers entrelíneas.
La mejor serie de estreno del año. Ya pueden venir la Guardia de la Noche desde el Muro y todos los Lannister con todo su boato, que una sola mirada perturbada de Claire Danes en modo Carrie Mathison los derrite cual llamarada de legendario dragón Targaryen. Personajes fascinantes, actuaciones de 10, y un manejo desquiciado (y desquiciante) de la tensión dramática son lo que dan a Homeland ese honor en mi escalafón privado. Y estas cualidades pueden darle premios si los que votan al otro lado del charco se arriesgan con un producto que no se casa con nada ni nadie.
Gran parte de las cosas que han hecho grande a Homeland en su temporada de debut en un Showtime que le está dando fuerte al drama las expliqué en un post, que escribí cuando había visto los cinco primeros capítulos. Más o menos en el ecuador de esta entrega. Me preguntaba si Carrie o Brody, almas perdidas y repudiadas, se perseguían el uno al otro, o eran los dos objetos de persecución. Al final ha resultado ser un poco de ambos. Carrie tenía razón en su caza y captura del marine convertido en terrorista, pero para demostrar esa verdad, ha tenido que pagar un peaje a los infiernos de su ser bipolar y paranoico, que se ha desatado. Ahora su enemigo ya no sólo el otro, el otro del que se había enamorado y que delata su enfermedad al ínclito Estes, sino la parte más oscura de ella misma que persigue y amenaza con cargarse su carrera, exponiéndola frente a unos jefes con mucho que esconder, y que no dudan en cortarle los hilos a una marioneta que, además de no servirles, puede resultar una amaneza a largo plazo.
Porque, a veces, las verdades llevan a otras, y ahí es donde Carrie cierra estos doce episodios. Ella ya sabe la verdad del comportamiento extraño de Brody, pero no sabe toda la verdad sobre Brody, la que le llevó a pasarse al bando de Abu Nazir, y en última instancia, lo que lleva a éste a trazar un plan maestro para destruir a los responsables de la muerte de su hijo, Issa. Carrie se ha quedado a las puertas, otra vez víctima de sí misma, y suplica a su mentor Saul que no le permita olvidar antes de que un electroshock borre esos recuerdos. Pero, ¿y Brody? Se trata de otro personaje dañado hasta el fondo, que, a diferencia de Mathison, se sabe una marioneta de fuerzas que le superan, aunque abraza sus funciones hasta sus últimas consecuencias... de momento.
Si la debilidad de Carrie es su condición de bipolar, la de Brody parece ser su condición de padre. No en vano esta circunstancia está en las dos crisis de fe que parece tener el personaje. La primera, la que lleva a la conversión a la causa de Nazir, vista en 'Crossfire' (1x09), y la segunda, la de las escenas frenéticas en el búnker, en 'Marine One' (1x12-13), la estupenda season finale. Brody entabla una relación muy paternal con Issa, mientras que empieza a reconectar con Dana, esa adolescente a ratos abofeteable, a ratos con más ojo que un lince, que se da cuenta de que algo no anda del todo bien con su padre. Ya no tiene tan clara su misión de volar al Vicepresidente Walden, último responsable de la masacre de la escuela de Issa, y último responsable de que todo el asunto sea censurado de los propios informes de la CIA, los mismos sobre lo que Carrie pasaba horas y horas, con o sin bolígrafo verde.
Puede que el lance del búnker (primero haciendo que el chaleco-bomba fallase y la llamada in extremis de Dana) resultase excesivo por utilizar dos recursos claramente en un intento de alargar la tensión. Hubiera bastado con uno, el segundo, el más orgánico de acuerdo a la evolución del personaje, pero si había que dar alas a la segunda temporada de la serie, no resultó una salida para nada impostada. Brody tiene una nueva misión, una incluso más complicada que la tenía en un principio (intrigar desde las altas esferas gracias a su nueva posición de congresista y hombre de confianza de Walden), igual que la tiene Carrie. El contador a cero, otra vez, solo que ahora el depósito está más cargado. Y la única salida es que acaben juntox haciendo frente a sus demonios, y verdades, tal y como se vislumbró en ese maravilloso 'The Weekend' (1x07).
A la nueva situación también se ha visto arrastrado Saul, un personaje sobre el que existía la sombra de una posible traición a Carrie, y de motivos turbios (ese polígrafo atacado de 'The Good Soldier'-1x06-) pero que ha probado una lealtad sólida a su brillante pupila, incluso con movimientos sorprendentes como ese chantaje al mismo Walden. La duda constante y la crítica sobre las actuaciones y métodos del gobierno y departamento de seguridad estadounidense después del 11-S (en este caso, presentándolos como una panda de mediocres y cobardes burócratas) no es nueva pero en Homeland toma vida gracias a unos personajes que se ponen a prueba a si mismos en lo que entienden como lealtad a su patria. ¿O es que nadie quería que a Brody no le fallase la bomba? El gris se apodera de la serie en toda su extensión y es imposible no comprender los motivos de uno y otro terrorismo: el del Estado y el de Al-Qaeda.
Pocas máculas se le pueden contar a Homeland salvo en el plano familiar con el personaje de Jessica y Mike, que después de la catarsis de la barbacoa, aparecen muy desdibujados. Ella parece cambiar de chip completamente a pesar de que no pocas veces se nos aclaró que estaba enamorada de su amante, mientras que éste desaparece para volver en una ocasión puntual. Puede que sea un juicio prematuro porque las apariencias siempre engañan, pero es un cuadro que, al menos en esta primera temporada, contrasta con lo bien armados que están el resto de personajes. Otro tanto también encontramos en el lado de la conspiración, con un Tom Walker del que no sabemos nada sobre su 'resurrección' como tampoco su proceso de conversión tal y como vemos con Brody
El recital de locura ofrecido por Claire Danes son el pase que le va a reportar con mucha probabilidad un racimo de galardones bien merecidos. Damien Lewis, más contenido, se postula también como premiable, y es una lástima que Mandy Patinkin no haya cerrado la trinidad en nominaciones recientes. Lo cierto es que el cada miembro del reparto está en su sitio, brindando uno de los más gratificantes espectáculos que se pueden ver en televisión actualmente.
La segunda temporada tiene el reto de hacernos recordar esto.
La mejor serie de estreno del año. Ya pueden venir la Guardia de la Noche desde el Muro y todos los Lannister con todo su boato, que una sola mirada perturbada de Claire Danes en modo Carrie Mathison los derrite cual llamarada de legendario dragón Targaryen. Personajes fascinantes, actuaciones de 10, y un manejo desquiciado (y desquiciante) de la tensión dramática son lo que dan a Homeland ese honor en mi escalafón privado. Y estas cualidades pueden darle premios si los que votan al otro lado del charco se arriesgan con un producto que no se casa con nada ni nadie.
Gran parte de las cosas que han hecho grande a Homeland en su temporada de debut en un Showtime que le está dando fuerte al drama las expliqué en un post, que escribí cuando había visto los cinco primeros capítulos. Más o menos en el ecuador de esta entrega. Me preguntaba si Carrie o Brody, almas perdidas y repudiadas, se perseguían el uno al otro, o eran los dos objetos de persecución. Al final ha resultado ser un poco de ambos. Carrie tenía razón en su caza y captura del marine convertido en terrorista, pero para demostrar esa verdad, ha tenido que pagar un peaje a los infiernos de su ser bipolar y paranoico, que se ha desatado. Ahora su enemigo ya no sólo el otro, el otro del que se había enamorado y que delata su enfermedad al ínclito Estes, sino la parte más oscura de ella misma que persigue y amenaza con cargarse su carrera, exponiéndola frente a unos jefes con mucho que esconder, y que no dudan en cortarle los hilos a una marioneta que, además de no servirles, puede resultar una amaneza a largo plazo.
Porque, a veces, las verdades llevan a otras, y ahí es donde Carrie cierra estos doce episodios. Ella ya sabe la verdad del comportamiento extraño de Brody, pero no sabe toda la verdad sobre Brody, la que le llevó a pasarse al bando de Abu Nazir, y en última instancia, lo que lleva a éste a trazar un plan maestro para destruir a los responsables de la muerte de su hijo, Issa. Carrie se ha quedado a las puertas, otra vez víctima de sí misma, y suplica a su mentor Saul que no le permita olvidar antes de que un electroshock borre esos recuerdos. Pero, ¿y Brody? Se trata de otro personaje dañado hasta el fondo, que, a diferencia de Mathison, se sabe una marioneta de fuerzas que le superan, aunque abraza sus funciones hasta sus últimas consecuencias... de momento.
Si la debilidad de Carrie es su condición de bipolar, la de Brody parece ser su condición de padre. No en vano esta circunstancia está en las dos crisis de fe que parece tener el personaje. La primera, la que lleva a la conversión a la causa de Nazir, vista en 'Crossfire' (1x09), y la segunda, la de las escenas frenéticas en el búnker, en 'Marine One' (1x12-13), la estupenda season finale. Brody entabla una relación muy paternal con Issa, mientras que empieza a reconectar con Dana, esa adolescente a ratos abofeteable, a ratos con más ojo que un lince, que se da cuenta de que algo no anda del todo bien con su padre. Ya no tiene tan clara su misión de volar al Vicepresidente Walden, último responsable de la masacre de la escuela de Issa, y último responsable de que todo el asunto sea censurado de los propios informes de la CIA, los mismos sobre lo que Carrie pasaba horas y horas, con o sin bolígrafo verde.
Puede que el lance del búnker (primero haciendo que el chaleco-bomba fallase y la llamada in extremis de Dana) resultase excesivo por utilizar dos recursos claramente en un intento de alargar la tensión. Hubiera bastado con uno, el segundo, el más orgánico de acuerdo a la evolución del personaje, pero si había que dar alas a la segunda temporada de la serie, no resultó una salida para nada impostada. Brody tiene una nueva misión, una incluso más complicada que la tenía en un principio (intrigar desde las altas esferas gracias a su nueva posición de congresista y hombre de confianza de Walden), igual que la tiene Carrie. El contador a cero, otra vez, solo que ahora el depósito está más cargado. Y la única salida es que acaben juntox haciendo frente a sus demonios, y verdades, tal y como se vislumbró en ese maravilloso 'The Weekend' (1x07).
A la nueva situación también se ha visto arrastrado Saul, un personaje sobre el que existía la sombra de una posible traición a Carrie, y de motivos turbios (ese polígrafo atacado de 'The Good Soldier'-1x06-) pero que ha probado una lealtad sólida a su brillante pupila, incluso con movimientos sorprendentes como ese chantaje al mismo Walden. La duda constante y la crítica sobre las actuaciones y métodos del gobierno y departamento de seguridad estadounidense después del 11-S (en este caso, presentándolos como una panda de mediocres y cobardes burócratas) no es nueva pero en Homeland toma vida gracias a unos personajes que se ponen a prueba a si mismos en lo que entienden como lealtad a su patria. ¿O es que nadie quería que a Brody no le fallase la bomba? El gris se apodera de la serie en toda su extensión y es imposible no comprender los motivos de uno y otro terrorismo: el del Estado y el de Al-Qaeda.
Pocas máculas se le pueden contar a Homeland salvo en el plano familiar con el personaje de Jessica y Mike, que después de la catarsis de la barbacoa, aparecen muy desdibujados. Ella parece cambiar de chip completamente a pesar de que no pocas veces se nos aclaró que estaba enamorada de su amante, mientras que éste desaparece para volver en una ocasión puntual. Puede que sea un juicio prematuro porque las apariencias siempre engañan, pero es un cuadro que, al menos en esta primera temporada, contrasta con lo bien armados que están el resto de personajes. Otro tanto también encontramos en el lado de la conspiración, con un Tom Walker del que no sabemos nada sobre su 'resurrección' como tampoco su proceso de conversión tal y como vemos con Brody
El recital de locura ofrecido por Claire Danes son el pase que le va a reportar con mucha probabilidad un racimo de galardones bien merecidos. Damien Lewis, más contenido, se postula también como premiable, y es una lástima que Mandy Patinkin no haya cerrado la trinidad en nominaciones recientes. Lo cierto es que el cada miembro del reparto está en su sitio, brindando uno de los más gratificantes espectáculos que se pueden ver en televisión actualmente.
La segunda temporada tiene el reto de hacernos recordar esto.
domingo, 6 de noviembre de 2011
Homeland, la pitón y la rata
Una especie de esquizofrenia parece estar sacudiendo a los canales de cable este año, muy parecida a la que padece Carrie Mathison, la protagonista de Homeland, el doble éxito de crítica y público de la casa de los personajes chungos y borderline por excelencia: Showtime. Carrie, con su condición, podría acompañar perfectamente a Jackie, a Cathy o a la Botwin, pero su entorno recuerda más al de un producto serio de la HBO o la AMC sección Rubicon. Con Homeland estamos nada menos que ante un thriller de espías y conspiraciones en el que se relata la vuelta a casa de un prisionero de la guerra afgano-iraquí tras ocho años de cautiverio, y las sospechas que el feliz acontecimiento levanta en una agente de la CIA, para quien, previo chivatazo del enemigo, el aclamado héroe en realidad es una célula terrorista durmiente que Al-Qaeda ha conseguido infiltrar en suelo estadounidense, después de un buen lavado de cerebro. El argumento, adaptado de una serie israelí titulada Hatufim (Prisoners of War), no suena muy Showtime, pero ahí tenemos a la HBO emitiendo Enlightened, otro producto con un personaje extremo 'showtimero' interpretado por actriz de renombre (Laura Dern), o a Starz, el templo del exceso espartaquiano que se ha atrevido con Boss, un drama sobre la corrupción política de Chicago encabezado por Kelsey Grammer, que podría ir también en la parrilla de AMC. Lo dicho, el cable está patas arriba esta temporada.
Para desequilibrada la vida de de nuestra protagonista, Carrie, la agente de la CIA encarnada por Claire Danes. Brillante y pasadísima de vueltas, la actriz pone una mirada gélida, de reptil, al servicio de la paranoia de un personaje que no está para ejercer sus funciones ni mucho menos. Automedicándose en secreto y cuestionada por todos sus colegas y su mentor dentro de Langley, Saul Berenson (Mandy Patinkin, Mentes Criminales), Mathison opta por salirse de los canales y protocolos oficiales, y emprende su particular y obsesiva caza al terrorista, haciendo gala de una temeridad malsana, que está justificada por el estado mental del personaje. Su testarudez y empeño en derribar a Abu Nazir, un alto cargo de Al-Qaeda, hace que llene de cámaras la casa del sargento Nicholas Brody, el soldado rescatado y supuesto traidor de la patria interpretado por un Damian Lewis hermético y turbio, muy alejado de la imagen amable del sargento Winters.
Gracias a esos maratones a lo Gran Hermano que Carrie se pega en el sofá de de su casa (aunque pronto se le acaba la diversión), somos testigos de los primeros momentos de la lenta y dolorosa readaptación del sargento Brody a un hogar que ha cambiado demasiado en su ausencia. Su mujer, Jessica (Morena Baccarin, V), ha encontrado consuelo en los brazos del mejor amigo de Brody, el también militar Mike (Diego Klattehoff), mientras que sus hijos, la adolescente Dana y Chris, lo ven como un extraño. Esta trama se imbrica perfectamente con la de espionaje, ya que a través de las escenas domésticas de Brody (no ésas de sexo crudísimo e incómodo, sino las que Carrie no alcanza a ver), entendemos que la espía no puede andar desencaminada en sus teorías, por más que los hechos y los métodos más ortodoxos la pongan en entredicho.
Se produce un juego de apariencia y conocimiento incompleto que nos impide como espectadores tomar partido en favor del cazador o la presa. En un primer plano más evidente, vemos a Brody como la víctima de las obsesión invasora de Carrie, que no parece tener ni límites ni ética. pero en un segundo plano, los flashbacks de Brody y su comportamiento cuando está solo nos revelan que hay algo más oscuro y complejo por debajo de las cicatrices de guerra del soldado. ¿Quién es la serpiente pitón y la rata? ¿O estamos ante dos pitones disfrazadas de ratas? ¿O dos ratas? Sea como sea, ambos personajes protagonistas, o antagonistas según se mire, tienen más cosas en común de las que saltan a simple vista, y en su duelo psicológico podrían hallar ese entendimiento que claramente no encuentran en sus ambientes. Los dos son unos apestados; una por no plegarse a los intereses más burócratas de unos jefes que la toma por loca en sus indagaciones; y el otro, por ser un aparente pobre alma, al que el gobierno estadounidense utiliza como herramienta para su propaganda bélica. Pero, sobre todo, Carrie y Brody son seres transformados por una guerra global iniciada el mismo día en que cayó el World Trade Center, con todas las consecuencias que esta guerra ha conllevado a nivel personal, de países, y del mundo entero... Y de la industria audiovisual de la última década, como apunta Nahum.
Como buen thriller de manual acabamos montados en una montaña rusa, cuyas cuestas se ven todavía más acentuadas gracias a unos personajes poco fiables en el mejor sentido. No podemos adivinar cuál será el siguiente movimiento de Carrie o Brody lo que hace que asistamos a cada nuevo capítulo con ojos nuevos y preparados para cualquier sorpresa. En cinco episodios emitidos de un total de doce, Homeland, no ha bajado la guardia en ningún momento, encaramándose al podio (si es que no está ya en el cajón más alto) de los mejores estrenos de la actual temporada.
Velocidad de crucero, necesaria crítica sociopolítica e interpretaciones clavadas. Si ésta es la nueva chaladura de Showtime, bienvenida sea.
Para desequilibrada la vida de de nuestra protagonista, Carrie, la agente de la CIA encarnada por Claire Danes. Brillante y pasadísima de vueltas, la actriz pone una mirada gélida, de reptil, al servicio de la paranoia de un personaje que no está para ejercer sus funciones ni mucho menos. Automedicándose en secreto y cuestionada por todos sus colegas y su mentor dentro de Langley, Saul Berenson (Mandy Patinkin, Mentes Criminales), Mathison opta por salirse de los canales y protocolos oficiales, y emprende su particular y obsesiva caza al terrorista, haciendo gala de una temeridad malsana, que está justificada por el estado mental del personaje. Su testarudez y empeño en derribar a Abu Nazir, un alto cargo de Al-Qaeda, hace que llene de cámaras la casa del sargento Nicholas Brody, el soldado rescatado y supuesto traidor de la patria interpretado por un Damian Lewis hermético y turbio, muy alejado de la imagen amable del sargento Winters.
Gracias a esos maratones a lo Gran Hermano que Carrie se pega en el sofá de de su casa (aunque pronto se le acaba la diversión), somos testigos de los primeros momentos de la lenta y dolorosa readaptación del sargento Brody a un hogar que ha cambiado demasiado en su ausencia. Su mujer, Jessica (Morena Baccarin, V), ha encontrado consuelo en los brazos del mejor amigo de Brody, el también militar Mike (Diego Klattehoff), mientras que sus hijos, la adolescente Dana y Chris, lo ven como un extraño. Esta trama se imbrica perfectamente con la de espionaje, ya que a través de las escenas domésticas de Brody (no ésas de sexo crudísimo e incómodo, sino las que Carrie no alcanza a ver), entendemos que la espía no puede andar desencaminada en sus teorías, por más que los hechos y los métodos más ortodoxos la pongan en entredicho.
Se produce un juego de apariencia y conocimiento incompleto que nos impide como espectadores tomar partido en favor del cazador o la presa. En un primer plano más evidente, vemos a Brody como la víctima de las obsesión invasora de Carrie, que no parece tener ni límites ni ética. pero en un segundo plano, los flashbacks de Brody y su comportamiento cuando está solo nos revelan que hay algo más oscuro y complejo por debajo de las cicatrices de guerra del soldado. ¿Quién es la serpiente pitón y la rata? ¿O estamos ante dos pitones disfrazadas de ratas? ¿O dos ratas? Sea como sea, ambos personajes protagonistas, o antagonistas según se mire, tienen más cosas en común de las que saltan a simple vista, y en su duelo psicológico podrían hallar ese entendimiento que claramente no encuentran en sus ambientes. Los dos son unos apestados; una por no plegarse a los intereses más burócratas de unos jefes que la toma por loca en sus indagaciones; y el otro, por ser un aparente pobre alma, al que el gobierno estadounidense utiliza como herramienta para su propaganda bélica. Pero, sobre todo, Carrie y Brody son seres transformados por una guerra global iniciada el mismo día en que cayó el World Trade Center, con todas las consecuencias que esta guerra ha conllevado a nivel personal, de países, y del mundo entero... Y de la industria audiovisual de la última década, como apunta Nahum.
Como buen thriller de manual acabamos montados en una montaña rusa, cuyas cuestas se ven todavía más acentuadas gracias a unos personajes poco fiables en el mejor sentido. No podemos adivinar cuál será el siguiente movimiento de Carrie o Brody lo que hace que asistamos a cada nuevo capítulo con ojos nuevos y preparados para cualquier sorpresa. En cinco episodios emitidos de un total de doce, Homeland, no ha bajado la guardia en ningún momento, encaramándose al podio (si es que no está ya en el cajón más alto) de los mejores estrenos de la actual temporada.
Velocidad de crucero, necesaria crítica sociopolítica e interpretaciones clavadas. Si ésta es la nueva chaladura de Showtime, bienvenida sea.
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