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domingo, 19 de junio de 2011

Glee, se me acabó el 'ship' de tanto usarlo

Uno de los efectos colaterales de seguir una serie que fomente las tensiones sexuales no resueltas entre un par de personajes es que existe una alta probabilidad de que alguien se acabe convirtiendo en un 'shipper' de esa pareja (o 'ship', del inglés relationship, relación). Todo ello deriva en etapas de pasarlo mal hasta que el sueño de verlos juntos se hace realidad, seguidas después de periodos de felicidad absoluta durante los primeros compases de la relación, y rachas de odio amargo hacia cualquier amenaza externa en forma de tercera persona o muerte de uno de los dos (todo por culpa de los malditos guionistas, claro). En definitiva, por pura experiencia, puedo decir que la montaña rusa emocional del 'shipper' no garantiza una salud mental equilibrada durante el tiempo en que la serie esté en emisión. Y eso por no añadir que luego se puede desarrollar un sexto sentido para oler posibles líos en cuanto dos personajes comparten plano por primera vez, con un gran peligro de tornarse en un/a 'shipper whore' (adicto a 'shippear') y empezar 'shippear' a personas con mesas.

Esta introducción sobre el tipo de fan más extendido viene a cuento por la subversión que Glee (FOX), con su continua alternancia de parejas desde la primera temporada, ha representado para el placer culpable de seguir el desarrollo de una relación en una serie. El musical de Ryan Murphy es un fenómeno fan con todas las letras, con sus cualidades de fábrica, música y líos de instituto, diseñadas para azuzar a su potencial base de seguidores adolescentes (y no tan adolescentes). Comprobada la receta del éxito, a partir de ahí, el plan consiste en mantener contentos a esos fans a través de diversas acciones de márketing como la gira de conciertos que los miembros de New Directions están llevando a cabo estos días por diversas ciudades de Estados Unidos y el Reino Unido, la edición de discos y la inclusión de los artistas de moda en el repertorio. Nada que objetar hasta aquí pero, ¿hasta dónde llega el límite de agradar a los fans?

Cuando se escuchan expresiones como 'fan service' o 'pandering' no suele ser en contextos favorables a los creadores de la serie, que se cree están bailándole el agua a los intereses de un sector concreto del fandom de esa ficción. Acusaciones de 'fan service' son muy comunes entre 'ships' rivales como, por ejemplo, los que se forman con los miembros de un triágulo amoroso. El 'ship' perdedor siempre se quejará de que los creadores de la serie tienen preferencia por sus contrincantes, y se pueden encender mechas para guerras de 'ships' en foros. Glee, en su carácter de entretenimiento excesivo, lleva el 'fan service' a sus últimas consecuencias en su segundo año en antena, despojándolo de su razón de ser, convirtiendo en canon cualquier tendencia en boga dentro de su comunidad de fans.

Ya no se trata de dar salida a los 'ships' que nacen de una forma más o menos orgánica y trabajada dentro de la ficción (casos de los Fuinn -Finn/Rachel- , Fachel -Finn/Rachel-, Klaine -Kurt/Blaine- o Brittana - Brittany/Santana), sino también a los más inusitados que sólo podrían darse en el universo alternativo más alternativo (SPOILER ¿Mercedes y Sam tras sólo dos capítulos hablando? WTF! FIN del SPOILER). Esto no es más que otro indicador de que lo que todo el mundo sospechaba y que los propios responsables han confirmado: que la serie se hace sobre la marcha.

En este sentido, Glee es una serie muy meta que se aprovecha de su propio contexto de fans para mostrarlo y parodiarlo en los guiones, pero al mismo tiempo arruina esos estados de ánimo disparatados que enuncio al principio del post y que son parte de la diversión del 'shipper'. A los fans les gusta que les escuchen (como esos guiños o gags que se gestan en las comunidades y luego pasan a la pantalla), pero no todas las ideas deberían ser escuchadas. Los propios fans son conscientes de ello: hay cosas que pertenecen al fandom y no deben salir de ahí. Igual es que pertenezco a una generación de masocas, pero no me gusta que me lo den todo hecho en ficción. Sin llegar a los niveles de sufrimiento histórico de Sculder, no hay 'ship' que sin sufrimiento no venga.

viernes, 21 de enero de 2011

'Gleebos' de Oro

ATENCIÓN: Si no estás al día con Glee, mejor nos escuches esta canción spoilerosa.

Indignación. Quien es un pelín seriéfilo o fan de algo está acostumbrado a que, de vez en cuando, la sangre le fluya a temperaturas más altas de lo deseado. Porque nos separan a nuestra pareja favorita, porque nos meten a un actor que no pega con la idea que tenemos de un personaje, porque los guionistas cogen la guadaña y hacen limpia, porque nos salen con un remake... Esos golpes fortuitos que, por imprevisibles, se pueden tornar en heridas difíciles de cicatrizar. Pero, el seriéfilo sabe que hay dos noches en el año en las que, por su salud, debe tener a mano el té frío, o simplemente, los hielos envueltos en un pañuelo. Me refiero a las dos noches en las que se entregan los premios Emmy y los Globos de Oro en sus categorías de televisión. El 16 de enero tuvo lugar la ceremonia de éstos últimos y si no ardió Troya por segunda vez fue de casualidad. Y no sólo por el incendiario y genial monólogo de apertura a cargo de Ricky Gervais.

Bastó que Glee fuera la producción más premiada de la noche con tres galardones para encender la mecha y que se propagara por cualquier red social. Mejor serie comedia o musical, mejor actriz secundaria y mejor actor secundario. Ésa fue la cosecha que sentó mal a la platea por excesiva e inmerecida, aunque no se discute el galardón a Jane Lynch por su hilarante papel como la maquiavélica Sue Sylvester. En cambio, el premio al primerizo Chris Colfer se presta al debate que se medía ante rivales como Eric Stonestreet, que estaba nominado por segunda vez por Cameron en Modern Family, un personaje que borda, y ante Chris Noth de The Good Wife, serie que destaca por su nivel actoral.

Es difícil no juzgar separando interpretación del actor, personaje y líneas de guión. En los Oscar suele pasar, por ejemplo, que el artista puede llevarse el reconocimiento y, sin embargo, la película ser totalmente olvidable (ahí está Sandra Bullock). Que Chris Colfer sobresale en su intepretación de Kurt Hummel es un hecho y es lo que ha tenido en cuenta la prensa extranjera de Hollywood a la hora de votar, a pesar de la trama infumable al que está siendo sometido su personaje en la presente temporada a causa de su orientación sexual. Se ve que Colfer no tiene los ataques de divismo de la amiga Katherine Heigl cuando se negó a que la incluyeran en la lista de nominaciones a los Emmy por la pobre calidad de la historia de Izzie durante la cuarta etapa de Grey's Anatomy. Aún así, el 'bullying' a Kurt está a años luz de cualquier tipo de subtrama alucinada que se le ocurra Shonda Rhimes, pero no por ello lo que está haciendo Ryan Muphy deja de ser trasnochado, más por el cómo se plasma en pantalla (ese guión moralizante, poco sutil y machacón tan propio de épocas pasadas de la televisión), que por la necesidad de denunciar la intoleracia que se respira en los institutos que lleva a los jóvenes gays a suicidarse.

Pero tener a Kurt llorando por las esquinas capítulo sí, capítulo también, no sólo neutraliza por saturación el impacto del mensaje que se pretende transmitir aprovechando el tirón juvenil de Glee sino que, a nivel puramente creativo, afecta al tono general de la serie. Se trata de un producto petardo que se toma muy poco en serio a sí mismo, como ya quedó demostrado en la primera temporada con el asunto del embarazo de Quinn y la tripa de gomaespuma de Terry, la ex-mujer de Mr. Schue. Uno o dos capítulos excepcionales y bien armados centrados en Kurt hubieran bastado para reflejar la situación, no una entrega por fascículos donde hay que adivinar cuál será la siguiente cruz del personaje. En definitiva, está haciendo demasiado hincapié en el melodrama a costa de un personaje particular, justo lo que esta serie no es. Y, a mí, personalmente como espectadora, me provoca rechazo al personaje por cansino.

Tras estas líneas, se puede decir que periplo de Kurt a lo largo de esta segunda temporada es, en mi opinión, el factor que desluce más claramente el premio a la mejor comedia o musical. Sin embargo, también hay otros factores como la coherencia de los personajes o la cohesión de las tramas que es casi inexistente y dejan al descubierto unos capítulos donde las actuaciones musicales llevan todo el peso. Esto no le impidió el año pasado alzarse con el mismo galardón por encima de tótems como 30 Rock, Entourage, The Office y la también debutante Modern Family, cuya primera mitad de tempolarada fue brillante. La moda arrasó en esa ocasión, y en ésta, también. La reedición consecutiva del galardón, teniendo en cuenta que Nurse Jackie y The Big C estaban nominadas este año, no hace sino confirmar que Glee es un todo fenómeno donde confluyen un puñado de variables, y que los Globos de Oro son tan fanboys como cualquiera.

martes, 10 de agosto de 2010

Bipolares

¿Recordáis aquella frase tan sabia de "Las segundas partes nunca fueron buenas salvo las de Padrino y Star Wars"? En el mundo de las series suele ocurrir que las segundas temporadas mejoran la novedad que supone la primera (ahí están algunas de las joyas HBO y Showtime, mis adoradas Alias y BsG, How I met your mother antes de la caída... hasta, ejem, Grey's antes del consumo de sustancias) salvo ejemplos tan sonados en series de culto recientes como Lost y Heroes (sí, de culto a nuestro pesar), o Mujeres Desesperadas o True Blood en cuyos capítulos del segundo volumen se pasó de mostrar la típica reacción a qué rápido pasa el tiempo cuando se está entretenido a "¡¿Sólo llevo un cuarto de hora?!". Toda ficción en televisión, en mayor o menor grado, tiene su temporada más débil, y dentro de lo malo, si tiene que pasar, que pase al principio.

Pero he aquí, que últimamente ya ni hay que esperar al segundo año para que la comida empiece a repetir. Si una serie debuta con éxito inimaginado y copa las nominaciones de premios sin nisiquiera haber llegado a su season finale, el hiato largo en su programación regular es el reto a batir. Después del parón, una de dos: 1) todo sigue igual o mejor, o 2) se pierde la magia. Si es este último caso, se trata del síndrome de la segunda mitad de la primera temporada, que obliga a cuestionar cualquier entusiasmo o excitación inicial con una serie, con riesgo de parecer bipolares ante aquellos conocidos a los que estuvimos machacando con las bonanzas de tal estreno y, que, pasados unos meses, soportan nuestras críticas y bostezos al respecto. Este año ha pasado con Glee y Modern Family.

Las chicas de ByTheWay recopilan en este completo post los movimientos mediáticos que se han organizado alrededor de la serie de Ryan Murphy, que no son pocos, y hacen un poco de autocrítica acerca del fenómeno que se ha montado alrededor. Está claro que la culpa es de nostros, la audiencia, por alimentar al monstruo de las galletas, y se entiende, porque se trata de un producto con un potencial enorme para ello. Pero ciñéndose a lo que vemos en pantalla, la serie ha sido un tanto ingrata y no ha sabido devolver el 'hype' que se le dio durante esos meses de parón. La segunda parte de la temporada ha sido de altibajos con capítulos ideales para aquellas noches de insomnio, sobre todo los protagonizados por Kurt y la momia de Finn, y algún que otro que de tan moralizante destruye la mala leche y tontería que deberían primar en los guiones.

Sin embargo, los episodios dedicados a Madonna y Lady Gaga correspondieron con creces a la anticipación que se creó en torno a ellos y la season finale tiene sus momentos brillantes gracias a la siempre desaprovechada Quinn Fabray y la siempre genial Sue Sylvester. A estas alturas, sigo pensando que se dejaron la piel en el capítulo 13 'Sectionals', una pseudo finale en el fondo, creyendo que de allí no pasaba la broma, y se quedaron sin gas para sostener lo que se les vino encima después. Ahora que han tenido tiempo para digerir la marabunta y saben que tienen asugurados de entrada 22 episodios para desarrollar tramas, sólo queda esperar si el equipo de Murphy remonta el vuelo y corrija errores (hacer más inteligente a Finn no sirve, quitarlo de en medio, sí). Una vez que se estrenen los nuevos capítulos se podrá valorar bien si hacia falta o no una tercera temporada. Por lo pronto, con el regusto de lo ya visto, la decisión se pasa de prematura, pero quién sabe.

Echando la vista atrás, Modern Family partía con el título de mejor estreno junto con The Good Wife, que ahora se queda sola en ese podio. Y la culpa no la tiene sólo el Applegate que nos vendió el iPad como ningún dependiente por más que lo intentara, sino demasiado entusiasmo. Después del hiato, los episodios dejan de sorprender y su estructura se somete a un bucle de repetición, en el que la moraleja del final resulta demasiado evidente, los chistes del medio dejan de hacer gracia y pasa lo peor que le puede ocurrir a un episodio cómico: que se haga eterna

En general, personajes como Alex pasan muy de puntillas, mientras que el resto de esa parte de la familia, on mención especial a la madre, Claire, se vuelve cansina conforme pasan los capítulos. Los cameos de Edward Norton y Benjamin Bratt son puntos exóticos que ayudan a maquillar un poco el conjunto pero no bastan para olvidarse de las irregularidades de la segunda mitad de la temporada. Tampoco la season finale, que se quedó un tanto descafeinada después de un doble capítulo con viaje a Hawaii incluido que sí tuvo ese aroma a cierre en lugar del ambiente más convencional del verdadero último episodio.

Lo dicho. Las nominaciones y reconocimientos están ahí, pero esto es a veces como ver un partido del genial Roger Federer. Realiza una lección de tenis en los primeros compases del partido y luego se echa a dormir para frustración de sus fans que, al final, siempre recuerdan la mejor parte del lance. O sea, el principio.

domingo, 6 de diciembre de 2009

Territorio comanche

Puente de esos que asustan por lo largos que son. No hay posibilidad monetaria de hacer una escapadita por ahí, salvo cañas y cafés con los amigos que no se han pirado. Los ojos te hacen chiribitas de sólo imaginar los kilos de capítulos que vas a marcar como vistos en el MyTVShows, en tu lista mental, o en tu roñosa libreta de notas. Hasta te haces tu plan de series y todo. Igualito que con la dieta. En serio, no lo cumples ni a la de tres. Y que conste que esto es más fácil que comer verduritas a la placha tres días a la semana. Pero no, no se puede por más que le pongas fuerza de voluntad.

Las vacaciones se revelan como un arma seriéfila de doble filo... Si toda tu familia tiene el mismo plan casero que tú. Concreto: si tu madre no es capaz de estar sola ante un objeto electrónico, creen que aún te acuerdas de cómo se sumaban fracciones de distinto denominador (¡que soy de letras!), y envían por enésima vez a tu persona a dar una vuelta con los perros. El caso es que, de repente, un capítulo de Glee se convierte en una ópera de cuatro horas, y ya te cuesta hilar a cuento de qué Ryan Murphy ha escogido 'Papa don't preach' de Madonna para dicho episodio.

Con mitad del cerebro machacada por 'semejante' multitarea, aún osas ponerte uno de The Big Bang Theory, concentrar tu mente en leer los subtítulos, e intentar leer las teorías que Sheldon suelta a una velocidad endiablada. "¡Toc, toc, toc!, Penny. ¡Toc, toc, toc!, Penny. ¡Toc, toc, toc!, Penny..." No mires a la puerta de la pobre Penny, sino a la tuya. Cuentas uno, dos y tres. "Paaasa". Miras el minutero del BSPlayer, y ves que sólo han pasado diez minutos... Stop hasta nuevo aviso. Por si acaso, también pones un interrogante a tu cita con los 'losties'.

Hay meter el coche en el garaje. Pienso en darme una vuelta como Tony Soprano en el opening, con la ventanilla bajada. Ni eso, porque llueve. Hoy casa es territorio hostil para seriar.

domingo, 23 de agosto de 2009

Pilotando Glee: Falta ensayar más

El pasado 19 de mayo el piloto de Glee tuvo su bautismo de fuego emitiéndose en FOX en plena temporada de renovaciones y cancelaciones. Sobra decir que la última fechoría del irreverente y plástico Ryan Murphy pasó la prueba en la cadena de Murdoch y a partir del 9 de septiembre la música y el baile llegará a los discos duros de manera regular. Por eso me lo tomé con calma a la hora de ver el piloto.

Se podía haber alcanzado una nota más alta, pero el tono alcanzado por el coro fue mínimamente bueno si consideramos lo 'rara avis' que son las series musicales y que, al fin y al cabo, estamos hablando del piloto. Vamos, que hay una garganta a la que pulir. No estamos ante una voz diferente como la de Amy Winehouse o la de un 'crooner' moderno como Bublé, si no que el estilo de voz se acerca más a la de los chicos Disney versión High School Musical, o sea, tirando a convencional. Porque no se puede negar que Glee le debe mucho a las pelis protagonizadas por el amigo Zac Efron y su novia la de las fotos picantes.

Ambientada en un instituto con sus 'cools' y sus 'loosers', es decir, sus quaterbacks, cheerleaders y nerds de todos los tipos, Murphy retorna a los tiempos de su maliciosa Popular y los mezcla con ese amor tan sincero que los americanos profesan a las competiciones y, sobre todo, al espectáculo. De momento, el mix cómico muestra más maneras de Sandy pija que de Sandy malota en Grease, pero espero que exploten más esas pildoritas de mala baba que han ido regando en el piloto, y no desaprovechen a los dos personajes más idóneos para la tarea: Mercedes, que es como una mini Mamma Morton de Chicago o Kurt, locaza enfundada en Marc Jacobs. Hasta se podría rascar algo de la marisabilla de Rachel, cantante principal con un ego y afán competitivo desorbitados como refleja su MySpace.

Claro que no puede faltar Finn, el quaterback tonto pero con sensibilidad artística que no ha consumado con su novia, la animadora legionaria de Cristo, y al que Rachel le pone ojitos para que vaya a cantar en contra de su reputación y sus amigotes del 'football'. Tampoco podemos dejar atrás a Artie, que va en una silla de ruedas, y a Tina, conocida por no descatar en algo concreto. Como véis, todo muy tópico, pero que, tratándose de Murphy, le pide a gritos que engrase su mente perversa para darle el toque que lo convierta en un hit masivo.

Aparte de los personajes juveniles, también hay que destacar la historia de Will (Matthew Morrison), el profe idealista que busca sacar lo mejor de sus díscolos y asilvestrados alumnos, en una premisa argumental que ha completado la vuelta a la Tierra unas cuantas veces. Y como siempre debe haber algún obstáculo, se atisba un cierto antagonismo con la chunga entrenadora de las cheerleaders intrepretada por Jane Lynch (no hay serie en la que no haya salido) y aficionada a los batidos de proteínas. El resto del claustro de docentes es de lo más variopinto empezando por Emma, una obsesionada por la higiene que ya conocemos como el amor frustrado de Hiro en Heroes; Ken, el entrenador del equipo de fútbol americano, que le va detrás,; y el director Higgings preocupado en traer dinero para el Instituto McKinley (¿por qué se llaman todos así?).

Todo estos elementos deben demostrar todavía si ha valido la pena que el jurado le diese el OK para pasar a la siguiente fase del concurso, que se celebrará nada menos que en la temporada de otoño. Con lo ofrecido en el piloto, Glee podría haber quedado perfectamente como una apuesta veraniega como las que en estos momentos refrescan el cable básico de ABC Family y Lifetime, pero la FOX ha decidido emparrillarla los miércoles a las 9 pm frente a los Law and Order SVU (NBC) y Criminal Minds (CBS). Parece que la Gran Canceladora tiene algo de confianza en la serie y le ha endosado dos 'lead-in' como So you think you can dance hasta final de año y American Idol a partir de primavera. Todos sabemos lo que mueve el talent show cantoril y, quitando la competencia de los procedimentales, en la otra trinchera están The Beautiful Life (The CW) y Cougar Town (ABC), por lo que a priori y sobre el papel no hay presagios de desastre.