Es momento de desgranar lo que ha sido el segundo volumen de las aventuras del Capítán Jack Harkness y su tropa de la base Torchwood en Cardiff. Enclavados entre las temporadas tercera y cuarta de Doctor Who, estos trece capítulos se despojan de gran parte de las lacras de las que padecía el paquete anterior, aquejado de momentos de vergüenza ajena pese al manifiesto tono oscuro que se le querían dar a las tramas. No sólo se consigue que éstas transmitan lo que deberían, sino que también se ahonda mucho más en esos personajes secundarios que quedaban un tanto eclipsados por la figura del Capitán.Pero, claro está, Harkness es la razón de ser de la serie y no nos vamos a librar de una buena ración acerca de su pasado hasta llegar a sus mismísimos orígenes, de cuando vivía en cierta península de la que no daré el nombre para no destripar uno de los grandes misterios de Doctor Who. El pasado es un truco muy recurrido cuando se trata de poner a los héroes en problemas muy serios. Siempre quedan asuntos sin resolver que no sabes cuándo volverás a tratar y el hecho de que la amenaza te conozca antes y mejor que tus actuales enemigos multiplica el peligro. Como ya le ocurriera al mismo Doctor con el Master, esta temporada nos ha presentado la horma del zapato de Jack. James Marsters, el Spike oxigenado de Buffy Cazavampiros, se encargó de darle más chulería si cabe al chulesco Capitán John Hart, otro agente del tiempo como Jack, con el que compartió sus más y sus menos y que viene dispuesto a echarle muchas cosas en cara. Hart funciona como una némesis perfecta y resentida, pero en línea con la personalidad de Harkness posee la misma desvergüenza, carisma y facilidad para embaucar que hace tan atractivo al personaje de John Barrowman, de modo que no es extraño que se le acabe cogiendo un poco de cariño.
Con Gwen Cooper seguimos viajando por esa nueva situación familiar derivada de los acontecimientos ocurridos en la primera temporada y en esa especial relación con Jack, siempre tan ambigua. De Owen, Ianto y Toshiko se nos da una pista en esa pequeña maravilla llamada 'Fragments' (2x12), pero lo cierto es que se van desperdigando píldoras a lo largo del resto de capítulos donde consiguen mostrarse como algo más que trabajadores de Torchwood. Owen, en concreto, nos lo hace pasar muy mal en uno de los arcos argumentales más impactantes de este volumen, y no es sólo por la cara chunga de Burn Gorman o la aparición especial de una 'companion' en particular.
Los arcos de dos episodios siguen mezclándose con casos episódicos mejor labrados en general salvo unas pocas excepciones, donde es imposible evitar más de un bostezo por el poco ritmo que se le imprime al asunto. Pero, por suerte, quedan para el recuerdo el emotivo 'To the Last Man', el terrorífico 'From Out of the Rain' y el sorprendente 'Adrift', todos ellos muestras de cuando esta serie quiere, puede, regalando buenas historias y personajes que crecen en ellas.
Por eso, en un momento en que la serie parecía haber encontrado su camino sorprende el giro que da Russell T. Davies en la season finale, donde decide darle un drástico lavado de cara a su serie. La decisión conforma uno de los puntos álgidos de un magnífico capítulo que corona la buena marcha de la serie en esta etapa. Un shock que deja la casa del revés con vistas a la tercera temporada de Torchwood, subtitulada Children of Earth.




