"My name is Bridget, I witnessed a murder. (...) You don't get it; if Bodaway wants me dead, I'm dead. (..) I ran to my sister, Siobhan, for help. Siobhan killed herself and I assumed her identity. (...) It was so easy, I saw a way out and I took it. They all think that I'm her".
Si reproduzco la voz el off de Siobhan del 'previously' de Ringer es porque, de entre todo lo mostrado a lo largo de los 22 capítulos de su primera y (salvo milagro) última temporada, es lo único que permanece mostrar cierta lógica en el planteamiento y ejecución de esta serie. De verdad de la buena, ni siquiera el cromatín naútico del piloto podría presagiar un subproducto tan de celda de máxima seguridad de manicomio como éste. Estoy segura de que en ninguna serie de la factoría de JJ hacen falta tantos croquis para entender los giros copernicanos que dan tramas y personajes como sí pasa en este anunciadísmo regreso de la televisión de la otrora cazavampiros Sarah Michelle Gellar, ahora reciclada en diva de papelera de cualquier hogar seriéfilo que se precie.
Confieso que antes escribir esta entrada intenté hacer un inventario sesudo de la cantidad de sucesos que han ocurrido, y me ha salido una cosa con aspecto próximo a un enjambre de abejas rabiosas cual Shakiras en celo que me han dejado al borde de un dolor de cabeza. Intentar comprender Ringer es un peligro para la salud humana; la serie se muestra tan enrevesada en su propia mediocridad que corremos el riesgo de acabar igual de tarumbas como los psicólogos que se obsesionan con sus pacientes. Por eso, la manera más cabal (si es que existe) de enfrentarse a esta ficción que, en principio iba a parar a la CBS en vez de The CW (hoy por hoy, no nos extraña la degradación a la hermana pobre), siempre ha consistido en dejarse llevar por el desenfreno piscotrópico que proponen sus guiones. Unos cientos de hojas por episodio que materializan sin límite nuestros delirios de escritor más inconfesables y, lo más importante, son autoconscientes de que eso es lo que están haciendo. En este sentido, Ringer viene a ser otro de tantos placeres culpables, pero quizá lo que le separa del resto es que a la serie de SMG (sí de ella, que para eso la produce) no le queda un ápice de vergüenza, y sí unos huevazos de semental, para rebajar (o exagerar, según se mire) todos sus elementos hasta tocar el verdadero esperpento; el destino al que debe aspirar todo subproducto si quiere dejar una cierta huella en el espectador y entretenerlo a pesar de sus taras evidentes.
Ringer conecta con nuestros más bajos instintos y nos brinda imágenes que apelan a esa necesidad de lo grotesco, como ese grandísimo baúl con cádaver en medio de una fiesta, y en el que nadie acaba repara aun y cuando no para de chorrear sangre; esa coleta postiza tan barata pegada a la cabeza de Bridget/Siobhan, los oros mal colocados; y esa necesidad imperiosa de que todo el mundo sea sospechoso de asesinato. Porque sí, la premisa promigenia que nos vende la serie es que Siobhan Martin se quiere vengar de su hermana gemela ex drogadicta, Bridget Kelly, por haber sido la responsable de la muerte de su hijo en un accidente de cosa, pero, a la vez, hay otras subtramas que también implican persecución y muerte como la del criminal Bodaway Macawi hacia Bridget, o la de Andrew Martin (Ioan Gruffudd) y su socia Olivia (Jamie Murray) hacia Siobhan y, el rizo del rizo, la de la ex de Andrew, Catherine (alucinadísima Andrea Roth) hacia Siobhan. Eso por no hablar de los cuernos que Siobhan le ponía su marido con el pusilámine del mejor amigo de éste, el proyecto de escritor/experto en braguetazos Henry Butker (Kris Polaha, abonado a The CW tras Life Unexpected), a su vez marido de la mejor amiga de Siobhan, Gemma 'You Whore!' Arbogast, una rica heredera. Y, por si no fuera suficiente ya, a la pobre Bridget le toca aguantar y resolver todos los trapos sucios de su hermana porque... ¡se está haciendo pasar por ella! Al final he acabado por hacer un minidesglose de todo el tinglado, pero estoy dejando de mencionar intentos de fraude y extorsión, hijas rebeldes y borrachas, y otras subtramas ojipláticas que más vale no desvelar.
Si estás buscando locura, no vayas más lejos, porque Ringer ofrece en una sola entrega todo lo que Shonda Rhimes dosifica en ocho temporadas. Es una serie para mentes muy rápidas... Y no, no es broma. Los guiones, después de todo, parecen salidos de las mejores escuelas de "It's called improvised, bitch". El capítulo veintiuno, de título homónimo, encapsula la esencia de Ringer. Esa improvisación y soluciones de bombero se llevan a un extremo en el que los flashbacks son meras comparsas de última hora al servicio de las tramas y revelaciones más WTF, y del brillo chillón de las interpretaciones de vodevil. Porque SMG ya puede estar orgullosa todo lo que quiera de la supuesta seriedad de su trabajo como las gemelas, pero si el único elemento diferenciador de su actuacíon es que la primera lleva moño (por supuesto, Siobhan, las malas pécoras estiradas siempre llevan el pelo recogido) y la segunda (Bridget), el pelo suelto, ya puede seguir soñando con el Emmy. Igual que el resto del reparto, con un Polaha digno de las canteras de granito de Porriño.
- "That's for sleeping with my husband, you whore!!"
Pero si hay algo que destacar de esta ficción es su querencia por unas líneas de diálogo elaborados en menos de un minuto en los que siempre se hace mención al oficio más viejo del mundo, ése con el que Bridget parece haber coqueteado en el pasado, o simplemente, al zorrerío, las malas artes, y las conversaciones escatológicas. Con semejante material, los responsables de la serie no podían menos que rinderse un autohomenaje y atreverse a titular cada entrega semanal con joyas extraídas de los propios diálogos como "If you ever want a French lesson", "A whole new kind of bitch", "The poor kids do it everyday", "We can get a dog instead", "Shut up and eat your Bologna" "What are you doing ho-bag", "It's easy to cry when this much cash is involved", "Whores don't make that much", "P.S. You're an idiot", "You're way too pretty to go to jail", "If you're an evil bitch just get over it", or el ya mencionado "It's called...".
Con unos pésimos datos de audiencia, por debajo del 1 en las demos, la apuesta retequeculebronera y cutrelux de Ringer estaba sentenciada desde mitad de temporada. Quizá por ello la serie se despojó de todas sus pretensiones, sobre todo, en su último tramo, y nos brindó a los que la seguimos una huida hacia adelante, quemándose a lo bonzo, divirtiendo como las mejores comedias y, para colmo, teniendo la cara de despedirse con un buen cliffhanger. Tenía que ser Shivette.
viernes, 20 de abril de 2012
domingo, 1 de abril de 2012
Skins 6, la promoción de la lobotomía
Por vuestra salud mental, si no habéis visto la sexta temporada de Skins, no sigáis leyendo.
Una de las reglas básicas en la escritura de (buen) fan fiction es que, con independencia de la situación en la que se ponga a los personajes, o del género de la historia, la caracterización de ésos debe ser lo más fiel al canon del cual proceden. Simple cuestión de coherencia, de respeto por el material original y, hasta cierto punto, de legitimar la obra del fan. Si esto ya funciona así en un contexto creativo amateur, ¿qué se puede decir del profesional que se dedica a escribir sagas? Exactemente lo mismo: que haya coherencia interna y cierta continuidad entre las partes. Cada una de las tres generaciones en las se divide Skins no son nada más que sagas con dos temporadas cada una y, al menos en las dos primeras generaciones, se aprecia a grandes rasgos una evolución lógica y natural de los personajes entre su primera y segunda temporada. Nos han podido gustar más o menos algunas de las tramas en las que se ven inmersos, pero los conflictos con los que nacieron los personajes de las pandillas de Tony y Effy Stonem tenían un principio y un final (o un no-final abierto, que también se ha dado el caso) a lo largo de los capítulos que les corresponden y, salvo excepciones, pocas veces se desvíaban deliberadamente de la ruta marcada. Así, hasta llegar a la tercera generación, y en concreto, la sexta entrega de la serie, donde la sagrada norma de la continuidad ha brillado por su ausencia y, lo que es peor, se ha convertido en triste panfleto para el fuego la razón por la que Skins es un producto de culto: el retrato de sus personajes.
Lo que tenía que haber sido un broche digno a uno de los ejemplos más sinceros del relato adolescente en televisión, se ha revelado como la peor temporada de toda la serie con diferencia. Una pobre despedida donde no sólo no existe ningún tipo de sentido y dirección en el desarrollo de los personajes presentados en la singular quinta temporada, sino que a eso hay que sumarle, por lado, una distribución hecatómbica del protagonismo en los episodios que supera todo lo sufrido en la cuarta etapa (¿cómo se puede hacer peor teniendo el máximo de capítulos -diez- para repartir entre nueve personajes?) y, por otra, la clara contaminación de historias sacadas de los realities más famosos de la MTV. Después del sonoro fracaso del remake estadounidense de Skins en el "canal de música", Bryan Elsley, volvió a Bristol para reencargarse del original que había quedado en manos del otro creador de la serie, su hijo Jamie Brittain, responsable último de la quinta etapa, que abandonó el barco en plena producción de la siguiente, supuestamente por presiones de un canal E4 descontento con los bajos ratings.
Pues bien, lejos de confirmarse como la solución a los males de la serie, el renovado equipo de guionistas de Elsley acabó produciendo fan fiction de mala calidad a partir de unos personajes que, como le ocurre al autor de fics, le venían dados por un tercero. Ni que decir tiene que audímetros fueron reflejo fiel del desastre y ahí están las cifras de la series finale, siendo el capítulo menos visto de la historia de Skins. El final de todo y, con razón, aunque queda pendiente la confirmación para 2013 de los anunciados tres episodios especiales (a uno por generación) de dos horas de duración, que vendrían a sustituir al mito de la película que jamás se filmó.
Dada la vínculo familiar que une a ambos creadores chocan demasiado las decisiones tomadas a lo largo de esta sexta temporada, máxime cuando Brittain en entrevistas antes de su marcha había dicho que muchos de los frentes abiertos en los personajes se iban a explorar (lógicamente) en los nuevos episodios. Al final, formateo al canto y listo. Yendo a fondo a por los protagonistas, vemos que si se llamaban Franky, Mini, Nick, Alo, Grace, Rich, Matty era por pura casualidad y por pereza de ponerle unos nombres nuevos. La única a la que no le practicaron un Dollhouse fue a Liv, uno de los personajes menos consistentes del año pasado, y a Alex, pero porque se trata de una nueva incoporación a la pandila del Roundview como ya lo fue Sketch en su momento.
La sensación de lobotomía queda patente desde el mismo episodio de apertura, una sucesión de despropósitos en Marruecos en el que se presenta el evidente cambio sin proceso de los personajes, sobre todo, en la parte que le toca a Franky y a Mini, las promesas del pasado año. El caso de Franky es bastante fácil de resumir: se ha transplantado la compleja y misteriosa personalidad de Effy (su querencia por los bailes sinuosos, los triángulos autodestructivos y las emociones fuertes) a donde antes había candidez, ambigüedad y unos claros problemas con las relaciones íntimas. Pero en Franky todo lo que hacía grande a la Stonem se ha visto multiplicado por mil, con unos resultados que varían entre lo perturbador, lo cansino y lo ridículo. Para empezar, en sus rollos con un traficante de droga casi prepúber descansa la responsabilidad de la temprana muerte de este año, la de Grace; luego se embarca una relación insana que roza la violación con el traficante y nunca más se vuelve a tocar el tema; luego juega con los sentimientos de Matty y Nick, dos personajes sin desarrollo alguno en esta tanda de episodios; y, por último, descubre que debe encontrar a su madre biológica para resolver sus problemas tras intentar ayudar a Mini a esconder su embarazo... Demasiado. En total, el personaje ha acaparado cuatro episodios: el suyo (6x04), el de Nick (6x06), uno compartido con Mini (6x09) y la finale (6x10) para acabar encontrando en este último la única trama que podría haber centrado el capítulo dedicado a ella.
Con Mini, la cosa va por el mismo camino del olvido habiéndose evaporado cualquier atisbo de sus inseguridades generales y de la evidente atracción hacia Franky el año pasado para pasar de la noche a la mañana a acostarse con Alo, quedarse embarazada para después criar a su hijo juntos en una ficcionalización del clásico Sixteen and Pregnant, previo canguelo del padre 'white trash' incluido. Que toda esta relación se produzca sin una necesaria construcción dramática (es decir, haber resuelto de alguna forma la tensión con Franky) ni escenas en las que ambos personajes hablen en vez de tener sexo, es pedir demasiada fe a los espectadores para justificar malos guiones sin un mínimo de credibilidad. Aquí ni siquiera funciona apelar a las típicas elipsis de la serie: de donde no hay no se puede inferir. Y donde no hay es que no hay, pues los webisodios previos a la sexta temporada son una completa pérdida de tiempo que nada tienen que ver con la trama de la serie y, para más inri, la novela cuenta sucesos previos a la quinta que refuerzan el camino llevado por Mini el año pasado. Sí, el desbarajuste también afecta a todo el tinglado multimedia de la serie.
En línea con lo que le ocurre a Franky, los guionistas de la serie se empeñaron en convertir a un personaje ligero como Alo en una sombra de lo que fue, aunque su subtrama de lío con una menor tuvo sus momentazos cómicos como ese baile en calzoncillos, lo único mediamente fiel a la idiosincrasia de un personaje al que conocíamos por su sólida amistad con Rich. Esta relación es otro de los puntos más polémicos de esta tanda de episodios, pues el lazo entre el chico de la granja y el otrora metalero (porque como a Franky también le han cambiado los gustos y el vestuario) apenas ha sido tratado este año, y si lo ha sido lo es en unas escenas lamentables que no dejan a Alo en un buen lugar, especialmente tras la muerte de Grace..
Con la clásica tragedia que sacude a Skins en cada segundo año de generación (ésa en la que los personajes maduran viendo el lado menos amable de la vida) colocada tan al principio de la temporada, uno hubiera podido pensar que iba a tener un impacto mejor engarzado con las tramas y, sobre todo, con los personajes directamente relacionados con la hija del director Blood. Frente a la sobredosis de Franky, en cambio, vimos muy poco del luto de Rich, al que poco le faltó para unirse a las apariciones fantasmales de su novia (sí, las hay) para seguir acreditando que era parte de la serie después de su episodio.Y del grupo de chicas, y dejando a un lado el camino tan torcido que ha llevado Franky, sólo Liv parece consecuente con lo que ha ocurrido en contraste con la aparente inercia de Mini.
El destino de Liv ha ido parejo al de Alex, un en principio interesante personaje que encandiló en su capítulo (de lo poco salvable) con su entrañable relación con su abuela. Pero lo que parecía una incorporación llegada para mejorar el ejemplo muy superficial de un adolescente gay que había sido Maxxie en la primera promoción de la serie, demuestra ser un cúmulo de estereotipos en las pocas apariciones que tiene después de su presentación. Además, la mayoría de los momentos de su amistad con Liv quedan fuera de cámara, por lo que es legítimo preguntarse entonces a qué responde la presencia de Alex en la serie.
Trienta segundos que me ahorraba de ver en cada episodio. Hasta el 'opening' es ya irreconocible.
Imposible a la vista humana, el súbito enamoramiento de Nick con Franky, otra de estas tramas absurdas que ha minimizado el potencial de un personaje que podría haber sido brillante en sus interacciones con Rich y Alo, sobre todo, tras haber descubierto su vena cómica. De su hermano, Matty, se podría decir que si hay un personaje que no debía haber desaparecido, era él (algo que queda patente al ver el poco partido que han sacado a Alex), por la importancia que tuvo en el desenlace de Grace, pero su participación es tan testimonial que hasta sorprende verlo entregarse a la policía en el último capítulo.
De comenzar la temporada juntos en unas vacaciones a terminar más separados que ninguna otra generación. Aunque, en sí la, series finale sea el capítulo de clausura más cerrado de cuantos ha dado Skins (con ese revelador "Bye" pronunciado por Rich), y la música se haya usado con un claro propósito 'shondiano' de hacer llorar al personal, el artificio no es suficiente para maquillar una temporada chusca y olvidable donde han primado unas tramas manidas y efectistas sobre el desarrollo natural de los personajes. A Skins le había llegado su hora, pero si abía una forma de despedir y honrar todo el periplo de una serie, desde luego no era ésta. Porque, por amargo, el adiós duele más.
Más vale que esos especiales devuelvan a esta producción al lugar que le corresponde... si se realizan.
Una de las reglas básicas en la escritura de (buen) fan fiction es que, con independencia de la situación en la que se ponga a los personajes, o del género de la historia, la caracterización de ésos debe ser lo más fiel al canon del cual proceden. Simple cuestión de coherencia, de respeto por el material original y, hasta cierto punto, de legitimar la obra del fan. Si esto ya funciona así en un contexto creativo amateur, ¿qué se puede decir del profesional que se dedica a escribir sagas? Exactemente lo mismo: que haya coherencia interna y cierta continuidad entre las partes. Cada una de las tres generaciones en las se divide Skins no son nada más que sagas con dos temporadas cada una y, al menos en las dos primeras generaciones, se aprecia a grandes rasgos una evolución lógica y natural de los personajes entre su primera y segunda temporada. Nos han podido gustar más o menos algunas de las tramas en las que se ven inmersos, pero los conflictos con los que nacieron los personajes de las pandillas de Tony y Effy Stonem tenían un principio y un final (o un no-final abierto, que también se ha dado el caso) a lo largo de los capítulos que les corresponden y, salvo excepciones, pocas veces se desvíaban deliberadamente de la ruta marcada. Así, hasta llegar a la tercera generación, y en concreto, la sexta entrega de la serie, donde la sagrada norma de la continuidad ha brillado por su ausencia y, lo que es peor, se ha convertido en triste panfleto para el fuego la razón por la que Skins es un producto de culto: el retrato de sus personajes.
Lo que tenía que haber sido un broche digno a uno de los ejemplos más sinceros del relato adolescente en televisión, se ha revelado como la peor temporada de toda la serie con diferencia. Una pobre despedida donde no sólo no existe ningún tipo de sentido y dirección en el desarrollo de los personajes presentados en la singular quinta temporada, sino que a eso hay que sumarle, por lado, una distribución hecatómbica del protagonismo en los episodios que supera todo lo sufrido en la cuarta etapa (¿cómo se puede hacer peor teniendo el máximo de capítulos -diez- para repartir entre nueve personajes?) y, por otra, la clara contaminación de historias sacadas de los realities más famosos de la MTV. Después del sonoro fracaso del remake estadounidense de Skins en el "canal de música", Bryan Elsley, volvió a Bristol para reencargarse del original que había quedado en manos del otro creador de la serie, su hijo Jamie Brittain, responsable último de la quinta etapa, que abandonó el barco en plena producción de la siguiente, supuestamente por presiones de un canal E4 descontento con los bajos ratings.
Nunca juegues con extraños, y más, si eres Franky.
Pues bien, lejos de confirmarse como la solución a los males de la serie, el renovado equipo de guionistas de Elsley acabó produciendo fan fiction de mala calidad a partir de unos personajes que, como le ocurre al autor de fics, le venían dados por un tercero. Ni que decir tiene que audímetros fueron reflejo fiel del desastre y ahí están las cifras de la series finale, siendo el capítulo menos visto de la historia de Skins. El final de todo y, con razón, aunque queda pendiente la confirmación para 2013 de los anunciados tres episodios especiales (a uno por generación) de dos horas de duración, que vendrían a sustituir al mito de la película que jamás se filmó.
Dada la vínculo familiar que une a ambos creadores chocan demasiado las decisiones tomadas a lo largo de esta sexta temporada, máxime cuando Brittain en entrevistas antes de su marcha había dicho que muchos de los frentes abiertos en los personajes se iban a explorar (lógicamente) en los nuevos episodios. Al final, formateo al canto y listo. Yendo a fondo a por los protagonistas, vemos que si se llamaban Franky, Mini, Nick, Alo, Grace, Rich, Matty era por pura casualidad y por pereza de ponerle unos nombres nuevos. La única a la que no le practicaron un Dollhouse fue a Liv, uno de los personajes menos consistentes del año pasado, y a Alex, pero porque se trata de una nueva incoporación a la pandila del Roundview como ya lo fue Sketch en su momento.
La sensación de lobotomía queda patente desde el mismo episodio de apertura, una sucesión de despropósitos en Marruecos en el que se presenta el evidente cambio sin proceso de los personajes, sobre todo, en la parte que le toca a Franky y a Mini, las promesas del pasado año. El caso de Franky es bastante fácil de resumir: se ha transplantado la compleja y misteriosa personalidad de Effy (su querencia por los bailes sinuosos, los triángulos autodestructivos y las emociones fuertes) a donde antes había candidez, ambigüedad y unos claros problemas con las relaciones íntimas. Pero en Franky todo lo que hacía grande a la Stonem se ha visto multiplicado por mil, con unos resultados que varían entre lo perturbador, lo cansino y lo ridículo. Para empezar, en sus rollos con un traficante de droga casi prepúber descansa la responsabilidad de la temprana muerte de este año, la de Grace; luego se embarca una relación insana que roza la violación con el traficante y nunca más se vuelve a tocar el tema; luego juega con los sentimientos de Matty y Nick, dos personajes sin desarrollo alguno en esta tanda de episodios; y, por último, descubre que debe encontrar a su madre biológica para resolver sus problemas tras intentar ayudar a Mini a esconder su embarazo... Demasiado. En total, el personaje ha acaparado cuatro episodios: el suyo (6x04), el de Nick (6x06), uno compartido con Mini (6x09) y la finale (6x10) para acabar encontrando en este último la única trama que podría haber centrado el capítulo dedicado a ella.
Con Mini, la cosa va por el mismo camino del olvido habiéndose evaporado cualquier atisbo de sus inseguridades generales y de la evidente atracción hacia Franky el año pasado para pasar de la noche a la mañana a acostarse con Alo, quedarse embarazada para después criar a su hijo juntos en una ficcionalización del clásico Sixteen and Pregnant, previo canguelo del padre 'white trash' incluido. Que toda esta relación se produzca sin una necesaria construcción dramática (es decir, haber resuelto de alguna forma la tensión con Franky) ni escenas en las que ambos personajes hablen en vez de tener sexo, es pedir demasiada fe a los espectadores para justificar malos guiones sin un mínimo de credibilidad. Aquí ni siquiera funciona apelar a las típicas elipsis de la serie: de donde no hay no se puede inferir. Y donde no hay es que no hay, pues los webisodios previos a la sexta temporada son una completa pérdida de tiempo que nada tienen que ver con la trama de la serie y, para más inri, la novela cuenta sucesos previos a la quinta que refuerzan el camino llevado por Mini el año pasado. Sí, el desbarajuste también afecta a todo el tinglado multimedia de la serie.
En línea con lo que le ocurre a Franky, los guionistas de la serie se empeñaron en convertir a un personaje ligero como Alo en una sombra de lo que fue, aunque su subtrama de lío con una menor tuvo sus momentazos cómicos como ese baile en calzoncillos, lo único mediamente fiel a la idiosincrasia de un personaje al que conocíamos por su sólida amistad con Rich. Esta relación es otro de los puntos más polémicos de esta tanda de episodios, pues el lazo entre el chico de la granja y el otrora metalero (porque como a Franky también le han cambiado los gustos y el vestuario) apenas ha sido tratado este año, y si lo ha sido lo es en unas escenas lamentables que no dejan a Alo en un buen lugar, especialmente tras la muerte de Grace..
Con la clásica tragedia que sacude a Skins en cada segundo año de generación (ésa en la que los personajes maduran viendo el lado menos amable de la vida) colocada tan al principio de la temporada, uno hubiera podido pensar que iba a tener un impacto mejor engarzado con las tramas y, sobre todo, con los personajes directamente relacionados con la hija del director Blood. Frente a la sobredosis de Franky, en cambio, vimos muy poco del luto de Rich, al que poco le faltó para unirse a las apariciones fantasmales de su novia (sí, las hay) para seguir acreditando que era parte de la serie después de su episodio.Y del grupo de chicas, y dejando a un lado el camino tan torcido que ha llevado Franky, sólo Liv parece consecuente con lo que ha ocurrido en contraste con la aparente inercia de Mini.
El destino de Liv ha ido parejo al de Alex, un en principio interesante personaje que encandiló en su capítulo (de lo poco salvable) con su entrañable relación con su abuela. Pero lo que parecía una incorporación llegada para mejorar el ejemplo muy superficial de un adolescente gay que había sido Maxxie en la primera promoción de la serie, demuestra ser un cúmulo de estereotipos en las pocas apariciones que tiene después de su presentación. Además, la mayoría de los momentos de su amistad con Liv quedan fuera de cámara, por lo que es legítimo preguntarse entonces a qué responde la presencia de Alex en la serie.
Trienta segundos que me ahorraba de ver en cada episodio. Hasta el 'opening' es ya irreconocible.
Imposible a la vista humana, el súbito enamoramiento de Nick con Franky, otra de estas tramas absurdas que ha minimizado el potencial de un personaje que podría haber sido brillante en sus interacciones con Rich y Alo, sobre todo, tras haber descubierto su vena cómica. De su hermano, Matty, se podría decir que si hay un personaje que no debía haber desaparecido, era él (algo que queda patente al ver el poco partido que han sacado a Alex), por la importancia que tuvo en el desenlace de Grace, pero su participación es tan testimonial que hasta sorprende verlo entregarse a la policía en el último capítulo.
De comenzar la temporada juntos en unas vacaciones a terminar más separados que ninguna otra generación. Aunque, en sí la, series finale sea el capítulo de clausura más cerrado de cuantos ha dado Skins (con ese revelador "Bye" pronunciado por Rich), y la música se haya usado con un claro propósito 'shondiano' de hacer llorar al personal, el artificio no es suficiente para maquillar una temporada chusca y olvidable donde han primado unas tramas manidas y efectistas sobre el desarrollo natural de los personajes. A Skins le había llegado su hora, pero si abía una forma de despedir y honrar todo el periplo de una serie, desde luego no era ésta. Porque, por amargo, el adiós duele más.
Más vale que esos especiales devuelvan a esta producción al lugar que le corresponde... si se realizan.
jueves, 8 de marzo de 2012
El plan de Emanda
ATENCIÓN: Spoilers de lo que llevamos de temporada debut de 'Revenge'.
Los parones que hacen las series estadounidenses para conseguir cuadrar sus episodios en unas maratonianas temporadas de nueve meses pueden resultar tan pensadas para 'joder' como cualquiera de las maquinaciones de Amanda Clarke. Hasta el 18 de abril no volveremos a tener capítulo de ese monumento a la venganza y sus perras llamado Revenge, y la tortura no hace más que ir en aumento. Porque justo cuando todavía estábamos saboreando la resolución del asesinato en la playa visto en el episodio piloto, la ABC, disfrazada de su propio personaje revelación, nos asesta una puñalada por la espalda y lo peor es que se las ingenia para dejarnos con la miel en los labios. Puro masoquismo.
La serie de Mike Kelley, toda una roca en la noche de los miércoles, ha demostrado que puede convertir hasta al espectador más sibarita en un esclavo de los métodos culebroneros de Emily/Amanda, o, como la bautizó el fandom en un alarde de concisión, Emanda. Llevamos dieciséis capítulos emitidos y, hasta el momento, el trazado de la producción parece salido de la misma caja infinita de Emanda. Con esa táctica de darle al personal lo que quiere en las primeras entregas, haciendo una exhibición de cómo arruinarle la vida a una persona en 40 minutos, Revenge no sólo enganchó a la audiencia sino que la preparaba para conocer hasta qué punto estaba dispuesta a llegar Emanda para cumplir su cometido sin romperse por dentro, y hasta qué punto incomodaba su presencia a la familia de la todopoderosa Victoria Grayson, otro grandísimo personaje que no ha dejado de expandirse, en parte, gracias a unos giros argumentales de aúpa muy propios del género y, en parte, gracias a la actuación de una Madeleine Stowe volcada en cada sonrisa y batimiento de pestañas falsos (y que nada menos le valió una nominación al Globo de Oro).
No sólo se nos confirmó que el azar es capaz de ganarle la partida a la joven empresaria interpretada por una inquietante Emily VanCamp, haciéndole ver que era tan humana como cualquiera, pero, a la vez, también nos quedó claro que estamos ante un personaje por el que el mismo Mossad pagaría una fortuna. Tan pronto como creíamos que se le derrumbaban los planes, presa de sus sentimientos divididos hacia Jack Porter (Nick Weschler) y Daniel Grayson (Joshua Bowman ) en ese trío infernal de capítulos compuesto por 'Perception', 'Chaos' y 'Scandal' (1x14-15-16), el guión enseguida se encargaba de desmentirlo, recordando que Emanda cuenta con tres dones hiperdesarrollados a diferencia de todos los mortales: la astucia, la previsión y la sangre fría.
'Chaos' fue previsible, sí (sería un suicidio de márketing y un 'epic fail' que la serie prescindiera de los encantos de alguien como Joshua Bowman), pero pese a ello este flashback XL que hemos visto es una montaña rusa por la que personalmente estaría dispuesta a pagar las veces que fuera. Hay muy pocos reproches que hacerle a esta etapa de la serie, al acabado se le ven las costuras en bastantes ocasiones y no sabemos qué más puede hacer el dios Nolan (Gabriel Mann) montado en su ballenita Shamu para llevar al límite las técnicas de espionaje y extorsión más rocambolescas, y cuánto falta para que los responsables de la serie manden a los hermanos Porter al contenedor de los residuos que no se pueden reciclar. Con todo, la cadencia con la que Revenge va entonando su melodía nos hipnotiza y nos convierte en unas ratillas de Hamelín dispuestas a seguir a Emanda a donde sea.
Pero, al contrario que su protagonista, este drama no engaña a nadie. Sus tramas y personajes se gustan sabedores de que beben de la tradición del género los culebrones, y son consecuentes con ello. Puede que Tyler (Ashton Holmes) fuera demasiado psycho de manual, pupilo de la escuela de Kimberly de Melrose Place; o que la intensidad de Amanda/Emily (Amily, para los amigos) hacia su antigua compañera del 'juvie', Emanda, apelara al morbo lésbico-carcelario más evidente (esa TSNR no era nomal en sus escenas, ahí hubo tomate fijo); o que se le ven demasiado las intenciones trepas a Ashley (Ashley Madekwe); o que canta mucho la manida trama de las drogas por parte de Charlotte (Christa B. Allen), pero son parte de la salsa de una serie como Revenge y, reconozcámoslo, echaríamos de menos estos elementos si no estuvieran.
Quitando a los mencionados Jack y Declan (Connor Paolo), representantes de la plebe, el resto de habitantes de los Hamptoms están revelando su agenda secreta de forma progresiva y ganando en interés. Si Queen Victoria, al principio, parecía una sólo antagonista con la capacidad de encandilar, la propia serie se ha encargado de remarcar con acciones y líneas de diálogo que es la némesis perfecta de Emily, alguien que fue ella antes que ella. Hace cuatro meses, decía que era la lucha de un Terminator despiadado y zen contra un Hulk cargado de emociones, o un 'ice' contra 'fire', y lo sigue siendo, pero la ambición de ambas las iguala y Victoria también podría jugar las mismas cartas que Emily. Y ya si añadimos los duelos de miradas de VanCamp y Stowe, sube el pan.
Con todo el enjuiciamiento de Daniel ha llegado la hora de ver el juego de Victoria y cómo se las arregla para ayudar a su hijo a salir airoso de la acusación por el asesinato de Tyler, desplegando todas sus artimañas en un momento en el que Emanda no está en una posición de poder tan cómoda como al inicio de la serie, tal y como le insiste su sensei, otro personaje que seguro tiene mucho que decir (a Revenge no le falta de nada). Lo que parecía un desvío de la trama principal puede que acabe ofreciendo más caras de la Grayson y, en concreto, ayude a profundizar más en su campaña contra su ¿futura? nuera.
Y, mientras tanto, Emanda irá añadiendo fases a su plan maestro. Es lo que le toca.
Los parones que hacen las series estadounidenses para conseguir cuadrar sus episodios en unas maratonianas temporadas de nueve meses pueden resultar tan pensadas para 'joder' como cualquiera de las maquinaciones de Amanda Clarke. Hasta el 18 de abril no volveremos a tener capítulo de ese monumento a la venganza y sus perras llamado Revenge, y la tortura no hace más que ir en aumento. Porque justo cuando todavía estábamos saboreando la resolución del asesinato en la playa visto en el episodio piloto, la ABC, disfrazada de su propio personaje revelación, nos asesta una puñalada por la espalda y lo peor es que se las ingenia para dejarnos con la miel en los labios. Puro masoquismo.
La serie de Mike Kelley, toda una roca en la noche de los miércoles, ha demostrado que puede convertir hasta al espectador más sibarita en un esclavo de los métodos culebroneros de Emily/Amanda, o, como la bautizó el fandom en un alarde de concisión, Emanda. Llevamos dieciséis capítulos emitidos y, hasta el momento, el trazado de la producción parece salido de la misma caja infinita de Emanda. Con esa táctica de darle al personal lo que quiere en las primeras entregas, haciendo una exhibición de cómo arruinarle la vida a una persona en 40 minutos, Revenge no sólo enganchó a la audiencia sino que la preparaba para conocer hasta qué punto estaba dispuesta a llegar Emanda para cumplir su cometido sin romperse por dentro, y hasta qué punto incomodaba su presencia a la familia de la todopoderosa Victoria Grayson, otro grandísimo personaje que no ha dejado de expandirse, en parte, gracias a unos giros argumentales de aúpa muy propios del género y, en parte, gracias a la actuación de una Madeleine Stowe volcada en cada sonrisa y batimiento de pestañas falsos (y que nada menos le valió una nominación al Globo de Oro).
No sólo se nos confirmó que el azar es capaz de ganarle la partida a la joven empresaria interpretada por una inquietante Emily VanCamp, haciéndole ver que era tan humana como cualquiera, pero, a la vez, también nos quedó claro que estamos ante un personaje por el que el mismo Mossad pagaría una fortuna. Tan pronto como creíamos que se le derrumbaban los planes, presa de sus sentimientos divididos hacia Jack Porter (Nick Weschler) y Daniel Grayson (Joshua Bowman ) en ese trío infernal de capítulos compuesto por 'Perception', 'Chaos' y 'Scandal' (1x14-15-16), el guión enseguida se encargaba de desmentirlo, recordando que Emanda cuenta con tres dones hiperdesarrollados a diferencia de todos los mortales: la astucia, la previsión y la sangre fría.
'Chaos' fue previsible, sí (sería un suicidio de márketing y un 'epic fail' que la serie prescindiera de los encantos de alguien como Joshua Bowman), pero pese a ello este flashback XL que hemos visto es una montaña rusa por la que personalmente estaría dispuesta a pagar las veces que fuera. Hay muy pocos reproches que hacerle a esta etapa de la serie, al acabado se le ven las costuras en bastantes ocasiones y no sabemos qué más puede hacer el dios Nolan (Gabriel Mann) montado en su ballenita Shamu para llevar al límite las técnicas de espionaje y extorsión más rocambolescas, y cuánto falta para que los responsables de la serie manden a los hermanos Porter al contenedor de los residuos que no se pueden reciclar. Con todo, la cadencia con la que Revenge va entonando su melodía nos hipnotiza y nos convierte en unas ratillas de Hamelín dispuestas a seguir a Emanda a donde sea.
Pero, al contrario que su protagonista, este drama no engaña a nadie. Sus tramas y personajes se gustan sabedores de que beben de la tradición del género los culebrones, y son consecuentes con ello. Puede que Tyler (Ashton Holmes) fuera demasiado psycho de manual, pupilo de la escuela de Kimberly de Melrose Place; o que la intensidad de Amanda/Emily (Amily, para los amigos) hacia su antigua compañera del 'juvie', Emanda, apelara al morbo lésbico-carcelario más evidente (esa TSNR no era nomal en sus escenas, ahí hubo tomate fijo); o que se le ven demasiado las intenciones trepas a Ashley (Ashley Madekwe); o que canta mucho la manida trama de las drogas por parte de Charlotte (Christa B. Allen), pero son parte de la salsa de una serie como Revenge y, reconozcámoslo, echaríamos de menos estos elementos si no estuvieran.Quitando a los mencionados Jack y Declan (Connor Paolo), representantes de la plebe, el resto de habitantes de los Hamptoms están revelando su agenda secreta de forma progresiva y ganando en interés. Si Queen Victoria, al principio, parecía una sólo antagonista con la capacidad de encandilar, la propia serie se ha encargado de remarcar con acciones y líneas de diálogo que es la némesis perfecta de Emily, alguien que fue ella antes que ella. Hace cuatro meses, decía que era la lucha de un Terminator despiadado y zen contra un Hulk cargado de emociones, o un 'ice' contra 'fire', y lo sigue siendo, pero la ambición de ambas las iguala y Victoria también podría jugar las mismas cartas que Emily. Y ya si añadimos los duelos de miradas de VanCamp y Stowe, sube el pan.
Con todo el enjuiciamiento de Daniel ha llegado la hora de ver el juego de Victoria y cómo se las arregla para ayudar a su hijo a salir airoso de la acusación por el asesinato de Tyler, desplegando todas sus artimañas en un momento en el que Emanda no está en una posición de poder tan cómoda como al inicio de la serie, tal y como le insiste su sensei, otro personaje que seguro tiene mucho que decir (a Revenge no le falta de nada). Lo que parecía un desvío de la trama principal puede que acabe ofreciendo más caras de la Grayson y, en concreto, ayude a profundizar más en su campaña contra su ¿futura? nuera.
Y, mientras tanto, Emanda irá añadiendo fases a su plan maestro. Es lo que le toca.
martes, 6 de marzo de 2012
Pan Am... Mayday, mayday, mayday!
Finalmente el vuelo se ha estrellado. La audiencias no han tenido piedad con la tripulación de Pan Am que, después de un arranque más que prometedor, veía como perdía combustible a chorros semana tras semana hasta que ha acabado en el hangar de las series canceladas de la ABC (después de haber dicho adiós con unos raquíticos 3,7 millones y 1.2 en la demo). Lo más triste del asunto es que no hace falta mirar cajas negras ni preguntar al responsable del último remache de esta ficción basada en la edad de oro de la aviación para darse cuenta de lo que estaba fallando.
Pan Am enamoraba por los ojos, eso es incontestable. Toda su cuidada estética sesentera ayudaba sumergir al espectador contemporáneo en el espíritu y propaganda de una época, la de la New Frontier kennedyana, donde reinaba un optimismo tal que empequeñecia cualquier desafío por inabarcable que fuera (buena prueba de ello es el capítulo del aterrizaje de emegencia en Haití, 'bigger than life' en estado puro, por encima de precisiones históricas). Una serie retro en pretensiones y ambientación al servicio de las necesidades del habitante del sofá de hoy que lo último que desea es que le recuerden aquellos problemas de los que quiere escapar cuanto antes. Pero, una vez dentro del Clipper, hacía falta más que un cátering de lujo y azafatas y pilotos de revista para hacerte comprar otro billete... hasta solicitar la tarjeta de millas.
El fuselaje debía haberse compuesto de unas planchas en forma de historias más pesadas que equilibraran la tendencia hacia lo ultraligero de las tramas, por no hablar de establecer unas rutas más atractivas que incluyeran más escalas en las que bajar a la terminal y profundizar más en los personajes, ese grupo de hombres y mujeres adalides de la modernidad, encabezados por una Colette (Karine Vanasse) tan encantadora que hacía soportable episodios terribles, colocados en el lugar que no les corresponde por obra y gracia de la estrategia absurda de una 'network' que, ratings mediante, había perdido la confianza en su producto.
La azafata francesa, con su pasado de ocupación nazi, protagonizó algunos de los momentos más dramáticos de la serie y, junto con el capitán Dean (Mike Vogel aka "El rubio bien hecho"), llenó de sobra la cuota romántica. Por su parte, Kate, la azafata espía encarnada por Kelli Garner (el otro gran descubrimiento de la serie, tal y como destaca Crítico en Serie), empezó siendo el personaje con la trama más clara y viable a largo plazo, pero ésta sólo empezó a tomar verdadero cuerpo y seriedad hacia el final... cuando ya era demasiado tarde para remontar el vuelo, tal y como les ocurrió al resto: Maggie, Laura y Ted.
Quizá conscientes de que a la serie le quedaban como mucho dos aeropuertos que visitar, los guionistas se apresuraron en darle más quehacer a estos tres personajes, aunque más bien el piloto automático parecía estar detrás de todas las maniobras. No hay otra explicación posible a ese frenesí de abrir y cerrar conflictos a velocidades de vértigo, y a esa ausencia de explicaciones al pasajero acerca de por qué ciertos personajes se quedaron en tierra y nunca más volvieron a embarcar. Porque, ¿qué fue de Bridget?, ¿se la tragó un vórtex del espacio tiempo?
Con todo, en esta locura de quemar fuel como si no hubiera mañana, los responsables de Pan Am se las ingeniaron para inmolarse con honores cual kamikazes, convirtiendo el episodio extra que les había regalado la ABC en una season finale irrespetuosa con el minúsculo grupo de seguidores fieles a la serie que la disfrutaron sin exigirle más de lo que estaba dando. En lugar de clausurar la serie de una forma honesta y orgánica con lo que había ofrecido a lo largo de sus catorce episodios, y si bien el resultado general sonaba a despedida en todos los motores, los guionistas se encargaron de dejar cabos sueltos importantes que justo prometían algo que no iba a ser factible de ninguna manera: una segunda temporada.
Pan Am enamoraba por los ojos, eso es incontestable. Toda su cuidada estética sesentera ayudaba sumergir al espectador contemporáneo en el espíritu y propaganda de una época, la de la New Frontier kennedyana, donde reinaba un optimismo tal que empequeñecia cualquier desafío por inabarcable que fuera (buena prueba de ello es el capítulo del aterrizaje de emegencia en Haití, 'bigger than life' en estado puro, por encima de precisiones históricas). Una serie retro en pretensiones y ambientación al servicio de las necesidades del habitante del sofá de hoy que lo último que desea es que le recuerden aquellos problemas de los que quiere escapar cuanto antes. Pero, una vez dentro del Clipper, hacía falta más que un cátering de lujo y azafatas y pilotos de revista para hacerte comprar otro billete... hasta solicitar la tarjeta de millas.
El fuselaje debía haberse compuesto de unas planchas en forma de historias más pesadas que equilibraran la tendencia hacia lo ultraligero de las tramas, por no hablar de establecer unas rutas más atractivas que incluyeran más escalas en las que bajar a la terminal y profundizar más en los personajes, ese grupo de hombres y mujeres adalides de la modernidad, encabezados por una Colette (Karine Vanasse) tan encantadora que hacía soportable episodios terribles, colocados en el lugar que no les corresponde por obra y gracia de la estrategia absurda de una 'network' que, ratings mediante, había perdido la confianza en su producto.
La azafata francesa, con su pasado de ocupación nazi, protagonizó algunos de los momentos más dramáticos de la serie y, junto con el capitán Dean (Mike Vogel aka "El rubio bien hecho"), llenó de sobra la cuota romántica. Por su parte, Kate, la azafata espía encarnada por Kelli Garner (el otro gran descubrimiento de la serie, tal y como destaca Crítico en Serie), empezó siendo el personaje con la trama más clara y viable a largo plazo, pero ésta sólo empezó a tomar verdadero cuerpo y seriedad hacia el final... cuando ya era demasiado tarde para remontar el vuelo, tal y como les ocurrió al resto: Maggie, Laura y Ted.
Quizá conscientes de que a la serie le quedaban como mucho dos aeropuertos que visitar, los guionistas se apresuraron en darle más quehacer a estos tres personajes, aunque más bien el piloto automático parecía estar detrás de todas las maniobras. No hay otra explicación posible a ese frenesí de abrir y cerrar conflictos a velocidades de vértigo, y a esa ausencia de explicaciones al pasajero acerca de por qué ciertos personajes se quedaron en tierra y nunca más volvieron a embarcar. Porque, ¿qué fue de Bridget?, ¿se la tragó un vórtex del espacio tiempo?
Con todo, en esta locura de quemar fuel como si no hubiera mañana, los responsables de Pan Am se las ingeniaron para inmolarse con honores cual kamikazes, convirtiendo el episodio extra que les había regalado la ABC en una season finale irrespetuosa con el minúsculo grupo de seguidores fieles a la serie que la disfrutaron sin exigirle más de lo que estaba dando. En lugar de clausurar la serie de una forma honesta y orgánica con lo que había ofrecido a lo largo de sus catorce episodios, y si bien el resultado general sonaba a despedida en todos los motores, los guionistas se encargaron de dejar cabos sueltos importantes que justo prometían algo que no iba a ser factible de ninguna manera: una segunda temporada.
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