lunes, 23 de julio de 2012

Once Upon a Time... el libro se abre

Si lees esta entrada sin haber visto la season finale de Once Upon a Time no habrá final feliz para nadie.

Sigo sacando lustre a mis impresiones acerca de algunas de las ficciones que se han ido de vacaciones estivales. Ya avisé en el último post que a Once Upon a Time no iba a confinarla a unos cuantos párrafos de tapadillo. La serie de Kitsis y Horowitz ya demostró en sus primeros compases que era especial, y así nos lo han ido demostrando a lo largo de una temporada de debut en la ABC que ha acabado como acaban los cuentos... O casi.  No hay que olvidarse que la serie ha sido renovada para una segunda entrega y hay que dejar cabos sueltos de una forma u otra.

Emma ha dado el beso de la vida a su hijo, Henry, y con ello ha despertado a todo el pueblo de la amnesia al que la había confinado Regina La Reina Malvada. Costó 22 capítulos llegar a ese momento, y que el personaje creyera en las historietas de su solitario hijo, pero, como en todo viaje del héroe, éste tiene que tener un punto de inflexión, y parece que Emma está ya ahí. La maldición está rota; la magia y el paso del tiempo ha vuelto a los hogares de los habitantes de Storybrooke, pero sólo ha sido eso. No se ha producido esa vuelta a la dimensión fantástica que Henry esperaba, así que los personajes siguen atrapados como el Sombrerero Loco en el País de las Maravillas que retrata la serie... Con sus recuerdos intactos en un lugar que le es familiar, pero que todavía no termina de ser el suyo.

La season finale sugiere que los efectos secundarios del humo morado, es decir, de  la magia que invade el pueblo, ocuparán gran parte del arco argumental de la próxima temporada. Cómo se readaptan sus habitantes y, sobre todo, qué deciden hacer ciertos personajes con la memoria y poderes recién recuperados. En este sentido, el último capítulo también ha terminado de perfilar a Rumpelstilskin/Mr. Gold como la gran amenaza a batir, por encima de una Regina que durante toda la temporada se ha ido acomodando como la 'villana señuelo', un personaje cuya maldad resultaba más forzada (o forzosa) que real. Si bien tanto ella como Gold tienen motivos de peso para actuar de la manera que todos sabemos, al final es el duende quién está consumido por el ansia de poder, mientras que La Reina Malvada concentra todo su odio en todo lo que tenga que ver con Blancanieves/Mary Margaret y su estirpe.

Uno de los grandes aciertos de la serie es la capacidad con la que el equipo de guionistas (entre las que se encuentra una ex 'galáctica' como Jane Espenson) toma los mitos y los renueva sin terminar de perder el contacto con el canon con el que han pasado a formar parte del imaginario colectivo. En Once Upon a Time, cada episodio trata de contar el 'quién soy' y 'de dónde vengo' de varios personajes, indagando en sus pasados, lo que ha dado un margen suficiente para presentar propuestas distintas que enganchen al espectador más cínico. Algunas veces, como en el caso de Regina, el resultado da más risa que otra cosa: ver a una mujer echando bilis por la boca contra una niña de ¿ocho años? es poco verosímil hasta para una ficción de estos estándares (y más cuando la actriz infantil parece un clon terrorífico de Ginnifer Goodwin). Pero ejemplos como la historia del propio Rumpelstilskin, con ecos de La Bella y la Bestia; el porqué de la capa roja de Caperucita y la mala leche del enano Gruñón; o la vida de Pinocho dan una idea del encanto de la serie como producto para todos los públicos.





Quizá Once Upon a Time ha pecado de repetitiva en muchos de los conflictos que ha planteado. Esas riñas entre Regina y Emma en cada esquina del pueblo parecían escritas con papel cebolla,  y toda la subtrama de adulterio de Encantador/David y Mary Margaret en Storybrooke era de lo más anodino, sobre todo, comparado con lo interesante de su dinámica en el mundo de fantasía, donde sí, los personajes viven en una burbuja de ingenuidad a los ojos modernos, pero muestran un poco más de sangre en las venas y personifican muy bien el carácter optimista y esperanzador de la serie.

Volviendo a Emma, quedará por ver cómo se va desarrollando la relación con sus padres biológicos, si sigue sin asumir ese aspecto ahora que todas las cartas están sobre la mesa; y ver cómo reaccionan Encantador y Blancanieves, por su parte. Durante la temporada se ha ido fomentando esa conexión madre e hija entre Emma y Blancanieves, sin que sean conscientes de ello, por lo que va a ser cuánto menos divertido asistir a la reunión familiar... Sobre todo, ahora que se habla de la aparición de cierto miembro, entre otras jugosas incorporaciones y adelantos.

El humo morado ha abierto un nuevo cuento que leer en Storybrooke...

sábado, 14 de julio de 2012

Aprovechando el pan duro...

¿De verdad os da cosa leer spoilers sobre Grey's Anatomy y The Secret Circle?

Vamos a aplicar nuestra política de recortes y eficiencia particular haciendo un 2x1 con la entrada de hoy.  Pero, tranquilos, que no pretendo obligar a series como Fringe o a Once Upon a Time a compartir espacio (espero pronto dedicarle sendos posts decentes a ambas), sino que aprovecho para juntar las migajas de la octava temporada de Grey's Anatomy con las de la cancelada The Secret Circle. Como véis, hay que sacarle partido a las sobras del año televisivo.

En otros tiempos (es decir, el año pasado), habría dedicado bastantes líneas a desmenuzar las andanzas de los médicos del Seattle Grace-Mercy West Hospital, pero esta vez Shonda Rhimes apenas me ha dado razones para ello. Unos de mis trucos cuando me toca escribir sobre Grey's Anatomy consiste en conservar la series finale de la temporada anterior, más que nada por el riesgo a olvidarme de en qué estado empiezan los personajes la nueva temporada. Claro está, esto no ocurre cuando la Rhimes se marca una finale efectista tipo tiroteo, pero el de la séptima fue tan tibio que tuve que recurrir a mis archivos. Bueno, tibio para quien no considere escandaloso que Meredith se haya escapado llevándose la bebé Zola, después de que Derek descubriera el chanchullo que su mujer post-it le hizo a la esposa del Chief para que entrara en el ensayo clínico contra el Alzheimer. Lo que parecía que iba a dar bastante juego en la octava entrega, se resuelve de forma un tanto rápida, con Derek perdonando a Meredith, y los servicios sociales aceptando a la súperpareja como padres adoptivos de Zola.  Ahí muere el drama de los personajes de Ellen Pompeo y Patrick Dempsey, que poco han tenido que hacer en los 22 episodios. No sé si hubiera aguantado otros conflicto duradero entre Mer y Der tras años de tiras y aflojas; funcionan mucho mejor cuando están tranquilos, pero da la sensación de que se podría haber hecho algo más.

De todas formas, en Shondaland siempre debe haber alguien que pringue, y ahí está Christina para fichar. Su problemas matrimoniales con Owen son una apendicitis seriéfila que lleva dando la vara desde la temporada anterior, así que no sorprende que el asunto haya derivado en una peritonitis que casi me quita las ganas de seguir con la serie. Owen es un personaje que hay que digerir en pocas dosis y Yang parece una sombra de lo que fue. Los guionistas les han dado demasiado tute teniendo en cuenta que otros personajes, como Lexie, habían adquirido un aspecto fantasmagórico sin motivo alguno (aunque en la finale ya completa la transición a espíritu). No llegan a los extremos de ninguneo de la pequeña Grey pero Avery, April, Alex Arizona (cuanto nombre con 'A'), Callie, Bailey, el Chief  y Teddy (otra la de las bajas de la serie) se han movido con bastante carta blanca.

En general, todo se podría resumir en 'no pasa nada' y un episodio 'What If' de relleno hasta llegar a los últimos cuatro capítulos donde Shonda y sus secuaces deciden apresurarse hacer todo lo que no hicieron en los episodios anteriores. En primer lugar, está la comedia con el tema de los exámenes para conseguir la residencia definitiva y, en segundo, y buscando superar todas las expectativas, se encuentra el accidente de avión en medio del bosque. Un pseudohomenaje patillero a Lost, que demerece los grandes finales de Grey's. Quitando lo anticlimática que resulta la muerte de Lexie, sólo sirve para poner en suspenso el futuro de Arizona y Mark, ya que Jessica Capshaw y Eric Dane están negociando contrato, si bien noticias recientes podrían sugerir que están más fuera que dentro.

Pese a todo, voy a seguir con la serie (muchos años, son muchos años), cosa que no haría con The Secret Circle ni aunque estuviera renovada.  Los adolescentes brujos de Chance Harbor no terminaron de desplegar toda la mala leche que se les pedía, y los responsables de la serie tampoco exprimieron más al personaje más indicado para meter cizaña: Faye. La ficción insistía en tomarse demasiado en serio el romance entre el Señor de las Cejas aka Adam y Cassie, la protagonista, descuidando otros miembros del círculo con más potencial como Diana o Melissa.

La muerte de Nick puso en escena a su hermano, Jake (Chris Zylka, The Amazing Spider-man), pero la nueva incorporación también cayó en papel mojado para ser arrastrada a un insulso amago de cuadrángulo con la pareja soporífera y Faye. Y eso que el personaje tenía su miga porque era un brujo con un problema de autoodio bastante importante que le había llevado a trabajar para los mismos cazadores que mataron a sus padres... En realidad, el universo de la serie y sus personajes daban para mucho más dentro de los estándares de The CW, que suelen ser bastante laxos, de ahí el fiasco del conjunto. Al mismo tiempo y, aunque en el original literario sea así, el hecho de que la magia sólo surgiera cuando estaban los seis en amor y compañía le restaba espectacularidad a la serie. Un producto de género debe hacer justicia a su apellido.

Aquí también los guionistas se pusieron las pilas demasiado tarde, y presentaron al maligno padre de Cassie, John Blackwell (interpretado por un resucitado Joe Lando, el Sully de La Doctora Quinn), que básicamente fue el inseminador de todos los círculos el pueblo y de más allá. Con el barco ya hundido tuvieron la desfachatez de cerrar el volumen con un 'cliffhanger' de libro que prometía al menos una segunda temporada más entretenida para aquellos que sí estaban dispuestos a continuar con la serie.

jueves, 5 de julio de 2012

Jackie entra en 'rehab'...

... y vuelve hecha un pincel.

Pocas series tienen el pulso para remontar el vuelo cuando han alcanzado una cierta madurez, momento en el que todo empiezar a descender de forma más o menos constante hasta llegar al final. Si ésas ya son' raras avis' dignas de asombro, luego están aquellas  ficciones que alcanzan la categoría de ave mitológica. Como Nurse Jackie, que, calcinada por obra y gracia de una tercera temporada desastrosa, no sólo ha surgido de sus cenizas, sino que ha regalado la mejor entrega de todas las que se han emitido. Vaya forma de despedirse la que han tenido Liz Brixius y Linda Wallem de su tarea de showrunners, a lo grande y haciendo realidad esa evolución que nuestra protagonista exigía a gritos desde aquel "Blow me".

Fui a por este cuarto volumen de Nurse Jackie como quien va a probar el agua de la bañera. Dije por activa y por pasiva que no retomaría la serie a menos que oyera que las cosas habían cambiado y, por eso, me dediqué a acumular episodios porque inercia. Al final, me animé y, en dos días, los diez capítulos (las series del cable parace que también pasan por recortes) ya no existían. Así de placentero fue el viaje, aunque reconozco que creí que el personaje interpretado con tanto tino por Edie Falco iba a hacer un House y deshacerse de todas sus buenas intenciones en los primeros compases del curso, pero no.

Jackie ha seguido siendo Jackie. Se ha cabreado consigo misma y con los demás, ha pateado culos en urgencias y se ha pasado las normas por donde sabe la gente, y también ha estado ahí para sus amigos, aunque ahora sin caretas que la protejan, aprendiendo a ser honesta y a dejarse ayudar. No es que el personaje se haya convertido en un osito amoroso de la noche a la mañana, pero ha sido gratificante ver cómo los guiones desarrollaban su lado vulnerable, planteando con realismo dudas constantes acerca de si podrá ganarle la batalla a la adicción, o sucumbir a la mínima. ¿Cómo es posible que la balanza moral se haya decantado tanto del lado de Jackie, hasta el extremo de compadecerla y ponerse de su lado en su desesperación como madre? ¿Por qué chocaba alinearse del todo con Kevin, el marido cornudo y engañado?

-Who the fuck is in charge of this place?
- I am!

Si el año pasado los secundarios estaban para hacer bulto, sin más, esta temporada ha llevado gran parte del peso de la función. Los momentos que han dejado Zooey, Thor, Sam, Coop, O'Hara y Edie con la ayuda especial de una Akalitus destronada y más delirante que nunca han ayudado a definir todo lo que se ha ido desgranando en estos episodios. Jackie ya no está sola, sino que ha acabado por confirmarse como una especie de líder que los congrega a todos ellos. Por primera vez, se ve un auténtico grupo de personajes funcionando como tal en la serie. Aunque eso no habría sido posible sin la aparición de un 'villano' que provoque reacciones y, en este sentido, el doctor Mike Cruz (Bobby Cannavale), el nuevo gestor del All Saints Hospital, es el antiJackie perfecto que amenaza la supervivencia del circo con sus posturas inflexibles y tecnócratas. Otro acierto más que añadir a la lista porque, además de cumplir con su cometido, el personaje demuestra estar por encima de la caricatura.

Renovada para una quinta temporada en medio del subidón, Clyde Phillips (ex jefe de Dexter, la vaca sagrada de Showtime), tiene ahora la difícil misión de mantener el nivel en donde lo dejan Brixius y Wallem. Sea como sea,  Nurse Jackie ha dado un timonazo a mejor cuando, con razón, nadie daba un duro por ella, cuando se la creía perdida en el agujero. Es momento de recuperarla.

(Sólo falta que cambien esa cabecera tan cutre...)

martes, 26 de junio de 2012

Girls perdidas en Nueva York

Por si todavía queda un resquicio de hipsterismo en Girls, aquí va otra pequeña contribución para que uno de lo estrenos de la HBO de esta primavera se instale en los altares  'mainstream' y no baje de ahí. ¿Queda algún lugar de Internet que no haya dedicado unas líneas a la criatura que Lena Dunham, una neoyorquina de 26 años, dirige, escribe, produce e interpreta? ¿Queda algún sitio que no haya dicho que este portento multitarea tiene al productor Judd Apatow (Freaks and Geeks) como garante de lo que hace? Y lo más importante: ¿queda alguna esquina que no haya mencionado esta información hasta la saciedad? Girls ha dado que hablar. Mucho. Muchísimo. Y con sólo 10 episodios de media hora, que son los que regala su primera temporada.

Puede que la culpa de todo esto la tenga el acercamiento fresco y descarado a la mente de un grupo de personajes de veintitantos a los que la recesión económica ha dejado sin argumentos en una gran ciudad como Nueva York; la sinvergüenza con la que muestra situaciones de inodoro y de cama; la honestidad con la que se mea en egos y expectativas frustradas... En definitiva, lo que hace especial a la serie es la facilidad para retratar el limbo en el que se ha convertido la veintena para demasiados jóvenes, en una una extensión anormal de la adolescencia a la que prefieren agarrarse, por un lado, por puro terror de ver que el mundo ha dejado de producir los medios suficientes para hacer la transición hacia la edad adulta (esa que sus padres ya habían alcanzado a esa edad) y, por otro, porque no han sido educados para fracasar.

El día en que los padres de la aspirante a escritora Hannah Hovarth (Lena Dunham) le cortan el grifo se le viene el mundo abajo. Literalmente. Pero en lugar de mostrarnos una fábula a los Erin Brockovich de cómo aprender a sobreponerse a las adversidades, Dunham se recrea en descubrirnos el egoísmo y la 'quejumbrosidad'  (si la RAE acepta culamen...) ombliguista y parasitaria del personaje. Sin entrar a juzgar ni compadecer a Hannah en ningún momento, tampoco busca que nos encariñemos de ella, y sin embargo, tampoco podemos dejar de sentirnos identificados. Unos, en directo (como servidora); otros, en diferido. Unos, más; otros, menos. Con Hannah, las 'dramaqueens' televisivas han dejado de ser un arquetipo lejano asociado al lujo y a la belleza para adquirir una capa de realidad que salpica a quien está al otro lado.

Hannah es de largo el personaje más explorado de las cuatro protagonistas, aunque todas viven en su propio burbuja de miedo e inercia. Jessa (Jemima Kirke), la despreocupada y bohemia -e inglesa, requisito indispensable para ser 'cool' en una serie norteamericana- del grupo, que prefiere huir hacia adelante sin norte alguno; Marnie (Allison Williams), la perfecta insatisfecha; y Shoshanna (Zosia Mamet), la más infantil de las cuatro, pero con una claridad de juicio sorprendente ("Everyone is a dumb whore") entre tanto amor confeso por Carrie Bradshaw y el resto de fabulosas de Nueva York.

Las referencia meta a Sex and The City del piloto es todo un gag autoconsciente de los parecidos que Girls podría recordar a la audiencia, pero, al mismo tiempo, también sirve como declaración de intenciones de que el lugar común de las cuatro chicas y la Ciudad es una cuestión meramente circunstancial. La propia Dunham y su socia, Jenni Konner, se encargan de demostrarlo en los episodios siguientes introduciendo unas situaciones y unos personajes masculinos que están en las antípodas del clásico de Darren Star, también emitido en la HBO.

Adam (Adam Driver) tiene, lo que podríamos llamar, una presentación poco ortodoxa, de peor tío entre los tíos, resultado de un aventura desafortunada entre el olor a pies y la sensibilidad de un cable. Desde la perspectiva de Hannah es fácil odiarle y no entender qué puede ver esta chica en 'eso' que, en principio, la trata tan mal. Pero uno de los grandes aciertos de esta temporada de debut es este actorcillo mantenido y la autenticidad que desprende en cada una de sus excentricidades o monólogos extremistas. La relación que Adam desarrolla con Hannah tiene momentos entrañables, escatológicos y dramáticos en los que vemos que quizá sea nuestra protagonista la que necesite un toque de atención, aunque este trama acabe robando tiempo a otras que también valen la pena.

Si Hannah y Adam van enseñando facetas y defectos a través de su relación, lo mismo ocurre con Charlie y Marnie a menor escala. Aquí la dinámica se ve clara desde el primero momento, con un Charlie calzonazos vícitima de los caprichos de una Marnie más aburrida que las amebas. Como ocurre con Adam, no cuesta odiar a Marnie por comportarse como una niñata pero, al final, y a través de la deriva de su amistad con Hannah (grandísima pelea la del episodio 9) y el choque de caracteres con Jessa, vemos que hay mucho más.

 

En general y a pesar del reparto de protagonismo desigual, el guión de Dunham se las apaña para dar más de sus personajes, incluyendo a Ray, el tercero de los chicos, un cínico empedernido, al que vemos como contrapunto de la candidez de Shoshanna en las pocas escenas que han compartido juntos. Especialmente destacable es toda su interacción a la carrera en el séptimo capítulo, el 'tour de force' de esta primera entrega que se abre nada menos con un tema tan anti-Pitchfork como el "On the Floor" de J. Lo y Pitbull.

La banda sonora merece una mención aparte, ya que recoge a la perfección el espíritu desvergonzado de la serie, dando cabida desde divonas como la citada J. Lo, Beyoncé y Britney, petardas como Demi Lovato, hasta representantes de la escena indie como The Vaccines, LCD Soundsystem o MGMT por citar algunos de los más conocidos.

Girls ha cerrado temporada pisando acusaciones de racismo por falta de diversidad en el reparto (menos mal que Shonda no apareció por aquí); de pretensiones exacerbadas (que la propia Hannah diga que quiere ser  "la voz" de su generación no ayuda, supongo); de fealdad (las carnes de Dunham, las caras de Adam...); de idiotización de las figuras masculinas (hasta James Franco da sus dos céntimos) y, sobre todo, de nepotismo, algo que se ha utlizado para descreditar cualquier verosimulitud de lo que cuenta esta ficción.

Está claro que Lena Dunham ahora mismo no está viéndoselas y deseándoselas para encontrar un trabajo, pero es una veinteañera escribiendo sobre vivencias de veinteañeros hoy en día. Tiene la cercanía emocional que da la edad, un poco como les pasaba a los guionistas adolescentes de Skins en la mejor etapa de la serie. Y eso es suficiente para que el arte encierre alguna que otra verdad.