domingo, 9 de noviembre de 2014

The Honourable Woman, secretos y venganza en Oriente Medio

Si The Honourable Woman hubiese sido un thriller de espionaje barato con el conflicto palestino-israelí como fondo de pantalla, quizá la BBC Two habría retrasado la fecha de estreno prevista para el tres de julio pasado. Cinco días después, daba comienzo la 'Operación Margen Protector' que asoló la Franja de Gaza durante 50 días y dejó una hilera de más de 2000 muertos. Pero el segundo canal de 'The Beeb', seguro de su producto, no sólo continuó con el plan original, sino que ha brindado uno de los acontecimientos seriéfilos del año. Una miniserie que sobrevuela la controversia con la misma precisión con la que un dron rastrea el terreno, y que deposita la carga en el único objetivo que importa: la psique del espectador.

El gancho era ver a Maggie Gyllenhaal, hermana de Jake y secundaria de lujo en filmes independientes y taquillazos, en su debut televisivo y exhibiendo el inglés de Oxford que requiere el jugoso papel de la baronesa Nessa Stein, la filántropa judío-británica que protagoniza los ochos episodios escritos por Hugo Blick, quien ya dejara patente su dominio del género en The Shadow Line. Mujer de negocios y multimillonaria, Stein se dedica junto a su hermano, Ephra (Andrew Buchan), a promocionar proyectos para mejorar la telecomunicaciones en Gaza y Cisjordania en un intento diplomático por combatir las graves desigualdades que alimentan la lucha entre los dos pueblos que habitan la tierra de su difunto padre, que amasó toda su fortuna armando a las Fuerzas de Defensa de Israel. 

Blick no pierde tiempo en mostrarnos la fragilidad del sueño utópico y autopurificante de Lady Stein, acechado por intrigas gubernamentales y, sobre todo, por los esqueletos que su familia y ella misma guardan en el armario desde décadas atrás. La historia consigue un equilibrio perfecto entre la trama política y la personal, entrelazando ambas hasta extremos que nunca se llegan a tensar demasiado y que sirven como disparadero de nuevos interrogantes. La clave para que todo funcione está, como no podía ser de otro modo, en unos personajes sumidos en la penumbra de los que, empezando por la protagonista, apenas podemos adivinar sus movimientos pasados, presentes y futuros. Blick esconde, dosifica la información de forma maquiavélica; crea ilusiones y pone bombas donde menos lo sospechamos en cada uno de sus calculados ‘flashbacks’. Nada es casualidad en un relato intenso y poliédrico como éste.

Una continua crisis nerviosa apresa a Nessa desde el momento en que el empresario palestino que iba a ser beneficiario del nuevo contrato de su fundación aparece muerto en la habitación del hotel donde se alojaba. La aristócrata comienza una lucha contra sí misma entre cumplir el papel de marioneta que se espera de ella, o confrontar a todos aquellos que la pusieron en la encrucijada: el MI6, la CIA, el Mossad, Fatah y su propia familia.



Fuera de esa celda-habitáculo de última generación donde duerme, recuerdo constante del trauma que cambió su vida, fluye un reguero de personajes nutridos en motivos, silencios y frases contudentes como la implacable jefa del servicio secreto británico interpretada por Janet McTeer (Damages) y la agente advenediza a la que da vida Eve Best, alejada del registro cómico de Nurse Jackie. Veterano de la televisión de las islas, Stephen Rea se cuela en medio de esta pugna entre mujeres en trajes de ambición, en la piel de un perro viejo del espionaje cuya patética vida personal sirve como alivio cómico entre tanto cable pinchado.

The Honourable Woman convierte en micro lo que es macro, deja el debate para los analistas y se centra en las consecuencias humanas del conflicto donde los muros y los escudos protectores se desvanecen.

domingo, 18 de mayo de 2014

True Detective, Carcosa era sólo carcasa

Ahora que han pasado un par meses desde que aterrizara en las pantallas de la HBO considero que ha llegado el momento de hablar de True Detective. Sí, hoy toca otro comentario más que viene a unirse a los miles y miles de reseñas a cuenta de este drama policíaco-existencial creado por Nic Pizzolatto, bañado desde el minuto uno por críticas orgásmicas y que ha sido capaz de atraer ese "fandom  forense" (Jason Mittel dixit) más presto a diseccionar ficciones que transcurren en islas con osos polares al jardín de las delicias del cable premium. Pero, vistos y marinados los ocho episodios en formato antología que nos presenta la serie en esta temporada de debut,  mi sensación es la de haber saboreado una pipa excelentemente salada, que cuando la partí con los dientes resultó no ser más que una cáscara a la que le faltaba eso... La pipa.

Como ya le ha ocurrido a otras tantas ficciones, el relato de True Detective coquetea con la complejidad narrativa y ésta le da calabazas. Cosas como construir una densa mitología en base a nutridas referencias intertextuales, esconder huevos de pascua o memes que se repiten a lo largo de los episodios, y romper la linealidad cronológica entrañan un riesgo mucho mayor que si se opta por formas de contar más tradicionales. Si estos mecanismos no encuentran un mínimo reflejo en la historia (y también en  su resolución), todo el mérito que supone utilizarlos se inflama más rápido que el propio poliéster. Además, de quedar al descubierto la dolorosa vacuidad del artificio y la pretenciosidad de la propuesta narrativa y humanística del guión.

Tanta estimulación filosófica y literaria con Nietzche, el nihilismo y Lovecraft, cortesía de un personaje tan intrigante como Rutin Cohle (Matthew McCounaghey en racha triunfadora), merecía algo más que una solución al misterio del asesino en serie y del culto satánico tan paradójicamente anticompleja, que raya en lo ordenario y facilón.  Por mucho que el responsable de la serie (y espectadores y críticos convencidos) se escuden detrás del 'esto es otra cosa', o el ya clásico 'lo que vale es la relación entre los personajes' para restarle importancia a la trama de investigación, el propio título de la serie, True Detective, ya dice mucho al respecto. Tal patinazo no es excusable en una  ficción a la que, tras sólo cuatro episodios emitidos, ya se la estaba encumbrando al altar del canon de la HBO (!). Y, eso por no hacer mención a cuestiones irresolutas, disculpables en productos con varias temporadas como el caso de Voldemort, pero no en una producción desarrollada en un entorno cerrado como ésta.

Mucho se  han ensalzado las aspiraciones novelísticas de la serie y el sello 'de autor' que destila tanto a nivel visual como narrativo. El hecho de que Pizzolatto se encargue en solitario completar todos los episodios no es en sí una novedad; estamos más que acostumbrados a ver ficciones británicas firmadas por una única pluma, pero es raro encontrarse con algo parecido al otro lado del charco. En True Detective se aprecian bastantes pinceladas de los beneficios que supone esta forma de encarar la producción de la narrativa, aunque naufraga a la hora de distribuir los pesos.

Según Pizzolatto, la historia de esta primera entrega se reparte en tres actos, el primero correspondiente a los tres primeros episodios; el segundo, a los capítulos cuatro a seis; y el tercero, a los episodios siete y ocho. Las cinco primeras horas de la serie se encuentran entre lo mejor del año, con unas conversaciones en el coche que presentan sin necesidad de apoyos la colisión de las personalidades de los dos agentes protagonistas: Cohle, un ser trágico atrapado en su propio hastío vital; y Marty Hart (un Woody Harrelson sublime en unas de las interpretaciones de su vida), un vitalista borracho esclavo de actitudes hipócritas. A partir de la sexta hora, no obstante, el relato se descompensa y cae en algún que otro truco de guión más trillado que el maíz para crear el conflicto por el cual los dos detectives han estado siete años sin dirigirse la palabra al principio de la serie.  Lo que unido a unos personajes secundarios con la profundidad de un monigote (en las antípodas del tratamiento que le dan en The Good Wife, por mencionar el estándar de excelencia en estas lides) tampoco ayuda.



A nivel estético, se reproduce el mismo patrón. La labor tras la cámara de Cary Fukunaga (Jane Eyre, 2011) en todos y cada uno de los capítulos se hace presente, y mucho, en la calidad cinematográfica con la que captura la ya esteroetípica suciedad y decadencia de los parajes y habitantes del sureño estado de Louisiana. Un espacio podrido y asfixiante del que pocos pueden escapar.  El comentadísimo plano secuencia de seis minutos del cuarto episodio puede que no aporte nada a la trama general, pero es un testimonio de que las cosas que se pueden hacer cuando la HBO es la que financia una serie.

La segunda temporada de True Detective ya está en marcha en medio de rumores de quién será la pareja de actores de Hollywood protagonista (suena desde Brad Pitt hasta un cartel encabezado por dos actrices), y con un silencio absoluto acerca de la historia que centrará la investigación del próximo año. Esperemos no todo se quede en una bonita carcasa barroca para envolver poco más que la nada. Por muy oscura que parezca.

martes, 11 de febrero de 2014

Homeland ante el abismo del 'reboot'

Te vas a encontrar unas cuantas balas de spoilers de la tercera temporada de Homeland. La casa no se hace responsable si no has completado el entrenamiento para esta misión.

No quería hablar de la tercera temporada de Homeland hasta que amanaira un poco la ciclogénesis  de críticas explosivas que le cayó a la producción de Alex Gansa desde prácticamente el primer episodio de la nueva tanda. Y voy a ser clara: en ese juego siempre estuve más cerca del anticiclón que de la borrasca.

No se abre el cielo cuando digo que la serie nunca se caracterizó por la contención. Sus tramas han sido una mecha endiablada desde el momento en que un preso bagdadí le chiva a la agente de la CIA Carrie Mathison que ese marine recién liberado después de ocho años de cautiverio del que todos hablan es, en realidad, un infiltrado de Al Qaeda. También hay que tener en cuenta que la historia de la pitón y la rata que protagonizaban Carrie y el sargento Nicholas Brody estaba tan condenada a un final inminente como lo estaba el periplo del personaje interpretado por Damian Lewis. Nada podía acabar bien para Brody; se mirara por donde se mirara lo suyo era una tragedia y, así, el (anti) héroe tenía encontrar una salida mortal a su sufrimiento. Solo que Showtime es una especie de Sófocles que, además del arte, también mira a la cartera. Por eso mismo se encargaron los ejecutivos del canal de que la agonía del pelirrojo se extendiese unos cuantos capítulos más y, en lugar de facilitar que Brody y compañía salieran volando por los aires después de activar un chaleco-bomba, acabaron poniendo una grúa para que el mártir fuera elevado ante la muchedumbre en una plaza de Teherán.

Pero eso tampoco es un fenómeno nuevo viniendo de Showtime, acostumbrada a aplicar las lógicas más tacañas de las 'networks' al cable. Ya se ha visto con Dexter y con Weeds, series a las que les retrasó en demasía la fecha de caducidad, acumulando temporadas que podrían servir perfectamente para compostaje. Es normal que las cadenas se aferren a sus bastiones  para sostener el negocio, pero la cadena que ahora dirige David Nevins hace tiempo que no es un minifundio con poca oferta en comparación a la HBO y, por supuesto, ya no lo era cuando estrenó Homeland. Para arriesgar poco tenemos a The CW, que dijo adiós a Smallville cuando ésta ya era una zombie de sí misma en la décima temporada. Sin embargo, parece que dentro de las filiales de la CBS se contagian los vicios las unas a las otras...

Con semejantes antecedentes, no quedaba más que confiar en que ya que íbamos a probar chicle, que al menos los guionistas hicieran lo posible para que el sabor durara. Y dentro de esa fórmula magistral nunca estuvo Brody, probablemente uno de los 'plot devices' mejor construidos de la televisión reciente, tan bien elaborado que nos hizo creer que era un personaje protagonista autosuficiente, del que se derivaban subtramas familiares con hijas adolescentes pesadas y todo. Al final, fue una herramienta para los de la CIA, para los iraníes, y también para el equipo de Gansa hasta que el cacharro no dio más de sí. En este sentido (y a riesgo de sonar ventajista), siempre tuve claro que de los dos cabezas de serie, el personaje de Claire Danes poseía mucho más potencial narrativo para serguir adelante. El arco de Carrie no dependía tanto del de Brody como al revés, y eso se ha notado durante gran parte de la temporada donde, bajo mi punto de vista, la presencia de Lewis no afectaba especialmente a la calidad de los capítulos. De hecho, ha llegado a resultar una rémora como se vio en el episodios de Caracas, dedicado completamente a él.

Sin estar a la altura de las dos primeras temporadas (la segunda no me parece tan tóxica como se la suele pintar), esta entrega cierra el arco de Brody con solvencia y prepara la transición hacia la próxima entrega que significará una renovación total de las bases. Es cierto que por el camino quedaron algunas decisiones creativas de lo más pobres (¿qué necesidad había de poner a Brody en Venezuela?; la poca cancha que se le dio a su mujer, Jessica; Carrie preñada, ¿hola?), pero lo que se ha visto aquí está lejos de ser una catástrofe teniendo en cuenta que la temporada empieza aún con el polvo del atentado en  Langley  flotando en el ambiente, y con Brody a la fuga. Homeland ya había dinamitado sus propios pilares por entonces, pero todavía le quedaban personajes.

Una de los puntos fuertes de este año ha sido ver a Saul (Mandy 'Iñigo Montoya' Patinkin) desplegando su verdadera cara de Maquiavielo en la sombra contra un burócrata como el senador Lockhart (Tracy Letts), y de profundizar en la relación mentor-alumna entre él y Carrie. Un vínculo que me ha llamado la atención desde el principio por esa fina línea que transcurre entre la confianza plena y el abuso de ese hecho para lograr el objetivo, sobre todo, teniendo en cuenta la bipolaridad de Carrie. Toda la charada del reingreso de Carrie en el psiquiátrico es buen ejemplo de ello, además de servir para renovar el catálogo de muecas de Danes, que, quizá vaya a estar algo más controlada ahora que el personaje ha perdido al detonante de muchos de esos ataques. Presiento que la asociación profesional con Quinn (Rupert Friend), ese tipo de lealtades y principios singulares, puede dar todavía momentos de buen drama de espías.

Ignorada en las nominaciones de los Globos de Oro después de haber arrasado el año pasado, puede que Homeland estuviera destinada a ser una estrella fugaz de esas que no se olvidan en vez de acabar siendo otra de tantas que se mantiene viva con más o menos luz. Pero, como aficionada, creo que es pronto para ignorar que sigue estando allí arriba.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Masters of Sex, lo importante no es el clímax

Esto es NSFU (Not Safe For Unseen). O sea, con spoilers que te quitarán las ganas si no has visto la temporada de debut de Masters of Sex.

Excitación.
Meseta.
Orgasmo.
Resolución.

Las cuatro fases por la que atraviesa una relación sexual no se diferencian demasiado de las etapas por las que transcurre el relato de una historia. En ambos casos, hay principio, nudo y desenlace, aunque el desenlace bien se podría desglosar en un clímax y un cierre. Y, curiosamente, a la hora de buscarles fallos al sexo y a los relatos siempre tendemos a atacar el final. Unas veces,  por apresurado; otras veces, por inexistente o falto de un epílogo. "Lo importante no es el final, sino la experiencia", dicen, pero, en ocasiones, la crítica también puede estar dirigida al estilo, a la habilidad con la que está elaborada la obra aun si cuenta con un punto álgido. Masters of Sex, la gran apuesta de Showtime para esta temporada y flamante nominada a dos Globos de Oro (mejor serie y actor en la categoría de drama), llega a un pico pero ¿logra dejar realmente satisfecho al personal?


La serie de Michelle Ashford engatusa con su pedigrí de historia basada en hechos reales, a la vez inspirada en el libro homónimo de Thomas Maier. La odisea del ginecólogo y obstetra William H. Masters (Michael Sheen, Fox contra Nixon, The Queen, especialista en 'biopics') y su ayudante, Virginia Johnson (Lizzy Caplan, True Blood, Party Down.., sí, la rara en Chicas Malas) en los Estados Unidos de los 50 para intentar desentrañar el funcionamiento de lo que entonces era un ultratabú: la respuesta sexual humana. Cosas como la a negación de la importancia del tamaño del pene, la existencia del multiorgasmo femenino, el papel clave del clítoris en el placer de la mujer, el establecimiento de las cuatro fases y algunas terapias para tratar disfunciones sexuales llevaron su sello pionero y levantaron más de una ceja en la encorsetada comunidad científica de la época. Con semejantes credenciales no es extraño que Showtime, el canal provocador por excelencia, diera luz verde al proyecto, pero Masters of Sex está lejos de considerarse una ficción sexy. Obviamente, hay carne para dar y vender, aunque marinada en electrocardiogramas, vibradores con alto riesgo de cortocircuito y un par de tipos tomando notas detrás de un cristal tintado. A primera vista, nada que pueda poner a las grandes masas...

En realidad, Ashford se escuda en la premisa del sexo como conocimiento para navegar por la contradictoria psique de sus dos protagonistas. Sheen ofrece una interpretación sensacional, absolutamente mimetizada con la atormentada y sociopática personalidad del doctor Masters, un tipo tan brillante como absorbido por su trabajo, frío e incapaz de mostar empatía alguna por su tan devota como ingenua mujer, Libby (Caitlin Fitzpatrick). Caplan, por su parte, irradia encanto como Johnson. Como cabría esperar es el contrapunto de Masters:  divorciada, madre de dos hijos, ex cantante en clubs de poca monta, sin títulos, pero con una ambición y don de gentes fuera de lo común aporta al estudio toda la sangre y sabiduría (vital) de las que el doctor carece. Una mujer de ésas que saben latín, vaya.

Si bien el guión es menos complaciente con las taras de Bill Masters, Ginny Johnson también dista de ser un personaje inmaculado si bien la sombra de fantasía feminista que proyecta invita a pensar lo contrario. Sus ramalazos egoístas con el doctor Haas (Nicholas D'Agosto, Heroes), pobre enamorado, son sólo una huída hacia adelante para evitar enfrentarse a sus propias fracturas. En sus diferencias, Bill y Ginny forman un tándem científico perfecto, y cumpliendo con las leyes de la atracción desarrollan una admiración y dependencia mutua que da paso a algo más complicado. Y aquí es cuando a la serie le entran las prisas por resolver. Las prisas... Nunca son buenas, ¡y más cuando ha sido renovada por una segunda entrega!


 Y éste es "Ulises".

Al parecer, Masters of Sex se toma bastantes licencias a la hora de retratar la relación entre Bill y Ginny, que no fue una unión romántica sino un efecto colateral del trabajo que desarrollaban, el verdadero objeto del afecto de ambos. La Johnson real fue en un principio contratada como compañera sexual para los experimentos por el propio Masters, al que nunca quiso. Aunque hubiera sido casi o tanto más fascinante explorar la complejidad ética de esta situación nada convencional, al final esto es ficción televisiva, y aquí Ashford optó por ajustarse a los cánones tradicionales de la tensión sexual no resuelta.  Los doce capítulos suben en intensidad poco a poco, jugando con miradas y silencios incómodos, empujando a Masters al precipicio, pero, en un momento concreto, pudieron las ansias por cumplir, y la 'season finale' se despide con cierto 'cliffhanger' que es justo lo contrario de lo que la ficción había venido desarrollando con esos dos hasta ese momento. De folletín y precoz.

Si la trama de Bill y Ginny se va abaratando a medida que pasan los episodios, las subtramas de los personajes secundarios crecen en interés y aquí es donde Masters of Sex triunfa en su propósito de poner el corazón abierto encima de tantas hojas de electrocardiograma. Conmovedor es el caso de Margaret Scully, la mujer del decano la facultad de Medicina, homosexual armarizado, con el que comparte no sólo una hija sino una profunda complicidad emocional que le hace plantearse si vale la pena repudiar a su marido por años de juventud robados y necesidades insatisfechas. Allison Janney (The West Wing) está sobresaliente en su papel acompañada por un Beau Bridges que vuelve a poner los pies en el gran drama.

Tampoco desmerece la guerra de guerrillas de la estirada doctora DePaul (Julianne Nicholson, Boardwalk Empire) contra el status quo y las miradas condescendientes de sus colegas masculinos, mientras lidia con sus propia dosis de desgracia personal. Incluso Libby, bajo esa capa de mujer de anuncio de Mister Proper, esconde una olla a presión repleta de sentimientos reprimidos que espero explote el año que viene.



La serie pinta al fresco de unos personajes que guardan ciertas expectativas sexuales en un período histórico concreto y cómo buscan vías de escape en cuanto se da el inevitable choque con la costumbre y la moral que, no lo olvidemos, también imponen sus propias expectativas. Esto es lo que le ocurre al promiscuo doctor Langham (Teddy Sears) que participa como sujeto en el estudio de Masters y Johnshon. Los sujetos, desde Langham a la secretaria Jane (Heléne Yorke)  utilizan  la excusa de "todo por la ciencia" para darle unas cuentas alegrías al cuerpo, pero ¿no es menos hipócrita invitar hoy en día a alguien a una copa con ese mismo objetivo en mente? No importa cuán progres nos creeamos con respecto al sexo, al final siempre acudimos a excusas culturales para echar un simple polvo. Sómosche así as persoas.

No menos contradictorio es el cambio de timón de Vivian, la volátil hija adolescente del decano Scully, que después de mostrar un apetito desbocado se vuelve de repente muy pía en cuanto Haas le propone matrimonio. Para mí, no es tanto el intento de forzar una supuesta superioridad moral moderna en el libreto como el de mostrar los efectos de una moral religiosa mal asimilada (por mal inculcada, seguro) por alguien que aún es poco maduro. Normal que le salga humo por las orejas a la muchacha. Y  también aquí la lectura vuelve a ser de rabiosa actualidad; que levante la mano quien no haya conocido recientemente a algún pío o pía que, incluso a sus treintaytantos, ve el matrimonio como una mera redención a sus hábitos prenupciales.

Pese a la precipitación en acercar el vínculo entre sus dos protagonistas, Masters of Sex compensa con creces cuando saca a la palestra tantos callejones sin salida humanos. Eso bien vale otro revolcón.

jueves, 8 de agosto de 2013

Orange is The New Black te encierra y no te deja salir


Cuando una de esas gripes cabronas en conjura con ventiladores y aires acondicionados me pillan (como todos los años) en pleno verano, pocas opciones me quedan más que acudir a los sobres de Frenadol e ingerir cantidades indecentes de kiwis y, sobre todo, de zumo de naranja. Así estaba a mediados de julio, esperando el día en que iba a cambiar por fin de fruta, cuando llegó Netflix con un nuevo cargamento de naranjas y no sólo alargó la dieta sino que me volvió adicta y, encima, me obligó a recomendarlas. Orange is The New Black se llama la variedad diabólica cultivada por Jenji Kohan, persona que de producir vicios sabe mucho ya que también es la responsable de la MILF, esa clase de maría más conocida por su título oficial: Weeds.

Eso sí, Showtime nunca fue un distribuidor tan agresivo como Netflix, que gusta de colocar toda su mercancía en el escaparate y allá que se las arregle el espectador como señoras jubiladas en plenas rebajas. El famoso servicio de vídeo-on-demand ya colgó sendos trece episodios de House of Cards, Hemlock Grove y del comentado regreso de Arrested Development para que cada uno decidiera cómo organizar su visionado, ya sea siguiendo la disciplina habitual de un capítulo por semana/día, o maratonear como si no hubiera mañana. La libertad absoluta dentro de la legalidad. Pero no ha sido hasta que Kohan entró en escena con Orange is The New Black cuando la gente empezó a  decir 'binge-watching' como si fuera el nuevo maratonear. Y, si eres capaz de hacer que los seriéfilos usen un extranjerismo en lugar de una de las pocas palabras castizas que no pierden fuerza en la traducción, es que has tocado muchas fibras, o te has presentado con la ficción del verano... o del año.

Como las naranjas, Orange is The New Black puede resultar ácida y dulce a partes iguales. Así lo dicta su naturaleza de exquisita dramedia y las particularidades de su argumento, basado en las memorias carcelarias de Piper Kerman, ejemplo de joven WASP educada en un centro exclusivo que acabó con sus huesos en chirona durante quince meses por un delito de tráfico de drogas que cometió diez años antes. Al igual que su álter ego en la vida real, la rubia y neoyorquina Piper Chapman (Taylor Schilling, Mercy) ve cómo su combo perfecto de prometido fiel, por un lado, y negocio ecofriendly de jabones con mejor amiga, por otro, se pone en suspenso a consecuencia de su vida anterior; días trufados de crisis postuniversitaria y búsqueda constante de adrenalina que le llevaron a liarse con la traficante de un cartel internacional de nombre Alex Vause con la que viajó por todo el mundo a cuerpo de reina. Aquí se puede decir que acaban los parecidos entre el viaje de Kerman y el de Chapman.



La prisión federal de Litchfield (NY) se convierte en un auténtico universo secreto  en el que Kohan despliega con absoluta maestría la mejor paleta de personajes femeninos que se puede ver actualmente en televisión. Mujeres de todos los orígenes, alturas, razas, orientaciones sexuales y géneros (Shonda Rhimes, esto sí es saber hacer 'personajes cuota', no lo tuyo), cada una con su particular historia de malas decisiones que las puso entrerrejas, pero no por ello con menos cualidades redentoras.  Mujeres de carne y hueso, con ilusiones, con días en los que caen simpáticas, y otros en los que no, y no se disculpan por ello. Si bien el centro de gravedad de la serie se encuentra en Chapman, que aprende a marchas forzadas el código de su nuevo hogar,  cada capítulo revisita la vida precárcel de una de las reclusas a golpe de breves pero efectivos 'flashbacks' que hacen que se nos quede grabado quiénes son pesar del efecto uniformador del mono beige y del generoso número de personajes de los que estamos hablando. Incluso los vigilantes de la prisión, hombres en su mayoría, están cuidados al detalle ya que cuentan con vergüenzas propias que los humanizan y acercan a aquellas a las que están custodiando, si bien el retrato roza la caricatura en algunos momentos como ocurre en el caso  George ‘Pornstasche’ Méndez (Pablo Schrieber, The Wire, Weeds), un villano de tebeo hasta que deja de serlo. No caben los prejuicios en Orange is The New Black, y si los hay, se esfuman con las misma facilidad con la que Red (Kate Mulgrew, Star Trek: Voyager), la dura encargada de cocina rusa, deja sin plato a Chapman.

El guión desgrana, sin remilgos y con un humor macarra a ritmo de incontables frases para el recuerdo (“I threw my pie for you”) y referencias cuturales (“This isn’t Oz”), los típicos tópicos carcelarios oscilando de lo crudo y aterrador a lo conmovedor y patéticamente divertido en cuestión de segundos. La cárcel es un lugar hostil, pero en el que al mismo tiempo se pueden encontrar fugaces instantes felicidad, y también de apoyo. Porque de eso van en el fondo  las tribus raciales que Morello (Yael Stone) señala el episodio piloto; de tener a alguien que te defienda cuando lo necesitas y de tener un hombro en el que llorar las penas. Sin el grupo, nadie es nadie ahí adentro, y en ciertos casos tampoco lo es fuera. En este sentido, la sólida amistad de Poussey (Samira Wiley) y Taystee (Danielle Brooks) destaca sobre la gran variedad de vínculos (sexuales, de protección, de familia) establecidos entre las internas, ya que refleja como nada esa realidad para muchos ex convictos en la que los muros dejan de ser sinónimo de opresión para convertirse en la única salida posible.



Chapman ingresa en Litchfield  con su mentalidad de niña bien, pensando que si se mantiene al margen, podrá volver a su vida de catálogo como si tal cosa, pero no podrá evitar verse arrastrada por sus nuevas circunstancias. Es un auténtico regalo ver cómo el personaje sufre una evolución hacia atrás, que no involución. La cárcel la obliga a enfrentarse y reconciliarse con su pasado, con esa parte de sí misma mucho menos prefabricada, que ella cree haber cortado de raíz pero que ahora vuelve para tentarla. Los ataques de egoísmo y las huidas hacia delante de Piper no son más que el resultado de su propio miedo a no ser ella misma ahí dentro y, a la vez, serlo, como confiesa en el sensacional episodio “Bora, Bora” (1x10) que sirve de coda al punto de inflexión de “Fucksgiving” (1x09).

Larry Bloom, el prometido, y Alex, la traficante caída en desgracia, se perfilan como las víctimas inmediatas de los caprichos de Piper, aunque con matices. El primero, interpretado por un Jason Biggs  incapaz de dejar atrás American Pie (es más, hay un par referencia a Jim Levenstein dentro de la propia serie) es un dechado de mohínes y pucheros que supuestamente debería servir de fuerte bisagra entre Piper y el mundo real, pero pasa por la serie sin crear ningún dilema al espectador y, lo que es más importante, empatía o hasta pena. Supongo que el hecho de que sea un escritor mantenido por sus padres tampoco ayuda… No sé hasta que punto los guionistas buscaban a consciencia el contraste con Alex, ese volcán de carisma y presencia arrolladores al que Laura Prepon (la Donna de That ‘70s Show) aporta voz y altura, pero con Larry se han pasado de frenada en lo que quizá sea el punto más claramente criticable de la serie.  La chica mala sólo tiene que ajustarse las gafas de pasta para mostrar su lado vulnerable y hacer que nos olvidemos de que también es una perra manipuladora, mientras que Larry, el chico bueno, resulta ser un badanas quejica el 99% del tiempo que aparece en pantalla.

Tal y como ya pasaba en los mejores años de Weeds, Orange is The New Black no podía cerrar su magnífica temporada de debut sin el correspondiente 'cliffhanger' de desquiciadas proporciones que le viene a dar la puntilla a unos episodios que cuesta no comer a bocados y que te roban la capacidad de ver otra cosa.  En Netflix ya sabían que la fruta era de calidad y por eso se afanaron en encargar una segunda remesa de naranjas incluso antes de que la primera se estrenara. Y en ésas nos hemos quedado: con doce meses por delante para saciar la sed como sea. Y con Regina Spektor.

jueves, 27 de junio de 2013

The Borgias, o el final interruptus de Neil Jordan

Incesto consumado, final interruptus. Ése es el legado que deja Neil Jordan tras tres temporadas de The Borgias en Showtime. ¿Qué pasó entremedias? Falta de material suficiente para alimentar una cuarta entrega y la negativa del canal, por razones de presupuesto, a una TV movie que sirviera de auténtico cierre para las fechorías del papa Alejandro VI y su profena familia. Nos hemos quedado con las ganas de ver a Rodrigo arder de verdad en el infierno como había prometido el showrunner irlandés y, en cambio, nos despedimos con unos diez episodios que componen una sinfonía de reconciliación padre-hijo al más puro estilo Borgia, ergo, saturada de pasión, pecado, astucia y sangre.

Con su hermano Juan fuera del mapa, el inteligente Cesare ha dado rienda suelta sus ambiciones y demonios hasta convertirse en el príncipe renancentista que inspiró la obra de Maquiavelo, pero por el camino también ha tenido que demostrarle a su no tan Santo Padre muchas cosas hasta que finalmente accede a darle el mando. Porque, parejo a su ascenso como caudillo, el viaje de Cesare siempre consistió en ganarse la admiracion de un Rodrigo que veía demasiado de sí mismo -de esa insaciable hambre de poder que le da vida y lo mata al mismo tiempo- en su segundo hijo. The Borgias no es más que la transfiguración de Cesare en lo que el Papa secretamente sabe que él mismo siempre ha sido pero nunca se atrevió a convertirse. Para el joven Borgia el rojo de la túnica cardenalicia que vestía al principio de la serie no era un símbolo de una posición acomodada sino un constante recordatorio de que si quería hacer grandes cosas debía hacer que ese rojo fuera real aunque manchara.

Por encima de las rajaduras de cuello, las frases lapidarias, las bacanales bien montadas de Giulia Farnese y los memorables polvazos gays de Micheletto, la serie queda como un retrato de la unidad familiar en clave de thriller. Odiada por todos los grandes apellidos de Italia, esos catalanes, españoles (o lo que cuadrara en los alocados guiones), han demostrado un amor por el blasón del toro por encima de lo imaginable aunque, claro, los extremos a veces llevan a hacer cosas que ni todos los ducados del mundo en año jubilar (hilarante el capítulo del mercadeo de reliquias y perdones)  pueden ayudar a expiar. Y, de nuevo, el eje de los límites se encuentra en el fraticida Cesare que, como ya se atisbaba, acabó por meterse debajo de las sábanas con su hermana, Lucrezia, en uno de los momentos cumbre de la temporada.

"Somos españoles. Nos abrazamos. ¿Dónde está el escándalo?"

Aunque el personaje no lleve el peso de las grandes tramas, Lucrezia Borgia es el caramelo de la serie y ha vuelto a dejar patente porqué. Su capacidad para la maquinación y para encandilar a peleles del tipo de Alfonso de Aragón (y a su hermano, de paso), que ha ido cultivando a lo largo de las dos pasadas temporadas, se han desplegado por completo en esta tercera entrega, pero no sólo eso, sino que también se ha doctorado en el arte de proteger a su casa. Lucrezia preparando potingues para salvar del envenenamiento a su padre y sus tratos con una bruja napolitana para dormir a sus captores son escenas que no pueden pasar desapercibidas.

La máxima de "Sólo un Borgia  puede amar de verdad a un Borgia" también se aplica a Lucrezia y a su hijo bastardo, causa de muerte de tíos y reyes que intentaron matar o despreciaron al pobre bebé... Los atentandos al pequeño Giovanni han sido un tema recurrente desde que nació, pero nunca antes se habían aprovechado para fomentar una impagable alianza de la Borgia con el fascinante Micheletto, que, de forma retorcida, ha dejado ver que tiene su corazoncito y odia cuando a las madres las separan de sus hijos.

El asesino de cabecera de Cesare ha sido otra de las gratas sorpresas que nos deja esta temporada final. Impactante fue verlo desmoronarse ante el descubrimiento de que su amante era un espía al servicio de la dupla Federico de Nápoles-Caterina Sforza alias "La Tigresa de Forli" que tan arduamente se habían afanado en destrozar al Papa y a su familia. La fidelidad inquebrantable de la sombra de Cesare se esfuma física y emocionalmente en cuanto cumple la última orden de su jefe y le corta las venas a su enamorado.

 "Jesús debe de querernos, Cesare Borgia"

Este volumen ha llevado a todos los personajes al límite de sus fuerzas, y eso también incluye a los relativos "malos" de la función. La caída de la Sforza, la gran villana de la serie, no podía ser sino espectacular. A pesar de todos sus brillantes planes maestros para resistir los embites de los Borgia, la némesis perfecta de Cesare acaba arruinada, sola y literalmente enjaulada en la más humillante de las derrotas. Pero si Jordan y compañía no pierden detalle a la hora de contarnos la caída en desgracia de la de Forli, pecan de resolutivos a la hora de deshacerse del cardenal Della Rovere, cuyo destino quedará para siempre como un enorme interrogante... a menos que nos paseemos por la Wikipedia, o ya vengamos con la lección de Historia aprendida.

Dijo Jeremy Irons durante el rodaje del último episodio que sentía que "había llegado el final de algo" y Jordan y Showtime se tomaron las palabras de actor  a pies juntillas a la vista de ese final insatisfactorio según el prisma bajo el que se observe. Como despedida de temporada es todo lo que un espectador dedicado de The Borgias puede esperar y desear, pero como series finale está a la altura del timo del sudario que llora sangre de la Sforza.  La última hora de la serie promete pero no remata; culmina en un clímax al que no le sigue ningún minirevolcón en la cama (llámese TV movie o epílogo) para recuperarse del subidón.

La familia dice adiós victoriosa y más rocosa que nunca, pero se supone que los espectadores no debíamos imaginarnos cuál era ese juicio final al que estaban llamados a asistir, sino presenciarlo.


 Dedicado a los ilustres miembros del cónclave twittero y borgianos de pro @Fhilippos @javilost y @AgenteUrbit  :)

jueves, 9 de mayo de 2013

Las alianzas de Alicia

Si alguna vez me imputaron por soltar spoilers, ahora escribo esta advertencia para hablar de la cuarta temporada de The Good Wife y me desimputo yo sola.

Al matrimonio King le gustan las puertas. Mucho. La pasada temporada ya abrieron una, y ahora vuelven a hacerlo con otra. Así van pasando las temporadas en Lockhart & Gardner: personajes entrando y saliendo, ya sea de casa, del despacho, del bufete o del juzgado. Y cada vez con más papeles en el maletín, con más pruebas que los incriminan por errores pasados, o que los empujan a decidir a quién sacrificar para poder seguir adelante. The Good Wife es, ante todo, bagajes que se cargan a cuestas y umbrales que no paran de cruzarse. Algunas de las puertas por las que pasan los personajes podrán convecer más que otras, pero todas acaban dando siempre al mismo mismo patio, el de la excelencia que vertebra todos y cada uno de los guiones del mejor drama que puede saborearse (con gula) en una 'network' en la actualidad.

A Kalinda el peso de sus papeles casi le cuesta el tipo al principio de esta tanda de 22 episodios. Ella quería mantener cerrada la puerta de casa ante la inminente llegada de su marido Nick (Marc Warren, Mad Dogs), ése del que había logrado escapar años atrás. Por fin, los espectadores íbamos a tener un pedazo más del pasado de la investigadora, pero lo que finalmente se pudo ver de esta subtrama estuvo por debajo de las expectativas que se habían creado en torno a ella. ¿Una pequeña mácula dentro de la impecable hoja de servicios de la serie? Lo es, pero los guionistas supieron  enderezar el rumbo a tiempo antes de seguir sumergiendo a Kalinda en una idea que, aun siendo buena, la diluía conforme pasaban los capítulos. La dinámica entre los dos personajes era tóxica y bizarra, pero el problema no era ése, sino que en un esfuerzo por seguir manteniendo un halo de misterio alrededor de la investigadora, tampoco quedaban claras las motivaciones que la ataban a Nick. Quizá Kalinda sea uno de esos caracteres que mejor funcionan cuanto más a la sombra están y, sólo levantan la voz para pedir subidas de sueldo a los jefes previa amenaza de marcha, o para sonscarle un dato a un testigo.

De Alicia Florrick sabíamos que no era tan "santa", como la definen irónicamente sus compañeros asociados de cuarto año, pero tampoco tan perra, como podría dar a entender su decisión de aceptar la propuesta de Diane y Will y convertirse en la nueva socia del bufete traicionando a los demás conspiradores. La guerra de guerrillas que se ha mantenido en Lockhart & Gardner y sus empleados esta temporada ha sido una bofetada a mano abierta a quienes pensábamos que tras el regreso de Cary tras su paso por la Fiscalía del Distrito todo iba a ser vino y rosas por esos lares. Y, por supuesto, Alicia está en el centro de todas las intrigas con un pie en ambos bandos. Al final, acaba espantada en tiempo récord de los chanchullos de Will,  Diane y del matonismo de David Lee, y se asocia profesionalmente con su rival moral desde el principio de la serie, Cary, el currito que tenía tantos méritos como ella, o más, antes de que Will le diera la patada para elegir a Alicia durante el primer año. He ahí "los nuevos Will y Diane" de Florrick y Agos.

Pero el hecho de que que Cary se haya presentado en la umbral de su casa también obedece a la propia necesidad de Alicia distanciarse de su jefe, ahora que la tentación ha vuelto a hacer acto de presencia justo cuando Peter Florrick parecía haberse redimido por completo de sus demonios disfrazados de prostitutas y corrupción. Si en algo son maestros los King es en reflejar el peso de la conciencia de Alicia, capaz de dejarse llevar por los impulsos del momento para luego recogerse y calibrar sus acciones, y viceversa de machacarse el seso hasta que escoge aunque siempre con el retrovisor puesto. Las diatribas de una mujer de palabra, un poco chapada a la antigua, en un mundo en donde las palabras o bien se desvanecen o se manipulan. En este sentido, el contraste entre Alicia y su madre Veronica (una Stockard Channing genial) es espectacular: frente a una madre de vuelta de todo, hedonista, que la anima (como el 90% de la audiencia) a que deje tirado a Peter en la cuneta para irse con Will está la hija que se atiene a sus promesas. Planteamiento reaccionario o no, lo cierto es que Alicia, como le dice su madre, nunca ha sabido dejar pasar las cosas, y ahí está el origen de sus constantes tormentos.



Será interesante ver cómo se despliega el próximo curso el juego de favores que entre la nueva firma Gardner & ¿Lee? y la Administración del recién elegido gobernador de Illinois Florrick, ahora que le ha puesto un despacho en el Tribunal Supremo a Diane. Pero las deudas no terminan aquí.  El suspense se mantuvo hasta los últimos minutos de la frenética 'season finale' ("What's in the box?", 4x22) para confirmar que Peter seguía con sus métodos sucios amañando las elecciones contra su némesis, Mike Kresteva, un Mathew Perry que ha abanderado esta año la estelar y larga nómina de actores y personajes recurrentes de la serie. Will con su silencio ante lo que acababa de descubrir se asegura cierto respeto por parte de Peter pero, a la vez, se encuentra en una posición incómoda, por un lado, con su colega del alma Diane, que se hundiría con Peter si este cayese en desgracia; y, por otro, también con Alicia, ya que tiene en su mano una bomba de relojería que pondría punto final a su vínculo con Peter... Sobre todo, después de que Alicia por fin accediera a los deseos de un Eli más apagado de lo normal durante esta temporada (impagable, eso sí, su dupla cliente-abogado con la hilarante Elsbeth Tascioni) y utilizara su situación familiar para darle un rapapolvo televisivo a Kresteva.

Los King han esperado a este año para dictar sentencia con un rotundo 'game changer' que ha desplazado todas las piezas del tablero hacia posiciones totalmente desconocidas para los espectadores de The Good Wife. Con la quinta entrega ya asegurada por la CBS, nuevas puertas esperan a ser abiertas y otros papeles, recogidos, pero la emoción seguirá siendo la misma.

lunes, 25 de marzo de 2013

Girls y el envasado al vacío

ATENCIÓN: Algún que otro spoiler de la segunda temporada de Girls.

Cuando miro los diez episodios que forman la segunda temporada de Girls pienso en un chorizo ibérico envasado al vacío. Esencialmente es el mismo; mismo sabor y olor pero sin ese moho característico que indica que el tiempo ha pasado por él y le ha afectado de algún modo. Hasta el 'hype' que acumuló la serie el año pasado sigue intacto. Pero la falta de moho, de oxidación y, en definitiva, de evolución, ha pesado como una losa a la serie de la HBO, flamante ganadora de dos Globos de Oro a la Mejor Serie de Comedia o Musical  y a la Mejor Actriz en esta misma categoría.

Los cuatro protagonistas de Girls, Hannah (Lena Dunham), Marnie (Allison Williams), Jessa (Jemima Krike) y Shoshanna (Zosia Mamet) han regresado, con sus más y sus menos,  al mismo punto de salida en el que se encontraban en el episodio piloto a costa de perder esa frescura que encadilara en el primer volumen. Si bien la pluma de Dunham (más de la de Jenni Konner y Judd Apatow) se ha esforzado en reflejar con ahínco y naturalismo males tan humanos como la ceguera mental y el tropezar dos veces con la misma piedra (en consecuencia, los personajes han vuelto a meter la cabeza en la tierra cual avestruces), lo cierto es que la vida en las ficciones para televisión trascurre a un ritmo mucho, mucho más rápido que fuera de la pantalla (ya es decir) y no permite semejantes licencias de involución en los personajes que habitan la historia... Sobre todo en la segunda temporada, por favor. Ojo, que tampoco es cuestión de hacer que todos sus problemas se resuelvan de la noche a la mañana, pero es que estos personajes de carne y hueso todavía no saben lo que es andar dos pasos hacia delante hasta encontrarse el siguiente pedazo de caca que ensucie sus vidas. Y todo esto se traduce en puro estancamiento narrativo.

Por eso mismo todos los intentos de Dunham de emporcar las circunstancias de su ya muy patética Hannah se antojan acumulativos, faltos de efecto y hasta tópicos. El Trastorno Compulsivo Obsesivo (TOC) que le brota al personaje a partir de 'It's back' ( 2x08), ¿qué aporta al desastroso viaje de Hannah que no sepamos ya aparte de las tomas de tics faciales de Dunham? Por no hablar de la raquítica introducción de todo este panorama en los guiones previos, que me recordó a la 'chusquez' de como se presentó la esquizofrenia de Effy en Skins. Hay que remontarse a la discusión de Marnie y Hannah en el episodio nueve de la primera temporada ('Leave Me Alone') para encontrar una velada referencia al trastorno de Hannah que en su día podría pasar perfectamente como un secreto sexual vergonzoso de instituto (como el que puede tener cualquiera) que la amiga, muy cabrona, está utilizando como arma arrojadiza.

Lo interesante y provocador en Hannah era ver a una veinteañera petarda en todo su esplendor, sin otros responsables de sus miserias que su ego y victimismo impenintente. Ahora, todo este planteamiento anterior adquiere por fuerza un aura distinta que despoja al personaje de una gran parte de su responsabilidad para desplazarla a un agente, el trastorno, que está por encima del propio personaje  y que, paradójicamente, lo aleja de cualquier frontera de empatía con el espectador. Sé que otros se han sentido conmovidos por este ejercicio de 'deus ex machina', como observa uno de los críticos del HuffPost, pero mis emociones siguen en la Antártida junto con las del ex-yonki Laird,  dueño, por cierto, de una de las grandes citas de la serie hasta el momento:

- "You know what, Hannah?  You are the most self-involved, presumptious person I ever met. Ever. I had feelings for you, sure, until I realised how rotten your insides are"

- "You serious?"

Total, tanto rollo y sexo 'pingponiano' con Patrick Wilson incluido, para dejarlo todo como estaba y poner de nuevo a Hannah (literalmente) en brazos de Adam (Adam Driver). Sí, el mismo tío al que había mandado una noche al calabozo, pero al que ahora llama para montar una parodia 'seria' de las comedias románticas en la season finale.



Y si las nuevas piedras en el bagaje de Hannah ya se antojaban excesivas (porque parece no haber más huecos dentro de la diana al que apuntar que al suyo), en contraste tenemos a Marnie. A ésta se le aplica su dosis necesaria de cera durante unos cuantos capítulos para después liberarla  mágica, aunque momentáneamente, de sus cuitas haciéndola volver con su ex, enamorado e iluso Charlie (Chris Abbott), al que vuelve a "querer" desde que tiene unos billetes de sobra en el bolsillo (¿Huelo una tendencia masoca/pelele en los hombres de la serie?). Si había un personaje con potencial para ser emporcado y explorado ése era, es y será la niña bien Marnie; otro daño colateral del gigantismo protagónico del rol interpretado por Dunham que ya se adivinaba en la temporada de debut, pero que aquí ha alcanzado proporciones bíblicas gracias al embarazo de Jemima Kirk. Excusa ideal para mandar a Jessa de viaje en búsqueda de sí misma otra vez, aunque eso no evitó disfrutar de uno de los pocos momentos genuinos de amistad de esta temporada: la escena de Oasis, la bañera y el moco después del divorcio exprés de la británica, y todo el episodio Video Games (2x09). Por que esa es otra: la amistad de las cuatro protagonistas continúa resquebrajada y sin perspectivas de ninguna mejoría. Hannah no terminará ni el primer párrafo de su e-book pero no se equivocó escribiendo la primera frase: "A friendship between college girls is grander and more dramatic than any other romance..."  Otra cosa es que los avatares de este drama se hayan desarrollado satisfactoriamente, que va a ser que no.

Parece que lo mejor de esta temporada ha llegado en las pequeñas cápsulas, lugares al que están confinados Shoshanna y su novio Ray (Alex Karpovsky). Una auténtica paradoja que el personaje más caricaturesco y pánfilo de Girls haya sido el que haya dado el golpe sobre la mesa y añadir una dosis de dinamismo al asunto, dando razones a Ray aka "Alma oscura", sumido en la desidia y la autocompasión,  para que espabile de una vez por todas a sus 30 y pico años.

Sólo queda esperar que Dunham le quite el plástico al embutido en la tercera temporada. Ya toca.

martes, 22 de enero de 2013

Fringe 5, o el drama familiar de ciencia-ficción

ALERTA SPOILERS: Si te atreves a leer la entrada sin haber visto la series finale de Fringe (FOX, 2008-2013), ya no hay tutía, ni reválida posible.

Pocas series pueden presumir de haber salido ilesa de mil batallas como Fringe pero, algún día, como le ocurre a todo buen soldado, tenía que llegar la retirada del frente. Y se ha ido con la cabeza más alta que baja, a pesar de todos los dimes y diretes creativos por los que esta ficción de la factoría de J.J. Abrams ha pasado en los dos últimos años. Un tiempo, además, marcado por las constantes amenazas de cancelación que una Resistencia, en forma de fandom entregado, ha ayudado a mitigar con un plan y método que ni el de William Bell y Walter Bishop en sus experimentos con el cortexiphan.

Tras una cuarta temporada decepcionante (en el que esa reescritura del tiempo sin Peter Bishop y la vuelta al esquema procedimental de la primera etapa no terminaron de cuajar), Joel Wyman y su equipo de guionistas pidieron, tulipán blanco en mano, un voto de fe a la la audiencia durante trece episodios más para darle a la serie un final a la altura de sus personajes. Después de todo, la familia Bishop y sus allegados son la verdadera piedra angular que ha justificado que Fringe se despida con un centenar de capítulos a sus espaldas; no así su mitología, que ha ido replegándose progresivamente para expandirse sólo en cuestiones clave, como la de los Observadores. Y la sensación final es, si bien no perfecto, la de un cierre digno y bastante coherente con  lo que habíamos visto en todo nuestro periplo a bordo de la serie.

Ya vimos pistas de lo que estaba guardándose en la nevera en ese episodio de alto riesgo llamado 'Letters of Transit' (4x19), donde se nos presentaba un mundo orwelliano presa de los calvorotas en 2036, y en el que la hija huérfana de Peter y Olivia (me niego a que un nombre tan feo aparezca en este blog) se dedicaba a combatirlos en la sombra alentaba por el recuerdo de sus padres y el resto de la División Fringe. Todo pudo haberse truncado ahí si la serie no hubiera sido renovada; después habríamos dicho adiós viendo cómo una Olivia ya embarazada se deshacía para siempre de David Robert Jones, pero sabiendo que la felicidad no le iba a durar demasiado. Cruel epílogo hubiera sido ése. Hasta ese momento, los Observadores habían permanecido como uno de los mayores misterios de la producción, unas figuras en apariencia neutrales que, sin embargo, ahora se presentaban como unos seres despiadados y totalitarios. Pero permanecían las preguntas basicas acerca de ellos: ¿de dónde venían? y ¿por qué eran como eran?

Aun sin haber entrado en demasiado detalles sobre la naturaleza de los Observadores hasta sus últimos compases (tal y como apunta Mo Ryan en su reseña), la quinta temporada ha respondido a esas interrogantes a la vez que ha llevado a sus personajes al límite de sus emociones. Así, se potencian más que nunca esas complicadas relaciones paterno-filiales que llevan poblando el universo Abrams desde Alias, en donde todo entendimiento parece perdido por un bienentencionado, aunque moralmente reprobable, acto de amor pasado del progenitor para con sus hijos que los acaba marcando sin remedio en la edad adulta. Walter Bishop y Jack Bristow, cada uno en su parcela y magnitud, cada uno con sus demonios, cruzaron la línea para salvar a Peter y Sydney, respectivamente, y luego se las vieron y desearon para lograr su expiación aun si esto significara separarse de lo que más querían cuando había llegado el momento.

 Lo que ocurre cuando te pasas 21 años sin limpiar tu casa... Telerañas party.

Muchas veces hablo de lo que Fringe le debe a la serie de espías, pero es que hasta comparten habilidades reptilianas en lo que a sobrevivir a reseteos de la historia se refiere. Han podido gustar más o menos esos cambios, y se puede criticar la manera en que se han ejecutado, pero son una demostración de que si los personajes son los suficientemente sólidos en su fondo pueden estar por encima de cualquier mudanza de forma, escenario o tono a la que se someta a la historia (ahí están todas las adaptaciones modernas de clásicos). Y lo mismo pasa con el concepto de la ficción que,  cuando es fuerte, es capaz de trascender la ausencia de un personaje en apariencia clave.  Al principio de esta quinta entrega se oyó decir que Fringe había dejado de ser la serie que era y, hasta cierto, punto la afirmación era cierta, pero sólo a un nivel superficial. Comparado con que ocurre entre el final de la tercera y la cuerta temporada, el salto temporal de 20 años no supone un atentado directo al canon de la ficción como pudo haber sido el borrado de Peter que se quedó en una 'chusta' pese a todo el riesgo que encerraba la idea. La diversidad de enemigos que estábamos acostumbrados a ver en el pasado se uniformiza en los Observadores y la compleja red de subtramas que se cruzaban como parte de un arco mayor se ha simplificado en un solo uno hilo conductor que queda claro desde el prinicipio: el plan de Walter para derrotarlos. Si de algo se le puede acusar a esta temporada es de volverse demasiado sencilla, pero la serie no recurre a elementos externos a su mitología sino que reutiliza los que ya tiene. Y las señas de identidad de una ficción se encuentran precisamente ahí.

La idea de la búsqueda de las cintas del pasado para construir el artefacto que habría de derrotar a los calvos no es más que una excusa para sostener el largo epílogo que ha sido una temporada plagada de autohomenajes a los "Fringe events" empezando por el inquitante Niño Observador que ya había aparecido en uno de los mejores episodios de la primera etapa de la serie, 'The Inner Child' (1x15), y que ahora regresa como una pieza fundamental en el desarrollo de la trama al igual que nuestro amigo September, el Observador rebelde. Los últimos capítulos también han servido para decir adiós a grandes secundarios de la serie como Broyles y Nina Sharp, ya entrados en años. Muy dura y sorprendente fue la muerte de ésta última en el que para mí ha sido en uno de los capítulos más conseguidos del volumen, 'Anomaly XB 6783' (5x10), junto con el episodio siguiente, 'The Boy Must Live' (5x11), en el que se desvela por fin el gran misterio de September.

En este episodio se vuelve a hacer hincapié en la especial relación que une al Observador y a Walter y es, otra vez ( y van muchas veces), una clase de interpretación magistral de John Noble, un actor de capacidad inmensa, que, si no ha estado nominado a premios es por el 'pecado' de trabajar en una serie de ciencia-ficción. El acto de amor  que definió el destino de Walter en 1985 secuestrando al Peter del otro universo para salvar su vida comparte el mismo fondo que el de September/Donald y su hijo 'el Niño/Michael' en 2036 si bien las consecuencias de ambas acciones son muy distintas. Y, con todo, al final es Walter el que acaba poniendo las cosas en su sitio viajando con Michael a ese futuro todavía más lejano en donde se originaron los Observadores. Las motivaciones que causaron el desastre de Walter y dieron comienzo al conflicto de la serie serían las mismas que habrían de resolver la amenaza final y, además, ejecutadas por el mismo personaje. No se puede decir que Fringe no ha cierre circular y coherente con su trayectoria.

 

Pero no todo han sido aciertos en la temporada. La introducción de Etta (mejor el diminutivo que el nombre, al menos) prometía mucho, aunque se quedó en un mero instrumento al servicio de la subtrama de Peter y Olivia, que se volvieron a unir definitivamente en el dolor de su muerte a manos de Windwark tras haber comenzado la temporada distanciados. Se le puede achacar a la falta de tiempo en la temporada, pero todo pasó a tanta velocidad que apenas hubo momentos de reconexión familiar entre los tres antes de que muriera Etta, las posteriores locuras de Peter con la tecnología de los Observadores (enésimo intento de darle sustancia al personaje) y la reconciliación final con Olivia. Demasiado drama reconcentrado y, para rematar, más sufrimiento para la 'punching bag' del serie que no es otra que Olivia, por supuesto.

La agente Dunham ha tenido un papel menos protagonista en esta quinta etapa que en las anteriores para pasar a ser un personaje más de apoyo; otra decisión discutible. Todo el centro de gravedad, por tanto, recae en los Bishop, aunque eso no es excusa para que no se la eche de falta en la significativa última escena de la doble series finale ('Liberty'/'An Enemy of Fate', 5x12-13). La imagen de Peter recibiendo el tulipán blanco es perfecta debido a las palabras que le había dirigido su padre en los instantes previos, pero ¿no habría quedado mejor un plano de los dos? ¿No es miembro de la familia después de ser cobaya de laboratorio, viajar entre universos, salvar el mundo, etc. etc... haberse casado con Peter y ser la madre de Etta?


Más allá de esos 'peros' la finale fue un coladero de nostalgia en donde no faltaron el regreso del Universo Alternativo, con Fauxlivia y Lincoln Lee en una escena al más puro estilo 'fan fiction' muy graciosa, y, cómo no, la aparición estelar de la vaca Gene ambarizada, que coincidió con el momento 'tear jerker' del episodio: "It's a beautiful name. Astrid". Después de "Astros", "Asteriscks" y "Aspirins", entre otras perlas de Walter, era la ocasión.

Antes de irse Walter agradeció a los que lo habían acompañado en su viaje y, de igual modo, el equipo de la serie no perdió la oportunidad de decir gracias a los fans por el apoyo que han dado a la serie durante su andadura. Las irrsisorias audiencias siempre pusieron a la serie más 'over there' que 'over here', y más emitiéndose en la mortecina noche de los viernes, pero ha sido el esfuerzo de los entusiastas lo que ha mantenido a la serie a flote, ya sea viendo los capítulos en directo en FOX, en diferido a través de DVR, comprando los DVDs y extensiones del universo Fringe en otros medios, o dando la vara en las redes sociales cuando más contaba. William Bell dijo una vez "there is more than one of everything", pero todos sabíamos que Fringe sólo hay una. Por ello valió la pena disfrutar de la experiencia y aficionarse a los regalices rojos.

miércoles, 2 de enero de 2013

El volantazo de Downton Abbey

Después de dos meses de 'vacaciones' seriéfilas (podría hacer un post de todo lo que tengo pendiente por ver...), toca volver al redil antes de que las telarañas se adueñen de este pobre blog y qué mejor forma de hacerlo que hablando de una ficción que causa tanta borrachera en la crítica estadounidense como una botella de Jägermeister en una noche de juerga. La tercera temporada de la británica Downton Abbey, que ocupa el post de hoy, se estrenará al otro lado del charco este mes, razón suficiente para que la 'hypeen' hasta el infinito y más allá pero, aparte, el drama de Julian Fellowes se ha colado de nuevo en las nominaciones a los Globos de Oro gracias a una segunda entrega que levantó mucha polvareda el año pasado. Eso sí, aun con polémicas, esta entrada en lista me sigue pareciendo más meritoria que otras, como la de The Newsroom, serie que claramente debe la nominación a su piloto y... a toda la herencia televisiva de Aaron Sorkin junta.

Los nueve episodios (ocho regulares y un especial navideño de dos horas) del tercer volumen de Downton Abbey se despojan de todos los achaques que podría tener la anterior etapa y vuelven a los fueros de la primera temporada. La serie continúa tejiendo muestras del mejor culebrón de época que puede verse ahora mismo en televisión pero ha rebajado sus ambiciones cronológicas, abarcando los dos primeros años de la década de los veinte, lo que sin duda ha repercutido en un uso de las elipsis más discreto, por no decir casi inexistente, hasta llegar a ese especial navideño con el que Fellowes y circunstancias externas a la producción de la ITV han hecho que suba el pan (y mucho) hasta el año que viene.

El fin de la Gran Guerra, como era de esperar, ha cambiado la forma en que funcionaban las cosas entonces, y la arcádica propiedad de Lord Grantham no iba a ser la excepción. Una mala inversión y la aristrocrática ingenuidad de Robert Crawley a la hora de hacer negocios ha echado a perder el cómodo colchón que aportaron los millones yankees de su mujer, Lady Cora, al matrimonio. Y como los contratiempos no vienen nunca sin añadidos, todo se solapa con los preparativos de la boda de Mary y Matthew que, a su vez, incluyen la llegada de la suegra americana, Martha.

El impacto del personaje interpretado por una punzante Shirley McLaine fue más breve del esperado, aunque sirvió para ampliar detalles del pasado de Cora y, sobre todo, para regalar unas divertidísimas escenas con la Condesa Viuda, encarcanada por la siempre estupenda Maggie Smith, en las que el duelo de suegras es también un choque cultural entre la relajación y espontaneidad de los ricos estadounidenses y la flema y apego a las tradiciones de la nobleza británica. No hay que olvidar que la pareja formada por Cora y Robert Crawley es un eco de esos matrimonios de conveniencia (o 'joint ventures', según como se mire) que se arreglaban en la época entre las hijas de los empresarios americanos y los aristócratas arruinados de las Islas.

Lady Mary sigue llevando gran parte del peso dramático de las hermanas Crawley, especialmente por su nueva situación y las obligaciones que conlleva. Edith, como ya es costumbre, repite en su posición de chivo expiatorio de todos los malos días que Fellowes pueda tener mientras escribe, al menos, su subtrama ayuda a ilustrar otro de los cambios sucedidos en el período en materia de feminismo. Esta parcela solía estar reservada a Sybil, uno de los talones de Aquiles de la serie, ya sea porque la actriz, Jessica Brown-Finlay, no logra transmitir lo suficiente, o porque nunca se ha sabido como conducir el personaje de forma que ayudara a avanzar la historia... hasta esta temporada.  Lo mismo se puede decir del ex chófer Branson, que junto a Sybil, no servía más que para dar el parte histórico capítulo a capítulo el año pasado, pero que ahora ha escalado muchos puestos en la jerarquía de personajes. Su desarrollo y el de Mary prometen mucho con vistas a la cuarta entrega.

 Intrigando se entiende la gente...

Se nota el esfuerzo por desechar cualquier subtrama accesoria cuya incidencia en la historia podría ser superficial para centrarse sólo en lo que ocurre en la casona, tanto arriba como abajo de la escaleras. Por eso, apenas se ha mareado la perdiz con la estancia de Mr. Bates en la cárcel ni han explotado el asunto de la Independencia de Irlanda, al que estaría vinculado Branson. Las nuevas incorporaciones a la plantilla de los criados, como los lacayos Jimmy (Ed Speelers) y Alfred (Matt Milne), son una buena muestra de lo animado que ha estado el panorama dentro de la casa, con una O' Brien más cabrona que nunca y un Thomas del que sorprende su evolución.

Downton Abbey ha sabido recuperar el pulso del melodrama con una temporada equilibrada, más consciente de sus propios tiempos, y unos giros de guión estratégícamente colocados que, por fin, dejan respirar al espectador hasta el siguiente golpe. Se le puede reprochar la brocha gorda con la que ejecuta muchos de sus ases en la manga, pero la calidad de la producción  ha continuado tan  impecable como la cubertería que exhibe. El verdadero reto, visto lo visto, se presenta a partir ahora con el 'cliffhanger' más grande al que se ha enfrentado nunca la serie.

PD: ¡Feliz año a todos! :)

lunes, 8 de octubre de 2012

Frittata de series

Seguramente os habéis encontrado en una situación en la que abrís la nevera y veís que hay varios productos (casi siempre, fruta y verdura) que se están pasando de fecha, porque no os ha dado la gana de cocinarlos, pero que todavía son rescatables. Pues bien, he estado repasando mi lista de blogueos pendientes de la pasada temporada y se me ha ocurrido hacer un mejunje parecido a las frittatas que hago de vez en cuando, antes de empiece a olvidarme de sus argumentos, personajes y estrellas invitadas (Ok, no, puede que no llegue a tanto...). ¿Los ingredientes? Todo lo que he podido pillar de la segunda entrega de The Borgias, la tercera de Modern Family, la segunda de Boardwalk Empire, la segunda de Lip Service y de los volúmenes únicos de Hit & Miss y True Love. Ya es mezcla, ya.


The Borgias (S2, Showtime)

Esta serie es, desde hace más de un año, la responsable de que las primaveras sean más calientes y alborotadas que de costumbre. Si a la primera temporada le costó un poco ajustar el tono, la segunda ha sido, de principio a fin, un torbellino de traiciones, excesos, peinados estrafalarios e intentos de asesinato de lo más culebronesco. Con una Lucrezia simplemente espectacular como centro del protagonismo y aprendiendo a pasos agigantados de su madre, Vanozza, la producción de Neil Jordan ha puesto en jaque los chanchullos del Papa Alejandro VI a la vez que ha ahondado en las complejas relaciones de sus hijos varones. Cesare ha demostrado ser el verdadero perro guardián de la familia, mientras que Juan ha caído en desgracia, aunque dando más risa que pena. ¿Y qué hay Micheletto? El fiel servidor de Cesare nos ha dejado los ojos como platos este año. El próximo abril, más.

Modern Family (S3, ABC)

Los 20 minutillos que dura cada episodio de Modern Family continúan siendo una de las apuestas seguras de la semana televisiva. Steven Levitan y Christopher Lloyd se han decidido a explotar al máximo el potencial de los Dunphy más allá de Phil y lo han extendido también a Claire y Hayley. Los ataques neuróticos de la primera y la limitación de coco de la segunda siempre apuntaron maneras, pero si lo combinamos con un poco de campaña electoral y la búsqueda de una universidad que esté dispuesta a recibirte, las risas están más que servidas. Cameron y Mitchell han tenido un papel no tan destacado si bien la nueva Lily interpretada por una niña un poco más crecida, ha dado episodios tan divertidos como el del 'fuck', y su trama en general han tomado un tono un poco agridulce (dentro de lo que permite la serie, claro) que contrasta con el sorpresón de Gloria.

Hit & Miss (Temporada única, Sky Atlantic)

La primera serie original producida por el canal 'premium' británico Sky Atlantic llegaba con un argumento 'terremoto':  Mia, una transexual metida a asesina en serie para pagarse la operación de cambio de sexo se encuentra con que tiene un hijo del que debe hacerse cargo junto con el resto de la prole que dejó su ex novia. ¿La actriz elegida para ponerse una protésis y  dar vida a esta bomba de relojería? Quién sino Chloe Sevigny, una de las mujeres del mormón de  Big Love y, sobre todo icono de estilo y actriz curtidísima en retos de lo más variados (¿hablamos de la felación real a Vincent Gallo en Brown Bunny, de Boys Don't Cry o de Kids?). ¿El responsable? Paul Abbott, otro especialista pero en mostrar familias de lo más disfuncional (Shameless) o en crear thriller políticos de renombre (State of Play). A pesar de que su final está muy lejos de saber a final, y que la noticia de su no renovación cogió con el pie cambiado a muchos, Hit & Miss es una de las ficciones imprescindibles del año: capaz de encapsular en seis capítulos un argumento fresco, momentos de auténtica crudeza visual y emocional y, como ya viene siendo habitual en las islas, una exhibición de actores infantiles fuera de lo común. Jorden Bennie, el pequeño que interpreta a Ryan, el hijo biológico de Mia, clava todas y cada una de sus escenas.




Boardwalk Empire (S2, HBO)

Nucky Thompson y compañía dejaron de titubear en su segunda temporada, donde se resuelve sin contemplaciones uno de los grandes dilemas del protagonista: ser o no ser un gángster completo. Si la primera entrega ya anunciaba que el advenedizo Jimmy Darmody le podía dar más de un quebradero de cabeza a su mentor, Nucky, la historia ahora no pierde tiempo en situar al espectador y se abandona a su propio ritmo, dejando claro qué es lo más importante antes de dar un giro copernicano que muy pocas series se pueden permiten y, menos, cuando no llevan tantos años en parrilla. Con todo, la obra de Terrence Winter continua padeciendo de un excesivo afán de abarcarlo todo, produciendo personajes de cuota como esporas, y creando menos calor que el iceberg del Titanic. Más o menos, lo mismo que comenté el pasado agosto en el podcast de Yo disparé a JR.

Lip Service (S2, BBC3)

Lo que podría haber sido un buen ejemplo de ficción a la que perder la mitad de los protagonistas y sustituirlos por otros le sienta de maravilla acabó peor que todos sus aciertos juntos. Ciertamente hay pocos creadores capaces de ser tan bipolares en tan sólo seis capítulos, pero es lo que ha conseguido Harriet Braun en su drama lésbico ambientado en Glasgow (Escocia). Lástima que los ratings irrosorios fueran comparsa de la tragedia forzada y de las pérdidas de tiempo monumentales, y hayan condenado a personajes tan interesantes como Lexy, Tess y Sadie. Este grupo dejó claro que el tono de la serie funcionaba mucho mejor cuando se inclinaba más hacia la dramedia ligera del típico piso compartido que a historias con acosadores y triángulos amorosos metidos con calzador para darle cancha a personajes que ya no tenian nada que hacer en la serie (no todos los showrunners son tan eficientes en este sentido como Shonda Rhimes). Cancelada, y con razón, a pesar de quedarse con uno de los finales más cabritos que he visto últimamente.

True Love (Temporada única, BBC)

Es raro que yo hable mal de la Beeb en un mismo post, pero cuando toca, toca. Un concepto que llamaba la atención, el de una serie basada en la improvisación de sus actores, y un reparto encabezado por David Tennant y su 'companion' Billie Piper tenía que ser catado sí o sí. Aunque sea por ver el reencuentro whoviano, que al final no fue tal por que ambos participaban en historias distintas dentro de las cinco independientes, una por episodio, que formaban la serie. Pero tras haber asistido a la disección del amor que presenta en la costera población inglesa de Margate, la nostalgia no es factor suficiente para recomendarla. La historias son un dechado de lugares comunes y se acaban antes de empezar a mostrar el conflicto que acarrean las acciones de sus personajes, quizás lastradas por una media hora de duración que se queda corta para recoger temas complejos y. menos, si gran parte del metraje se rellena con canciones. Así improvisa cualquiera.

martes, 25 de septiembre de 2012

Weeds, adiós a la MILF

Pequeños spoilers de la series finale de Weeds.

Parecía que el día no iba a llegar nunca. Desde hace mucho tiempo Weeds amagaba con poner punto y final a las andanzas de Nancy Botwin (Mary-Louise Parker) y familia, pero temporada a temporada la serie emulaba a su protagonista y sobrevivía por los pelos a algunos de los giros de guión  más extravagantes de la última década catódica. El problema es que tanta locura dejó de tener el sentido suficiente para seguir justificando su uso reiterado por parte de Jenji Kohan y su equipo de guionistas. Así, los seguidores más fieles acabamos aguantando nada menos que cuatro años de travesía por el desierto, con espejismos que nos ilusionaban con la época dorada de uno de los buques insignia del canal Showtine para después vernos rodeados por la misma arena de siempre, la de una mediocridad que se había instalado en la serie desde la cuarta temporada.

Porque desde el momento en que los Botwin cruzando la frontera con México, todo se descontroló de tal forma que luego llegaron los embarazos salvadores, los palos de criquet, y los atentados fallidos (ésos que no consiguieron levantar un séptimo volumen tan olvidable que ni me molesté en reseñarlo), con la única excepción de la detención de Nancy en el aeropuerto tras una emocionante sexta etapa a la fuga por Estados Unidos. Pero fue el tiro en la cabeza, no la cárcel, el que nos puso en ruta definitiva para despedir a la serie y ver, por fin, si Nancy se decidía a aprender de los errores garrafales que ha ido cometiendo a lo largo de estos ocho años. Errores como madre y matriarca de clan, principalmente.

Lo que empezó como una forma de dar de comer a su familia después de la muerte de su marido, poco a poco se fue revelando como una droga para Nancy, aunque ella no fuera una adicta a la marihuana que vendía. El mono de vivir al límite, de proponerse el más difícil todavía, el mono de la ambición por controlarlo todo que Nancy puso tantas veces pmor delante de sus hijos, cuñado, hermana y amigos, cómplices de alguna manera con el delirio egoísta de la propia señora Botwin. Nancy, en el fondo, no podía vivir sin Andy (Justin Kirk), Silas (Hunter Parrish), Shane (Alexander Gould) y Stevie (es decir, los únicos hombres que no habían muerto por estar a su lado), pero es que tampoco éstos podían vivir sin ella... hasta que vieron que sí podían a cambio de llevar a cuestas años de reproches ahogados. Irónicamente se podría decir lo mismo de los que acabamos siguiendo la serie por pura inercia, siendo conscientes de la decepción, pero de alguna forma esperanzados con que la serie iba a cambiar del mismo modo que la protagonista.

Si hay una forma de definir este volumen final de Weeds es la de 'temporada del castigo'. En una ficción en la que, en términos narrativos, no existía esa "brújula moral" a la que se refiere Nahum, los doce últimos han contribuido para que sí se materializara esa presencia. Por primera vez toda la tarea de juzgar no recaía en el espectador,  a merced hasta entonces de una escritura pensada para que los personajes se retrataran a sí mismos en sus excesos y temeridades, sin una guía implícita de lo que era bueno o malo. Pero, como he dicho, un recurso redentor tan cliché como el del tiro a la cabeza por parte de Tim el hijo del difunto Peter Scottson (uno de los cuatro maridos de la protagonista)  ha sido suficiente para que algo se asiente en la conciencia de Nancy. Así, todos estos capítulos han apuntado hacia una búsqueda de la paz consigo misma y con su familia en la que vimos cómo Nancy renunciaba al contrabando para luego volver por la vía legal; cómo decidía dedicar el tiempo a Stevie que no pudo dedicar a Silas o a Shane;  cómo tenía un 'heart-to-heart' con su hermana, Jill; y cómo todo eso le acababa explotando en la cara a pesar de sus esfuerzos, incluido ese escurridizo polvo de consolación con Andy para darle un poco de lo que siempre había deseado, justo cuando Nancy veía que su cuñado se estaba escapando de su vera en la misma acera en la que Judah Botwin tuvo el infarto que lo dejó en el sitio.

Las heridas en cada uno de los casos eran demasiado profundas y la solución llegaba demasiado tarde como para que las cosas sanaran sin otra consecuencia que no fuera alejarse del origen de todos los males. Sólo pudimos ver ese logro de la independencia en Andy antes de dar un salto de ocho años hacia adelante para comprobar qué había sido del resto, que también habían abierto caminos lejos de la matriarca, una Nancy había llegado a donde siempre había soñado, pero más sola que la una, con la única compañía de su hijo Stevie,  y acosada (ahora sí) por los remordimientos. De Shane ya se sabía que no podía acabar en nada conviertiéndose en pupilo el inspector borracho, y de los dos hermanos originales era el que más próximo se había mostrado con su madre, mientras que Silas siempre le echó en cara su negligencia y sus mentiras. La temporada ha dado grandes momentos entre el hijo mayor y Nancy, en lo que parecía el acercamient definitivo, hasta que el viejo amor adolescente de Silas, la sorda Megan, arrastró al rubio y a la hija de ambos fuera de la órbita de la abuela.



La temporada, además de darle un poco de su medicina a la protagonista, también ha supuesto una vuelta a los orígenes. Los títulos de crédito recuperaban a los 'Little Boxes' y se estilizaban para contarnos el viaje  de los Botwin desde Agrestic, pasando por Ren Mar, Tijuana, Nueva York y  Pittsburg para acabar otra vez en Regrestic (aka Agrestic) en donde empezaron a reaparecer algunos de los grandes personajes de la serie que después se reunieron en el Bar Mitzvah de Stevie. Todos, salvo Celia Hodes, uno de los pilares de las primeras entregas, injustamente ignorado en el epílogo cuando hemos tenido que  aguantar temporadas enteras con Doug de prestado y ocupando espacio.

 'It's Time' fue el autoconsciente título de la doble series finale. A Jenji Kohan y a Showtime se le acabó el crédito con Weeds, pero siguieron produciendo temporadas contranatura, del mismo modo que Nancy Botwin  huía sin darse la vuelta y mirar lo que había dejado sembrado o quemado, pero ya está. La montaña rusa ha parado y, al menos, lo ha hecho siendo fiel a sus propia atmósfera, dejándonos para el recuerdo la imagen de Nancy rodeada por sus hombres. A pesar de todo, como había sido siempre.

martes, 11 de septiembre de 2012

True Blood 5, una reseña en 2x

Si quieres ahorrarte ver la quinta temporada de True Blood, échale un vistazo a la entrada.

"Todo es más fácil si te gusta lo que haces". Sí, y no. A mí me encanta escribir, escribir sobre series concretamente, pero eso no quita que, a veces, la tarea de hacer una reseña se alargue días y días porque aquello que has visto no te ha convencido y  no quieres que tu blog parezca el diario de un troll acabado de salir de la mazmorra. En contraste con esa corriente que defiende que es más sencillo elaborar una crítica negativa que positiva, a mí me resulta muy difícil encontrar las palabras y tono cuando una ficción se encuentra por debajo de unos mínimos deseables. Por ejemplo, y para que se vea que ninguna producción por loca que sea  está libre de unos ciertas estándares, el nivel de exigencia que se le pide a True Blood no es de los más duros y aun así la decepción de su quinta temporada ha sido mayúscula.  ¿Cómo una serie de la que sólo se espera que sea una bacanal continua al amparo del abrigo de la HBO puede resultar tan aburridazzzzz?

El subidón con 'Anchounia' de Bon Temps, que había dejado a punto de caramelo el regreso de Russell Edgington en lo que prometía una espiral de sinsentidos este año, se ha quedado en la nada. Empezando por el propio Russell, mera caricatura de sí mismo, diluido en una trama 'seria' que pretendía volver a los fueros la primera temporada de la serie donde la dialéctica vampírico-social estaba más presente. Hasta ahora, nunca se había tocado en profundidad los dimes y diretes de la ubicua Autoridad Vampírica, en la que se ha visto que hay dos facciones muy diferenciadas: los 'sangüinistas', o fanáticos adoradores de Lilith (la primera mujer de Adán, al que dejó tirado para irse con los demonios del Mar Rojo, y que aquí es la Diosa Vampira que camina en pelota picada y bañada en sangre) que ven a la humanidad como alimento; y los proconvivencia con los humanos.

Así puesto suena todo muy bonito, pero nada más lejos de la realidad. Una historia que podría haberse solucionado en la primera mitad de la temporada se ha alargado a conciencia para lanzar un órdago con Billith, la unión de Bill y Lilith, con la que viene a completarse la caída al lado oscuro de Compton. Una villanización que, si contamos su papel como Rey en la cuarta entreg,a ha durado dos largos años por obra y gracia de los capítulos y episodios de relleno que, esta vez, han superado el récord: a excepción de los dos últimos, los diez son desechos de vampiro dignos de ser procesados a doble velocidad o en 'recaps'.

Alan Ball se ha convertido en un experto en retrasar el clímax de sus relatos de la peor forma posible que consiste en sumar tramas poco interesantes protagonizadas por personajes soporíferos de la clase Sam o Terry. No sé si mi subconsciente ejerció de adivino el año pasado con vistas a éste (o de si hice un 'timey wimey' sin enterarme), pero no pretendo perder más tiempo escribiendo esta entrada del que realmente pasé viendo la serie, así que me limitaré a autorresponder a las mismas preguntas que planteé en su día:

  • ¿Cómo la liará Russell? - Para lo que hizo, mejor que lo hubieran matado del todo en su momento.
  • ¿El lobo acabará con el linaje de Merlotte's de una vez por todas y, lo que es peor, Sookie podría heredar la gerencia del bar y llevarlo a la ruina por negligencia? - Esto hubiera sido mucho más divertido que todos los episodios juntos, lástima que Anna Paquin estuviera embarazada en el momento del rodaje y su participación estuviera un poco limitada. Lo aceptemos o no, ella es el alma de la serie. Se ha notado mucho.
  • ¿Sookie será "inteligente" y se irá a que la huela Alcide? - Casi, casi. Ya se encargaró Eric de quitarle al lobo las ganas de Sookie.
  • ¿Veremos a Jason de vampiro? - Otro casi, aunque ya se podría haber salido de la serie como hizo Hoyt y dejar de dar la vara. Ni cumplió con la cuota de carne necesaria (hasta eso ha estado por los suelos esta temporada), y su historia con Jessica me sigue pareciendo un error más que un acierto. Sobra ahora mismo.
  • ¿Tara muere de verdad o vendrá sufriendo también como chupóptera? ¿O se atreverán a abrir la veda de los zombis con ella? - Tara como hija vampira/rollete de Pam ha sido lo mejor contra todo pronóstico.
  • ¿Morirá el personaje de Scott Foley en el primer episodio? - Scott Foley y los traumas de Terry. Creo que está dicho todo. Confieso que me salté esas partes como cuando quito la parte pocha de las patatas.
  • ¿Se creará un ejército de hados descendiente del sheriff Andy que permita por fin ver a hadas más de cinco minutos? - Un poco de todo. Lo del ejército está por ver.
  • ¿Seguirá diciendo Pam aquello de 'fucking Sookie'? Seguro. - Pam nunca falla. 

No fueron ni una ni dos las veces que dije que iba a abandonar la serie durante estos últimos episodios, pero he de reconocer que me tienta la nueva sangre de Billith y que, dentro de lo malo, Ball hizo que el contador de subtramas innecesarias esté de nuevo a cero para (quiero pensar que es así) dar paso a un nuevo orden en True Blood.