Decir que True Blood es un drama es uno de los mejores chistes que se puede contar últimamente, porque lo que es drama-drama poco tiene viendo su memorable colección de WTF cómicos. Pero da la casualidad de que la serie tiene que ser encajada en alguna categoría para que el torso desnudo de Alexander Skarsgard y los pechos de la Paquin opten a premio, así que, ya que estamos, vamos a aprovechar su duración de casi una hora para colocarla en el lugar de la reflexión profunda y la lágrima. Desde luego, quien se acerque por primera vez a la serie de Alan Ball se llevará una sorpresa si sólo se fía de lo que digan las listas de los Emmys aunque, en general, el verdadero Belcebú en estas historias de falsas expectativas es el márketing de los estudios y cadenas. Que hoy se lo digan a The Borgias.
Estrenada esta midseason por el canal Showtime, fue vendida como un drama centrado en los chanchullos que se traía la famosa familia de origen valenciano en el Vaticano. Todo muy al estilo de The Tudors, el drama con tintes culebronescos que el canal mantuvo cuatro temporadas en antena. Comenté que su doble piloto adolecía de falta de ritmo, y lo cierto, es que hasta el cuarto capítulo las intrigas del papa Borgia y su prole fracasaban a la hora de entretener. En parte, esto se debió a que el personaje más destacado seguía siendo el pontífice interpretado por un Jeremy Irons muy comedido, que contaba con una línea argumental sin la suficiente solidez, mientras que sus hijos tampoco mostraban nada especial que aportar al conjunto de drama. Y en la cima de todo esto se encuentran esas incómodas patadas a los libros de Historia y al origen de la casa Borgia por parte de los guionistas (no sé hasta qué punto la obra de Mario Puzo en que se basa la serie tiene que ver con esto. No la he leído).
Pero todo da un giro de 180 grados en cuanto se hincha el protagonismo de Cesare, Juan, Gioffre y, muy especialmente, de la "dulce" Lucrezia Borgia, que se convierte en la reina absoluta del baile. Si su contribución como personajes dramáticos era cero, su maestría para lo escatológico quedó más que demostrada. Con ellos The Borgias se destapó como lo que es: un dispiporre situado en el Quattrocento, en el que el exceso y la incorrección política funciona como la única tarjeta de presentación y la Historia es una prostituta al servicio del guión. Las historias en las que se embarcan los hijos de Alejandro VI y cómo están ejecutadas recuerdan a una opereta de vodevil, pero cómo enganchan las malditas. Las carcajadas que arrancan unos diálogos y escenas totalmente alucinadas como ése intento de seducción de Lucrezia en los establos... ¡Jugando a palmas! "¿Neil Jordan tiene un límite?" es la pregunta más recurrida desde 'The Borgias in love' (1x05) hasta la finale 'Nessuno' (1x09). No es exageración.
Los personajes secundarios funcionaron como otro de los grandes agitadores de la temporada, empezando por el asesino Micheletto, una presencia misteriosa a la que siempre acompaña una sombra de desconfianza pese su lealtad declarada a Cesare. Sin embargo, ya que la serie había entrado en una espiral de desverguenza muy clara, otros tipos clamaban por su trozo también. Ahí estan Giovanni Sforza (Ronan Vibert), puesto como un malo malísimo con menos luces que un zulo; Alfonso de Nápoles (Augustus Prew), una locaza heredera de un padre ahora decrépito, otrora sanguinario; Sancha de Nápoles, una ninfómana; el rey Carlos VII de Francia (Michel Muller), un borrachín; y Ursula Bonadeo (Ruta Gedmintas), una que va de pía y las mata callando. Eso, por citar los más importantes, porque todavía hay piezas que faltan para completar este cuadro de serie.
En la mejor tradición del "nunca juzgues un libro por su portada", The Borgias parece lo que no es. Sí, cuenta con unos medios técnicos y una producción de lujo en las antípodas de la calidad de su historia, aunque se notan sus pasos autoconscientes hacia el rumbo que quiere tomar y, con ello, ya ha expresado su deseo acerca de cómo debe ser percebida por los espectadores. La próxima privamera y pasado el trago del debut, sabremos a qué aternernos con lo que pase en el Vaticano tal y como lo hacemos los que veraneamos a la vera de los vampiros de Bon Temps.





