Seguramente os habéis encontrado en una situación en la que abrís la
nevera y veís que hay varios productos (casi siempre, fruta y verdura)
que se están pasando de fecha, porque no os ha dado la gana de
cocinarlos, pero que todavía son rescatables. Pues bien, he estado
repasando mi lista de blogueos pendientes de la pasada temporada y se me
ha ocurrido hacer un mejunje parecido a las frittatas
que hago de vez en cuando, antes de empiece a olvidarme de sus
argumentos, personajes y estrellas invitadas (Ok, no, puede que no
llegue a tanto...). ¿Los ingredientes? Todo lo que he podido pillar de
la segunda entrega de The Borgias, la tercera de Modern Family, la segunda de Boardwalk Empire, la segunda de Lip Service y de los volúmenes únicos de Hit & Miss y True Love. Ya es mezcla, ya.
The Borgias (S2, Showtime)
Esta serie es, desde hace más de un año, la responsable de que las
primaveras sean más calientes y alborotadas que de costumbre. Si a la
primera temporada le costó un poco ajustar el tono, la segunda ha sido,
de principio a fin, un torbellino de traiciones, excesos, peinados
estrafalarios e intentos de asesinato de lo más culebronesco. Con una
Lucrezia simplemente espectacular como centro del protagonismo y
aprendiendo a pasos agigantados de su madre, Vanozza, la producción de
Neil Jordan ha puesto en jaque los chanchullos del Papa Alejandro VI a
la vez que ha ahondado en las complejas relaciones de sus hijos varones.
Cesare ha demostrado ser el verdadero perro guardián de la familia,
mientras que Juan ha caído en desgracia, aunque dando más risa que pena.
¿Y qué hay Micheletto? El fiel servidor de Cesare nos ha dejado los
ojos como platos este año. El próximo abril, más.
Modern Family (S3, ABC)
Los 20 minutillos que dura cada episodio de Modern Family
continúan siendo una de las apuestas seguras de la semana televisiva.
Steven Levitan y Christopher Lloyd se han decidido a explotar al máximo
el potencial de los Dunphy más allá de Phil y lo han extendido también a
Claire y Hayley. Los ataques neuróticos de la primera y la limitación
de coco de la segunda siempre apuntaron maneras, pero si lo combinamos
con un poco de campaña electoral y la búsqueda de una universidad que
esté dispuesta a recibirte, las risas están más que servidas. Cameron y
Mitchell han tenido un papel no tan destacado si bien la nueva Lily
interpretada por una niña un poco más crecida, ha dado episodios tan
divertidos como el del 'fuck', y su trama en general han tomado un tono
un poco agridulce (dentro de lo que permite la serie, claro) que
contrasta con el sorpresón de Gloria.
Hit & Miss (Temporada única, Sky Atlantic)
La primera serie original producida por el canal 'premium' británico Sky Atlantic llegaba con un argumento 'terremoto': Mia,
una transexual metida a asesina en serie para pagarse la operación de
cambio de sexo se encuentra con que tiene un hijo del que debe hacerse
cargo junto con el resto de la prole que dejó su ex novia. ¿La actriz
elegida para ponerse una protésis y dar vida a esta bomba de relojería?
Quién sino Chloe Sevigny, una de las mujeres del mormón de Big Love y, sobre todo icono de estilo y actriz curtidísima en retos de lo más variados (¿hablamos de la felación real a Vincent Gallo en Brown Bunny, de Boys Don't Cry o de Kids?). ¿El responsable? Paul Abbott, otro especialista pero en mostrar familias de lo más disfuncional (Shameless) o en crear thriller políticos de renombre (State of Play).
A pesar de que su final está muy lejos de saber a final, y que la
noticia de su no renovación cogió con el pie cambiado a muchos, Hit & Miss
es una de las ficciones imprescindibles del año: capaz de encapsular en
seis capítulos un argumento fresco, momentos de auténtica crudeza
visual y emocional y, como ya viene siendo habitual en las islas, una
exhibición de actores infantiles fuera de lo común. Jorden Bennie, el
pequeño que interpreta a Ryan, el hijo biológico de Mia, clava todas y
cada una de sus escenas.
Boardwalk Empire (S2, HBO)
Nucky
Thompson y compañía dejaron de titubear en su segunda temporada, donde
se resuelve sin contemplaciones uno de los grandes dilemas del
protagonista: ser o no ser un gángster completo. Si la primera entrega
ya anunciaba que el advenedizo Jimmy Darmody le podía dar más de un
quebradero de cabeza a su mentor, Nucky, la historia ahora no pierde
tiempo en situar al espectador y se abandona a su propio ritmo, dejando
claro qué es lo más importante antes de dar un giro copernicano que muy
pocas series se pueden permiten y, menos, cuando no llevan tantos años
en parrilla. Con todo, la obra de Terrence Winter continua padeciendo de
un excesivo afán de abarcarlo todo, produciendo personajes de cuota
como esporas, y creando menos calor que el iceberg del Titanic. Más o
menos, lo mismo que comenté el pasado agosto en el podcast de Yo disparé a JR.
Lip Service (S2, BBC3)
Lo
que podría haber sido un buen ejemplo de ficción a la que perder la
mitad de los protagonistas y sustituirlos por otros le sienta de maravilla
acabó peor que todos sus aciertos juntos. Ciertamente hay pocos
creadores capaces de ser tan bipolares en tan sólo seis capítulos, pero
es lo que ha conseguido Harriet Braun en su drama lésbico ambientado en
Glasgow (Escocia). Lástima que los ratings irrosorios fueran comparsa de
la tragedia forzada y de las pérdidas de tiempo monumentales, y hayan
condenado a personajes tan interesantes como Lexy, Tess y Sadie. Este
grupo dejó claro que el tono de la serie funcionaba mucho mejor cuando se
inclinaba más hacia la dramedia ligera del típico piso compartido que a
historias con acosadores y triángulos amorosos metidos con calzador
para darle cancha a personajes que ya no tenian nada que hacer en la
serie (no todos los showrunners son tan eficientes en este sentido como
Shonda Rhimes). Cancelada, y con razón, a pesar de quedarse con uno de los
finales más cabritos que he visto últimamente.
True Love (Temporada única, BBC)
Es raro que yo hable mal de la Beeb en un mismo post, pero cuando toca, toca. Un concepto que llamaba la atención, el de una serie basada en la improvisación de sus actores, y un reparto encabezado por David Tennant y su 'companion' Billie Piper tenía que ser catado sí o sí.
Aunque sea por ver el reencuentro whoviano, que al final no fue tal por
que ambos participaban en historias distintas dentro de las cinco
independientes, una por episodio, que formaban la serie. Pero tras haber
asistido a la disección del amor que presenta en la costera población
inglesa de Margate, la nostalgia no es factor suficiente para
recomendarla. La historias son un dechado de lugares comunes y se acaban
antes de empezar a mostrar el conflicto que acarrean las acciones de
sus personajes, quizás lastradas por una media hora de duración que se
queda corta para recoger temas complejos y. menos, si gran parte del metraje se rellena con canciones. Así improvisa cualquiera.
lunes, 8 de octubre de 2012
martes, 25 de septiembre de 2012
Weeds, adiós a la MILF
Pequeños spoilers de la series finale de Weeds.
Parecía que el día no iba a llegar nunca. Desde hace mucho tiempo Weeds amagaba con poner punto y final a las andanzas de Nancy Botwin (Mary-Louise Parker) y familia, pero temporada a temporada la serie emulaba a su protagonista y sobrevivía por los pelos a algunos de los giros de guión más extravagantes de la última década catódica. El problema es que tanta locura dejó de tener el sentido suficiente para seguir justificando su uso reiterado por parte de Jenji Kohan y su equipo de guionistas. Así, los seguidores más fieles acabamos aguantando nada menos que cuatro años de travesía por el desierto, con espejismos que nos ilusionaban con la época dorada de uno de los buques insignia del canal Showtine para después vernos rodeados por la misma arena de siempre, la de una mediocridad que se había instalado en la serie desde la cuarta temporada.
Porque desde el momento en que los Botwin cruzando la frontera con México, todo se descontroló de tal forma que luego llegaron los embarazos salvadores, los palos de criquet, y los atentados fallidos (ésos que no consiguieron levantar un séptimo volumen tan olvidable que ni me molesté en reseñarlo), con la única excepción de la detención de Nancy en el aeropuerto tras una emocionante sexta etapa a la fuga por Estados Unidos. Pero fue el tiro en la cabeza, no la cárcel, el que nos puso en ruta definitiva para despedir a la serie y ver, por fin, si Nancy se decidía a aprender de los errores garrafales que ha ido cometiendo a lo largo de estos ocho años. Errores como madre y matriarca de clan, principalmente.
Lo que empezó como una forma de dar de comer a su familia después de la muerte de su marido, poco a poco se fue revelando como una droga para Nancy, aunque ella no fuera una adicta a la marihuana que vendía. El mono de vivir al límite, de proponerse el más difícil todavía, el mono de la ambición por controlarlo todo que Nancy puso tantas veces pmor delante de sus hijos, cuñado, hermana y amigos, cómplices de alguna manera con el delirio egoísta de la propia señora Botwin. Nancy, en el fondo, no podía vivir sin Andy (Justin Kirk), Silas (Hunter Parrish), Shane (Alexander Gould) y Stevie (es decir, los únicos hombres que no habían muerto por estar a su lado), pero es que tampoco éstos podían vivir sin ella... hasta que vieron que sí podían a cambio de llevar a cuestas años de reproches ahogados. Irónicamente se podría decir lo mismo de los que acabamos siguiendo la serie por pura inercia, siendo conscientes de la decepción, pero de alguna forma esperanzados con que la serie iba a cambiar del mismo modo que la protagonista.
Si hay una forma de definir este volumen final de Weeds es la de 'temporada del castigo'. En una ficción en la que, en términos narrativos, no existía esa "brújula moral" a la que se refiere Nahum, los doce últimos han contribuido para que sí se materializara esa presencia. Por primera vez toda la tarea de juzgar no recaía en el espectador, a merced hasta entonces de una escritura pensada para que los personajes se retrataran a sí mismos en sus excesos y temeridades, sin una guía implícita de lo que era bueno o malo. Pero, como he dicho, un recurso redentor tan cliché como el del tiro a la cabeza por parte de Tim el hijo del difunto Peter Scottson (uno de los cuatro maridos de la protagonista) ha sido suficiente para que algo se asiente en la conciencia de Nancy. Así, todos estos capítulos han apuntado hacia una búsqueda de la paz consigo misma y con su familia en la que vimos cómo Nancy renunciaba al contrabando para luego volver por la vía legal; cómo decidía dedicar el tiempo a Stevie que no pudo dedicar a Silas o a Shane; cómo tenía un 'heart-to-heart' con su hermana, Jill; y cómo todo eso le acababa explotando en la cara a pesar de sus esfuerzos, incluido ese escurridizo polvo de consolación con Andy para darle un poco de lo que siempre había deseado, justo cuando Nancy veía que su cuñado se estaba escapando de su vera en la misma acera en la que Judah Botwin tuvo el infarto que lo dejó en el sitio.
Las heridas en cada uno de los casos eran demasiado profundas y la solución llegaba demasiado tarde como para que las cosas sanaran sin otra consecuencia que no fuera alejarse del origen de todos los males. Sólo pudimos ver ese logro de la independencia en Andy antes de dar un salto de ocho años hacia adelante para comprobar qué había sido del resto, que también habían abierto caminos lejos de la matriarca, una Nancy había llegado a donde siempre había soñado, pero más sola que la una, con la única compañía de su hijo Stevie, y acosada (ahora sí) por los remordimientos. De Shane ya se sabía que no podía acabar en nada conviertiéndose en pupilo el inspector borracho, y de los dos hermanos originales era el que más próximo se había mostrado con su madre, mientras que Silas siempre le echó en cara su negligencia y sus mentiras. La temporada ha dado grandes momentos entre el hijo mayor y Nancy, en lo que parecía el acercamient definitivo, hasta que el viejo amor adolescente de Silas, la sorda Megan, arrastró al rubio y a la hija de ambos fuera de la órbita de la abuela.
La temporada, además de darle un poco de su medicina a la protagonista, también ha supuesto una vuelta a los orígenes. Los títulos de crédito recuperaban a los 'Little Boxes' y se estilizaban para contarnos el viaje de los Botwin desde Agrestic, pasando por Ren Mar, Tijuana, Nueva York y Pittsburg para acabar otra vez en Regrestic (aka Agrestic) en donde empezaron a reaparecer algunos de los grandes personajes de la serie que después se reunieron en el Bar Mitzvah de Stevie. Todos, salvo Celia Hodes, uno de los pilares de las primeras entregas, injustamente ignorado en el epílogo cuando hemos tenido que aguantar temporadas enteras con Doug de prestado y ocupando espacio.
'It's Time' fue el autoconsciente título de la doble series finale. A Jenji Kohan y a Showtime se le acabó el crédito con Weeds, pero siguieron produciendo temporadas contranatura, del mismo modo que Nancy Botwin huía sin darse la vuelta y mirar lo que había dejado sembrado o quemado, pero ya está. La montaña rusa ha parado y, al menos, lo ha hecho siendo fiel a sus propia atmósfera, dejándonos para el recuerdo la imagen de Nancy rodeada por sus hombres. A pesar de todo, como había sido siempre.
Parecía que el día no iba a llegar nunca. Desde hace mucho tiempo Weeds amagaba con poner punto y final a las andanzas de Nancy Botwin (Mary-Louise Parker) y familia, pero temporada a temporada la serie emulaba a su protagonista y sobrevivía por los pelos a algunos de los giros de guión más extravagantes de la última década catódica. El problema es que tanta locura dejó de tener el sentido suficiente para seguir justificando su uso reiterado por parte de Jenji Kohan y su equipo de guionistas. Así, los seguidores más fieles acabamos aguantando nada menos que cuatro años de travesía por el desierto, con espejismos que nos ilusionaban con la época dorada de uno de los buques insignia del canal Showtine para después vernos rodeados por la misma arena de siempre, la de una mediocridad que se había instalado en la serie desde la cuarta temporada.
Porque desde el momento en que los Botwin cruzando la frontera con México, todo se descontroló de tal forma que luego llegaron los embarazos salvadores, los palos de criquet, y los atentados fallidos (ésos que no consiguieron levantar un séptimo volumen tan olvidable que ni me molesté en reseñarlo), con la única excepción de la detención de Nancy en el aeropuerto tras una emocionante sexta etapa a la fuga por Estados Unidos. Pero fue el tiro en la cabeza, no la cárcel, el que nos puso en ruta definitiva para despedir a la serie y ver, por fin, si Nancy se decidía a aprender de los errores garrafales que ha ido cometiendo a lo largo de estos ocho años. Errores como madre y matriarca de clan, principalmente.
Lo que empezó como una forma de dar de comer a su familia después de la muerte de su marido, poco a poco se fue revelando como una droga para Nancy, aunque ella no fuera una adicta a la marihuana que vendía. El mono de vivir al límite, de proponerse el más difícil todavía, el mono de la ambición por controlarlo todo que Nancy puso tantas veces pmor delante de sus hijos, cuñado, hermana y amigos, cómplices de alguna manera con el delirio egoísta de la propia señora Botwin. Nancy, en el fondo, no podía vivir sin Andy (Justin Kirk), Silas (Hunter Parrish), Shane (Alexander Gould) y Stevie (es decir, los únicos hombres que no habían muerto por estar a su lado), pero es que tampoco éstos podían vivir sin ella... hasta que vieron que sí podían a cambio de llevar a cuestas años de reproches ahogados. Irónicamente se podría decir lo mismo de los que acabamos siguiendo la serie por pura inercia, siendo conscientes de la decepción, pero de alguna forma esperanzados con que la serie iba a cambiar del mismo modo que la protagonista.
Si hay una forma de definir este volumen final de Weeds es la de 'temporada del castigo'. En una ficción en la que, en términos narrativos, no existía esa "brújula moral" a la que se refiere Nahum, los doce últimos han contribuido para que sí se materializara esa presencia. Por primera vez toda la tarea de juzgar no recaía en el espectador, a merced hasta entonces de una escritura pensada para que los personajes se retrataran a sí mismos en sus excesos y temeridades, sin una guía implícita de lo que era bueno o malo. Pero, como he dicho, un recurso redentor tan cliché como el del tiro a la cabeza por parte de Tim el hijo del difunto Peter Scottson (uno de los cuatro maridos de la protagonista) ha sido suficiente para que algo se asiente en la conciencia de Nancy. Así, todos estos capítulos han apuntado hacia una búsqueda de la paz consigo misma y con su familia en la que vimos cómo Nancy renunciaba al contrabando para luego volver por la vía legal; cómo decidía dedicar el tiempo a Stevie que no pudo dedicar a Silas o a Shane; cómo tenía un 'heart-to-heart' con su hermana, Jill; y cómo todo eso le acababa explotando en la cara a pesar de sus esfuerzos, incluido ese escurridizo polvo de consolación con Andy para darle un poco de lo que siempre había deseado, justo cuando Nancy veía que su cuñado se estaba escapando de su vera en la misma acera en la que Judah Botwin tuvo el infarto que lo dejó en el sitio.
Las heridas en cada uno de los casos eran demasiado profundas y la solución llegaba demasiado tarde como para que las cosas sanaran sin otra consecuencia que no fuera alejarse del origen de todos los males. Sólo pudimos ver ese logro de la independencia en Andy antes de dar un salto de ocho años hacia adelante para comprobar qué había sido del resto, que también habían abierto caminos lejos de la matriarca, una Nancy había llegado a donde siempre había soñado, pero más sola que la una, con la única compañía de su hijo Stevie, y acosada (ahora sí) por los remordimientos. De Shane ya se sabía que no podía acabar en nada conviertiéndose en pupilo el inspector borracho, y de los dos hermanos originales era el que más próximo se había mostrado con su madre, mientras que Silas siempre le echó en cara su negligencia y sus mentiras. La temporada ha dado grandes momentos entre el hijo mayor y Nancy, en lo que parecía el acercamient definitivo, hasta que el viejo amor adolescente de Silas, la sorda Megan, arrastró al rubio y a la hija de ambos fuera de la órbita de la abuela.
La temporada, además de darle un poco de su medicina a la protagonista, también ha supuesto una vuelta a los orígenes. Los títulos de crédito recuperaban a los 'Little Boxes' y se estilizaban para contarnos el viaje de los Botwin desde Agrestic, pasando por Ren Mar, Tijuana, Nueva York y Pittsburg para acabar otra vez en Regrestic (aka Agrestic) en donde empezaron a reaparecer algunos de los grandes personajes de la serie que después se reunieron en el Bar Mitzvah de Stevie. Todos, salvo Celia Hodes, uno de los pilares de las primeras entregas, injustamente ignorado en el epílogo cuando hemos tenido que aguantar temporadas enteras con Doug de prestado y ocupando espacio.
'It's Time' fue el autoconsciente título de la doble series finale. A Jenji Kohan y a Showtime se le acabó el crédito con Weeds, pero siguieron produciendo temporadas contranatura, del mismo modo que Nancy Botwin huía sin darse la vuelta y mirar lo que había dejado sembrado o quemado, pero ya está. La montaña rusa ha parado y, al menos, lo ha hecho siendo fiel a sus propia atmósfera, dejándonos para el recuerdo la imagen de Nancy rodeada por sus hombres. A pesar de todo, como había sido siempre.
martes, 11 de septiembre de 2012
True Blood 5, una reseña en 2x
Si quieres ahorrarte ver la quinta temporada de True Blood, échale un vistazo a la entrada.
"Todo es más fácil si te gusta lo que haces". Sí, y no. A mí me encanta escribir, escribir sobre series concretamente, pero eso no quita que, a veces, la tarea de hacer una reseña se alargue días y días porque aquello que has visto no te ha convencido y no quieres que tu blog parezca el diario de un troll acabado de salir de la mazmorra. En contraste con esa corriente que defiende que es más sencillo elaborar una crítica negativa que positiva, a mí me resulta muy difícil encontrar las palabras y tono cuando una ficción se encuentra por debajo de unos mínimos deseables. Por ejemplo, y para que se vea que ninguna producción por loca que sea está libre de unos ciertas estándares, el nivel de exigencia que se le pide a True Blood no es de los más duros y aun así la decepción de su quinta temporada ha sido mayúscula. ¿Cómo una serie de la que sólo se espera que sea una bacanal continua al amparo del abrigo de la HBO puede resultar tan aburridazzzzz?
El subidón con 'Anchounia' de Bon Temps, que había dejado a punto de caramelo el regreso de Russell Edgington en lo que prometía una espiral de sinsentidos este año, se ha quedado en la nada. Empezando por el propio Russell, mera caricatura de sí mismo, diluido en una trama 'seria' que pretendía volver a los fueros la primera temporada de la serie donde la dialéctica vampírico-social estaba más presente. Hasta ahora, nunca se había tocado en profundidad los dimes y diretes de la ubicua Autoridad Vampírica, en la que se ha visto que hay dos facciones muy diferenciadas: los 'sangüinistas', o fanáticos adoradores de Lilith (la primera mujer de Adán, al que dejó tirado para irse con los demonios del Mar Rojo, y que aquí es la Diosa Vampira que camina en pelota picada y bañada en sangre) que ven a la humanidad como alimento; y los proconvivencia con los humanos.
Así puesto suena todo muy bonito, pero nada más lejos de la realidad. Una historia que podría haberse solucionado en la primera mitad de la temporada se ha alargado a conciencia para lanzar un órdago con Billith, la unión de Bill y Lilith, con la que viene a completarse la caída al lado oscuro de Compton. Una villanización que, si contamos su papel como Rey en la cuarta entreg,a ha durado dos largos años por obra y gracia de los capítulos y episodios de relleno que, esta vez, han superado el récord: a excepción de los dos últimos, los diez son desechos de vampiro dignos de ser procesados a doble velocidad o en 'recaps'.
Alan Ball se ha convertido en un experto en retrasar el clímax de sus relatos de la peor forma posible que consiste en sumar tramas poco interesantes protagonizadas por personajes soporíferos de la clase Sam o Terry. No sé si mi subconsciente ejerció de adivino el año pasado con vistas a éste (o de si hice un 'timey wimey' sin enterarme), pero no pretendo perder más tiempo escribiendo esta entrada del que realmente pasé viendo la serie, así que me limitaré a autorresponder a las mismas preguntas que planteé en su día:
No fueron ni una ni dos las veces que dije que iba a abandonar la serie durante estos últimos episodios, pero he de reconocer que me tienta la nueva sangre de Billith y que, dentro de lo malo, Ball hizo que el contador de subtramas innecesarias esté de nuevo a cero para (quiero pensar que es así) dar paso a un nuevo orden en True Blood.
"Todo es más fácil si te gusta lo que haces". Sí, y no. A mí me encanta escribir, escribir sobre series concretamente, pero eso no quita que, a veces, la tarea de hacer una reseña se alargue días y días porque aquello que has visto no te ha convencido y no quieres que tu blog parezca el diario de un troll acabado de salir de la mazmorra. En contraste con esa corriente que defiende que es más sencillo elaborar una crítica negativa que positiva, a mí me resulta muy difícil encontrar las palabras y tono cuando una ficción se encuentra por debajo de unos mínimos deseables. Por ejemplo, y para que se vea que ninguna producción por loca que sea está libre de unos ciertas estándares, el nivel de exigencia que se le pide a True Blood no es de los más duros y aun así la decepción de su quinta temporada ha sido mayúscula. ¿Cómo una serie de la que sólo se espera que sea una bacanal continua al amparo del abrigo de la HBO puede resultar tan aburridazzzzz?
El subidón con 'Anchounia' de Bon Temps, que había dejado a punto de caramelo el regreso de Russell Edgington en lo que prometía una espiral de sinsentidos este año, se ha quedado en la nada. Empezando por el propio Russell, mera caricatura de sí mismo, diluido en una trama 'seria' que pretendía volver a los fueros la primera temporada de la serie donde la dialéctica vampírico-social estaba más presente. Hasta ahora, nunca se había tocado en profundidad los dimes y diretes de la ubicua Autoridad Vampírica, en la que se ha visto que hay dos facciones muy diferenciadas: los 'sangüinistas', o fanáticos adoradores de Lilith (la primera mujer de Adán, al que dejó tirado para irse con los demonios del Mar Rojo, y que aquí es la Diosa Vampira que camina en pelota picada y bañada en sangre) que ven a la humanidad como alimento; y los proconvivencia con los humanos.
Así puesto suena todo muy bonito, pero nada más lejos de la realidad. Una historia que podría haberse solucionado en la primera mitad de la temporada se ha alargado a conciencia para lanzar un órdago con Billith, la unión de Bill y Lilith, con la que viene a completarse la caída al lado oscuro de Compton. Una villanización que, si contamos su papel como Rey en la cuarta entreg,a ha durado dos largos años por obra y gracia de los capítulos y episodios de relleno que, esta vez, han superado el récord: a excepción de los dos últimos, los diez son desechos de vampiro dignos de ser procesados a doble velocidad o en 'recaps'.
Alan Ball se ha convertido en un experto en retrasar el clímax de sus relatos de la peor forma posible que consiste en sumar tramas poco interesantes protagonizadas por personajes soporíferos de la clase Sam o Terry. No sé si mi subconsciente ejerció de adivino el año pasado con vistas a éste (o de si hice un 'timey wimey' sin enterarme), pero no pretendo perder más tiempo escribiendo esta entrada del que realmente pasé viendo la serie, así que me limitaré a autorresponder a las mismas preguntas que planteé en su día:
- ¿Cómo la liará Russell? - Para lo que hizo, mejor que lo hubieran matado del todo en su momento.
- ¿El lobo acabará con el linaje de Merlotte's de una vez por todas y, lo que es peor, Sookie podría heredar la gerencia del bar y llevarlo a la ruina por negligencia? - Esto hubiera sido mucho más divertido que todos los episodios juntos, lástima que Anna Paquin estuviera embarazada en el momento del rodaje y su participación estuviera un poco limitada. Lo aceptemos o no, ella es el alma de la serie. Se ha notado mucho.
- ¿Sookie será "inteligente" y se irá a que la huela Alcide? - Casi, casi. Ya se encargaró Eric de quitarle al lobo las ganas de Sookie.
- ¿Veremos a Jason de vampiro? - Otro casi, aunque ya se podría haber salido de la serie como hizo Hoyt y dejar de dar la vara. Ni cumplió con la cuota de carne necesaria (hasta eso ha estado por los suelos esta temporada), y su historia con Jessica me sigue pareciendo un error más que un acierto. Sobra ahora mismo.
- ¿Tara muere de verdad o vendrá sufriendo también como chupóptera? ¿O se atreverán a abrir la veda de los zombis con ella? - Tara como hija vampira/rollete de Pam ha sido lo mejor contra todo pronóstico.
- ¿Morirá el personaje de Scott Foley en el primer episodio? - Scott Foley y los traumas de Terry. Creo que está dicho todo. Confieso que me salté esas partes como cuando quito la parte pocha de las patatas.
- ¿Se creará un ejército de hados descendiente del sheriff Andy que permita por fin ver a hadas más de cinco minutos? - Un poco de todo. Lo del ejército está por ver.
- ¿Seguirá diciendo Pam aquello de 'fucking Sookie'? Seguro. - Pam nunca falla.
No fueron ni una ni dos las veces que dije que iba a abandonar la serie durante estos últimos episodios, pero he de reconocer que me tienta la nueva sangre de Billith y que, dentro de lo malo, Ball hizo que el contador de subtramas innecesarias esté de nuevo a cero para (quiero pensar que es así) dar paso a un nuevo orden en True Blood.
viernes, 31 de agosto de 2012
The Newsroom, los quijotes de Sorkin
Los cínicos no sirven para este oficio: sobre el buen Periodismo. Me pregunto si Aaron Sorkin ha leído esta ultracitada obra del conocido (al menos en el gremio) periodista polaco Ryszard Kapuscinski con la misma devoción con la que la recomiendan en las facultades de Periodismo para trazar las líneas maestras de The Newsroom. Una serie que, al terminar su primera temporada de diez episodios en la HBO, se ha revelado más bien como un alegato de la parte más bella del (dicen) "oficio más bello del mundo", aquella que nos muestra unos trabajadores apasionados, comprometidos hasta el final con las personas y una verdad, que, de ser una herramienta, sólo puede utilizada para construir una sociedad más saludable en todos sus ámbitos y, por supuesto, más democrática. Nada de narrar en detalle las miserias y presiones diarias de la redacción del informativo estrella de un canal de cable estadounidense. ¿Para qué echar sal en las heridas crónicas de los medios cuando se puede reivindicar el gran espíritu quijotesco de la profesión?Que Sorkin haya agotado hasta la náusea las referencias al caballero de La Mancha en boca de sus dos personajes principales, Will McAvoy (Jeff Daniels) y MacKenzie 'Mac' McHale (Emily Mortimer) habla por sí solo. Si hay una figura que represente todo lo que lo que un cínico nunca podrá ser ésa es Don Quijote, el paradigma de la locura idealista, el héroe que pretende luchar contra las injusticias aun yendo montado en un caballo raquítico. La ética enseña que cuanto los periodistas dejan de aspirar, o se pliegan al 'status quo', dejan de hacer Periodismo y acaban haciendo periodismo, o... cosas peores. Con ese esquema mental llega la productora ejecutiva MacKenzie al 'News Night' de la ficticia ACN dispuesta a devolver la dignidad a las noticias y, de paso, sacar de la desidia a un Will que no quiere sacar su carácter en la mesa de presentador por miedo a espantar las audiencias. Como periodista, y aceptando que la historia no es, ni mucho menos, una radiografía fidedigna de la profesión, The Newsroom supone en un primer momento un chute de moral ya desde esos amables títulos de crédito a cargo de Thomas Newman, que evocan tiempos mejores en el oficio en los que los becarios podían soñar con contratos decentes y los medios, si eran meretrices de los oligarcas, lo disimulaban mucho mejor.
El idealismo de la premisa no es ninguna novedad en el universo Sorkin, que ya emprendió aventuras parecidas con la fábula sobre la política estadounidense The West Wing (NBC, 1999-2006) y, según comentan los experimentados en esta serie, con mejores resultados que en su nueva obra. No hace falta haber visto The West Wing para estar de acuerdo en lo excesivo de las formas que aquí emplea Sorkin, un tipo cuyo personal estilo basado en diálogos inteligentes, grandes discursos y personajes cultivados nunca ha dejado indeferente a nadie. Pero aquí simplemente roza la prepotencia y el casi insulto hacia posturas ideológicas contrarias a las suyas; las de un estadounidense demócrata , pero también las de un elitista intelectual. Si no, ¿a qué viene esa frase tan categórica de Mac hablando de "contarle la verdad a los estúpidos" en el piloto?
El primer capítulo, brillante, con un arranque poderosísimo, y pese a todos los tics y la brocha gorda de sus slogans, deja claro cuál es la personalidad, tono y propósito de la serie, pero el resto de episodios no defiende en el guión las ideas de equidad y debate que defienden los personajes. Claro que el Tea Party merece todo los palos, pero no vale con maquillar los ataques presentando a Will como un republicano moderado que se avergüenza de la camarilla de extremistas que se ha hecho con el control de su partido. En 'News Night' se echan en falta, por ejemplo, más autocrítica y menos benevolencia hacia la Administración Obama para que los mensajes que lanza la serie con tanta vehemencia tengan credibilidad (ni una nota un poco discordante con la gestión de Washington de la muerte de Bin Laden, con un premio Nobel de la Paz como presidente para más inri ). Si los personajes se vanaglorian de que no se casan con nadie, entonces hay que demostrarlo. Y más cuando las historias que cuenta la ficción en esta primera temporada son una revisión a velocidades Downton Abbey (elipsis del tamaño de agujeros negros) de los hechos más importantes ocurridos en Estados Unidos y el mundo entre mayo de 2010 y agosto de 2011. The Newsroom juega a respetar la realidad dentro de los límites de la ficción para presentarnos cómo se debieron tratar esas noticias en su momento, pero fracasa. Otras series como The Good Wife, que vive inspirándose en titulares, arrojan mucha más honestidad en las problemáticas que plantea.
Con respecto a la verosimilitud (que no es lo mismo que credibilidad, aclaro) de lo que cuenta, The Newsroom tampoco sale muy bien parada. La redacción de un informativo en TV es bastante distinta a la de un periódico y, dependiendo de la sección y lugar donde trabaje el periodista, puede pasar cierto tiempo sin "hacer calle", de ahí que no veamos ninguna escena en exteriores. Pero una cosa es eso, y otra que las fuentes y las exclusivas vengan a tu casa cual pizzero en todos los episodios. Sí, sin contactos el periodista se come los mocos, aunque no todos tienen que ser conocidos del colegio, familiares, compañeros de un trabajo anterior, o ex rollos de una noche. El jefe de informativos de cualquier cadena mataría por tener una plantilla tan bien conectada como la de 'News Night'...
Personajes de diván
Si, en primer lugar, se aceptan los problemas de fondo y forma de The Newsroom diciendo "sí" (como a los locos) a las salidas del tiesto de Sorkin, y, en segundo, se pasan por alto muestras de pornografía emocional al más puro estilo Shonda, como las vistas en el cuarto episodio 'Fix You' (al menos Rhimes buscaría un grupo semidesconocido, y no la opción más fácil de Coldplay para adornar la secuencia), entonces la serie tiene mucho que ofrecer al espectador. La premisa indudablemente grave y aspiracional contrasta con las dinámicas de comedia romántica de los personajes, unos tipos muy profesionales en su trabajo, pero que luego se comportan como ineptos sociales en diferentes grados y que, con toda seguridad, consumen caramelos de eucalipto en grandes cantidades.
Quizá sean los personajes el aspecto que más refleja la rareza que es The Newsroom dentro de la parrilla de la HBO. Un producto de 'network' noventero en un canal de cable famoso por lo grisáceo de sus propuestas. Los diálogos sesudos no enmascaran la engranajes sobre los que funciona la ficción, directa desde el minuto uno, y tampoco las sencillas y estoreotípicas líneas de actuación de los personajes, algo que le viene muy bien a la comedia.
Sin entrar en polémicas de representación de género, Mac es una histérica, analfabeta tecnológica, que se automartiriza en cada uno de los episodios por haberle sido infiel a Will con su exnovio, aunque eso no quita que sea una manipuladora de cuidado y se crea más yankee que nadie con su acento de Londres. Will, por su parte, es el típico mente privilegiada, pero arrogante, que, además, se cree un regalo de Dios a las mujeres, a las que hay que "civilizar". Jim Harper (John Gallagher Jr.) hace las funciones de buen chico, el yerno perfecto, pero que le faltan unas cuantas luces en las lides amorosas. Maggie Jordan (Alison Pill) se nos presenta como una Mac en potencia con trazos de perro del hortelano. Don Keefer (Thomas Sadoski) es un capullo que no tiene ninguna consideración con su novia, Maggie. Y a Charlie Skinner (Sam Waterson), el jefe de informativos, le dan demasiadas venadas.
De toda esta pandilla, los únicos que se salvan son Sloan Sabbith (Olivia Munn), la cerebrito atractiva, una eminencia en el área de Economía, pero con cero aptitudes personales, y Neal Sampat (Dev Patel), el 'geek' obsesionado con el Hombre de las Nieves. No por nada, son en las conversaciones de bar con Sloan cuando las neurosis de Mac consiguen el efecto gracioso que buscan, ya que pocos consejos se le pueden pedir a una Sloan que, en segundos, podría confundir tocar techo en una relación con el techo de la deuda.
A pesar de lo mal que cae Will, su carácter se va suavizando con el paso de los episodios y, al final, no resulta tan cargante y su condescendencia se ve más como un chiste sostenido. Hasta se le acaba cogiendo cierto cariño. Lamentablemente, lo mismo no se puede decir del trío Jim/Maggie/Don, que no paran de cavar su tumba con sus continuos cambios de parecer, su egoísmo y su aburrido tira y afloja, que ni las referencias a Sex and The City (serie que protagonizó Kristin Davis, pareja actual de Sorkin, acostumbrado a inspirarse en su vida privada para su trabajo, a lo Taylor Swift) pueden salvar. Aunque, bueno, supongo que hacer una mención a SATC siempre es más romántico que el Xanax.
Está por ver si Aaron Sorkin tomará nota de los muchos achaques de The Newsroom con vistas a la segunda temporada, y si ampliará el catálogo de 'sorkinismos' para ofrecer un producto menos pagado de sí mismo y más cabal. Puede que sea hora de llamar a Sancho Panza para que acompañe a Don Quijote.
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