martes, 22 de enero de 2013

Fringe 5, o el drama familiar de ciencia-ficción

ALERTA SPOILERS: Si te atreves a leer la entrada sin haber visto la series finale de Fringe (FOX, 2008-2013), ya no hay tutía, ni reválida posible.

Pocas series pueden presumir de haber salido ilesa de mil batallas como Fringe pero, algún día, como le ocurre a todo buen soldado, tenía que llegar la retirada del frente. Y se ha ido con la cabeza más alta que baja, a pesar de todos los dimes y diretes creativos por los que esta ficción de la factoría de J.J. Abrams ha pasado en los dos últimos años. Un tiempo, además, marcado por las constantes amenazas de cancelación que una Resistencia, en forma de fandom entregado, ha ayudado a mitigar con un plan y método que ni el de William Bell y Walter Bishop en sus experimentos con el cortexiphan.

Tras una cuarta temporada decepcionante (en el que esa reescritura del tiempo sin Peter Bishop y la vuelta al esquema procedimental de la primera etapa no terminaron de cuajar), Joel Wyman y su equipo de guionistas pidieron, tulipán blanco en mano, un voto de fe a la la audiencia durante trece episodios más para darle a la serie un final a la altura de sus personajes. Después de todo, la familia Bishop y sus allegados son la verdadera piedra angular que ha justificado que Fringe se despida con un centenar de capítulos a sus espaldas; no así su mitología, que ha ido replegándose progresivamente para expandirse sólo en cuestiones clave, como la de los Observadores. Y la sensación final es, si bien no perfecto, la de un cierre digno y bastante coherente con  lo que habíamos visto en todo nuestro periplo a bordo de la serie.

Ya vimos pistas de lo que estaba guardándose en la nevera en ese episodio de alto riesgo llamado 'Letters of Transit' (4x19), donde se nos presentaba un mundo orwelliano presa de los calvorotas en 2036, y en el que la hija huérfana de Peter y Olivia (me niego a que un nombre tan feo aparezca en este blog) se dedicaba a combatirlos en la sombra alentaba por el recuerdo de sus padres y el resto de la División Fringe. Todo pudo haberse truncado ahí si la serie no hubiera sido renovada; después habríamos dicho adiós viendo cómo una Olivia ya embarazada se deshacía para siempre de David Robert Jones, pero sabiendo que la felicidad no le iba a durar demasiado. Cruel epílogo hubiera sido ése. Hasta ese momento, los Observadores habían permanecido como uno de los mayores misterios de la producción, unas figuras en apariencia neutrales que, sin embargo, ahora se presentaban como unos seres despiadados y totalitarios. Pero permanecían las preguntas basicas acerca de ellos: ¿de dónde venían? y ¿por qué eran como eran?

Aun sin haber entrado en demasiado detalles sobre la naturaleza de los Observadores hasta sus últimos compases (tal y como apunta Mo Ryan en su reseña), la quinta temporada ha respondido a esas interrogantes a la vez que ha llevado a sus personajes al límite de sus emociones. Así, se potencian más que nunca esas complicadas relaciones paterno-filiales que llevan poblando el universo Abrams desde Alias, en donde todo entendimiento parece perdido por un bienentencionado, aunque moralmente reprobable, acto de amor pasado del progenitor para con sus hijos que los acaba marcando sin remedio en la edad adulta. Walter Bishop y Jack Bristow, cada uno en su parcela y magnitud, cada uno con sus demonios, cruzaron la línea para salvar a Peter y Sydney, respectivamente, y luego se las vieron y desearon para lograr su expiación aun si esto significara separarse de lo que más querían cuando había llegado el momento.

 Lo que ocurre cuando te pasas 21 años sin limpiar tu casa... Telerañas party.

Muchas veces hablo de lo que Fringe le debe a la serie de espías, pero es que hasta comparten habilidades reptilianas en lo que a sobrevivir a reseteos de la historia se refiere. Han podido gustar más o menos esos cambios, y se puede criticar la manera en que se han ejecutado, pero son una demostración de que si los personajes son los suficientemente sólidos en su fondo pueden estar por encima de cualquier mudanza de forma, escenario o tono a la que se someta a la historia (ahí están todas las adaptaciones modernas de clásicos). Y lo mismo pasa con el concepto de la ficción que,  cuando es fuerte, es capaz de trascender la ausencia de un personaje en apariencia clave.  Al principio de esta quinta entrega se oyó decir que Fringe había dejado de ser la serie que era y, hasta cierto, punto la afirmación era cierta, pero sólo a un nivel superficial. Comparado con que ocurre entre el final de la tercera y la cuerta temporada, el salto temporal de 20 años no supone un atentado directo al canon de la ficción como pudo haber sido el borrado de Peter que se quedó en una 'chusta' pese a todo el riesgo que encerraba la idea. La diversidad de enemigos que estábamos acostumbrados a ver en el pasado se uniformiza en los Observadores y la compleja red de subtramas que se cruzaban como parte de un arco mayor se ha simplificado en un solo uno hilo conductor que queda claro desde el prinicipio: el plan de Walter para derrotarlos. Si de algo se le puede acusar a esta temporada es de volverse demasiado sencilla, pero la serie no recurre a elementos externos a su mitología sino que reutiliza los que ya tiene. Y las señas de identidad de una ficción se encuentran precisamente ahí.

La idea de la búsqueda de las cintas del pasado para construir el artefacto que habría de derrotar a los calvos no es más que una excusa para sostener el largo epílogo que ha sido una temporada plagada de autohomenajes a los "Fringe events" empezando por el inquitante Niño Observador que ya había aparecido en uno de los mejores episodios de la primera etapa de la serie, 'The Inner Child' (1x15), y que ahora regresa como una pieza fundamental en el desarrollo de la trama al igual que nuestro amigo September, el Observador rebelde. Los últimos capítulos también han servido para decir adiós a grandes secundarios de la serie como Broyles y Nina Sharp, ya entrados en años. Muy dura y sorprendente fue la muerte de ésta última en el que para mí ha sido en uno de los capítulos más conseguidos del volumen, 'Anomaly XB 6783' (5x10), junto con el episodio siguiente, 'The Boy Must Live' (5x11), en el que se desvela por fin el gran misterio de September.

En este episodio se vuelve a hacer hincapié en la especial relación que une al Observador y a Walter y es, otra vez ( y van muchas veces), una clase de interpretación magistral de John Noble, un actor de capacidad inmensa, que, si no ha estado nominado a premios es por el 'pecado' de trabajar en una serie de ciencia-ficción. El acto de amor  que definió el destino de Walter en 1985 secuestrando al Peter del otro universo para salvar su vida comparte el mismo fondo que el de September/Donald y su hijo 'el Niño/Michael' en 2036 si bien las consecuencias de ambas acciones son muy distintas. Y, con todo, al final es Walter el que acaba poniendo las cosas en su sitio viajando con Michael a ese futuro todavía más lejano en donde se originaron los Observadores. Las motivaciones que causaron el desastre de Walter y dieron comienzo al conflicto de la serie serían las mismas que habrían de resolver la amenaza final y, además, ejecutadas por el mismo personaje. No se puede decir que Fringe no ha cierre circular y coherente con su trayectoria.

 

Pero no todo han sido aciertos en la temporada. La introducción de Etta (mejor el diminutivo que el nombre, al menos) prometía mucho, aunque se quedó en un mero instrumento al servicio de la subtrama de Peter y Olivia, que se volvieron a unir definitivamente en el dolor de su muerte a manos de Windwark tras haber comenzado la temporada distanciados. Se le puede achacar a la falta de tiempo en la temporada, pero todo pasó a tanta velocidad que apenas hubo momentos de reconexión familiar entre los tres antes de que muriera Etta, las posteriores locuras de Peter con la tecnología de los Observadores (enésimo intento de darle sustancia al personaje) y la reconciliación final con Olivia. Demasiado drama reconcentrado y, para rematar, más sufrimiento para la 'punching bag' del serie que no es otra que Olivia, por supuesto.

La agente Dunham ha tenido un papel menos protagonista en esta quinta etapa que en las anteriores para pasar a ser un personaje más de apoyo; otra decisión discutible. Todo el centro de gravedad, por tanto, recae en los Bishop, aunque eso no es excusa para que no se la eche de falta en la significativa última escena de la doble series finale ('Liberty'/'An Enemy of Fate', 5x12-13). La imagen de Peter recibiendo el tulipán blanco es perfecta debido a las palabras que le había dirigido su padre en los instantes previos, pero ¿no habría quedado mejor un plano de los dos? ¿No es miembro de la familia después de ser cobaya de laboratorio, viajar entre universos, salvar el mundo, etc. etc... haberse casado con Peter y ser la madre de Etta?


Más allá de esos 'peros' la finale fue un coladero de nostalgia en donde no faltaron el regreso del Universo Alternativo, con Fauxlivia y Lincoln Lee en una escena al más puro estilo 'fan fiction' muy graciosa, y, cómo no, la aparición estelar de la vaca Gene ambarizada, que coincidió con el momento 'tear jerker' del episodio: "It's a beautiful name. Astrid". Después de "Astros", "Asteriscks" y "Aspirins", entre otras perlas de Walter, era la ocasión.

Antes de irse Walter agradeció a los que lo habían acompañado en su viaje y, de igual modo, el equipo de la serie no perdió la oportunidad de decir gracias a los fans por el apoyo que han dado a la serie durante su andadura. Las irrsisorias audiencias siempre pusieron a la serie más 'over there' que 'over here', y más emitiéndose en la mortecina noche de los viernes, pero ha sido el esfuerzo de los entusiastas lo que ha mantenido a la serie a flote, ya sea viendo los capítulos en directo en FOX, en diferido a través de DVR, comprando los DVDs y extensiones del universo Fringe en otros medios, o dando la vara en las redes sociales cuando más contaba. William Bell dijo una vez "there is more than one of everything", pero todos sabíamos que Fringe sólo hay una. Por ello valió la pena disfrutar de la experiencia y aficionarse a los regalices rojos.

miércoles, 2 de enero de 2013

El volantazo de Downton Abbey

Después de dos meses de 'vacaciones' seriéfilas (podría hacer un post de todo lo que tengo pendiente por ver...), toca volver al redil antes de que las telarañas se adueñen de este pobre blog y qué mejor forma de hacerlo que hablando de una ficción que causa tanta borrachera en la crítica estadounidense como una botella de Jägermeister en una noche de juerga. La tercera temporada de la británica Downton Abbey, que ocupa el post de hoy, se estrenará al otro lado del charco este mes, razón suficiente para que la 'hypeen' hasta el infinito y más allá pero, aparte, el drama de Julian Fellowes se ha colado de nuevo en las nominaciones a los Globos de Oro gracias a una segunda entrega que levantó mucha polvareda el año pasado. Eso sí, aun con polémicas, esta entrada en lista me sigue pareciendo más meritoria que otras, como la de The Newsroom, serie que claramente debe la nominación a su piloto y... a toda la herencia televisiva de Aaron Sorkin junta.

Los nueve episodios (ocho regulares y un especial navideño de dos horas) del tercer volumen de Downton Abbey se despojan de todos los achaques que podría tener la anterior etapa y vuelven a los fueros de la primera temporada. La serie continúa tejiendo muestras del mejor culebrón de época que puede verse ahora mismo en televisión pero ha rebajado sus ambiciones cronológicas, abarcando los dos primeros años de la década de los veinte, lo que sin duda ha repercutido en un uso de las elipsis más discreto, por no decir casi inexistente, hasta llegar a ese especial navideño con el que Fellowes y circunstancias externas a la producción de la ITV han hecho que suba el pan (y mucho) hasta el año que viene.

El fin de la Gran Guerra, como era de esperar, ha cambiado la forma en que funcionaban las cosas entonces, y la arcádica propiedad de Lord Grantham no iba a ser la excepción. Una mala inversión y la aristrocrática ingenuidad de Robert Crawley a la hora de hacer negocios ha echado a perder el cómodo colchón que aportaron los millones yankees de su mujer, Lady Cora, al matrimonio. Y como los contratiempos no vienen nunca sin añadidos, todo se solapa con los preparativos de la boda de Mary y Matthew que, a su vez, incluyen la llegada de la suegra americana, Martha.

El impacto del personaje interpretado por una punzante Shirley McLaine fue más breve del esperado, aunque sirvió para ampliar detalles del pasado de Cora y, sobre todo, para regalar unas divertidísimas escenas con la Condesa Viuda, encarcanada por la siempre estupenda Maggie Smith, en las que el duelo de suegras es también un choque cultural entre la relajación y espontaneidad de los ricos estadounidenses y la flema y apego a las tradiciones de la nobleza británica. No hay que olvidar que la pareja formada por Cora y Robert Crawley es un eco de esos matrimonios de conveniencia (o 'joint ventures', según como se mire) que se arreglaban en la época entre las hijas de los empresarios americanos y los aristócratas arruinados de las Islas.

Lady Mary sigue llevando gran parte del peso dramático de las hermanas Crawley, especialmente por su nueva situación y las obligaciones que conlleva. Edith, como ya es costumbre, repite en su posición de chivo expiatorio de todos los malos días que Fellowes pueda tener mientras escribe, al menos, su subtrama ayuda a ilustrar otro de los cambios sucedidos en el período en materia de feminismo. Esta parcela solía estar reservada a Sybil, uno de los talones de Aquiles de la serie, ya sea porque la actriz, Jessica Brown-Finlay, no logra transmitir lo suficiente, o porque nunca se ha sabido como conducir el personaje de forma que ayudara a avanzar la historia... hasta esta temporada.  Lo mismo se puede decir del ex chófer Branson, que junto a Sybil, no servía más que para dar el parte histórico capítulo a capítulo el año pasado, pero que ahora ha escalado muchos puestos en la jerarquía de personajes. Su desarrollo y el de Mary prometen mucho con vistas a la cuarta entrega.

 Intrigando se entiende la gente...

Se nota el esfuerzo por desechar cualquier subtrama accesoria cuya incidencia en la historia podría ser superficial para centrarse sólo en lo que ocurre en la casona, tanto arriba como abajo de la escaleras. Por eso, apenas se ha mareado la perdiz con la estancia de Mr. Bates en la cárcel ni han explotado el asunto de la Independencia de Irlanda, al que estaría vinculado Branson. Las nuevas incorporaciones a la plantilla de los criados, como los lacayos Jimmy (Ed Speelers) y Alfred (Matt Milne), son una buena muestra de lo animado que ha estado el panorama dentro de la casa, con una O' Brien más cabrona que nunca y un Thomas del que sorprende su evolución.

Downton Abbey ha sabido recuperar el pulso del melodrama con una temporada equilibrada, más consciente de sus propios tiempos, y unos giros de guión estratégícamente colocados que, por fin, dejan respirar al espectador hasta el siguiente golpe. Se le puede reprochar la brocha gorda con la que ejecuta muchos de sus ases en la manga, pero la calidad de la producción  ha continuado tan  impecable como la cubertería que exhibe. El verdadero reto, visto lo visto, se presenta a partir ahora con el 'cliffhanger' más grande al que se ha enfrentado nunca la serie.

PD: ¡Feliz año a todos! :)

lunes, 8 de octubre de 2012

Frittata de series

Seguramente os habéis encontrado en una situación en la que abrís la nevera y veís que hay varios productos (casi siempre, fruta y verdura) que se están pasando de fecha, porque no os ha dado la gana de cocinarlos, pero que todavía son rescatables. Pues bien, he estado repasando mi lista de blogueos pendientes de la pasada temporada y se me ha ocurrido hacer un mejunje parecido a las frittatas que hago de vez en cuando, antes de empiece a olvidarme de sus argumentos, personajes y estrellas invitadas (Ok, no, puede que no llegue a tanto...). ¿Los ingredientes? Todo lo que he podido pillar de la segunda entrega de The Borgias, la tercera de Modern Family, la segunda de Boardwalk Empire, la segunda de Lip Service y de los volúmenes únicos de Hit & Miss y True Love. Ya es mezcla, ya.


The Borgias (S2, Showtime)

Esta serie es, desde hace más de un año, la responsable de que las primaveras sean más calientes y alborotadas que de costumbre. Si a la primera temporada le costó un poco ajustar el tono, la segunda ha sido, de principio a fin, un torbellino de traiciones, excesos, peinados estrafalarios e intentos de asesinato de lo más culebronesco. Con una Lucrezia simplemente espectacular como centro del protagonismo y aprendiendo a pasos agigantados de su madre, Vanozza, la producción de Neil Jordan ha puesto en jaque los chanchullos del Papa Alejandro VI a la vez que ha ahondado en las complejas relaciones de sus hijos varones. Cesare ha demostrado ser el verdadero perro guardián de la familia, mientras que Juan ha caído en desgracia, aunque dando más risa que pena. ¿Y qué hay Micheletto? El fiel servidor de Cesare nos ha dejado los ojos como platos este año. El próximo abril, más.

Modern Family (S3, ABC)

Los 20 minutillos que dura cada episodio de Modern Family continúan siendo una de las apuestas seguras de la semana televisiva. Steven Levitan y Christopher Lloyd se han decidido a explotar al máximo el potencial de los Dunphy más allá de Phil y lo han extendido también a Claire y Hayley. Los ataques neuróticos de la primera y la limitación de coco de la segunda siempre apuntaron maneras, pero si lo combinamos con un poco de campaña electoral y la búsqueda de una universidad que esté dispuesta a recibirte, las risas están más que servidas. Cameron y Mitchell han tenido un papel no tan destacado si bien la nueva Lily interpretada por una niña un poco más crecida, ha dado episodios tan divertidos como el del 'fuck', y su trama en general han tomado un tono un poco agridulce (dentro de lo que permite la serie, claro) que contrasta con el sorpresón de Gloria.

Hit & Miss (Temporada única, Sky Atlantic)

La primera serie original producida por el canal 'premium' británico Sky Atlantic llegaba con un argumento 'terremoto':  Mia, una transexual metida a asesina en serie para pagarse la operación de cambio de sexo se encuentra con que tiene un hijo del que debe hacerse cargo junto con el resto de la prole que dejó su ex novia. ¿La actriz elegida para ponerse una protésis y  dar vida a esta bomba de relojería? Quién sino Chloe Sevigny, una de las mujeres del mormón de  Big Love y, sobre todo icono de estilo y actriz curtidísima en retos de lo más variados (¿hablamos de la felación real a Vincent Gallo en Brown Bunny, de Boys Don't Cry o de Kids?). ¿El responsable? Paul Abbott, otro especialista pero en mostrar familias de lo más disfuncional (Shameless) o en crear thriller políticos de renombre (State of Play). A pesar de que su final está muy lejos de saber a final, y que la noticia de su no renovación cogió con el pie cambiado a muchos, Hit & Miss es una de las ficciones imprescindibles del año: capaz de encapsular en seis capítulos un argumento fresco, momentos de auténtica crudeza visual y emocional y, como ya viene siendo habitual en las islas, una exhibición de actores infantiles fuera de lo común. Jorden Bennie, el pequeño que interpreta a Ryan, el hijo biológico de Mia, clava todas y cada una de sus escenas.




Boardwalk Empire (S2, HBO)

Nucky Thompson y compañía dejaron de titubear en su segunda temporada, donde se resuelve sin contemplaciones uno de los grandes dilemas del protagonista: ser o no ser un gángster completo. Si la primera entrega ya anunciaba que el advenedizo Jimmy Darmody le podía dar más de un quebradero de cabeza a su mentor, Nucky, la historia ahora no pierde tiempo en situar al espectador y se abandona a su propio ritmo, dejando claro qué es lo más importante antes de dar un giro copernicano que muy pocas series se pueden permiten y, menos, cuando no llevan tantos años en parrilla. Con todo, la obra de Terrence Winter continua padeciendo de un excesivo afán de abarcarlo todo, produciendo personajes de cuota como esporas, y creando menos calor que el iceberg del Titanic. Más o menos, lo mismo que comenté el pasado agosto en el podcast de Yo disparé a JR.

Lip Service (S2, BBC3)

Lo que podría haber sido un buen ejemplo de ficción a la que perder la mitad de los protagonistas y sustituirlos por otros le sienta de maravilla acabó peor que todos sus aciertos juntos. Ciertamente hay pocos creadores capaces de ser tan bipolares en tan sólo seis capítulos, pero es lo que ha conseguido Harriet Braun en su drama lésbico ambientado en Glasgow (Escocia). Lástima que los ratings irrosorios fueran comparsa de la tragedia forzada y de las pérdidas de tiempo monumentales, y hayan condenado a personajes tan interesantes como Lexy, Tess y Sadie. Este grupo dejó claro que el tono de la serie funcionaba mucho mejor cuando se inclinaba más hacia la dramedia ligera del típico piso compartido que a historias con acosadores y triángulos amorosos metidos con calzador para darle cancha a personajes que ya no tenian nada que hacer en la serie (no todos los showrunners son tan eficientes en este sentido como Shonda Rhimes). Cancelada, y con razón, a pesar de quedarse con uno de los finales más cabritos que he visto últimamente.

True Love (Temporada única, BBC)

Es raro que yo hable mal de la Beeb en un mismo post, pero cuando toca, toca. Un concepto que llamaba la atención, el de una serie basada en la improvisación de sus actores, y un reparto encabezado por David Tennant y su 'companion' Billie Piper tenía que ser catado sí o sí. Aunque sea por ver el reencuentro whoviano, que al final no fue tal por que ambos participaban en historias distintas dentro de las cinco independientes, una por episodio, que formaban la serie. Pero tras haber asistido a la disección del amor que presenta en la costera población inglesa de Margate, la nostalgia no es factor suficiente para recomendarla. La historias son un dechado de lugares comunes y se acaban antes de empezar a mostrar el conflicto que acarrean las acciones de sus personajes, quizás lastradas por una media hora de duración que se queda corta para recoger temas complejos y. menos, si gran parte del metraje se rellena con canciones. Así improvisa cualquiera.

martes, 25 de septiembre de 2012

Weeds, adiós a la MILF

Pequeños spoilers de la series finale de Weeds.

Parecía que el día no iba a llegar nunca. Desde hace mucho tiempo Weeds amagaba con poner punto y final a las andanzas de Nancy Botwin (Mary-Louise Parker) y familia, pero temporada a temporada la serie emulaba a su protagonista y sobrevivía por los pelos a algunos de los giros de guión  más extravagantes de la última década catódica. El problema es que tanta locura dejó de tener el sentido suficiente para seguir justificando su uso reiterado por parte de Jenji Kohan y su equipo de guionistas. Así, los seguidores más fieles acabamos aguantando nada menos que cuatro años de travesía por el desierto, con espejismos que nos ilusionaban con la época dorada de uno de los buques insignia del canal Showtine para después vernos rodeados por la misma arena de siempre, la de una mediocridad que se había instalado en la serie desde la cuarta temporada.

Porque desde el momento en que los Botwin cruzando la frontera con México, todo se descontroló de tal forma que luego llegaron los embarazos salvadores, los palos de criquet, y los atentados fallidos (ésos que no consiguieron levantar un séptimo volumen tan olvidable que ni me molesté en reseñarlo), con la única excepción de la detención de Nancy en el aeropuerto tras una emocionante sexta etapa a la fuga por Estados Unidos. Pero fue el tiro en la cabeza, no la cárcel, el que nos puso en ruta definitiva para despedir a la serie y ver, por fin, si Nancy se decidía a aprender de los errores garrafales que ha ido cometiendo a lo largo de estos ocho años. Errores como madre y matriarca de clan, principalmente.

Lo que empezó como una forma de dar de comer a su familia después de la muerte de su marido, poco a poco se fue revelando como una droga para Nancy, aunque ella no fuera una adicta a la marihuana que vendía. El mono de vivir al límite, de proponerse el más difícil todavía, el mono de la ambición por controlarlo todo que Nancy puso tantas veces pmor delante de sus hijos, cuñado, hermana y amigos, cómplices de alguna manera con el delirio egoísta de la propia señora Botwin. Nancy, en el fondo, no podía vivir sin Andy (Justin Kirk), Silas (Hunter Parrish), Shane (Alexander Gould) y Stevie (es decir, los únicos hombres que no habían muerto por estar a su lado), pero es que tampoco éstos podían vivir sin ella... hasta que vieron que sí podían a cambio de llevar a cuestas años de reproches ahogados. Irónicamente se podría decir lo mismo de los que acabamos siguiendo la serie por pura inercia, siendo conscientes de la decepción, pero de alguna forma esperanzados con que la serie iba a cambiar del mismo modo que la protagonista.

Si hay una forma de definir este volumen final de Weeds es la de 'temporada del castigo'. En una ficción en la que, en términos narrativos, no existía esa "brújula moral" a la que se refiere Nahum, los doce últimos han contribuido para que sí se materializara esa presencia. Por primera vez toda la tarea de juzgar no recaía en el espectador,  a merced hasta entonces de una escritura pensada para que los personajes se retrataran a sí mismos en sus excesos y temeridades, sin una guía implícita de lo que era bueno o malo. Pero, como he dicho, un recurso redentor tan cliché como el del tiro a la cabeza por parte de Tim el hijo del difunto Peter Scottson (uno de los cuatro maridos de la protagonista)  ha sido suficiente para que algo se asiente en la conciencia de Nancy. Así, todos estos capítulos han apuntado hacia una búsqueda de la paz consigo misma y con su familia en la que vimos cómo Nancy renunciaba al contrabando para luego volver por la vía legal; cómo decidía dedicar el tiempo a Stevie que no pudo dedicar a Silas o a Shane;  cómo tenía un 'heart-to-heart' con su hermana, Jill; y cómo todo eso le acababa explotando en la cara a pesar de sus esfuerzos, incluido ese escurridizo polvo de consolación con Andy para darle un poco de lo que siempre había deseado, justo cuando Nancy veía que su cuñado se estaba escapando de su vera en la misma acera en la que Judah Botwin tuvo el infarto que lo dejó en el sitio.

Las heridas en cada uno de los casos eran demasiado profundas y la solución llegaba demasiado tarde como para que las cosas sanaran sin otra consecuencia que no fuera alejarse del origen de todos los males. Sólo pudimos ver ese logro de la independencia en Andy antes de dar un salto de ocho años hacia adelante para comprobar qué había sido del resto, que también habían abierto caminos lejos de la matriarca, una Nancy había llegado a donde siempre había soñado, pero más sola que la una, con la única compañía de su hijo Stevie,  y acosada (ahora sí) por los remordimientos. De Shane ya se sabía que no podía acabar en nada conviertiéndose en pupilo el inspector borracho, y de los dos hermanos originales era el que más próximo se había mostrado con su madre, mientras que Silas siempre le echó en cara su negligencia y sus mentiras. La temporada ha dado grandes momentos entre el hijo mayor y Nancy, en lo que parecía el acercamient definitivo, hasta que el viejo amor adolescente de Silas, la sorda Megan, arrastró al rubio y a la hija de ambos fuera de la órbita de la abuela.



La temporada, además de darle un poco de su medicina a la protagonista, también ha supuesto una vuelta a los orígenes. Los títulos de crédito recuperaban a los 'Little Boxes' y se estilizaban para contarnos el viaje  de los Botwin desde Agrestic, pasando por Ren Mar, Tijuana, Nueva York y  Pittsburg para acabar otra vez en Regrestic (aka Agrestic) en donde empezaron a reaparecer algunos de los grandes personajes de la serie que después se reunieron en el Bar Mitzvah de Stevie. Todos, salvo Celia Hodes, uno de los pilares de las primeras entregas, injustamente ignorado en el epílogo cuando hemos tenido que  aguantar temporadas enteras con Doug de prestado y ocupando espacio.

 'It's Time' fue el autoconsciente título de la doble series finale. A Jenji Kohan y a Showtime se le acabó el crédito con Weeds, pero siguieron produciendo temporadas contranatura, del mismo modo que Nancy Botwin  huía sin darse la vuelta y mirar lo que había dejado sembrado o quemado, pero ya está. La montaña rusa ha parado y, al menos, lo ha hecho siendo fiel a sus propia atmósfera, dejándonos para el recuerdo la imagen de Nancy rodeada por sus hombres. A pesar de todo, como había sido siempre.