lunes, 8 de octubre de 2012

Frittata de series

Seguramente os habéis encontrado en una situación en la que abrís la nevera y veís que hay varios productos (casi siempre, fruta y verdura) que se están pasando de fecha, porque no os ha dado la gana de cocinarlos, pero que todavía son rescatables. Pues bien, he estado repasando mi lista de blogueos pendientes de la pasada temporada y se me ha ocurrido hacer un mejunje parecido a las frittatas que hago de vez en cuando, antes de empiece a olvidarme de sus argumentos, personajes y estrellas invitadas (Ok, no, puede que no llegue a tanto...). ¿Los ingredientes? Todo lo que he podido pillar de la segunda entrega de The Borgias, la tercera de Modern Family, la segunda de Boardwalk Empire, la segunda de Lip Service y de los volúmenes únicos de Hit & Miss y True Love. Ya es mezcla, ya.


The Borgias (S2, Showtime)

Esta serie es, desde hace más de un año, la responsable de que las primaveras sean más calientes y alborotadas que de costumbre. Si a la primera temporada le costó un poco ajustar el tono, la segunda ha sido, de principio a fin, un torbellino de traiciones, excesos, peinados estrafalarios e intentos de asesinato de lo más culebronesco. Con una Lucrezia simplemente espectacular como centro del protagonismo y aprendiendo a pasos agigantados de su madre, Vanozza, la producción de Neil Jordan ha puesto en jaque los chanchullos del Papa Alejandro VI a la vez que ha ahondado en las complejas relaciones de sus hijos varones. Cesare ha demostrado ser el verdadero perro guardián de la familia, mientras que Juan ha caído en desgracia, aunque dando más risa que pena. ¿Y qué hay Micheletto? El fiel servidor de Cesare nos ha dejado los ojos como platos este año. El próximo abril, más.

Modern Family (S3, ABC)

Los 20 minutillos que dura cada episodio de Modern Family continúan siendo una de las apuestas seguras de la semana televisiva. Steven Levitan y Christopher Lloyd se han decidido a explotar al máximo el potencial de los Dunphy más allá de Phil y lo han extendido también a Claire y Hayley. Los ataques neuróticos de la primera y la limitación de coco de la segunda siempre apuntaron maneras, pero si lo combinamos con un poco de campaña electoral y la búsqueda de una universidad que esté dispuesta a recibirte, las risas están más que servidas. Cameron y Mitchell han tenido un papel no tan destacado si bien la nueva Lily interpretada por una niña un poco más crecida, ha dado episodios tan divertidos como el del 'fuck', y su trama en general han tomado un tono un poco agridulce (dentro de lo que permite la serie, claro) que contrasta con el sorpresón de Gloria.

Hit & Miss (Temporada única, Sky Atlantic)

La primera serie original producida por el canal 'premium' británico Sky Atlantic llegaba con un argumento 'terremoto':  Mia, una transexual metida a asesina en serie para pagarse la operación de cambio de sexo se encuentra con que tiene un hijo del que debe hacerse cargo junto con el resto de la prole que dejó su ex novia. ¿La actriz elegida para ponerse una protésis y  dar vida a esta bomba de relojería? Quién sino Chloe Sevigny, una de las mujeres del mormón de  Big Love y, sobre todo icono de estilo y actriz curtidísima en retos de lo más variados (¿hablamos de la felación real a Vincent Gallo en Brown Bunny, de Boys Don't Cry o de Kids?). ¿El responsable? Paul Abbott, otro especialista pero en mostrar familias de lo más disfuncional (Shameless) o en crear thriller políticos de renombre (State of Play). A pesar de que su final está muy lejos de saber a final, y que la noticia de su no renovación cogió con el pie cambiado a muchos, Hit & Miss es una de las ficciones imprescindibles del año: capaz de encapsular en seis capítulos un argumento fresco, momentos de auténtica crudeza visual y emocional y, como ya viene siendo habitual en las islas, una exhibición de actores infantiles fuera de lo común. Jorden Bennie, el pequeño que interpreta a Ryan, el hijo biológico de Mia, clava todas y cada una de sus escenas.




Boardwalk Empire (S2, HBO)

Nucky Thompson y compañía dejaron de titubear en su segunda temporada, donde se resuelve sin contemplaciones uno de los grandes dilemas del protagonista: ser o no ser un gángster completo. Si la primera entrega ya anunciaba que el advenedizo Jimmy Darmody le podía dar más de un quebradero de cabeza a su mentor, Nucky, la historia ahora no pierde tiempo en situar al espectador y se abandona a su propio ritmo, dejando claro qué es lo más importante antes de dar un giro copernicano que muy pocas series se pueden permiten y, menos, cuando no llevan tantos años en parrilla. Con todo, la obra de Terrence Winter continua padeciendo de un excesivo afán de abarcarlo todo, produciendo personajes de cuota como esporas, y creando menos calor que el iceberg del Titanic. Más o menos, lo mismo que comenté el pasado agosto en el podcast de Yo disparé a JR.

Lip Service (S2, BBC3)

Lo que podría haber sido un buen ejemplo de ficción a la que perder la mitad de los protagonistas y sustituirlos por otros le sienta de maravilla acabó peor que todos sus aciertos juntos. Ciertamente hay pocos creadores capaces de ser tan bipolares en tan sólo seis capítulos, pero es lo que ha conseguido Harriet Braun en su drama lésbico ambientado en Glasgow (Escocia). Lástima que los ratings irrosorios fueran comparsa de la tragedia forzada y de las pérdidas de tiempo monumentales, y hayan condenado a personajes tan interesantes como Lexy, Tess y Sadie. Este grupo dejó claro que el tono de la serie funcionaba mucho mejor cuando se inclinaba más hacia la dramedia ligera del típico piso compartido que a historias con acosadores y triángulos amorosos metidos con calzador para darle cancha a personajes que ya no tenian nada que hacer en la serie (no todos los showrunners son tan eficientes en este sentido como Shonda Rhimes). Cancelada, y con razón, a pesar de quedarse con uno de los finales más cabritos que he visto últimamente.

True Love (Temporada única, BBC)

Es raro que yo hable mal de la Beeb en un mismo post, pero cuando toca, toca. Un concepto que llamaba la atención, el de una serie basada en la improvisación de sus actores, y un reparto encabezado por David Tennant y su 'companion' Billie Piper tenía que ser catado sí o sí. Aunque sea por ver el reencuentro whoviano, que al final no fue tal por que ambos participaban en historias distintas dentro de las cinco independientes, una por episodio, que formaban la serie. Pero tras haber asistido a la disección del amor que presenta en la costera población inglesa de Margate, la nostalgia no es factor suficiente para recomendarla. La historias son un dechado de lugares comunes y se acaban antes de empezar a mostrar el conflicto que acarrean las acciones de sus personajes, quizás lastradas por una media hora de duración que se queda corta para recoger temas complejos y. menos, si gran parte del metraje se rellena con canciones. Así improvisa cualquiera.

martes, 25 de septiembre de 2012

Weeds, adiós a la MILF

Pequeños spoilers de la series finale de Weeds.

Parecía que el día no iba a llegar nunca. Desde hace mucho tiempo Weeds amagaba con poner punto y final a las andanzas de Nancy Botwin (Mary-Louise Parker) y familia, pero temporada a temporada la serie emulaba a su protagonista y sobrevivía por los pelos a algunos de los giros de guión  más extravagantes de la última década catódica. El problema es que tanta locura dejó de tener el sentido suficiente para seguir justificando su uso reiterado por parte de Jenji Kohan y su equipo de guionistas. Así, los seguidores más fieles acabamos aguantando nada menos que cuatro años de travesía por el desierto, con espejismos que nos ilusionaban con la época dorada de uno de los buques insignia del canal Showtine para después vernos rodeados por la misma arena de siempre, la de una mediocridad que se había instalado en la serie desde la cuarta temporada.

Porque desde el momento en que los Botwin cruzando la frontera con México, todo se descontroló de tal forma que luego llegaron los embarazos salvadores, los palos de criquet, y los atentados fallidos (ésos que no consiguieron levantar un séptimo volumen tan olvidable que ni me molesté en reseñarlo), con la única excepción de la detención de Nancy en el aeropuerto tras una emocionante sexta etapa a la fuga por Estados Unidos. Pero fue el tiro en la cabeza, no la cárcel, el que nos puso en ruta definitiva para despedir a la serie y ver, por fin, si Nancy se decidía a aprender de los errores garrafales que ha ido cometiendo a lo largo de estos ocho años. Errores como madre y matriarca de clan, principalmente.

Lo que empezó como una forma de dar de comer a su familia después de la muerte de su marido, poco a poco se fue revelando como una droga para Nancy, aunque ella no fuera una adicta a la marihuana que vendía. El mono de vivir al límite, de proponerse el más difícil todavía, el mono de la ambición por controlarlo todo que Nancy puso tantas veces pmor delante de sus hijos, cuñado, hermana y amigos, cómplices de alguna manera con el delirio egoísta de la propia señora Botwin. Nancy, en el fondo, no podía vivir sin Andy (Justin Kirk), Silas (Hunter Parrish), Shane (Alexander Gould) y Stevie (es decir, los únicos hombres que no habían muerto por estar a su lado), pero es que tampoco éstos podían vivir sin ella... hasta que vieron que sí podían a cambio de llevar a cuestas años de reproches ahogados. Irónicamente se podría decir lo mismo de los que acabamos siguiendo la serie por pura inercia, siendo conscientes de la decepción, pero de alguna forma esperanzados con que la serie iba a cambiar del mismo modo que la protagonista.

Si hay una forma de definir este volumen final de Weeds es la de 'temporada del castigo'. En una ficción en la que, en términos narrativos, no existía esa "brújula moral" a la que se refiere Nahum, los doce últimos han contribuido para que sí se materializara esa presencia. Por primera vez toda la tarea de juzgar no recaía en el espectador,  a merced hasta entonces de una escritura pensada para que los personajes se retrataran a sí mismos en sus excesos y temeridades, sin una guía implícita de lo que era bueno o malo. Pero, como he dicho, un recurso redentor tan cliché como el del tiro a la cabeza por parte de Tim el hijo del difunto Peter Scottson (uno de los cuatro maridos de la protagonista)  ha sido suficiente para que algo se asiente en la conciencia de Nancy. Así, todos estos capítulos han apuntado hacia una búsqueda de la paz consigo misma y con su familia en la que vimos cómo Nancy renunciaba al contrabando para luego volver por la vía legal; cómo decidía dedicar el tiempo a Stevie que no pudo dedicar a Silas o a Shane;  cómo tenía un 'heart-to-heart' con su hermana, Jill; y cómo todo eso le acababa explotando en la cara a pesar de sus esfuerzos, incluido ese escurridizo polvo de consolación con Andy para darle un poco de lo que siempre había deseado, justo cuando Nancy veía que su cuñado se estaba escapando de su vera en la misma acera en la que Judah Botwin tuvo el infarto que lo dejó en el sitio.

Las heridas en cada uno de los casos eran demasiado profundas y la solución llegaba demasiado tarde como para que las cosas sanaran sin otra consecuencia que no fuera alejarse del origen de todos los males. Sólo pudimos ver ese logro de la independencia en Andy antes de dar un salto de ocho años hacia adelante para comprobar qué había sido del resto, que también habían abierto caminos lejos de la matriarca, una Nancy había llegado a donde siempre había soñado, pero más sola que la una, con la única compañía de su hijo Stevie,  y acosada (ahora sí) por los remordimientos. De Shane ya se sabía que no podía acabar en nada conviertiéndose en pupilo el inspector borracho, y de los dos hermanos originales era el que más próximo se había mostrado con su madre, mientras que Silas siempre le echó en cara su negligencia y sus mentiras. La temporada ha dado grandes momentos entre el hijo mayor y Nancy, en lo que parecía el acercamient definitivo, hasta que el viejo amor adolescente de Silas, la sorda Megan, arrastró al rubio y a la hija de ambos fuera de la órbita de la abuela.



La temporada, además de darle un poco de su medicina a la protagonista, también ha supuesto una vuelta a los orígenes. Los títulos de crédito recuperaban a los 'Little Boxes' y se estilizaban para contarnos el viaje  de los Botwin desde Agrestic, pasando por Ren Mar, Tijuana, Nueva York y  Pittsburg para acabar otra vez en Regrestic (aka Agrestic) en donde empezaron a reaparecer algunos de los grandes personajes de la serie que después se reunieron en el Bar Mitzvah de Stevie. Todos, salvo Celia Hodes, uno de los pilares de las primeras entregas, injustamente ignorado en el epílogo cuando hemos tenido que  aguantar temporadas enteras con Doug de prestado y ocupando espacio.

 'It's Time' fue el autoconsciente título de la doble series finale. A Jenji Kohan y a Showtime se le acabó el crédito con Weeds, pero siguieron produciendo temporadas contranatura, del mismo modo que Nancy Botwin  huía sin darse la vuelta y mirar lo que había dejado sembrado o quemado, pero ya está. La montaña rusa ha parado y, al menos, lo ha hecho siendo fiel a sus propia atmósfera, dejándonos para el recuerdo la imagen de Nancy rodeada por sus hombres. A pesar de todo, como había sido siempre.

martes, 11 de septiembre de 2012

True Blood 5, una reseña en 2x

Si quieres ahorrarte ver la quinta temporada de True Blood, échale un vistazo a la entrada.

"Todo es más fácil si te gusta lo que haces". Sí, y no. A mí me encanta escribir, escribir sobre series concretamente, pero eso no quita que, a veces, la tarea de hacer una reseña se alargue días y días porque aquello que has visto no te ha convencido y  no quieres que tu blog parezca el diario de un troll acabado de salir de la mazmorra. En contraste con esa corriente que defiende que es más sencillo elaborar una crítica negativa que positiva, a mí me resulta muy difícil encontrar las palabras y tono cuando una ficción se encuentra por debajo de unos mínimos deseables. Por ejemplo, y para que se vea que ninguna producción por loca que sea  está libre de unos ciertas estándares, el nivel de exigencia que se le pide a True Blood no es de los más duros y aun así la decepción de su quinta temporada ha sido mayúscula.  ¿Cómo una serie de la que sólo se espera que sea una bacanal continua al amparo del abrigo de la HBO puede resultar tan aburridazzzzz?

El subidón con 'Anchounia' de Bon Temps, que había dejado a punto de caramelo el regreso de Russell Edgington en lo que prometía una espiral de sinsentidos este año, se ha quedado en la nada. Empezando por el propio Russell, mera caricatura de sí mismo, diluido en una trama 'seria' que pretendía volver a los fueros la primera temporada de la serie donde la dialéctica vampírico-social estaba más presente. Hasta ahora, nunca se había tocado en profundidad los dimes y diretes de la ubicua Autoridad Vampírica, en la que se ha visto que hay dos facciones muy diferenciadas: los 'sangüinistas', o fanáticos adoradores de Lilith (la primera mujer de Adán, al que dejó tirado para irse con los demonios del Mar Rojo, y que aquí es la Diosa Vampira que camina en pelota picada y bañada en sangre) que ven a la humanidad como alimento; y los proconvivencia con los humanos.

Así puesto suena todo muy bonito, pero nada más lejos de la realidad. Una historia que podría haberse solucionado en la primera mitad de la temporada se ha alargado a conciencia para lanzar un órdago con Billith, la unión de Bill y Lilith, con la que viene a completarse la caída al lado oscuro de Compton. Una villanización que, si contamos su papel como Rey en la cuarta entreg,a ha durado dos largos años por obra y gracia de los capítulos y episodios de relleno que, esta vez, han superado el récord: a excepción de los dos últimos, los diez son desechos de vampiro dignos de ser procesados a doble velocidad o en 'recaps'.

Alan Ball se ha convertido en un experto en retrasar el clímax de sus relatos de la peor forma posible que consiste en sumar tramas poco interesantes protagonizadas por personajes soporíferos de la clase Sam o Terry. No sé si mi subconsciente ejerció de adivino el año pasado con vistas a éste (o de si hice un 'timey wimey' sin enterarme), pero no pretendo perder más tiempo escribiendo esta entrada del que realmente pasé viendo la serie, así que me limitaré a autorresponder a las mismas preguntas que planteé en su día:

  • ¿Cómo la liará Russell? - Para lo que hizo, mejor que lo hubieran matado del todo en su momento.
  • ¿El lobo acabará con el linaje de Merlotte's de una vez por todas y, lo que es peor, Sookie podría heredar la gerencia del bar y llevarlo a la ruina por negligencia? - Esto hubiera sido mucho más divertido que todos los episodios juntos, lástima que Anna Paquin estuviera embarazada en el momento del rodaje y su participación estuviera un poco limitada. Lo aceptemos o no, ella es el alma de la serie. Se ha notado mucho.
  • ¿Sookie será "inteligente" y se irá a que la huela Alcide? - Casi, casi. Ya se encargaró Eric de quitarle al lobo las ganas de Sookie.
  • ¿Veremos a Jason de vampiro? - Otro casi, aunque ya se podría haber salido de la serie como hizo Hoyt y dejar de dar la vara. Ni cumplió con la cuota de carne necesaria (hasta eso ha estado por los suelos esta temporada), y su historia con Jessica me sigue pareciendo un error más que un acierto. Sobra ahora mismo.
  • ¿Tara muere de verdad o vendrá sufriendo también como chupóptera? ¿O se atreverán a abrir la veda de los zombis con ella? - Tara como hija vampira/rollete de Pam ha sido lo mejor contra todo pronóstico.
  • ¿Morirá el personaje de Scott Foley en el primer episodio? - Scott Foley y los traumas de Terry. Creo que está dicho todo. Confieso que me salté esas partes como cuando quito la parte pocha de las patatas.
  • ¿Se creará un ejército de hados descendiente del sheriff Andy que permita por fin ver a hadas más de cinco minutos? - Un poco de todo. Lo del ejército está por ver.
  • ¿Seguirá diciendo Pam aquello de 'fucking Sookie'? Seguro. - Pam nunca falla. 

No fueron ni una ni dos las veces que dije que iba a abandonar la serie durante estos últimos episodios, pero he de reconocer que me tienta la nueva sangre de Billith y que, dentro de lo malo, Ball hizo que el contador de subtramas innecesarias esté de nuevo a cero para (quiero pensar que es así) dar paso a un nuevo orden en True Blood.

viernes, 31 de agosto de 2012

The Newsroom, los quijotes de Sorkin

Los cínicos no sirven para este oficio: sobre el buen Periodismo. Me pregunto si Aaron Sorkin ha leído esta ultracitada obra del conocido (al menos en el gremio) periodista polaco Ryszard Kapuscinski con la misma devoción con la que la recomiendan en las facultades de Periodismo para trazar las líneas maestras de The Newsroom. Una serie que, al terminar su primera temporada de diez episodios en la HBO, se ha revelado más bien como un alegato de la parte más bella del (dicen) "oficio más bello del mundo", aquella que nos muestra unos trabajadores apasionados, comprometidos hasta el final con las personas y una verdad, que, de ser una herramienta, sólo puede utilizada para construir una sociedad más saludable en todos sus ámbitos y, por supuesto, más democrática. Nada de narrar en detalle las miserias y presiones diarias de la redacción del informativo estrella de un canal de cable estadounidense. ¿Para qué echar sal en las heridas crónicas de los medios cuando se puede reivindicar el gran espíritu quijotesco de la profesión?

Que Sorkin haya agotado hasta la náusea las referencias al caballero de La Mancha en boca de sus dos personajes principales, Will McAvoy (Jeff Daniels) y MacKenzie 'Mac' McHale (Emily Mortimer) habla por sí solo. Si hay una figura que represente todo lo que lo que un cínico nunca podrá ser ésa es Don Quijote, el paradigma de la locura idealista, el héroe que pretende luchar contra las injusticias aun yendo montado en un caballo raquítico. La ética enseña que cuanto los periodistas dejan de aspirar, o se pliegan al 'status quo', dejan de hacer Periodismo y acaban haciendo periodismo, o... cosas peores. Con ese esquema mental llega la productora ejecutiva MacKenzie al 'News Night' de la ficticia ACN dispuesta a devolver la dignidad a las noticias y, de paso, sacar de la desidia a un Will que no quiere sacar su carácter en la mesa de presentador por miedo a espantar las audiencias.  Como periodista, y aceptando que la historia no es, ni mucho menos, una radiografía fidedigna de la profesión, The Newsroom supone en un primer momento un chute de moral ya desde esos amables títulos de crédito a cargo de Thomas Newman, que evocan tiempos mejores en el oficio en los que los becarios podían soñar con contratos decentes y los medios, si eran meretrices de los oligarcas, lo disimulaban mucho mejor.

El idealismo de la premisa no es ninguna novedad en el universo Sorkin, que ya emprendió aventuras parecidas con la fábula sobre la política estadounidense The West Wing (NBC, 1999-2006) y, según comentan los experimentados en esta serie, con mejores resultados que en su nueva obra. No hace falta haber visto The West Wing para estar de acuerdo en lo excesivo de las formas que aquí emplea Sorkin, un tipo cuyo personal estilo basado en diálogos inteligentes, grandes discursos y personajes cultivados nunca ha dejado indeferente a nadie. Pero aquí simplemente roza la prepotencia y el casi insulto hacia posturas ideológicas contrarias a las suyas; las de un estadounidense demócrata , pero también las de un elitista intelectual. Si no, ¿a qué viene esa frase tan categórica de Mac hablando de "contarle la verdad a los estúpidos" en el piloto?

El primer capítulo, brillante, con un arranque poderosísimo, y pese a todos los tics y la brocha gorda de sus slogans, deja claro cuál es la personalidad, tono y propósito de la serie, pero el resto de episodios no defiende en el guión las ideas de equidad y debate que defienden  los personajes. Claro que el Tea Party merece todo los palos, pero no vale con maquillar los ataques presentando a Will como un republicano moderado que se avergüenza de la camarilla de extremistas que se ha hecho con el control de su partido. En 'News Night' se echan en falta, por ejemplo, más autocrítica y menos benevolencia hacia la Administración Obama para que los mensajes que lanza la serie con tanta vehemencia tengan credibilidad (ni una nota un poco discordante con la gestión de Washington de la muerte de Bin Laden,  con un premio Nobel de la Paz como presidente para más inri ). Si los personajes se vanaglorian de que no se casan con nadie, entonces hay que demostrarlo. Y más cuando las historias que cuenta la ficción en esta primera temporada son una revisión a velocidades Downton Abbey (elipsis del tamaño de agujeros negros) de los hechos más importantes ocurridos en Estados Unidos y el mundo entre mayo de 2010 y agosto de 2011. The Newsroom juega a respetar la realidad dentro de los límites de la ficción para presentarnos cómo se debieron tratar esas noticias en su momento, pero fracasa. Otras series como The Good Wife, que vive inspirándose en titulares, arrojan mucha más honestidad en las problemáticas que plantea.

Con respecto a la verosimilitud (que no es lo mismo que credibilidad, aclaro) de lo que cuenta, The Newsroom tampoco sale muy bien parada. La redacción de un informativo en TV es bastante distinta a la de un periódico y, dependiendo de la sección y lugar donde trabaje el periodista, puede pasar  cierto  tiempo sin "hacer calle", de ahí que no veamos ninguna escena en exteriores. Pero una cosa es eso, y otra que las fuentes y las exclusivas vengan a tu casa cual pizzero en todos los episodios.  Sí, sin contactos el periodista se come los mocos, aunque no todos tienen que ser conocidos del colegio, familiares,  compañeros de un trabajo anterior, o ex rollos de una noche.  El jefe de informativos de cualquier cadena mataría por tener una plantilla tan bien conectada como la de 'News Night'...

Personajes de diván

Si, en primer lugar, se aceptan los problemas de fondo y forma de The Newsroom diciendo "sí" (como a los locos) a las salidas del tiesto de Sorkin, y, en segundo, se pasan por alto muestras de pornografía emocional al más puro estilo Shonda, como las vistas en el cuarto episodio 'Fix You' (al menos Rhimes buscaría un grupo semidesconocido, y no la opción más fácil de Coldplay para adornar la secuencia),  entonces la serie tiene mucho que ofrecer al espectador. La premisa indudablemente grave y aspiracional contrasta con  las dinámicas de comedia romántica de los personajes, unos tipos muy profesionales en su trabajo, pero que luego se comportan como ineptos sociales en diferentes grados y que, con toda seguridad, consumen caramelos de eucalipto en grandes cantidades.

Quizá sean los personajes el aspecto que más refleja la rareza que es The Newsroom dentro de la parrilla de la HBO. Un producto de 'network' noventero en un canal de cable famoso por lo grisáceo de sus propuestas. Los diálogos sesudos no enmascaran la engranajes sobre los que funciona la ficción, directa desde el minuto uno, y tampoco las sencillas y estoreotípicas líneas de actuación de los personajes, algo que le viene muy bien a la comedia.

Sin entrar en polémicas de representación de género, Mac es una histérica, analfabeta tecnológica, que se automartiriza en cada uno de los episodios por haberle sido infiel a Will con su exnovio,  aunque eso no quita que sea una manipuladora de cuidado y se crea más yankee que nadie con su acento de Londres. Will, por su parte, es el típico mente privilegiada, pero arrogante, que, además, se cree un regalo de Dios a las mujeres, a las que hay que "civilizar". Jim Harper (John Gallagher Jr.) hace las funciones de buen chico, el yerno perfecto, pero que le faltan unas cuantas luces en las lides amorosas. Maggie Jordan (Alison Pill) se nos presenta como una Mac en potencia con trazos de perro del hortelano. Don Keefer (Thomas Sadoski) es un capullo que no tiene ninguna consideración con su novia, Maggie. Y a Charlie Skinner (Sam Waterson), el jefe de informativos,  le dan demasiadas venadas.



De toda esta pandilla, los únicos que se salvan  son Sloan Sabbith (Olivia Munn),  la cerebrito atractiva, una eminencia en el área de Economía, pero con cero aptitudes personales, y Neal Sampat (Dev Patel), el 'geek' obsesionado con el Hombre de las Nieves. No por nada, son en las conversaciones de bar con Sloan cuando las neurosis de Mac consiguen el efecto gracioso que buscan, ya que pocos consejos se le pueden pedir a una Sloan que, en segundos, podría confundir tocar techo en una relación con el techo de la deuda.

A pesar de lo mal que cae Will, su carácter se va suavizando con el paso de los episodios y, al final, no resulta tan cargante y su condescendencia se ve más como un chiste sostenido. Hasta se le acaba cogiendo cierto cariño. Lamentablemente, lo mismo no se puede decir del trío  Jim/Maggie/Don,  que no paran de cavar su tumba con sus continuos cambios de parecer, su egoísmo y su aburrido tira y afloja, que ni las referencias a Sex and The City (serie que protagonizó Kristin Davis, pareja actual de Sorkin, acostumbrado a inspirarse en su vida privada para su trabajo, a lo Taylor Swift)  pueden salvar. Aunque, bueno, supongo que hacer una mención a SATC siempre es más romántico que el Xanax.

Está por ver si Aaron Sorkin tomará nota de los muchos achaques de The Newsroom con vistas a la segunda temporada, y si ampliará el catálogo de 'sorkinismos' para ofrecer un producto menos pagado de sí mismo y más cabal. Puede que sea hora de llamar a Sancho Panza para que acompañe a Don Quijote.

jueves, 23 de agosto de 2012

Las cabezamoños

Nunca me había interesado ninguna de las propuestas de la ABC Family hasta este verano en que Amy Sherman-Palladino, creadora de Gilmore Girls, ha regresado a la televisión con una serie marca de la casa, Bunheads. Cierto es que yo seguía a las Gilmore más mal que bien en esas emisones de La 2 en horarios extraños, ya sea por la mañana o por la noche, y que nunca conseguí ver una temporada decente del tirón, pero la madre y la hija y el resto personajes que habitaban Stars Hollow tenían un algo especial que me enganchaba siempre que me los encontraba en la tele. Por eso decidí darle una oportunidad a Bunheads (jerga para denominar a las bailarinas de ballet, por los moños que lucen) desde el principio, semana a semana, y el resultado ha sido tan refrescante como tomarse un polo helado.

Sin miedo a equivocarnos, estamos ante una producción 100% de la Palladino. No hay nada en este estreno estival que no grite quién manda allí, del mismo modo que en The Newsroom está precintada de arriba a abajo con sellos 'Propiedad de Aaron Sorkin'. Los diálogos a lo 'screwball comedy', las interminables referencias a la cultura pop, el pueblo plagado de vecinos harto peculiares, y el protagonismo de los personajes femeninos (especialmente de la treintañera en crisis): la showrunner sigue plasmando todo esto en Bunheads.

Poco satisfecha con los derroteros que ha tomado su vida como 'showgirl' en Las Vegas, de vuelta de todo, y sin raíces, la sarcástica Michelle Simms (Sutton Foster) se casa porque sí con uno de sus dedicados admiradores, Hubbell Flowers, con tan mala suerte que el recién estrenado marido muere en un accidente de tráfico, dejándole como herencia una casona, bastante dinero y... a Fanny (Kelly Bishop aka Emily Gilmore), la extravagante suegra que regenta un estudio de ballet, la pasión abandonada de Michelle.

La serie juega con el viejo recurso del pez fuera del agua, con desmontar las expectativas y prejucios del protagonista/forastero y de las personas que lo conocen, y cómo acaban aprendiendo unos de otros. El pueblo californiano, Paradise, es tan paradisíaco que nunca ocurre nada, lo cual es el equivalente al infierno para Michelle, mientras los choques de personalidad con Fanny y con el resto de los vecinos tampoco ayudan. No es una premisa que no hayamos visto antes, pero siempre es entretenido ver cómo se le van rompiendo los esquemas a los personajes uno a uno, y más si el plan incluye 'one-liners' lapidarios que le restan azúcar al asunto. Porque Bunheads, por espíritu, estética, y por el canal en el que se emite bien podría ser otro de esos productos mullidos que malrellenan el género familiar, aunque tiene ese punto necesario de mala leche que sorprenderá a aquellos que se acercan a la serie pensando en que acabarán expulsando arcoiris por la boca en la primera escena con tanto tutú, o espantados con tantas cosas de mujeres (no nos engañemos, la serie tiene un público muy bien definido).



Ejemplo de cabecera chunga...


Tan patente como predecible es el vínculo de mentora a su pesar que Michelle va formando poco a poco con cuatro estudiantes de la escuela: Boo (la rellenita insegura), Shasha (la rebelde con talento), Ginny (la romántica e inocente) y Melanie (la cínica), cada una con un carácter y rol bien diferenciado. De todas ellas, es Shasha la que más desarrollo ha tenido hasta ahora por venir a ser un reflejo de lo que Michelle era a los dieciséis años, como se empieza a apreciar en los últimos cuatro capítulos de los diez que la serie ha emitido antes de irse de parón hasta que llegue el invierno.

Es justo en estos episodios en los que la ficción consigue elevarse sobre sus puntas hasta alcanzar el equilibrio y tono que le faltaban en los primeros compases. No quedaba del todo claro hacia dónde iba la historia, o de si la serie tendría siquiera una trama más o menos continuada, o todo consistiría en una colección de escenas ligeras con unas coreografías de ballet bien montadas y unos estupendos números musicales en los que Sutton Foster demuestra sus credenciales de actriz curtida sobre las tablas de Broadway. Tampoco le hacían ningun favor las comparaciones con el gran éxito de su responsable (polémicas raciales con Shonda Rhimes, aparte), pero Bunheads ha sabido encontrar su hueco aunque las audiencias no hayan sido muy acogedoras como para garantizarle la renovación directa para una segunda temporada. De momento, habrá que conformarse con los ocho o nueve episodios adicionales a los que ha dado luz verde la ABC Family.

lunes, 23 de julio de 2012

Once Upon a Time... el libro se abre

Si lees esta entrada sin haber visto la season finale de Once Upon a Time no habrá final feliz para nadie.

Sigo sacando lustre a mis impresiones acerca de algunas de las ficciones que se han ido de vacaciones estivales. Ya avisé en el último post que a Once Upon a Time no iba a confinarla a unos cuantos párrafos de tapadillo. La serie de Kitsis y Horowitz ya demostró en sus primeros compases que era especial, y así nos lo han ido demostrando a lo largo de una temporada de debut en la ABC que ha acabado como acaban los cuentos... O casi.  No hay que olvidarse que la serie ha sido renovada para una segunda entrega y hay que dejar cabos sueltos de una forma u otra.

Emma ha dado el beso de la vida a su hijo, Henry, y con ello ha despertado a todo el pueblo de la amnesia al que la había confinado Regina La Reina Malvada. Costó 22 capítulos llegar a ese momento, y que el personaje creyera en las historietas de su solitario hijo, pero, como en todo viaje del héroe, éste tiene que tener un punto de inflexión, y parece que Emma está ya ahí. La maldición está rota; la magia y el paso del tiempo ha vuelto a los hogares de los habitantes de Storybrooke, pero sólo ha sido eso. No se ha producido esa vuelta a la dimensión fantástica que Henry esperaba, así que los personajes siguen atrapados como el Sombrerero Loco en el País de las Maravillas que retrata la serie... Con sus recuerdos intactos en un lugar que le es familiar, pero que todavía no termina de ser el suyo.

La season finale sugiere que los efectos secundarios del humo morado, es decir, de  la magia que invade el pueblo, ocuparán gran parte del arco argumental de la próxima temporada. Cómo se readaptan sus habitantes y, sobre todo, qué deciden hacer ciertos personajes con la memoria y poderes recién recuperados. En este sentido, el último capítulo también ha terminado de perfilar a Rumpelstilskin/Mr. Gold como la gran amenaza a batir, por encima de una Regina que durante toda la temporada se ha ido acomodando como la 'villana señuelo', un personaje cuya maldad resultaba más forzada (o forzosa) que real. Si bien tanto ella como Gold tienen motivos de peso para actuar de la manera que todos sabemos, al final es el duende quién está consumido por el ansia de poder, mientras que La Reina Malvada concentra todo su odio en todo lo que tenga que ver con Blancanieves/Mary Margaret y su estirpe.

Uno de los grandes aciertos de la serie es la capacidad con la que el equipo de guionistas (entre las que se encuentra una ex 'galáctica' como Jane Espenson) toma los mitos y los renueva sin terminar de perder el contacto con el canon con el que han pasado a formar parte del imaginario colectivo. En Once Upon a Time, cada episodio trata de contar el 'quién soy' y 'de dónde vengo' de varios personajes, indagando en sus pasados, lo que ha dado un margen suficiente para presentar propuestas distintas que enganchen al espectador más cínico. Algunas veces, como en el caso de Regina, el resultado da más risa que otra cosa: ver a una mujer echando bilis por la boca contra una niña de ¿ocho años? es poco verosímil hasta para una ficción de estos estándares (y más cuando la actriz infantil parece un clon terrorífico de Ginnifer Goodwin). Pero ejemplos como la historia del propio Rumpelstilskin, con ecos de La Bella y la Bestia; el porqué de la capa roja de Caperucita y la mala leche del enano Gruñón; o la vida de Pinocho dan una idea del encanto de la serie como producto para todos los públicos.





Quizá Once Upon a Time ha pecado de repetitiva en muchos de los conflictos que ha planteado. Esas riñas entre Regina y Emma en cada esquina del pueblo parecían escritas con papel cebolla,  y toda la subtrama de adulterio de Encantador/David y Mary Margaret en Storybrooke era de lo más anodino, sobre todo, comparado con lo interesante de su dinámica en el mundo de fantasía, donde sí, los personajes viven en una burbuja de ingenuidad a los ojos modernos, pero muestran un poco más de sangre en las venas y personifican muy bien el carácter optimista y esperanzador de la serie.

Volviendo a Emma, quedará por ver cómo se va desarrollando la relación con sus padres biológicos, si sigue sin asumir ese aspecto ahora que todas las cartas están sobre la mesa; y ver cómo reaccionan Encantador y Blancanieves, por su parte. Durante la temporada se ha ido fomentando esa conexión madre e hija entre Emma y Blancanieves, sin que sean conscientes de ello, por lo que va a ser cuánto menos divertido asistir a la reunión familiar... Sobre todo, ahora que se habla de la aparición de cierto miembro, entre otras jugosas incorporaciones y adelantos.

El humo morado ha abierto un nuevo cuento que leer en Storybrooke...

sábado, 14 de julio de 2012

Aprovechando el pan duro...

¿De verdad os da cosa leer spoilers sobre Grey's Anatomy y The Secret Circle?

Vamos a aplicar nuestra política de recortes y eficiencia particular haciendo un 2x1 con la entrada de hoy.  Pero, tranquilos, que no pretendo obligar a series como Fringe o a Once Upon a Time a compartir espacio (espero pronto dedicarle sendos posts decentes a ambas), sino que aprovecho para juntar las migajas de la octava temporada de Grey's Anatomy con las de la cancelada The Secret Circle. Como véis, hay que sacarle partido a las sobras del año televisivo.

En otros tiempos (es decir, el año pasado), habría dedicado bastantes líneas a desmenuzar las andanzas de los médicos del Seattle Grace-Mercy West Hospital, pero esta vez Shonda Rhimes apenas me ha dado razones para ello. Unos de mis trucos cuando me toca escribir sobre Grey's Anatomy consiste en conservar la series finale de la temporada anterior, más que nada por el riesgo a olvidarme de en qué estado empiezan los personajes la nueva temporada. Claro está, esto no ocurre cuando la Rhimes se marca una finale efectista tipo tiroteo, pero el de la séptima fue tan tibio que tuve que recurrir a mis archivos. Bueno, tibio para quien no considere escandaloso que Meredith se haya escapado llevándose la bebé Zola, después de que Derek descubriera el chanchullo que su mujer post-it le hizo a la esposa del Chief para que entrara en el ensayo clínico contra el Alzheimer. Lo que parecía que iba a dar bastante juego en la octava entrega, se resuelve de forma un tanto rápida, con Derek perdonando a Meredith, y los servicios sociales aceptando a la súperpareja como padres adoptivos de Zola.  Ahí muere el drama de los personajes de Ellen Pompeo y Patrick Dempsey, que poco han tenido que hacer en los 22 episodios. No sé si hubiera aguantado otros conflicto duradero entre Mer y Der tras años de tiras y aflojas; funcionan mucho mejor cuando están tranquilos, pero da la sensación de que se podría haber hecho algo más.

De todas formas, en Shondaland siempre debe haber alguien que pringue, y ahí está Christina para fichar. Su problemas matrimoniales con Owen son una apendicitis seriéfila que lleva dando la vara desde la temporada anterior, así que no sorprende que el asunto haya derivado en una peritonitis que casi me quita las ganas de seguir con la serie. Owen es un personaje que hay que digerir en pocas dosis y Yang parece una sombra de lo que fue. Los guionistas les han dado demasiado tute teniendo en cuenta que otros personajes, como Lexie, habían adquirido un aspecto fantasmagórico sin motivo alguno (aunque en la finale ya completa la transición a espíritu). No llegan a los extremos de ninguneo de la pequeña Grey pero Avery, April, Alex Arizona (cuanto nombre con 'A'), Callie, Bailey, el Chief  y Teddy (otra la de las bajas de la serie) se han movido con bastante carta blanca.

En general, todo se podría resumir en 'no pasa nada' y un episodio 'What If' de relleno hasta llegar a los últimos cuatro capítulos donde Shonda y sus secuaces deciden apresurarse hacer todo lo que no hicieron en los episodios anteriores. En primer lugar, está la comedia con el tema de los exámenes para conseguir la residencia definitiva y, en segundo, y buscando superar todas las expectativas, se encuentra el accidente de avión en medio del bosque. Un pseudohomenaje patillero a Lost, que demerece los grandes finales de Grey's. Quitando lo anticlimática que resulta la muerte de Lexie, sólo sirve para poner en suspenso el futuro de Arizona y Mark, ya que Jessica Capshaw y Eric Dane están negociando contrato, si bien noticias recientes podrían sugerir que están más fuera que dentro.

Pese a todo, voy a seguir con la serie (muchos años, son muchos años), cosa que no haría con The Secret Circle ni aunque estuviera renovada.  Los adolescentes brujos de Chance Harbor no terminaron de desplegar toda la mala leche que se les pedía, y los responsables de la serie tampoco exprimieron más al personaje más indicado para meter cizaña: Faye. La ficción insistía en tomarse demasiado en serio el romance entre el Señor de las Cejas aka Adam y Cassie, la protagonista, descuidando otros miembros del círculo con más potencial como Diana o Melissa.

La muerte de Nick puso en escena a su hermano, Jake (Chris Zylka, The Amazing Spider-man), pero la nueva incorporación también cayó en papel mojado para ser arrastrada a un insulso amago de cuadrángulo con la pareja soporífera y Faye. Y eso que el personaje tenía su miga porque era un brujo con un problema de autoodio bastante importante que le había llevado a trabajar para los mismos cazadores que mataron a sus padres... En realidad, el universo de la serie y sus personajes daban para mucho más dentro de los estándares de The CW, que suelen ser bastante laxos, de ahí el fiasco del conjunto. Al mismo tiempo y, aunque en el original literario sea así, el hecho de que la magia sólo surgiera cuando estaban los seis en amor y compañía le restaba espectacularidad a la serie. Un producto de género debe hacer justicia a su apellido.

Aquí también los guionistas se pusieron las pilas demasiado tarde, y presentaron al maligno padre de Cassie, John Blackwell (interpretado por un resucitado Joe Lando, el Sully de La Doctora Quinn), que básicamente fue el inseminador de todos los círculos el pueblo y de más allá. Con el barco ya hundido tuvieron la desfachatez de cerrar el volumen con un 'cliffhanger' de libro que prometía al menos una segunda temporada más entretenida para aquellos que sí estaban dispuestos a continuar con la serie.

jueves, 5 de julio de 2012

Jackie entra en 'rehab'...

... y vuelve hecha un pincel.

Pocas series tienen el pulso para remontar el vuelo cuando han alcanzado una cierta madurez, momento en el que todo empiezar a descender de forma más o menos constante hasta llegar al final. Si ésas ya son' raras avis' dignas de asombro, luego están aquellas  ficciones que alcanzan la categoría de ave mitológica. Como Nurse Jackie, que, calcinada por obra y gracia de una tercera temporada desastrosa, no sólo ha surgido de sus cenizas, sino que ha regalado la mejor entrega de todas las que se han emitido. Vaya forma de despedirse la que han tenido Liz Brixius y Linda Wallem de su tarea de showrunners, a lo grande y haciendo realidad esa evolución que nuestra protagonista exigía a gritos desde aquel "Blow me".

Fui a por este cuarto volumen de Nurse Jackie como quien va a probar el agua de la bañera. Dije por activa y por pasiva que no retomaría la serie a menos que oyera que las cosas habían cambiado y, por eso, me dediqué a acumular episodios porque inercia. Al final, me animé y, en dos días, los diez capítulos (las series del cable parace que también pasan por recortes) ya no existían. Así de placentero fue el viaje, aunque reconozco que creí que el personaje interpretado con tanto tino por Edie Falco iba a hacer un House y deshacerse de todas sus buenas intenciones en los primeros compases del curso, pero no.

Jackie ha seguido siendo Jackie. Se ha cabreado consigo misma y con los demás, ha pateado culos en urgencias y se ha pasado las normas por donde sabe la gente, y también ha estado ahí para sus amigos, aunque ahora sin caretas que la protejan, aprendiendo a ser honesta y a dejarse ayudar. No es que el personaje se haya convertido en un osito amoroso de la noche a la mañana, pero ha sido gratificante ver cómo los guiones desarrollaban su lado vulnerable, planteando con realismo dudas constantes acerca de si podrá ganarle la batalla a la adicción, o sucumbir a la mínima. ¿Cómo es posible que la balanza moral se haya decantado tanto del lado de Jackie, hasta el extremo de compadecerla y ponerse de su lado en su desesperación como madre? ¿Por qué chocaba alinearse del todo con Kevin, el marido cornudo y engañado?

-Who the fuck is in charge of this place?
- I am!

Si el año pasado los secundarios estaban para hacer bulto, sin más, esta temporada ha llevado gran parte del peso de la función. Los momentos que han dejado Zooey, Thor, Sam, Coop, O'Hara y Edie con la ayuda especial de una Akalitus destronada y más delirante que nunca han ayudado a definir todo lo que se ha ido desgranando en estos episodios. Jackie ya no está sola, sino que ha acabado por confirmarse como una especie de líder que los congrega a todos ellos. Por primera vez, se ve un auténtico grupo de personajes funcionando como tal en la serie. Aunque eso no habría sido posible sin la aparición de un 'villano' que provoque reacciones y, en este sentido, el doctor Mike Cruz (Bobby Cannavale), el nuevo gestor del All Saints Hospital, es el antiJackie perfecto que amenaza la supervivencia del circo con sus posturas inflexibles y tecnócratas. Otro acierto más que añadir a la lista porque, además de cumplir con su cometido, el personaje demuestra estar por encima de la caricatura.

Renovada para una quinta temporada en medio del subidón, Clyde Phillips (ex jefe de Dexter, la vaca sagrada de Showtime), tiene ahora la difícil misión de mantener el nivel en donde lo dejan Brixius y Wallem. Sea como sea,  Nurse Jackie ha dado un timonazo a mejor cuando, con razón, nadie daba un duro por ella, cuando se la creía perdida en el agujero. Es momento de recuperarla.

(Sólo falta que cambien esa cabecera tan cutre...)

martes, 26 de junio de 2012

Girls perdidas en Nueva York

Por si todavía queda un resquicio de hipsterismo en Girls, aquí va otra pequeña contribución para que uno de lo estrenos de la HBO de esta primavera se instale en los altares  'mainstream' y no baje de ahí. ¿Queda algún lugar de Internet que no haya dedicado unas líneas a la criatura que Lena Dunham, una neoyorquina de 26 años, dirige, escribe, produce e interpreta? ¿Queda algún sitio que no haya dicho que este portento multitarea tiene al productor Judd Apatow (Freaks and Geeks) como garante de lo que hace? Y lo más importante: ¿queda alguna esquina que no haya mencionado esta información hasta la saciedad? Girls ha dado que hablar. Mucho. Muchísimo. Y con sólo 10 episodios de media hora, que son los que regala su primera temporada.

Puede que la culpa de todo esto la tenga el acercamiento fresco y descarado a la mente de un grupo de personajes de veintitantos a los que la recesión económica ha dejado sin argumentos en una gran ciudad como Nueva York; la sinvergüenza con la que muestra situaciones de inodoro y de cama; la honestidad con la que se mea en egos y expectativas frustradas... En definitiva, lo que hace especial a la serie es la facilidad para retratar el limbo en el que se ha convertido la veintena para demasiados jóvenes, en una una extensión anormal de la adolescencia a la que prefieren agarrarse, por un lado, por puro terror de ver que el mundo ha dejado de producir los medios suficientes para hacer la transición hacia la edad adulta (esa que sus padres ya habían alcanzado a esa edad) y, por otro, porque no han sido educados para fracasar.

El día en que los padres de la aspirante a escritora Hannah Hovarth (Lena Dunham) le cortan el grifo se le viene el mundo abajo. Literalmente. Pero en lugar de mostrarnos una fábula a los Erin Brockovich de cómo aprender a sobreponerse a las adversidades, Dunham se recrea en descubrirnos el egoísmo y la 'quejumbrosidad'  (si la RAE acepta culamen...) ombliguista y parasitaria del personaje. Sin entrar a juzgar ni compadecer a Hannah en ningún momento, tampoco busca que nos encariñemos de ella, y sin embargo, tampoco podemos dejar de sentirnos identificados. Unos, en directo (como servidora); otros, en diferido. Unos, más; otros, menos. Con Hannah, las 'dramaqueens' televisivas han dejado de ser un arquetipo lejano asociado al lujo y a la belleza para adquirir una capa de realidad que salpica a quien está al otro lado.

Hannah es de largo el personaje más explorado de las cuatro protagonistas, aunque todas viven en su propio burbuja de miedo e inercia. Jessa (Jemima Kirke), la despreocupada y bohemia -e inglesa, requisito indispensable para ser 'cool' en una serie norteamericana- del grupo, que prefiere huir hacia adelante sin norte alguno; Marnie (Allison Williams), la perfecta insatisfecha; y Shoshanna (Zosia Mamet), la más infantil de las cuatro, pero con una claridad de juicio sorprendente ("Everyone is a dumb whore") entre tanto amor confeso por Carrie Bradshaw y el resto de fabulosas de Nueva York.

Las referencia meta a Sex and The City del piloto es todo un gag autoconsciente de los parecidos que Girls podría recordar a la audiencia, pero, al mismo tiempo, también sirve como declaración de intenciones de que el lugar común de las cuatro chicas y la Ciudad es una cuestión meramente circunstancial. La propia Dunham y su socia, Jenni Konner, se encargan de demostrarlo en los episodios siguientes introduciendo unas situaciones y unos personajes masculinos que están en las antípodas del clásico de Darren Star, también emitido en la HBO.

Adam (Adam Driver) tiene, lo que podríamos llamar, una presentación poco ortodoxa, de peor tío entre los tíos, resultado de un aventura desafortunada entre el olor a pies y la sensibilidad de un cable. Desde la perspectiva de Hannah es fácil odiarle y no entender qué puede ver esta chica en 'eso' que, en principio, la trata tan mal. Pero uno de los grandes aciertos de esta temporada de debut es este actorcillo mantenido y la autenticidad que desprende en cada una de sus excentricidades o monólogos extremistas. La relación que Adam desarrolla con Hannah tiene momentos entrañables, escatológicos y dramáticos en los que vemos que quizá sea nuestra protagonista la que necesite un toque de atención, aunque este trama acabe robando tiempo a otras que también valen la pena.

Si Hannah y Adam van enseñando facetas y defectos a través de su relación, lo mismo ocurre con Charlie y Marnie a menor escala. Aquí la dinámica se ve clara desde el primero momento, con un Charlie calzonazos vícitima de los caprichos de una Marnie más aburrida que las amebas. Como ocurre con Adam, no cuesta odiar a Marnie por comportarse como una niñata pero, al final, y a través de la deriva de su amistad con Hannah (grandísima pelea la del episodio 9) y el choque de caracteres con Jessa, vemos que hay mucho más.

 

En general y a pesar del reparto de protagonismo desigual, el guión de Dunham se las apaña para dar más de sus personajes, incluyendo a Ray, el tercero de los chicos, un cínico empedernido, al que vemos como contrapunto de la candidez de Shoshanna en las pocas escenas que han compartido juntos. Especialmente destacable es toda su interacción a la carrera en el séptimo capítulo, el 'tour de force' de esta primera entrega que se abre nada menos con un tema tan anti-Pitchfork como el "On the Floor" de J. Lo y Pitbull.

La banda sonora merece una mención aparte, ya que recoge a la perfección el espíritu desvergonzado de la serie, dando cabida desde divonas como la citada J. Lo, Beyoncé y Britney, petardas como Demi Lovato, hasta representantes de la escena indie como The Vaccines, LCD Soundsystem o MGMT por citar algunos de los más conocidos.

Girls ha cerrado temporada pisando acusaciones de racismo por falta de diversidad en el reparto (menos mal que Shonda no apareció por aquí); de pretensiones exacerbadas (que la propia Hannah diga que quiere ser  "la voz" de su generación no ayuda, supongo); de fealdad (las carnes de Dunham, las caras de Adam...); de idiotización de las figuras masculinas (hasta James Franco da sus dos céntimos) y, sobre todo, de nepotismo, algo que se ha utlizado para descreditar cualquier verosimulitud de lo que cuenta esta ficción.

Está claro que Lena Dunham ahora mismo no está viéndoselas y deseándoselas para encontrar un trabajo, pero es una veinteañera escribiendo sobre vivencias de veinteañeros hoy en día. Tiene la cercanía emocional que da la edad, un poco como les pasaba a los guionistas adolescentes de Skins en la mejor etapa de la serie. Y eso es suficiente para que el arte encierre alguna que otra verdad.

martes, 12 de junio de 2012

El juego de contentar a todo el mundo

Si lees esta entrada sin haber terminado la segunda temporada de Game of Thrones, puede que vayas directo al patíbulo de Ser Ilyn.

Con su segunda entrega recién terminada, Game of Thrones ha venido a confirmar que su empresa en el panorama catódico es equiparable a la de la Khaleesi en los Siete Reinos. Un tarea a contracorriente con lo que se estila estos días en la pequeña pantalla, que no había vuelto a ver tal despliegue de personajes juntos en una misma historia desde el final de Lost (exceptuando fracasos como Flashforward o The Event) y tampoco había presentado tal ambición formal por hacer funcionar un relato literario de origen que, a primera vista, era veneno puro para el formato televisivo.

Nahum comenta que el principal problema de la adaptación de la gigantesca obra de G.R.R. Martin reside en los propios libros, con su complejo esqueleto de tramas paralelas y esa amplia gama de personajes compartiendo niveles similares de protagonismo (la gracia de los capítulos con diferente punto de vista), pero no así el mismo lugar. Y aquí está el gran escollo al que hace frente la serie. La ficción en televisión es un arte que, parcialmente, todavía se rige por las tres unidades dramáticas destacadas por Aristóteles: tiempo, acción y lugar. Y si bien la postura del filósofo griego es un tanto relajada con la última unidad, parece que en televisión es el anclaje que justifica cualquier experimento con las otras dos y lo que garantiza que el espectador conquiste un conocimiento básico de lo que está ocurriendo en la historia. Así, por mantener el ejemplo, el equipo de Lindelof y Cuse ya podían escribir cuantos flashbacks o flashforwards quisieran, o hacer aparecer cuarenta Otros más de debajo de las rocas, o esconder todas las pistas del mundo que, al final, casi todo quisqui seguía bien pegado a la Isla.

La unidad de lugar, y el resto, saltan en mil pedazos en la saga Canción de Hielo y Fuego, y eso es algo contra lo que poco pueden hacer D.B. Benioff y David Weiss a riesgo de reescribir por completo el universo creado por Martin. Así que creo que es legítimo preguntarse hasta qué punto la fidelidad a las novelas es forzada, y no una decisión asumida por los guionistas (entre los que se encuentra el propio G.R.R.) con tal de no provocar la ira de los fans entregados de los libros, el núcleo duro de los espectadores de la serie. Pero, al mismo tiempo Game of Thrones, está obligada a luchar constantemente contra su naturaleza antitelevisiva, para llegar a ese otro sector de la audiencia, el de los no lectores.

Durante la primera temporada, se notaba ese esfuerzo por ir poniendo piedras en el camino para no confundir a la platea, pero en esta segunda el rtimo ha sido vertiginoso desde el primer capítulo con un Tyrion Lannister eregido en Mano del Rey Joffrey Baratheon, encantando serpientes (aka su hermana Cersei) y preparando Desembarco del Rey para el ataque del resentido "rey" Stannis Baratheon, mientras el "Rey en el Norte", Robb Stark, se enfrentaba, por un lado, a las tropas de Lord Tywin Lannister (y capturaba a Jamie de paso), y por otro, al pobre desgraciado de Renly Baratheon.  Y todo esto mientras Daenerys Targaryen vagaba por Qarht, Jon Nieve era capturado por los salvajes más allá del Muro; Arya y Gendry caían en manos de los hombres de Tywin; y Catelyn se dedicaba a hacer de diplomática. A esta dispersión hay que sumarle la introducción de  se iban introduciendo personajes nuevos como el citado Stannis y su mano derecha, Davos el Caballero de la Cebolla; la sacerdotisa Melissandre; Brienne de Tarth; Margaery Tyrell; la salvaje Ygritte...

Aunque el episodio de la batalla de Aguasnegras ('Blackwater', 2x09) funcionara como un reloj en comparación con el resto de episodios trufados de escenas efímeras aquí y allá, también es cierto que ya no hay una necesidad imperiosa de explicarlo todo. Por ello, en esta segunda temporada, esas escenas se han exprimido al máximo para profundizar en unos personajes cuya fortaleza es suficiente para compensar esos problemas de ritmo y fluidez en el relato. Aunque, claro está, el tratamiento no ha sido igual para todos.



Todas las críticas están de acuerdo en que no hubo nada de chicha en las peripecias de Jon Nieve más allá del Muro pese a que se potenciaron sus intercambios con Ygritte con respecto a Choque de Reyes, pero tampoco es que haya aportado gran cosa. Algo parecido ocurre con la Khaleesi en Qarth, a la que despojaron de un momento clave en la Casa de los Eternos que, espero, recuperen más adelante (me refiero al contenido de una de las visiones que no sale en la serie). Ambos personajes dan demasiadas vueltas sobre sí mismos, incluso en la propia novela, y sin embargo, resulta curioso como las subtramas delos dos acabaron extendiendo la alfombra con vistas a la tercera temporada. No me voy a extender demasiado con los Lannister de Desembarco del Rey. Allí brillaron con luz propia un Tyrion, una Cersei, y un Joffrey extáticos gracias a las interpretaciones que les imprimieron, respectivamente, Dinklage, Headey y el joven Gleeson.

 De los personajes nuevos quizá la troupe de Stannis sea la más damnificada, especialmente Davos, que ha sufrido unos lógicos recortes al tratarse del personaje con los capítulos con menos acción de todo el segundo tomo.  No ha sido ése el caso de Margaery Tyrell, para la que se crearon unas escenas 'ad hoc', que han enriquecido al carácter y lo presentan como una pieza a tener en cuenta (Natalie Dormer nos calló un poco la boca a todos interpretando, otra vez,  a una de esas trepas suyas).

Puede que Game of Thrones padezca de unos problemas crónicos, que, en ocasiones,  le impidan alimentar a sus públicos por igual, pero se las arregla para dar unos mínimos agarrándose a las pasiones de unos personajes fascinantes, que, gracias a la televisión, siguen más vivos que nunca.

sábado, 2 de junio de 2012

"Let it play"

No sigas leyendo si no quieres llevarte una patada spoilerosa de Emanda por no haber visto la season finale de Revenge.

Este mayo ha sido un mes malísimo para este blog. Con la avalancha de season finales, sólo pude compartir bien mis impresiones sobre The Good Wife, y la gente que me sigue en Twitter sabe bien que he estado spameando el timeline con opiniones sobre los últimos episodios de gran parte de las series que sigo. Ha habido lugar para emociones de lo más variopintas:  indiferencia, indignación, rabia, enternecimiento y euforia. Hoy me voy a dedicar a recrearme en ésta última... y en Revenge. La serie debutante de la ABC se ha llevado gran parte de los tweets histéricos, puñetazos al cojín y 'madre mía, madre mía' con el capítulo que cierra una primera temporada que, si estuviéramos en una discoteca, sería el equivalente a pasarse muchas de esas 22 noches sobre la tarima dándolo todo. Era de justicia que la serie de Mike Kelley se saltara la lista de espera de entradas. Eso, o me arriesgaba a sufrir los juegos mentales de su Emanda que, en estos momentos, está más metida en el juego que nunca. Ella suelta "Let it play" donde The Beatles decían "Let it be".

Después del clímax alcanzado en 'Chaos' (1x15), punto de inflexión de esta entrega en el que se descubrió la identidad del asesinado en la playa durante la fiesta de compromiso, tocaba ver las consecuencias de tan trágico acontecimiento. Ya se veía que el peso del drama se iba a trasladar de Emily/Amanda/Emanda a Victoria, un movimiento muy lógico, teniendo en cuenta que la Reina de los Hamptons es una institución clave en la narrativa de la serie, y que Madeleine Stowe había demostrado que es posible sacarle partido al bótox para ofrecer una actuación que todo el mundo adore. Victoria Grayson se ha erigido, por tanto, en la figura central de las últimas semanas.

Hemos visto cómo Victoria volvía a sus raíces de los bajos fondos como la arribista Victoria Harper, regalándonos unas escenas de lo más gratuitas con ese antiguo amor interpretado por James Purefoy; cómo contrataba a matones para que le hagan la vida imposible a su hijo entre rejas con tal de sacarlo de la cárcel; cómo iba tejiendo con todas sus fuerzas su propia venganza para entregar a su inmimente ex marido, Conrad, a la justicia, primero por el atentado del avión, y segundo y más importante, por ordenar el asesinato de su amado David Clarke. La Grayson, sin duda, fue lo mejor de unos episodios de 'relleno' en los que confirmamos que su alma no estaba muy lejos de la de Emanda, que para ella sus hijos son motivo suficiente para que el fin justifique los medios y que le mueve una necesidad imperiosa por redimirse de sus errores del pasado, los mismos que la ponen en el centro del odio de la hija de David.

Revenge bajó la velocidad de su locomotora, bastante influenciada por una urgencia de reorganizar las tramas con vistas a crear, por un lado, un desafío mucho mayor y de largo recorrido para Emanda  (es decir, para la serie) y, por otro, ir añadiendo capas a ciertos personajes que, hasta ahora, no habían tenido mucho empaque. Esto es lo que pasa, por poner un ejemplo claro, con Daniel, el prometido-pegote de Emily,  que no es consciente del hecho de que acabar sucumbiendo al cáncer del apellido Grayson, y que ocultar la verdad son motivos de tachadura directa con rotulador rojo. La decepción de Emanda desemboca en la ruptura del compromiso en la season finale y en el olvido de cualquier compasión por parte de la rubia que, como se ve en 'Legacy' (1x20, capítulo que tiene el mérito de alternar dos flashbaks personales de forma magistral y de servir de catálogo de pelucas de medio pelo),  ha vivido su propio Batman Begins desde esa actitud de niñata nueva rica y perdida a lo Lindsay Lohan, víctima de la negación de su pasado, hasta convertirse en el soldado que todos conocemos. 

 Me tenían que haber cogido a mí para hacer de Conan el Bárbaro.

El personaje de Emily VanCamp, como el propio espectador en esos capítulos de transición, ha tenido dudas acerca de su cometido, pero sólo hacía falta que se le apretasen un poco más las tuercas. La revelación de que su padre no había muerto en la cárcel sino que había sido asesinado por un hombre de pelo blanco enviado por  Conrad renueva la ira de la protagonista y nos introduce en algo muy oscuro que va má allá de las inmediaciones de la mansión Grayson y la cabeza de turco de David Clarke. Algo que no había calculado Emanda en su plan maestro y que se resume en una organización terrorista de cuyas ramificaciones, me temo, no sabemos ni la décima parte todavía.

Una finale explosiva...

La figura del albino ha venido a echar mucha más salsa de la esperada, porque no sólo se cargó a Clarke, sino que también se las ingenia para secuestrar a Nolan por haber fisgado en su casa, encontrándose con una sorpresa que ni el mismo se esperaba: que la mismísima Amanda Clarke lo iba a buscar al infierno para matarlo. Así se abría esa oda al culebrón llamada 'Reckoning' (1x22), broche perfecto a una temporada trepidante, y en el que se encapsulan todos los elementos obligatorios de un género que, gracias al doble infinito de Emanda ha vuelto a la gloria del 'prime time'.

El capítulo enciende mecha desde el minuto uno, con una Emanda desplegando todas las artes aprendidas de su sensei para salvar a Nolan, pero incapaz, como bien remarca Bvalvarez en su recap, de rematar la faena con el albino. La memoria de su padre es lo que convierte a Emanda en un ángel de la venganza pero, al mismo tiempo, es lo que evita que se convierta en una máquina. Ni el amor por el pánfilo de Jack (al que consoló por la muerte del perro Sammy), ni Nolan: es su padre la que la mantiene en tierra. El relato, a partir de entonces decide jugar con Emanda, dándole una idea de que el fin de su tarea está cerca, mientras que al espectador no deja de darle pistas de que nanay de la china. Lo mejor es que la cadena de desgracias va in crescendo.

Primero, por ese inesperado e hilarante giro de los acontecimientos, con el regreso de FakeAmanda embarazada de Jack justo cuando Emanda le iba a confesar todo, sus sentimientos y su doble vida, al tabernero. Una no deja de pensar que por nada del mundo ese nonato fue concebido por Jack, sino que podría responder a una estrategema de Takeda (que se había llevado a FakeAmanda lejos el día del asesinato) para alejar a su pupila de distracciones mundanas que tengan que ver con pringados de la vida. El japonés tiene que volver tarde o temprano.




En segundo lugar, una acción tiene sus consecuencias, y la misericordia de Emanda con el albino se paga cara y de qué forma. El personaje parece tener su agenda oculta con los Grayson porque no le desvela a Conrad que su ex futura nuera es la hija de Clarke, pero colabora con éste para sabotear el avión en el que se embarca una Victoria exultante dispuesta a testificar contra su marido, pruebas en mano, y muy satisfecha de sí misma tras enseñar a su ex nuera la valía de un regalo vacío. El Seven Devils de Florence and The Machine le sientan como un guante a una secuencia en la que vemos cómo la Reina se acerca a la escalerilla del avión y el resultado fatal que se produce, quizá no para ella, porque es impensable que se deshagan de uno de los personajes revelación de esta temporada, sino para su hija Charlotte, que decide darle un último meneo a las pastillas tras creer que su madre ha muerto calcinada.

La canción también destaca el brote de esas semillas de oscuridad que se venían sembrando en algunos personajes  desde el regreso de la serie después de su hiato primaveral. Sabíamos que Ahsley era una trepa, pero ahora parece que no va a dejar de perder la oportunidad de darle alegría a un Daniel rabioso, y Declan es probable que se sienta culpable por haber dado esquinazo a la joven de los Grayson, que antes de la ingesta de pastillas, había demostrado que era digna hija del perrerío de su madre. La sombra de la culpa puede que tampoco abandone a Conrad, puesto puede haber perdido lo único que le hacia feliz en esa casa a cambio de haberse librado de la justicia. O eso es lo que él cree.

... ¿y la sombra de Alias?

Cuando el guión no da tregua no la da. Nolan, en su papel de escudero de Emanda, siempre está ahí para limpiar desastre y darle un momento de respiro cuando le empiezan a pesar diez de dura preparación para nada. El rubio de pasarela ha hecho copias de las pruebas, nuestra protagonista ve un poco la luz y, aquí viene el tercer golpe emocional para Amanda Clarke, el que pone la puntilla a la temporada. Dado que el silencio y la ausencia a veces dicen más de un personaje que lo contrario, como en Rebeca, la revelación de que la madre de que su madre está viva no cogió demasiado por sorpresa. A lo largo de la finale se nos habían dado pistas con flashbacks de la pequeña Amanda haciendo preguntas incómodas a su padre. Pero, ¿quién es ésta mujer? ¿Es buena? Por la reacción de David, parece que no lo es tanto... Sin ánimo, de arruinar la serie, es imposible no pensar en Alias y en sus diatribas entre el Bien y el Mal dentro de la propia familia, lo que unido al universo de puñaladas traperas de Revenge puede derivar en una central nuclear  apunto de hacer 'boom'. Quién sabe, a lo mejor Sydney Bristow y Amanda Clarke comparten más que un gusto por las pelucas y las artes marciales.

En cualquier caso, el hecho de que Kelley esté buscando a una actriz de renombre para hacerle compañía a Stowe indica que la señora Clarke no va a ser una hermanita de la caridad. Por el bien del culebrón no puede serlo. Ya sea una megalómana o una desquiciada internada en un centro, un género tan infernal como ése debe seguir ardiendo ahora que ha encontrado la llama perfecta.

jueves, 17 de mayo de 2012

Es complicado

LETRA (NO TAN) PEQUEÑA: Spoilers de la tercera temporada de The Good Wife.

Allá por diciembre ya dije que la tercera temporada de The Good Wife no había perdido un ápice de esa garra con la que, a veces, nos llegó a malacostumbrar en su segunda etapa. Es fácil que lo venga después decepcione cuando se ha llegado a un clímax tan potente como éste. Conociendo a Alicia Florrick todo lo que vino después del 'ascensorazo' no iba a ser un paseo de mujer liberada como los que se pegaba Carrie en la Quinta Avenida por mucho que luego se viera a la abogada haciendo cosas Will cuando nadie miraba,  en una de esas escenas en las que dos caras y cuatro palabras bien situadas irradian más alertas de NSFW que cualquier revolcón obvio de la Bradshaw y sus amigas o, ya puestos, de cualquiera de las series de la HBO.

Si a lo largo de los dos primeros años, Florrick aprendió a deshacerse de sus ataduras tanto en lo personal como en lo profesional, este año ha sido el de los escrúpulos y las dudas. Pero a consecuencia del miedo que podía llegar a tener la Alicia apocada de los primeros episodios, sino de la responsabilidad, y de saberse detentora de cierto poder que, sin brújula, podría llevarla a la deriva. Todo en Alicia han sido un paso adelante y dos atrás, todo fruto de su prudencia y de intentar reconciliarse con un pasado que ha redescubierto como una etapa feliz y plena de su vida a pesar de la traición de su marido. Las subtramas de la recompra de la casa familiar, con las manipulaciones de la suegra Jackie, y la campaña política de Peter, con esa necesidad de aparentar unión de cara a los medios,  han servido para desarrollar este conflicto de la protagonista, que se ha despedido de nosotros delante de una puerta a la que parecía poco probable que se acercara al inicio de esta entrega de 22 episodios. Sobre todo, porque este movimiento recuerda a una vuelta a la primera base que, en realidad, sabemos que no es tal. Puede que ella haya cruzado esa puerta de nuevo, pero no es la misma mujer que salió de esa casa con el camión de la mudanza detrás. O, al menos, así se ha encargado el matrimonio King de recordárnoslo capítulo tras capítulo con el día a día de Alicia en Lockhart & Gardner.

Caso a caso se nos ha ido mostrando el ascenso de Alicia en una escala corporativa en la que ha encontrado en Diane su principal valedora y,  no tanto, en un Will perseguido por las negligencias cometias años atrás. También hemos podido asistir a su revalorización como abogada, con un Louis Canning que no duda en ofrecerle subidas de sueldo para que se vaya con él y, de paso, poner a prueba su lealtad y sus ambiciones. Que no es que Alicia no las tenga, sino que si por algo destaca este personaje es que siempre las pone al servicio de aquellos a los que le debe fidelidad última: sus hijos. Así, no duda en exponerse y  presionar a Diane para que le aumente la nómina y no tener problema en pagar la susodicha casa. Es decir, llegado el momento, no le importa apretarle las tuercas a quienes le hicieron el favor de darle un trabajo cuando se separó.


- I'm stopping you.
- I'm not really sure hou you'll do that.
- I'm a lawyer. Watch me.


Durante toda esta temporada, Alicia ha empezado a navegar en serio en el mismo y peligroso mar de grises en el que tanto Peter como Will y el mayoría de los personajes de The Good Wife intentan mantenerse a flote tras haber naufragado varias veces en el pasado. El descubrimiento del secreto de Kalinda le terminó de abrir los ojos y aprendió a desconfiar de su entorno y a endurecer su postura en bastantes ocasiones, a veces con razón, a veces sin ella. En 2009 hubiera sido imposible ver a una Florrick que se enfrenta de forma tan directa a un 'attention whore' corrupto y maquiavélico como Mike Kresteva (uno de los grandes recurrentes de este este año, interpretado por Matthew Perry recién resucitado del Hades televisivo) cuando quiere aprovecharse de ella y su vínculo con Peter para provocar su (segunda) caída en desgracia, por ejemplo. Pero, al mismo tiempo, hace tres años, también hubiera sido poco probable ver a una 'bitch' celosa de su rincón cuando percibe que una novata como Caitlin (Anna Camp) está le está subiendo a la espalda... y que, en realidad, todo sea producto de su imaginación.

En The Good Wife nada queda al azar, y las consecuencias de ambas situaciones son bastante representativas de cómo han evolucionado los otros grandes frentes abiertos por la serie durante estos ocho meses: los polos Will y Peter. En la primera mitad de la temporada, Peter seguía disfrazado de aparente villano en una persecución contra Gardner que, dentrás de la excusa de lucha contra la corrupción en el sistema legal, escondía celos. Pero también  es cierto que, gracias al asunto de Kresteva, se ha visto otra arista en el personaje de Peter, al que no le importa admitir la realidad de su matrimonio con Alicia para sacarla del radar de Kresteva y, de paso, admitiendo errores que pueden costarle la derrota en las elecciones. No sabemos cómo se desarrollará la relación entre ambos personajes a patir de septiembre, pero Alicia puede haber recuperado un aliado en donde menos esperaba encontrarlo.

Si bien Peter acabó el curso con una nota más positiva que negativa, el viaje de Will ha consistido en macular esa imagen de intocable y triunfador con la que nos ha alimentado desde que empezó la serie. Siempre ha insinuado que había algo oscuro detrás de ese encanto de camisas planchadas, y junto con el espectador Alicia lo ha ido descubriendo. El hecho de que Caitlin entrara en el bufete más por un favor que Will le debía David Lee (el tío de Caitlin) que por méritos, y que ese favor compense el que Lee le hizo a Will al votar en favor de Alicia cuando se consideró su contratación, le dio una ligera idea de que Gardner no era lo que parecía y, a la vez, le dio cierta perspectiva para tratar con el caso de sus presuntos sobornos a jueces y, después, con su suspensión de seis meses por apropiación indebida de dinero.

Parecido a lo que ocurre con el caso de Peter, el acercamiento a Kalinda en los dos últimos episodios significa también una vuelta a los orígenes. Ya vimos que la desaparición de Grace fue el inicio del deshielo, pero no ha sido hasta los últimos episodios en los que Alicia ha perdonado a la investigadora a cambio de algo con lo que a ésta le cuesta lidiar: transparencia. La caja de Pandora de Sharma no ha hecho más que empezar a abrirse con el acoso del capo Lemond Bishop y el regreso de ese marido misterioso que (siguiendo con ese paralelismo de las puertas en la 'season finale', y en contraste con el caso de Alicia) quiere cruzar el umbrar para algo muy distinto de una reunión de familia.

Más allá de eso, Kalinda se ha prodigado poco esta temporada, al igual que Eli Gold, personaje con el que tuvo unos momentos de tándem  muy buenos en los primeros episodios. El 'spin doctor' ha tenido un impacto escaso en las tramas del bufete, aunque su guerra con Julius Cain y David Lee por colocar su nombre en los membrete de la firma ha dejado esos destellos de comedia absurda que tan bien sabe manejar The Good Wife. Asimismo, le ha querido dar un poco de peso a su situación personal, con esa necesidad de desdoblarse para Peter y su ex, Vanessa, que se presenta como candidata a senadora del Estado, pero el resultado se ha quedado un poco en la superficie.



Con todo, veremos cómo sigue esa pelea por convertirse en el tercer hombre de la oficina, ahora que el 'Dream Team' de Canning y Nyholm puede haberle dado una estocada mortal a las cuentas de un negocio en el que Diane ha demostrado ser la verdadera líder, repartiendo más de un sabio consejo, tanto en lo personal como en lo profesional, y todo, sin desatender sus canitas al aire con los republicanos.

Y para rubricar la temporada, la vuelta a lo hijo pródigo de Cary Agos desde la Fiscalía del Distrito, que viene a confirmar esa voluntad de mover las fichas a sus casillas iniciales tras haber acumulado un bagaje que inevitablemente las ha cambiado en su núcleo. Porque ahí reside la grandeza de esta ficción de la CBS, en la sutileza que imprime a cada transformación de sus personajes y en la paciencia con la que acomete los procesos. Puede que esta tercera temporada haya sido menos espectacular que su antecesora, pero el trabajo de orfebre que los King han realizado con sus criaturas ha sido encomiable hasta el punto de tapar a unos casos que, por lo demás, mantenido los niveles habituales de pertinencia y brillantez que acostumbran a mostrar.

The Good Wife no se ha dejado llevar por el frenesí de hacer que todo corra por la autopista y, en su lugar, ha intentado que cada detalle quede lo más natural y realista posible, aunque eso signifique pararse a veces a reflexionar o reconectar con el pasado. Si por algo dicen que la vida da muchas vueltas...

domingo, 29 de abril de 2012

En primavera las series se alteran

En la vida de cualquier seriéfilo, los meses de septiembre y octubre suelen ser un poco locura ya que hay que cuadrar la mesa para que también quepan las series recién llegadas, además de las que ya tenían el sitio reservado desde la temporada pasada, o más atrás. Cuando la media de visionados a la semana rebasa los 15 capítulos ya se puede pensar en trazar una pequeña agenda que ponga orden a todo lo que hay que ver.  La utopía es ver los episodios que tocan en los días siguientes al día de su emisón, pero aprovechando que la distribución semanal de series de cada uno tiene jornadas más ligeras que otras  (es decir, encontrarte un martes con un solo capítulo nuevo por ver, por ejemplo), y que existen los parones para comer y los fines de semana de manta y sofá, es relativamente fácil rellenar huecos de tal forma que se puede acabar la semana con todas las series al día o, al menos, con el 50% de los capítulos vistos. Todo eso, claro, si no hay obligaciones y compromisos o planes o sucesos sorpresa que nos echen al traste el chiringuito que habíamos montado, cosa que siempre ocurre porque, aunque cueste creerlo, somos gente con una vida y, a la vez, carecemos de los poderes de los Observadores para llegar a todo.

En cualquier caso, en circunstancias normales se trata de asumir de forma realista cuántos episodios se puede permitir uno a la semana y de planificarse al respecto. Un poco como ir al gimnasio, aunque aquí la satisfacción es inmediata y no existen las agujetas del primer día. Es común que alguien nos pregunte de dónde sacamos el tiempo para tanta serie. Bueno, con algo de dedicación y organización, se puede, y si vemos que estamos empezando a apilar episodios por motivos ajenos a la pereza, por un lado, el propio calendario de las series nos echa una mano con los hiatos, que en este caso son más amados que odiados; y, por otro lado, los que también vemos series británicas sabemos de antemano que sus temporadas duran poco. Pero, por encima de todo, siempre se puede dejar de ver una serie definitivamente cuando nos deje de convencer: nadie está obligado a ver nada con lo que no disfruta.

Después de esos dos primeros de ajustes de agenda en la temporada seriéfila, uno va llevando sus capítulos como puede, hasta que, ay, llega la primavera y se reedita el estrés de principio de curso. ¿Las culpables? La series del cable, un lugar donde el curso sólo consta de un máximo de cuatro meses (abril, mayo, junio, y hasta cierto punto, julio) en los que se programa casi todo, tanto regresos como novedades. Y digo "casi todo" porque luego nos podemos encontrar esas programaciones un tanto aleatorias que se marcan bien  avanzado el verano (como cuando Weeds se emitía a partir de agosto), o en otoño para estar frescos para los premios (casos recientes de Boardwalk Empire o Homeland). Pero, por la misma lógica, si nueve meses se convierten en cuatro en el cable, ¿qué decir de las semanas? Pues que sólo tienen un día para programar: el domingo. Este 2012, con eso de los rumores del fin del mundo, parece que les ha entrado el pánico (sobre todo, a la HBO) y nos ha tocado un mes de abril infernal cuyas llamas se van a extender mínimo hasta que terminen las series de network, que, para más inri están en el clímax de final de temporada.

Estos lunes de primavera, ese día tan bonito, yo me despierto con The Good Wife, Once Upon a Time, Girls, The Killing, Game of Thrones, Nurse Jackie, The Borgias, y The Big C (y eso porque no veo Mad Men y he desistido de empezar Veep) para descargar. Las seis últimas, por cierto, con 'season' o 'series premiere' emitidas en este abril que ya termina. De todas ellas, no he empezado la nueva entrega de la detectivae Sarah Linden, sólo porque no voy a acumular episodios de TGW o OUAT a estas alturas. Pero para poder calzar estos nuevos episodios con los pocos que quedan del resto de la series de la semana, he tenido que parar un momento con Modern Family y Suburgatory, por eso de que son comedias de 20 minutos y no roban tanto tiempo como un drama. La estrategia está clara: darle prioridad a esos dramas que están a  punto de acabar, y si he acumulado capítulos de series como Ringer o Grey's Anatomy, siempre se puede recurrir al preciado 2x del VLC Player. No van a notar en demasía el acelerón, es más, hasta puede que mejore la calidad de los episodios comprimiendo todo lo que pasa de 40 a 20 minutos.

Pero hay productos que ni con esas dan ganas de verlos a 2x, simple y llanamente, porque la pereza está a unos niveles en los que es mejor dejarlos tal y como está y no añadir más tarea al calendario. Es lo que me pasa con uno de los estrenos más anunciados de la 'midseason', Smash, con el que me encuentro empantanada en el quinto episodio y en el abismo de borrarla del disco duro por hartazgo.

Al final, tanta acumulación de series hasta puede servir para hacer limpia.

viernes, 20 de abril de 2012

It's called Ringer, bitch!

"My name is Bridget, I witnessed a murder. (...) You don't get it; if Bodaway wants me dead, I'm dead. (..) I ran to my sister, Siobhan, for help. Siobhan killed herself and I assumed her identity. (...) It was so easy, I saw a way out and I took it. They all think that I'm her".

Si reproduzco la voz el off de Siobhan del 'previously' de Ringer es porque, de entre todo lo mostrado a lo largo de los 22 capítulos de su primera y (salvo milagro) última temporada, es lo único que permanece mostrar cierta lógica en el planteamiento y ejecución de esta serie. De verdad de la buena, ni siquiera el cromatín naútico del piloto podría presagiar un subproducto tan de celda de máxima seguridad de manicomio como éste. Estoy segura de que en ninguna serie de la factoría de JJ hacen falta tantos croquis para entender los giros copernicanos que dan tramas y personajes como sí pasa en este anunciadísmo regreso de la televisión de la otrora cazavampiros Sarah Michelle Gellar, ahora reciclada en diva de  papelera de cualquier hogar seriéfilo que se precie.

Confieso que antes escribir esta entrada intenté hacer un inventario sesudo de la cantidad de sucesos que han ocurrido, y me ha salido una cosa con aspecto próximo a un enjambre de abejas rabiosas cual Shakiras en celo que me han dejado al borde de un dolor de cabeza. Intentar comprender Ringer es un peligro para la salud humana; la serie se muestra tan enrevesada en su propia mediocridad que corremos el riesgo de acabar igual de tarumbas como los psicólogos que se obsesionan con sus pacientes. Por eso, la manera más cabal (si es que existe) de enfrentarse a esta ficción que, en principio iba a parar a la CBS en vez de The CW (hoy por hoy, no nos extraña la degradación a la hermana pobre), siempre ha consistido en dejarse llevar por el desenfreno piscotrópico que proponen sus guiones. Unos cientos de hojas por episodio que materializan sin límite nuestros delirios de escritor más inconfesables y, lo más importante, son autoconscientes de que eso es lo que están haciendo. En este sentido, Ringer viene a ser otro de tantos placeres culpables, pero quizá lo que le separa del resto es que a la serie de SMG (sí de ella, que para eso la produce) no le queda un ápice de vergüenza, y sí unos huevazos de semental, para rebajar (o exagerar, según se mire)  todos sus elementos hasta tocar el verdadero esperpento; el destino al que debe aspirar todo subproducto si quiere dejar una cierta huella en el espectador y entretenerlo a pesar de sus taras evidentes.

Ringer conecta con nuestros más bajos instintos y nos brinda imágenes que apelan a esa necesidad de lo grotesco, como ese grandísimo baúl con cádaver en medio de una fiesta, y en el que nadie acaba repara aun y cuando no para de chorrear sangre; esa coleta postiza tan barata pegada a la cabeza de Bridget/Siobhan, los oros mal colocados; y esa necesidad imperiosa de que todo el mundo sea sospechoso de asesinato. Porque sí, la premisa promigenia que nos vende la serie es que Siobhan Martin se quiere vengar de su hermana gemela ex drogadicta, Bridget Kelly, por haber sido la responsable de la muerte de su hijo en un accidente de cosa, pero, a la vez, hay otras subtramas que también implican persecución y muerte como la del criminal Bodaway Macawi hacia Bridget, o la de Andrew Martin (Ioan Gruffudd) y su socia Olivia (Jamie Murray) hacia Siobhan y, el rizo del rizo, la de la ex de Andrew, Catherine (alucinadísima Andrea Roth)  hacia Siobhan. Eso por no hablar de los cuernos que Siobhan le ponía su marido con el pusilámine del mejor amigo de éste, el proyecto de escritor/experto en braguetazos Henry Butker (Kris Polaha, abonado a The CW tras Life Unexpected), a su vez marido de la mejor amiga de Siobhan, Gemma 'You Whore!' Arbogast, una rica heredera. Y, por si no fuera suficiente ya, a la pobre Bridget le toca aguantar y resolver todos los trapos sucios de su hermana porque... ¡se está haciendo pasar por ella! Al final he acabado por hacer un minidesglose de todo el tinglado, pero estoy dejando de mencionar intentos de fraude y extorsión, hijas rebeldes y borrachas, y otras subtramas ojipláticas que más vale no desvelar.



Si estás buscando locura,  no vayas más lejos, porque Ringer ofrece en una sola entrega todo lo que Shonda Rhimes dosifica en ocho temporadas. Es una serie para mentes muy rápidas... Y no, no es broma. Los guiones, después de todo, parecen salidos de las mejores escuelas de "It's called improvised, bitch". El capítulo veintiuno, de título homónimo, encapsula la esencia de Ringer. Esa improvisación y soluciones de bombero se llevan a un extremo en el que los flashbacks son meras comparsas de última hora al servicio de las tramas y revelaciones más WTF, y del brillo chillón de las interpretaciones de vodevil. Porque SMG ya puede estar orgullosa todo lo que quiera de la supuesta seriedad de su trabajo como las gemelas, pero si el único elemento diferenciador de su actuacíon es que la primera lleva moño (por supuesto, Siobhan, las malas pécoras estiradas siempre llevan el pelo recogido) y la segunda (Bridget), el pelo suelto, ya puede seguir soñando con el Emmy. Igual que el resto del reparto, con un Polaha digno de las canteras de granito de Porriño.

- "That's for sleeping with my husband, you whore!!"

Pero si hay algo que destacar de esta ficción es su querencia por unas líneas de diálogo elaborados en menos de un minuto en los que siempre se hace mención al oficio más viejo del mundo, ése con el que Bridget parece haber coqueteado en el pasado, o simplemente, al zorrerío, las malas artes, y las conversaciones escatológicas. Con semejante material, los responsables de la serie no podían menos que rinderse un autohomenaje y atreverse a titular cada entrega semanal con joyas extraídas de los propios diálogos como "If you ever want a French lesson", "A whole new kind of bitch", "The poor kids do it everyday", "We can get a dog instead", "Shut up and eat your Bologna" "What are you doing ho-bag", "It's easy to cry when this much cash is involved", "Whores don't make that much", "P.S. You're an idiot", "You're way too pretty to go to jail", "If you're an evil bitch just get over it", or el ya mencionado "It's called...".

Con unos pésimos datos de audiencia, por debajo del 1 en las demos, la apuesta retequeculebronera y cutrelux de Ringer estaba sentenciada desde mitad de temporada. Quizá por ello la serie se despojó de todas sus pretensiones, sobre todo, en su último tramo, y nos brindó a los que la seguimos una huida hacia adelante, quemándose a lo bonzo, divirtiendo como las mejores comedias y, para colmo, teniendo la cara de despedirse con un buen cliffhanger. Tenía que ser Shivette.