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lunes, 25 de marzo de 2013

Girls y el envasado al vacío

ATENCIÓN: Algún que otro spoiler de la segunda temporada de Girls.

Cuando miro los diez episodios que forman la segunda temporada de Girls pienso en un chorizo ibérico envasado al vacío. Esencialmente es el mismo; mismo sabor y olor pero sin ese moho característico que indica que el tiempo ha pasado por él y le ha afectado de algún modo. Hasta el 'hype' que acumuló la serie el año pasado sigue intacto. Pero la falta de moho, de oxidación y, en definitiva, de evolución, ha pesado como una losa a la serie de la HBO, flamante ganadora de dos Globos de Oro a la Mejor Serie de Comedia o Musical  y a la Mejor Actriz en esta misma categoría.

Los cuatro protagonistas de Girls, Hannah (Lena Dunham), Marnie (Allison Williams), Jessa (Jemima Krike) y Shoshanna (Zosia Mamet) han regresado, con sus más y sus menos,  al mismo punto de salida en el que se encontraban en el episodio piloto a costa de perder esa frescura que encadilara en el primer volumen. Si bien la pluma de Dunham (más de la de Jenni Konner y Judd Apatow) se ha esforzado en reflejar con ahínco y naturalismo males tan humanos como la ceguera mental y el tropezar dos veces con la misma piedra (en consecuencia, los personajes han vuelto a meter la cabeza en la tierra cual avestruces), lo cierto es que la vida en las ficciones para televisión trascurre a un ritmo mucho, mucho más rápido que fuera de la pantalla (ya es decir) y no permite semejantes licencias de involución en los personajes que habitan la historia... Sobre todo en la segunda temporada, por favor. Ojo, que tampoco es cuestión de hacer que todos sus problemas se resuelvan de la noche a la mañana, pero es que estos personajes de carne y hueso todavía no saben lo que es andar dos pasos hacia delante hasta encontrarse el siguiente pedazo de caca que ensucie sus vidas. Y todo esto se traduce en puro estancamiento narrativo.

Por eso mismo todos los intentos de Dunham de emporcar las circunstancias de su ya muy patética Hannah se antojan acumulativos, faltos de efecto y hasta tópicos. El Trastorno Compulsivo Obsesivo (TOC) que le brota al personaje a partir de 'It's back' ( 2x08), ¿qué aporta al desastroso viaje de Hannah que no sepamos ya aparte de las tomas de tics faciales de Dunham? Por no hablar de la raquítica introducción de todo este panorama en los guiones previos, que me recordó a la 'chusquez' de como se presentó la esquizofrenia de Effy en Skins. Hay que remontarse a la discusión de Marnie y Hannah en el episodio nueve de la primera temporada ('Leave Me Alone') para encontrar una velada referencia al trastorno de Hannah que en su día podría pasar perfectamente como un secreto sexual vergonzoso de instituto (como el que puede tener cualquiera) que la amiga, muy cabrona, está utilizando como arma arrojadiza.

Lo interesante y provocador en Hannah era ver a una veinteañera petarda en todo su esplendor, sin otros responsables de sus miserias que su ego y victimismo impenintente. Ahora, todo este planteamiento anterior adquiere por fuerza un aura distinta que despoja al personaje de una gran parte de su responsabilidad para desplazarla a un agente, el trastorno, que está por encima del propio personaje  y que, paradójicamente, lo aleja de cualquier frontera de empatía con el espectador. Sé que otros se han sentido conmovidos por este ejercicio de 'deus ex machina', como observa uno de los críticos del HuffPost, pero mis emociones siguen en la Antártida junto con las del ex-yonki Laird,  dueño, por cierto, de una de las grandes citas de la serie hasta el momento:

- "You know what, Hannah?  You are the most self-involved, presumptious person I ever met. Ever. I had feelings for you, sure, until I realised how rotten your insides are"

- "You serious?"

Total, tanto rollo y sexo 'pingponiano' con Patrick Wilson incluido, para dejarlo todo como estaba y poner de nuevo a Hannah (literalmente) en brazos de Adam (Adam Driver). Sí, el mismo tío al que había mandado una noche al calabozo, pero al que ahora llama para montar una parodia 'seria' de las comedias románticas en la season finale.



Y si las nuevas piedras en el bagaje de Hannah ya se antojaban excesivas (porque parece no haber más huecos dentro de la diana al que apuntar que al suyo), en contraste tenemos a Marnie. A ésta se le aplica su dosis necesaria de cera durante unos cuantos capítulos para después liberarla  mágica, aunque momentáneamente, de sus cuitas haciéndola volver con su ex, enamorado e iluso Charlie (Chris Abbott), al que vuelve a "querer" desde que tiene unos billetes de sobra en el bolsillo (¿Huelo una tendencia masoca/pelele en los hombres de la serie?). Si había un personaje con potencial para ser emporcado y explorado ése era, es y será la niña bien Marnie; otro daño colateral del gigantismo protagónico del rol interpretado por Dunham que ya se adivinaba en la temporada de debut, pero que aquí ha alcanzado proporciones bíblicas gracias al embarazo de Jemima Kirk. Excusa ideal para mandar a Jessa de viaje en búsqueda de sí misma otra vez, aunque eso no evitó disfrutar de uno de los pocos momentos genuinos de amistad de esta temporada: la escena de Oasis, la bañera y el moco después del divorcio exprés de la británica, y todo el episodio Video Games (2x09). Por que esa es otra: la amistad de las cuatro protagonistas continúa resquebrajada y sin perspectivas de ninguna mejoría. Hannah no terminará ni el primer párrafo de su e-book pero no se equivocó escribiendo la primera frase: "A friendship between college girls is grander and more dramatic than any other romance..."  Otra cosa es que los avatares de este drama se hayan desarrollado satisfactoriamente, que va a ser que no.

Parece que lo mejor de esta temporada ha llegado en las pequeñas cápsulas, lugares al que están confinados Shoshanna y su novio Ray (Alex Karpovsky). Una auténtica paradoja que el personaje más caricaturesco y pánfilo de Girls haya sido el que haya dado el golpe sobre la mesa y añadir una dosis de dinamismo al asunto, dando razones a Ray aka "Alma oscura", sumido en la desidia y la autocompasión,  para que espabile de una vez por todas a sus 30 y pico años.

Sólo queda esperar que Dunham le quite el plástico al embutido en la tercera temporada. Ya toca.

martes, 26 de junio de 2012

Girls perdidas en Nueva York

Por si todavía queda un resquicio de hipsterismo en Girls, aquí va otra pequeña contribución para que uno de lo estrenos de la HBO de esta primavera se instale en los altares  'mainstream' y no baje de ahí. ¿Queda algún lugar de Internet que no haya dedicado unas líneas a la criatura que Lena Dunham, una neoyorquina de 26 años, dirige, escribe, produce e interpreta? ¿Queda algún sitio que no haya dicho que este portento multitarea tiene al productor Judd Apatow (Freaks and Geeks) como garante de lo que hace? Y lo más importante: ¿queda alguna esquina que no haya mencionado esta información hasta la saciedad? Girls ha dado que hablar. Mucho. Muchísimo. Y con sólo 10 episodios de media hora, que son los que regala su primera temporada.

Puede que la culpa de todo esto la tenga el acercamiento fresco y descarado a la mente de un grupo de personajes de veintitantos a los que la recesión económica ha dejado sin argumentos en una gran ciudad como Nueva York; la sinvergüenza con la que muestra situaciones de inodoro y de cama; la honestidad con la que se mea en egos y expectativas frustradas... En definitiva, lo que hace especial a la serie es la facilidad para retratar el limbo en el que se ha convertido la veintena para demasiados jóvenes, en una una extensión anormal de la adolescencia a la que prefieren agarrarse, por un lado, por puro terror de ver que el mundo ha dejado de producir los medios suficientes para hacer la transición hacia la edad adulta (esa que sus padres ya habían alcanzado a esa edad) y, por otro, porque no han sido educados para fracasar.

El día en que los padres de la aspirante a escritora Hannah Hovarth (Lena Dunham) le cortan el grifo se le viene el mundo abajo. Literalmente. Pero en lugar de mostrarnos una fábula a los Erin Brockovich de cómo aprender a sobreponerse a las adversidades, Dunham se recrea en descubrirnos el egoísmo y la 'quejumbrosidad'  (si la RAE acepta culamen...) ombliguista y parasitaria del personaje. Sin entrar a juzgar ni compadecer a Hannah en ningún momento, tampoco busca que nos encariñemos de ella, y sin embargo, tampoco podemos dejar de sentirnos identificados. Unos, en directo (como servidora); otros, en diferido. Unos, más; otros, menos. Con Hannah, las 'dramaqueens' televisivas han dejado de ser un arquetipo lejano asociado al lujo y a la belleza para adquirir una capa de realidad que salpica a quien está al otro lado.

Hannah es de largo el personaje más explorado de las cuatro protagonistas, aunque todas viven en su propio burbuja de miedo e inercia. Jessa (Jemima Kirke), la despreocupada y bohemia -e inglesa, requisito indispensable para ser 'cool' en una serie norteamericana- del grupo, que prefiere huir hacia adelante sin norte alguno; Marnie (Allison Williams), la perfecta insatisfecha; y Shoshanna (Zosia Mamet), la más infantil de las cuatro, pero con una claridad de juicio sorprendente ("Everyone is a dumb whore") entre tanto amor confeso por Carrie Bradshaw y el resto de fabulosas de Nueva York.

Las referencia meta a Sex and The City del piloto es todo un gag autoconsciente de los parecidos que Girls podría recordar a la audiencia, pero, al mismo tiempo, también sirve como declaración de intenciones de que el lugar común de las cuatro chicas y la Ciudad es una cuestión meramente circunstancial. La propia Dunham y su socia, Jenni Konner, se encargan de demostrarlo en los episodios siguientes introduciendo unas situaciones y unos personajes masculinos que están en las antípodas del clásico de Darren Star, también emitido en la HBO.

Adam (Adam Driver) tiene, lo que podríamos llamar, una presentación poco ortodoxa, de peor tío entre los tíos, resultado de un aventura desafortunada entre el olor a pies y la sensibilidad de un cable. Desde la perspectiva de Hannah es fácil odiarle y no entender qué puede ver esta chica en 'eso' que, en principio, la trata tan mal. Pero uno de los grandes aciertos de esta temporada de debut es este actorcillo mantenido y la autenticidad que desprende en cada una de sus excentricidades o monólogos extremistas. La relación que Adam desarrolla con Hannah tiene momentos entrañables, escatológicos y dramáticos en los que vemos que quizá sea nuestra protagonista la que necesite un toque de atención, aunque este trama acabe robando tiempo a otras que también valen la pena.

Si Hannah y Adam van enseñando facetas y defectos a través de su relación, lo mismo ocurre con Charlie y Marnie a menor escala. Aquí la dinámica se ve clara desde el primero momento, con un Charlie calzonazos vícitima de los caprichos de una Marnie más aburrida que las amebas. Como ocurre con Adam, no cuesta odiar a Marnie por comportarse como una niñata pero, al final, y a través de la deriva de su amistad con Hannah (grandísima pelea la del episodio 9) y el choque de caracteres con Jessa, vemos que hay mucho más.

 

En general y a pesar del reparto de protagonismo desigual, el guión de Dunham se las apaña para dar más de sus personajes, incluyendo a Ray, el tercero de los chicos, un cínico empedernido, al que vemos como contrapunto de la candidez de Shoshanna en las pocas escenas que han compartido juntos. Especialmente destacable es toda su interacción a la carrera en el séptimo capítulo, el 'tour de force' de esta primera entrega que se abre nada menos con un tema tan anti-Pitchfork como el "On the Floor" de J. Lo y Pitbull.

La banda sonora merece una mención aparte, ya que recoge a la perfección el espíritu desvergonzado de la serie, dando cabida desde divonas como la citada J. Lo, Beyoncé y Britney, petardas como Demi Lovato, hasta representantes de la escena indie como The Vaccines, LCD Soundsystem o MGMT por citar algunos de los más conocidos.

Girls ha cerrado temporada pisando acusaciones de racismo por falta de diversidad en el reparto (menos mal que Shonda no apareció por aquí); de pretensiones exacerbadas (que la propia Hannah diga que quiere ser  "la voz" de su generación no ayuda, supongo); de fealdad (las carnes de Dunham, las caras de Adam...); de idiotización de las figuras masculinas (hasta James Franco da sus dos céntimos) y, sobre todo, de nepotismo, algo que se ha utlizado para descreditar cualquier verosimulitud de lo que cuenta esta ficción.

Está claro que Lena Dunham ahora mismo no está viéndoselas y deseándoselas para encontrar un trabajo, pero es una veinteañera escribiendo sobre vivencias de veinteañeros hoy en día. Tiene la cercanía emocional que da la edad, un poco como les pasaba a los guionistas adolescentes de Skins en la mejor etapa de la serie. Y eso es suficiente para que el arte encierre alguna que otra verdad.