jueves, 8 de agosto de 2013

Orange is The New Black te encierra y no te deja salir


Cuando una de esas gripes cabronas en conjura con ventiladores y aires acondicionados me pillan (como todos los años) en pleno verano, pocas opciones me quedan más que acudir a los sobres de Frenadol e ingerir cantidades indecentes de kiwis y, sobre todo, de zumo de naranja. Así estaba a mediados de julio, esperando el día en que iba a cambiar por fin de fruta, cuando llegó Netflix con un nuevo cargamento de naranjas y no sólo alargó la dieta sino que me volvió adicta y, encima, me obligó a recomendarlas. Orange is The New Black se llama la variedad diabólica cultivada por Jenji Kohan, persona que de producir vicios sabe mucho ya que también es la responsable de la MILF, esa clase de maría más conocida por su título oficial: Weeds.

Eso sí, Showtime nunca fue un distribuidor tan agresivo como Netflix, que gusta de colocar toda su mercancía en el escaparate y allá que se las arregle el espectador como señoras jubiladas en plenas rebajas. El famoso servicio de vídeo-on-demand ya colgó sendos trece episodios de House of Cards, Hemlock Grove y del comentado regreso de Arrested Development para que cada uno decidiera cómo organizar su visionado, ya sea siguiendo la disciplina habitual de un capítulo por semana/día, o maratonear como si no hubiera mañana. La libertad absoluta dentro de la legalidad. Pero no ha sido hasta que Kohan entró en escena con Orange is The New Black cuando la gente empezó a  decir 'binge-watching' como si fuera el nuevo maratonear. Y, si eres capaz de hacer que los seriéfilos usen un extranjerismo en lugar de una de las pocas palabras castizas que no pierden fuerza en la traducción, es que has tocado muchas fibras, o te has presentado con la ficción del verano... o del año.

Como las naranjas, Orange is The New Black puede resultar ácida y dulce a partes iguales. Así lo dicta su naturaleza de exquisita dramedia y las particularidades de su argumento, basado en las memorias carcelarias de Piper Kerman, ejemplo de joven WASP educada en un centro exclusivo que acabó con sus huesos en chirona durante quince meses por un delito de tráfico de drogas que cometió diez años antes. Al igual que su álter ego en la vida real, la rubia y neoyorquina Piper Chapman (Taylor Schilling, Mercy) ve cómo su combo perfecto de prometido fiel, por un lado, y negocio ecofriendly de jabones con mejor amiga, por otro, se pone en suspenso a consecuencia de su vida anterior; días trufados de crisis postuniversitaria y búsqueda constante de adrenalina que le llevaron a liarse con la traficante de un cartel internacional de nombre Alex Vause con la que viajó por todo el mundo a cuerpo de reina. Aquí se puede decir que acaban los parecidos entre el viaje de Kerman y el de Chapman.



La prisión federal de Litchfield (NY) se convierte en un auténtico universo secreto  en el que Kohan despliega con absoluta maestría la mejor paleta de personajes femeninos que se puede ver actualmente en televisión. Mujeres de todos los orígenes, alturas, razas, orientaciones sexuales y géneros (Shonda Rhimes, esto sí es saber hacer 'personajes cuota', no lo tuyo), cada una con su particular historia de malas decisiones que las puso entrerrejas, pero no por ello con menos cualidades redentoras.  Mujeres de carne y hueso, con ilusiones, con días en los que caen simpáticas, y otros en los que no, y no se disculpan por ello. Si bien el centro de gravedad de la serie se encuentra en Chapman, que aprende a marchas forzadas el código de su nuevo hogar,  cada capítulo revisita la vida precárcel de una de las reclusas a golpe de breves pero efectivos 'flashbacks' que hacen que se nos quede grabado quiénes son pesar del efecto uniformador del mono beige y del generoso número de personajes de los que estamos hablando. Incluso los vigilantes de la prisión, hombres en su mayoría, están cuidados al detalle ya que cuentan con vergüenzas propias que los humanizan y acercan a aquellas a las que están custodiando, si bien el retrato roza la caricatura en algunos momentos como ocurre en el caso  George ‘Pornstasche’ Méndez (Pablo Schrieber, The Wire, Weeds), un villano de tebeo hasta que deja de serlo. No caben los prejuicios en Orange is The New Black, y si los hay, se esfuman con las misma facilidad con la que Red (Kate Mulgrew, Star Trek: Voyager), la dura encargada de cocina rusa, deja sin plato a Chapman.

El guión desgrana, sin remilgos y con un humor macarra a ritmo de incontables frases para el recuerdo (“I threw my pie for you”) y referencias cuturales (“This isn’t Oz”), los típicos tópicos carcelarios oscilando de lo crudo y aterrador a lo conmovedor y patéticamente divertido en cuestión de segundos. La cárcel es un lugar hostil, pero en el que al mismo tiempo se pueden encontrar fugaces instantes felicidad, y también de apoyo. Porque de eso van en el fondo  las tribus raciales que Morello (Yael Stone) señala el episodio piloto; de tener a alguien que te defienda cuando lo necesitas y de tener un hombro en el que llorar las penas. Sin el grupo, nadie es nadie ahí adentro, y en ciertos casos tampoco lo es fuera. En este sentido, la sólida amistad de Poussey (Samira Wiley) y Taystee (Danielle Brooks) destaca sobre la gran variedad de vínculos (sexuales, de protección, de familia) establecidos entre las internas, ya que refleja como nada esa realidad para muchos ex convictos en la que los muros dejan de ser sinónimo de opresión para convertirse en la única salida posible.



Chapman ingresa en Litchfield  con su mentalidad de niña bien, pensando que si se mantiene al margen, podrá volver a su vida de catálogo como si tal cosa, pero no podrá evitar verse arrastrada por sus nuevas circunstancias. Es un auténtico regalo ver cómo el personaje sufre una evolución hacia atrás, que no involución. La cárcel la obliga a enfrentarse y reconciliarse con su pasado, con esa parte de sí misma mucho menos prefabricada, que ella cree haber cortado de raíz pero que ahora vuelve para tentarla. Los ataques de egoísmo y las huidas hacia delante de Piper no son más que el resultado de su propio miedo a no ser ella misma ahí dentro y, a la vez, serlo, como confiesa en el sensacional episodio “Bora, Bora” (1x10) que sirve de coda al punto de inflexión de “Fucksgiving” (1x09).

Larry Bloom, el prometido, y Alex, la traficante caída en desgracia, se perfilan como las víctimas inmediatas de los caprichos de Piper, aunque con matices. El primero, interpretado por un Jason Biggs  incapaz de dejar atrás American Pie (es más, hay un par referencia a Jim Levenstein dentro de la propia serie) es un dechado de mohínes y pucheros que supuestamente debería servir de fuerte bisagra entre Piper y el mundo real, pero pasa por la serie sin crear ningún dilema al espectador y, lo que es más importante, empatía o hasta pena. Supongo que el hecho de que sea un escritor mantenido por sus padres tampoco ayuda… No sé hasta que punto los guionistas buscaban a consciencia el contraste con Alex, ese volcán de carisma y presencia arrolladores al que Laura Prepon (la Donna de That ‘70s Show) aporta voz y altura, pero con Larry se han pasado de frenada en lo que quizá sea el punto más claramente criticable de la serie.  La chica mala sólo tiene que ajustarse las gafas de pasta para mostrar su lado vulnerable y hacer que nos olvidemos de que también es una perra manipuladora, mientras que Larry, el chico bueno, resulta ser un badanas quejica el 99% del tiempo que aparece en pantalla.

Tal y como ya pasaba en los mejores años de Weeds, Orange is The New Black no podía cerrar su magnífica temporada de debut sin el correspondiente 'cliffhanger' de desquiciadas proporciones que le viene a dar la puntilla a unos episodios que cuesta no comer a bocados y que te roban la capacidad de ver otra cosa.  En Netflix ya sabían que la fruta era de calidad y por eso se afanaron en encargar una segunda remesa de naranjas incluso antes de que la primera se estrenara. Y en ésas nos hemos quedado: con doce meses por delante para saciar la sed como sea. Y con Regina Spektor.

8 comentarios:

@mfal dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
@mfal dijo...

Es la próxima a la que pienso engancharme, en cuanto acabe con Orphan Black.

Jaina dijo...

Mfal: Uy, pues saldrás de una droga para meterte en otra jeje! Hacía tiempo que no disfrutaba tanto con una serie, de verdad.

@mfal dijo...

Lo sé, lo sé... por eso prefiero ir de una en una :D

Anónimo dijo...

Ansió la tercera temporada de Girls, espero con ansias ver que tiene preparado Lena y más por la participación de Danielle Brooks que me parece que es una estupenda actriz.

rebeca caicedo dijo...

Estoy haciendo un trabajo de investigacion, podrias contestar un momento esta encuesta!! Muchas gracias:) https://docs.google.com/forms/d/1L4pFDnvVeDD-Lzqq5vjJmJhV8IF6djz7RkTcsB1EVqs/viewform

Yaiza G.Calberas dijo...

No podría estar más de acuerdo, que gran serie por dios!!!!

Series Anatomy dijo...

He visto ya dos episodios de la segunda temporada, y creo que llega con tanta fuerza como la primera o más! Aquí os dejo el post que le dediqué ayer en mi blog a esta fantástica serie ;)

http://seriesanatomy.blogspot.com.es/2014/06/el-naranja-esta-de-moda.html?showComment=1402384713091

Saludos!